Carlomagno, yemeníes y sajones.

La anécdota de cómo Carlomagno recorrió media Europa dejando atrás un frente abierto para volver a casa con las manos vacías.

Cuántas historias impensables tiene el mundo medieval, y es que sus mentideros son un hervidero de risotadas y cafés de media tarde capaces de entrar en un bucle infinito. No se salva de estas anécdotas ni el Islam, ni el propio Carlomagno (al que vemos en la imagen ya con cierto tono risible, con su maqueta +8 de Aquisgrán y su vara de oro de repartir hostias a diestro y siniestro). Como quien diría, vamos al turrón.

Rondaba el 778 y Abderramán I había escapado en una aventura digna de Hollywood de las garras de la dinastía Abasí, que años atrás, en la que habían pasado por la espada a toda su familia en una de estas conspiraciones árabes, una de las mejores de la historia. Consiguió llegar a Al-Andalus este Omeya en huida y se había hecho con el control de la provincia a base de populismo barato al que luego le dio la espalda. Se independizó de los abasíes sin despeinarse y empezó a incumplir promesas de su campaña, muy al estilo político actual.

Tal era el descontento que en Zaragoza decidieron que antes que ser de Abderamán, preferían ser de Carlomagno. Iban tan en serio que el gobernador de Zaragoza, que era yemení, cogió su caballo y fue a Sajonia, donde estaba Carlomagno guerreando a los sajones. Le propuso entonces este árabe el trato al gran Carlomagno, que ya se veía como en la imagen, en su pose loperiana con la ciudad en sus manos, a golpe de “trato hecho, morazo mío”.

Dejó sin pudor Carlomagno la guerra y fue corriendo a Zaragoza con el moro y unos cuantos guardias, como quien diría, “a tiro hecho”. Ya iría pensando en decirle a su esposa “Bertrada, lo peto de tal modo que me regalan las ciudades”. Y se patearon media Europa, cruzaron los Pirineos y llegaron a Zaragoza. Mientras el gobernador entraba y avisaba de que Carlomagno esperaba fuera para entrar, entretanto éste se comía unas pipas, se ponía mona la melena y la corona bien recta. Y salió el arabesco, y ni corto ni perezoso le dijo “Oye Carlitos, que lo hemos pensado mejor, y que mira, que va a ser que no, al final nos gusta más el Abderamán ese. Pero mira, por las molestias, mi señora te ha hecho arroz con leche para el camino”.

Al bueno de Carlomagno le acababan de hacer la primera cobra de la histoira, o al menos, una de las más dolorosas. Media Europa a caballo para volver de vacío, y Abderramán de rositas.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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