In vino veritas

Cuando al-Hakam II sucedió a Abderramán III en el Califato de Córdoba, hubo un amago de Ley Seca de lo más delirante.

En el siglo VIII d.C. los musulmanes entraron en la Hispania visigoda como el agua entre las rocas, tras una discusión que acabó a espadazos entre pretendientes al trono visigodo, uno de los dos postulantes pidió ayuda a un ejército extranjero –algo bastante habitual–, que fueron los árabes que llegaron desde Ifriqiya –norte de África– y al final fue como cuando pides a tu mejor amigo que cuide de tu novia mientras vas a la guerra, cuando vuelves, ni novia ni amigo. En apenas 15 años los musulmanes habían postrado a sus pies a casi todos los cristianos de la Península Ibérica y habían cruzado posturas mediante el acero con los francos, contra los que se estrellaron varias veces e hicieron un Xavi Hernández, dijeron que hacía mucho frío y que el césped estaba alto, y se volvieron para abajo.

Pasaron los años bajo dominio musulmán y la vida era parecida a la de antaño, aunque un poco más cara. Todo gracias a que para los musulmanes, los católicos y judíos eran “gente del libro”, o dhimmíes. Son gente conocida porque salen en el Corán –bueno y porque están por ahí viviendo, subiendo Arabia a la izquierda– y a las que dejan vivir en su territorio a cambio de un tributo. Además les hacían falta, los musulmanes eran una minoría en la rebautizada Al-Ándalus y, mientras que los nativos estaban acostumbrados a vivir y trabajar el campo, los conquistadores preferían dedicarse al nomadismo, y por supuesto, al comercio en las ciudades.

Esta gente del libro va a tener algunas costumbres que podrían haber chocado fuertemente con las de los musulmanes, por ejemplo, el cultivo de la vid para elaborar vino, más cuando a 10 kilómetros ­de una ciudad como Sevilla –en el Aljarafe– se cultivaba no sólo el aceite, sino que también se cultivaba desde antiguo el vino que tanto gustaba a los romanos. Y que tanto nos gusta todos.

Abderramán III. Califa, rubio y catador de vinos.

Abderramán III. Califa, rubio y catador de vinos.

Este vino va a ser consumido por mozárabes y muladíes, es decir, cristianos y cristianos conversos, y también se va a extender a la población de ascendencia musulmana, y el propio Abderramán III, el Califa, dicen que no le hacía ascos al vino. Como para hacerle ascos.

Casi se va todo el cultivo de viñas al traste cuando al-Hakam II sucedió en el trono a Abderramán III. El nuevo Califa era un personaje excelentemente culto, que llevó las riendas del Califato tan bien o mejor que su padre, además creó una de las mejores bibliotecas de la historia. El problema es que era un poco más conservador que su predecesor, y cuando se enteró de que la viña que se cultivaba para elaborar vino, se consumía con normalidad entre los musulmanes, entró en cólera y quiso arrancar de raíz todas las viñas de Al-Ándalus.

Resulta paradójico que alguien tan inteligente reaccionara de esta manera ante un secreto guardado a voces. Lo cierto es que, aunque estuviera extendido el consumo del vino entre mozárabes, muladíes y musulmanes, la producción había bajado de manera lógica ante un estado que no permitía oficialmente su consumo, era algo que se hacía de puertas para adentro, aunque comerciar con él estaba más que permitido.

al-Hakam II. Coleccionista de libros y precursor de la Ley Seca.

al-Hakam II. Coleccionista de libros y precursor de la Ley Seca.

Curioso es el caso de los jóvenes musulmanes de la ciudad califal que inventaron la botellona. En Córdoba existía una gran explanada extramuros para actos oficiales con mucha pompa, tales como juegos presentados por el Califa y grandes ceremonias religiosas para celebrar situaciones excepcionales, como victorias, para las que la Mezquita se quedaba pequeña. Y en esta gran explanada, se reunían algunos jóvenes musulmanes cuando se hacía la noche, pues no tenían otro lugar al que ir a consumir el prohibido vino. Nasir el fantoche de día, Nasir el borracho de noche.

Al final al-Hakam II cambió de opinión gracias a sus consejeros, que se tiraron de los pelos al pensar en tener que arrancar cada viña del territorio, empresa imposible. Además, le dijeron al Califa, inundado de cólera y despojado de toda sensatez, que era inútil acabar con la vid, pues con el aguardiente destilado de la mora se podía hacer un licor mucho más fuerte que el vino, y el problema no iba a hacer sino agravarse.

Qué bien lo sabéis, ¿Eh? Debió decir al-Hakam a sus consejeros. Tu padre lo sabía mejor que nadie.

Era evidente que en el vino estaba la verdad, y acabar con él habría sido imposible. Cosa bien sabida entre los bebedores de vino.

Su vinito y su guitarrita, ¡Ole!

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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