La culpa de los Erasmus es de San Benito

Roma cayó, pero no todo se perdió, y gracias a las reglas monásticas, unos siglos después, aparecieron las universidades.

En los siglos XII y XIII los planes de estudio universitarios no contenían un gran número de asignaturas por carrera. De hecho no había carreras como tales. Ni planes de estudio. Ni universidades. O no al menos como los conocemos y entendemos hoy en día. Las escuelas monacales (entre los siglos IV y IX d.C.), las escuelas catedralicias (entre los siglos IX y XIII d.C.) y, finalmente, los Estudios Generales (a partir del siglo XII), fueron los instrumentos o instituciones  de que se dotó la Cristiandad tras la caída del Imperio Romano de Occidente para trasmitir los conocimientos heredados del desaparecido mundo Clásico.

Vinieron los bárbaros, se subieron a los árboles y se comieron los pájaros.

Vinieron los bárbaros, se subieron a los árboles y se comieron los pájaros.

Cuando Roma comenzaba a deshilacharse en lo que luego serían los reinos germanos (Visigodos en Hispania, Ostrogodos en Italia, Francos en la Galia, Sajones y Anglos en Britania) no había ninguna institución civil encargada de acumular y preservar los conocimientos culturales del Imperio. Las guerras, las invasiones, la crisis económica y el lento colapso del orden legislativo romano habían destruido el tejido social que había sustentado durante quinientos años la cultura latina. Todo parecía perdido. Sin embargo el legado de Roma sobrevivió gracias a que supo mezclarse en esos años de cambio y crisis con la joven y dinámica religión Cristiana.

Serían tres monjes y un Papa los que, en un periodo de tiempo de casi doscientos años, pusieron los cimientos sobre los que se asentó el último bastión del conocimiento clásico. Casiodoro, San Pacomio, San Benito y el papa San Agapito I (vamos a denominarles, con todos los respetos, los Cuatro Fantásticos), impulsaron la obligatoriedad de que los monjes cristianos recibiesen una instrucción adecuada para sus labores religiosas estableciendo un rudimentario “plan de estudios”. Y ese plan iba a ser una adaptación de la sistematización de la enseñanza del conocimiento creada por Platón y Pitágoras y que formaba al estudiante en las llamadas “Artes Liberales”.

Agarraos que vienen curvas, vamos a explicar muy por encima el plan en cuestión porque este salto es crucial para entender todo lo demás. Las dudas, al final.

Lo primero que hay que explicar es en qué consistía eso de las “Artes Liberales”.

Ora et labora... y aprende a leer y sumar.

Ora et labora… y aprende a leer y sumar.

En el mundo clásico (Grecia y Roma), donde la esclavitud era algo normal y muy extendido, se distinguía claramente entre las dedicaciones propias de los hombres libres  (normalmente molonas o de usar el cerebro) y las dedicaciones de los esclavos o siervos (normalmente caracterizas por tener que hacer uso del músculo). Esta división no era exacta ni excluyente por supuesto (muchos hombres libres eran granjeros, soldados o marineros, por ejemplo) pero especialmente en Roma, raro era el ciudadano romano que no tenía, al menos, un esclavo.

Esta distinción derivó en la idealización (PLATONISMO PURO Y DURO) de la formación intelectual que debían recibir los hombres libres para el correcto desempeño de sus funciones. Ese conjunto de “preparaciones (artes) idealizadas” pasó  a ser conocido como las “Artes Liberales”.

¿Y estas “Artes” cuantas y cuáles eran?

Sencillo. Eran siete organizadas en dos grupos. El primer grupo era conocido como el Trivium (las tres vías, en latín) y venía a ser la “enseñanza básica”. Hasta que no se dominasen correctamente no se podía abordar el siguiente grupo. Consistían en la Gramática (que nos permite hablar correctamente), la Dialéctica (que nos permite buscar la verdad) y la Retórica (que nos permite dotar de formas bellas nuestro discurso y pensamiento). Las tres artes, unidas, conformaban la Elocuencia, la base del pensamiento y del conocimiento. La idea era clara: si no sabes hablar no sabrás hacer nada y no se te podrá distinguir de los animales y las bestias (niño estudia o te convertirás en un burro “que no sabe hablar y sólo rebuzna”… ¿lo van cogiendo?).

Una vez se superaba el Trivium se podía abordar el siguiente nivel, el Quadrivium (exacto, las cuatro vías) que permitían acceder al conocimiento de las Matemáticas. Lo formaban cuatro Artes distintas pero muy relacionadas entre sí. La Aritmética (el conocimiento de los números), la Geometría (el dominio de los ángulos y el espacio), la Astronomía (el conocimiento de los astros) y la Música (la elaboración de los cantos).

Pues bien, como íbamos diciendo, cuando el Imperio Romano de Occidente bajó la persiana estas Artes (y todo lo que tenían relacionado) se habrían ido al garete de no ser porque fueron rescatadas por el Cristianismo a través de las reglas monásticas. Los Cuatro Fantásticos creyeron conveniente que los monjes tuviesen unos ciertos conocimientos “básicos” que les permitiesen llevar a cabo sus funciones religiosas y espirituales con un mínimo de calidad. Así que los monasterios se dedicaron a dar formación a sus integrantes siguiendo el esquema de las Artes Liberales clásicas convenientemente redirigidas a garantizar la pervivencia de los conocimientos culturales y religiosos del mundo Cristiano-Romano. Comienza así, de manera un poco caótica y desorganizada, ese proceso tan laborioso y lento de “copiar y pegar” de manuscritos antiguos (tanto religiosos como seculares) entre los siglos V y XIII d.C.

Aquí las Artes Liberales, aquí unos amigos.

Aquí las Artes Liberales, aquí unos amigos.

Por lo tanto, tenemos que los monasterios se dotan de una función escolástica colateral enfocada estrictamente a la formación de los monjes pero que permite que en estos lugares comiencen a acumularse escritos (¡conocimientos!) de todos los campos del saber. Además, la formación se extiende poco a poco a un ámbito religioso superior, la enseñanza de la Teología, la Apologética, el Derecho y el estudio de las Sagradas Escrituras.

El desarrollo monástico en la Cristiandad logra que se salven algunos documentos, escritos y obras del mundo clásico pero no todos. Pese al esfuerzo de la Iglesia la desaparición del Imperio Romano  y el menguante espacio geográfico ocupado por la Cristiandad latina hacen imposible preservarlo todo (entre los siglos V y VIII d.C. se pierden por distintas causas la práctica totalidad de Britania e Hispania, Sicilia, África, Egipto y el Levante mediterráneo y todos los monasterios y sedes episcopales situados allí, casi tres cuartas partes del total quedando reducido el espacio geográfico cristiano al territorio Franco, Italia y el menguante Bizancio). Las escuelas monásticas, por lo tanto, vienen a ser una incompleta “copia de seguridad” que preserva lo poco que está a su alcance durante casi quinientos años.

Será ya en los siglos X, XI y XII cuando comiencen a desarrollarse las llamadas “escuelas catedralicias o episcopales” a partir de las bibliotecas de las catedrales. Estas, al igual que las monásticas, seguirán enfocadas plenamente a la formación de clérigos pero, en muchos casos, estos pasarán a formar parte de las cortes y a gestionar asuntos relacionados con la administración política y pública. Además, es ahora cuando tiene lugar la Reforma Gregoriana y sus apabullantes consecuencias culturales, imprescindibles para que se produzca la llamada “revolución del siglo XII”.

San Juan de la Peña, ejemplo de monasterio con su escuela acoplada

San Juan de la Peña, ejemplo de monasterio con su escuela acoplada

En lo tocante a los estudios sólo nos quedaremos con una idea muy sencilla y concreta: la Reforma Gregoriana concedió plena independencia y protección al clero en toda Europa, frente al poder político gracias al esfuerzo del papa Gregorio VII en el año 1079 (durante la famosa Querella de las Investiduras, de la que hablaremos otro día). Esta independencia permitió que las escuelas catedralicias, inmunes a los señores feudales y los vaivenes de sus intereses, comenzasen a  desarrollarse más allá del estudio teológico. Así, las Artes Liberales siguen usándose en ellas como “plan de estudios” que da acceso a las nuevas enseñanzas que una sociedad más urbanizada requiere tales como el Derecho o la Medicina. Los obispos y los miembros del cabildo con funciones de enseñanza (arcediano, maestrescuela, chantre y canciller) son los supervisores de estas escuelas y son ellos quienes dan el visto bueno a los clérigos ajenos al obispado que deseen recibir o impartir clases. Este “permiso” es conocido como la licentia docendi. Un poco más tarde, en 1179, el papa Alejandro III, dispondrá qué requisitos deberá tener un estudiante para lograr el permiso para ejercer labores docentes, o lo que es lo mismo el título de “maestro”, con el que podrá también ejercer funciones laborales.

Las escuelas catedralicias pronto se convierten en los centros autorizados y protegidos por la Iglesia (quedan todas ellas bajo la protección papal) para difundir los conocimientos en la Cristiandad aunque no hay que verlas, todavía, como universidades. Destacan Reims, Lieja, Laon, París y, sobre todo, Chartres, en Francia. En Inglaterra surge Oxford. En España es ahora cuando surgen las escuelas catedralicias de Barcelona, Huesca, Zaragoza, Toledo, Palencia, Segovia y Santiago de Compostela.  En Italia se produce el fenómeno del nacimiento de escuelas sostenidas por las municipalidades que sustituyen o amplían las escuelas catedralicias previamente existentes, como Cremona, Módena, Parma, Reggio Emilia, Pisa, Rávena y Bolonia. También surgen ahora dos escuelas excepcionales por ser las únicas especializadas en Medicina: Montpellier y Salerno.

Su programa sigue siendo eminentemente teológico y está enfocado mayoritariamente a la formación de clérigos (muchos de los cuales llegarán a ser obispos, consejeros reales, abades e incluso papas) si bien el Derecho y la Medicina son tenidos por estudios importantes y ven crecer su presencia en todas las escuelas catedralicias.

La enseñanza no sigue unos planes unificados o iguales, tampoco la duración de los mismos es el mismo en unas escuelas y otras aunque sí que era muy similar la secuencia lógica de aprendizaje: lectura y comentario de los “auctores” y discusión entre el maestro y los estudiantes hasta llegar a una “sententia” sobre su valor doctrinal. El sistema se verá reforzado por la reintroducción del pensamiento de Aristóteles en la cultura europea gracias a las escuelas de traductores de Toledo, Huesca y Sicilia y a la importación de saberes desde Bizancio. Comienza ha desarrollarse la escolástica y nuevos métodos de enseñanza y pensamiento. Además la movilidad del clero, sujeto a la independencia lograra por el papa Gregorio VII, permitió algo así como que se pusieran en marcha “intercambios” culturales entre unas escuelas catedralicias y otras.

En definitiva comienza la Revolución del siglo XII.

Oxford, un icono del desarrollo cultural medieval

Oxford, un icono del desarrollo cultural medieval

Es a partir del año 1150, aproximadamente, cuando el crecimiento de la población permite que surjan las ciudades nuevamente en la geografía europea. Este hecho provoca que aparezca una nueva sociedad, alejada del sistema eminentemente feudal (atado a la explotación agrícola, los señoríos y el servilismo campesino), concentrada en los núcleos urbanos que ven florecer nuevos oficios, actividades y tienen, por extensión, nuevas necesidades. Y esas necesidades, ligadas a la creciente actividad comercial, vendrán a ser cubiertas por las “escuelas catedralicias” en un primer momento y por los nuevos Estudios Generales en los albores del siglo XIII.

Se comienzan a crear los llamados Estudios Generales o Universidades de maestros y escolares que vienen a romper la ancestral subordinación de las “ciencias” a la Teología, convirtiendo el estudio de las mismas en un fin en sí mismo. Estas ciencias serán, en un primer momento, el Derecho, la Medicina, las Artes y la Filosofía. Su creación es la respuesta que ofrece la sociedad medieval a los nuevos retos que debe afrontar. Algunas escuelas catredalicias pasan a ser “universidades”, otras, en cambio, serán creadas de manera completamente separada de la Iglesia aunque muchos de sus maestros y estudiantes seguirán siendo clérigos. Pero es ahora cuando aparece la figura del “maestro” secular, sin vinculación con la Iglesia, sino que plenamente dedicado a la labor de la enseñanza y el estudio.

En España la primera universidad será el Estudio General de Palencia, creado sobre la escuela catedralicia por orden del rey Alfonso VIII en 1212. Poco después, en 1218, Alfonso IX creará la Universidad de Salamanca, que verá reforzada sustancialmente sus prebendas, títulos y recursos por parte de Alfonso X “el Sabio”, siendo especialmente significativo el cambio del estudio de la Teología por el del Derecho. De hecho Salamanca será, junto con Bolonia, una de las universidades más prestigiosas de toda la Cristiandad.

Universidad de Salamanca. La universidad por antonomasia.

Universidad de Salamanca. La universidad por antonomasia.

Las universidades se caracterizarán en toda Europa por una serie de novedades.

En primer lugar, como ya se ha señalado, surge la figura del maestro “profesional”, sin dedicaciones religiosas. Los alumnos, igualmente, son en su gran mayoría “escolares” sin otro oficio durante sus largos años de formación. Por lo tanto el cuerpo docente se dedica por completo al estudio y análisis de las materias estudiadas.

La técnica de enseñanza parte del uso del latín como única lengua válida (lo que también explica la gran movilidad existente entre todas las universidades europeas pues todas ellas usan el mismo “idioma de trabajo”).

Se marcan claramente las Autoridades intelectuales a seguir: Aristóteles, Graciano, los Santos Padres y las Sagrada Escrituras.

Se utiliza la lógica aristotélica como proceso de análisis, estudio y crítica, siguiendo los dictados de la razón en todo momento.

Ñiiii, ñiiii ("os vamos a poner mirando a la Meca malditos humanos").

Ñiiii, ñiiii (“os vamos a poner mirando a la Meca malditos humanos”).

En definitiva, cambia la concepción del Saber y de la realidad social. Se comienza a construir la estructura de pensamiento y análisis de nuestra sociedad actual y, lo más importante, se abandona casi por completo el riesgo de que la Cristiandad (último reducto del mundo Clásico greco-latino) desaparezca… ¿o no?

En otra ocasión hablaremos de qué pasó para que lo que parecía una época llamada a adelantar el Renacimiento trescientos años se truncase unos años después, a mediados del siglo XIV.

Sólo adelantaremos una pista: las ratas casi nos exterminan. Para que luego os haga gracia Mickey Mouse.

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Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por las Universidades de Zaragoza y Pisa. Doctorando en Política Internacional.

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