Un inglés, un francés y una española

La historia de una boda que cambió para siempre la política, la nobleza y las fronteras de la Europa medieval.

Las bodas son siempre un motivo de alegría. Salvo cuando tienen como consecuencia una docena de guerras, la excomunión de todo un país, miles de muertos, la práctica extinción de una dinastía y el inicio de un conflicto europeo que se extenderá durante doscientos años. Es lo que tenía el siglo XIII… ¡Vivan los novios!

Todo comenzó en otra boda unos pocos meses antes. En el año 1200 Leonor de Aquitania, a la sazón octogenaria, acudió a la corte de Castilla a buscar a una de sus nietas para casarla con el heredero de Francia, el jovencísimo príncipe Luis. Entre sus nietas eligió a la hermosa Blanca y, tras convencer a los padres de la cría (los reyes Alfonso VIII y Leonor), partió velozmente hacia París. Su plan era muy sencillo, desesperado y tremendamente ambicioso.

  • Sencillo porque el rey de Francia estaba encantado de casar a su hijo con una princesa que garantizase la amistad de su reino con Castilla y con Inglaterra.
  • Desesperado porque Leonor intentaba por todos los medios salvar la mayor parte de su legado y del de su segundo (y difunto) esposo, el rey Enrique II Plantagenet.
  • Ambicioso porque creaba la posibilidad real de que las coronas de Francia e Inglaterra terminasen unidas en una sola cabeza, mitad Capeta y mitad Plantagenet.

 

(El inglés).El rey de Inglaterra Juan Sin Tierra, experto en cagarla.

(El inglés).El rey de Inglaterra Juan Sin Tierra, experto en cagarla.

La boda, por lo tanto, era un planazo y la ceremonia tuvo lugar el 23 de mayo del año 1200.

Pero, como hemos dicho al principio, esta boda fue, en realidad, el prólogo de otra boda. Y es esta segunda boda la que sembró la Cristiandad de cadáveres durante casi dos siglos.

Durante los esponsales de Blanca y Luis se trasladó a Francia (reino dónde se celebraba el enlace) el tío de la novia, el mismísimo rey Juan I de Inglaterra (más conocido como Juan sin Tierra). Juan era un monarca con bastante mala fama por varias razones: su hermano mayor fue Ricardo Corazón de León; su reinado se estaba caracterizando por ser decadente y disoluto; y su madre, la reina Leonor, lo consideraba un incapaz y no dudaba en decírselo a quien quisiera oírla.

Pues bien, Juan Sin Tierra, acudió a la boda de su sobrina y, como era tradición en esos tiempos, al terminar la misma decidió darse una vuelta por sus feudos en Francia. Hay que tener en cuenta que en esta época el rey de Inglaterra, además de ser el soberano de la isla, tenía multitud de territorios bajo su control directo en Francia (Aquitania, Gascuña, Normandía, Bretaña, Poitou, Anjou, Maine). Y esto ¿cómo se explica? Bueno, habría que remontarse a la invasión normanda de Inglaterra en el año 1066 y eso es ya irse muy atrás en el tiempo. Lo resumo mucho: el duque de Normandía era un vasallo del rey de Francia. Un buen día decidió invadir Inglaterra aprovechando que ese país estaba en guerra. Lo conquistó y, por lo tanto, pasó a ser el nuevo rey de Inglaterra. Así que, al mismo tiempo, era duque de Normandía (y por lo tanto vasallo del rey de Francia) y rey de Inglaterra. Por medio de varios matrimonios, consiguió hacerse con el señorío de otros territorios bajo su control dentro de Francia.

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Reparto de los señoríos franceses cuando Juan I accede al trono. En tonos marrones sus feudos y vasallos. En blanco bordeado con naranja los del rey Felipe. Aunque el Condado de Toulouse es del rey de Aragón (que no sale en este artículo pero que tiene su aquél).

Volviendo a Juan Sin Tierra. Como habíamos dicho, tras la boda de Blanca y Felipe, el rey de Inglaterra acudió al castillo de Lusignan donde su señor, el conde Hugo de la Marca, le presentó a su prometida la joven y bellísima Isabel de Angulema. La joven debía ser muy atractiva porque el rey se quedó prendado y, apenas un par de semanas después, se casó con ella en el castillo del conde de Angulema. Repito la jugada: el rey le levantó la novia (y su heredad, claro está) al conde Hugo, que se quedó bastante alucinado y un pelín cabreado.

Ya tenemos la boda. Ahora empieza el espectáculo.

Juan, siendo consciente de que había sido bastante cabroncete y con la conciencia muy poco tranquila, decidió regresar a Inglaterra a toda velocidad para que su jovencísima esposa (tenía catorce años la criatura) fuese rápidamente coronada. De ese modo se garantizaba que el matrimonio fuese prácticamente indisoluble. El 8 de octubre de 1200 Isabel es coronada en Westminster.

Como era de esperar el cornud… el pobre conde Hugo de la Marca se pilló un rebote bastante considerable. No sólo le había quitado a la novia, sino que aquello era más bien una burla. El rey Juan, su señor, había traicionado el código feudal por completo al comportarse de aquella manera con uno de sus vasallos. Así que, ni corto ni perezoso, se dirigió a su “otro señor”, el rey de Francia y reclamó justicia.

El rey Felipe no es que estuviera contento, es que aplaudía con las orejas. El torpe Juan Sin Tierra le había servido en bandeja la ocasión para quitarle todos sus dominios en Francia ya que, al traicionar a un vasallo, perdía la legitimidad feudal de dominio y señorío. Un mal señor dejaba de serlo a los ojos de Dios y de los hombres y, por lo tanto, se disipaban las obligaciones contraídas hacia él: obediencia, lealtad, servidumbre.

Pero antes de invocar semejante prerrogativa, el rey de Francia optó por buscar una salida negociada y pacífica, a fin de cuentas el rey de Inglaterra era su vasallo como duque de Normandía, y evitar la guerra siempre era una buena opción. Además, hay que tener en cuenta que despojar a Juan de sus dominios exigiría un conflicto militar costoso y largo.

Se cursaron mensajes solicitando al rey de Inglaterra que negociase una compensación para Hugo de la Marca pero desde Londres hicieron oídos sordos. Se intentó lograr un acuerdo en París durante una estancia del monarca inglés allí pero lo único que se logró fue que Juan quisiese zanjar el asunto por medio de un “duelo judicial” o lo que venía a ser una lucha de campeones: el que ganaba tenía razón y punto. Pero esa solución no se estilaba desde mediados del siglo XI. Mientras tanto, el rey de Inglaterra se caracterizaba por seducir a las esposas e hijas de la mitad de sus vasallos a ambos lados del Canal de la Mancha, con el correspondiente mosqueo por parte de la mayor parte de la nobleza. Viendo como se estaba poniendo de interesante la cosa, Felipe Augusto decidió ordenar a Juan que compareciera ante sus iguales en una corte de barones del reino a lo que, como era de esperar, el monarca inglés contestó que le esperasen sentado porque él estaba muy por encima de esas cosas.

El 28 de abril de 1202 la corte de barones declaró que Juan era un soberbio, un faltón, un chulo, un lerdo y un perjuro (lo más grave de todo) y que, por lo tanto, todas las tierras que había recibido del rey de Francia (o sea, sus feudos en el Continente) ya no le pertenecían legítimamente. Dicho de otro modo: le expropiaron sus tierras. Y, como no podía ser de otro modo, Felipe Augusto nombró nuevo dueño de una buena parte de ellas a un pretendiente bastante molón: Arturo de Plantagenet o “de Bretaña”, sobrino del rey Juan (era el hijo de un hermano mayor de Juan, Godofredo de Bretaña, muerto bastantes años atrás), y persona con unas ganas tremendas de arrebatar a su tío las posesiones de este en Francia.

(El francés). El rey Felipe II "Augusto" de Francia. Atención a la pose.

(El francés). El rey Felipe II “Augusto” de Francia. Atención a la pose.

La guerra estaba servida y no tardó en comenzar. Normandía, la cuna de la dinastía Plantagenet, fue la primera en ser atacada con bastante éxito, de hecho el rey Juan huyó en más de una ocasión sin combatir ganándose por ello el sobrenombre de “Corazón de Muñeca” en contraposición al que tuvo su hermano Ricardo “Corazón de León”. En cambio, más al sur, en el Poitou, la cosa no fue muy bien para Arturo y su hueste. El joven pretendiente fue apresado tras una breve batalla (la única que ganará Inglaterra en toda esta guerra). Después, por orden de su propio tío, fue torturado y asesinado. Cuando la noticia se conoció en Francia dos años después muchos vasallos de Juan Sin Tierra, bastante descontentos con el proceder de su rey, acudieron en masa a ver a Felipe Augusto para ofrecerle vasallaje y lealtad.

Muerto Arturo de Bretaña, el rey Felipe de Francia decide que ha llegado la hora de buscar un nuevo “pretendiente” a las posesiones de los Plantagenet en Francia, y esa persona es su nuera, Blanca de Castilla, la esposa de su hijo Luis. A fin de cuentas Blanca era nieta de Leonor de Aquitania y del rey Enrique II, y podía esgrimir ciertos derechos a la corona de Inglaterra y a los señoríos franceses. Por lo tanto en 1206 el monarca francés decide poner en marcha la conquista de las islas para garantizarle a su nuera “su legítima heredad”.

Mientras tanto el rey Juan, que se caracterizaba por ser un metepatas de primer orden, se había enfrentado abiertamente a la Iglesia de Roma al tratar de imponer a su candidato al puesto de arzobispo de Canterbury. Como consecuencia de aquella disputa cayó sobre el reino un interdicto papal (prohibición de celebración de misas abiertas, negación de algunos sacramentos, etc.) y casi la mitad del clero y de los barones se revelaron abiertamente contra el rey. Su respuesta fue agudizar aún más su reinado de terror sobre Inglaterra, ajusticiando a nobles, clérigos, seglares, pueblo llano y shérifs. El malestar contra él iba en aumento y ya había gentes que imploraban que los franceses acabasen con aquella maldición en forma de rey y pusiesen en su lugar a la reina Blanca de Castilla. (Por cierto es en estos años cuando surge el mito, leyenda o cuento de Robin Hood).

Así que cuando Felipe Augusto organizó la invasión de Inglaterra parecía que el reinado de Juan Corazón de Muñeca estaba a punto de tocar a su fin.

¿Sería el final de la guerra? ¡Claro que no! Aún tenían que pasar bastantes más cosas, incluyendo una nueva guerra que casi desintegra Francia.

En mayo de 1213 se convocó a los barones del reino para que aportasen tropas, barcos y pertrechos a la proyectada invasión pero, hete aquí que uno de ellos no se presentó: el conde Ferrán de Flandes, que optó por unirse a Juan Sin Tierra. Y lo más grave es que sin los puertos de Flandes era casi imposible atacar Inglaterra. Casi a la vez otro importante noble francés, Reinaldo de Dammartin, conde de Boulogne se alió con Juan Sin Tierra y arrastró consigo a un creciente número de nobles del norte de Francia, de Holanda y de Alemania. La invasión de Inglaterra quedó suspendida para siempre.

Para colmo el rey Juan, en un movimiento bastante ingenioso, entregó la corona al legado papal, jurando vasallaje a Inocencio III, y poniendo su reino a las órdenes de la Santa Sede. De ese modo pasaba a estar protegido por el Sumo Pontífice como “vasallo” y, por lo tanto, atacarle suponía atacar al mismo Papa. Ahora era él quien preparaba un ejército de mercenarios para invadir sus antiguas posesiones en Francia. Además, logró que su sobrino, el emperador alemán Otón IV organizase una invasión de Francia por el este para deponer a Felipe Augusto (puesto que el rey de Francia apoyaba las pretensiones de Federico de Hohenstaufen para alzarse con la corona imperial).

Blanca de Castilla

(La española). Blanca de Castilla.

La posición de Felipe II parecía insostenible. Atacado por dos frentes a la vez (Juan, por el oeste; Ferrán, Reinaldo y Otón, por el este) su única esperanza consistía en dividir su menguante ejército, comandar él mismo uno y ceder el mando del otro a su hijo Luis. El rey partió al encuentro de la amenaza mayor, proveniente de Alemania. El 27 de julio de 1214, en los campos de Bouvines, el ejército francés aplastó a sus enemigos. Casi a la vez, en el este, el príncipe Luis ponía en fuga al rey Juan Sin Tierra en La Roche-aux-Moines.

La guerra termina pero no las consecuencias de la precipitada boda del rey Juan con la hermosa Isabel de Angulema. Desde ahora los reyes ingleses querrán recuperar sus dominios en Francia quedando sembradas las semillas de la terrible Guerra de los Cien Años entre ambos reinos. También existirán terribles consecuencias en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico ya que el nuevo emperador, Federico II, se caracterizó por sus problemas con el papado, llegando a provocar una serie de guerras en el Imperio y en Italia. Y al pobre Juan Sin Tierra es ahora cuando en Inglaterra le estallará en la cara la Carta Magna, la guerra contra todos sus barones y la invasión del reino por el príncipe Luis de Francia (el marido de Blanca de Castilla) reclamando la corona para su esposa.

Como veis, las bodas son siempre un motivo de alegría… para alguien.

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Publicado por

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por las Universidades de Zaragoza y Pisa. Doctorando en Política Internacional.

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