La guerra de los mercenarios

Nada más terminar la I Guerra Púnica, Cartago sufrió una revuelta libio-mercenaria que estuvo cerca de suponer le final definitivo de los púnicos.

Como ya hemos visto días atrás en este blog, Cartago quedó totalmente descompuesta tras la I Guerra Púnica, y peor que iba a estar, clamando a los dioses cuando el levantamiento de los mercenarios casi arrasa la propia Cartago. Vamos a detenernos en este capítulo del gran relato que estamos construyendo para comprenderlo mejor, ya que hasta ahora hemos pasado de puntillas por él y aún estamos a tiempo de hablar de la cuestión, que resulta otro momento apasionante de la historia de Cartago.

Sin dinero y sin tacto

Los púnicos estaban faltos de numerario tras 23 años de guerra contra Roma, pero la revuelta mercenaria no fue inmediata. Amílcar había firmado con Lutacio entregar Sicilia y salir de allí por patas, tarea que le encomendó a Giscón. El procedimiento habitual habría sido sacar a los mercenarios por turnos, pagando la soldada y desmovilizándolos, pero la situación no era normal. Cartago debía a sus mercenarios 6 años de soldada, que en cálculos aproximados –y por qué no decirlo, difíciles de aproximar– estaban en torno a unos 2.400 talentos entre cerca de 20.000 hombres. Sin olvidarnos de que Cartago debía ya a Roma 3.200 de los que debía pagar 1.000 de manera inmediata. Cabe decir que los mercenarios eran curiosamente pacientes para percibir su soldada, pero Cartago tuvo poco tacto al negociar con ellos a la baja después de que Amílcar les prometiera la paga al completo.

Los mercenarios estaban ya especialmente cansados, y el abismo para Cartago estaba próximo. 20.000 hombres enormemente fogueados en la guerra sobre suelo cartaginés eran un peligro, pero aparecieron unos terceros actores: los libios, que estaban hasta las narices de soportar unos impuestos desmedidos, incluyendo a las élites más pudientes, que eran al mismo tiempo los más capaces para movilizar a los todos los libios. Sin olvidarnos del pequeño detalle que aproximadamente la mitad de los mercenarios eran libios.

Como los mercenarios empezaban a estar demasiado descontentos, se los llevaron un poco más lejos, a Sicca Veneria –donde está la actual Le Kef– porque en Cartago eran un verdadero peligro. Los mercenarios empezaron a pedir no sólo la paga debida, sino que también querían una justa retribución por todo lo que habían puesto de su bolsillo para sobrevivir esos 6 años, para lo que probablemente muchos tuvieron que pedir préstamos, e incluso sus familias se endeudaron, con lo cual era una petición bastante coherente, como también lo era que Cartago intentara rebajar un poco el montante por la deuda contraída con Roma.

Finalmente, Giscón, el encargado de comerse el marrón parece que consiguió un acuerdo para pagar la soldada e incluso tras ello, reponer a los mercenarios lo que tuvieron que pagarse de su bolsillo esos 6 años. Pero ya era demasiado tarde, aunque cualquier persona razonable bajo circunstancias normales habría aceptado el acuerdo. Hay que insistir en que no eran circunstancias normales y aunque no podemos saber a ciencia cierta qué ocurrió, por qué, ni qué pasaba por la cabeza de nadie, Dexter Hoyos arroja una hipótesis bastante sensata al respecto: es probable que un grupo de mercenarios convenciera a muchos de ellos para percibir la paga debida y además unirse a la revuelta libia. De este modo conseguirían la justa retribución por sus servicios, más lo conseguido durante la guerra al entrar en Cartago, y un próspero futuro siendo héroes de la Libia liberada –con un largo expediente de rebeliones fallidas–.

Una guerra sangrienta y una dirección dividida

Los mercenarios apresaron a Giscón, lapidaron a unos cuantos púnicos, y bloquearon Cartago desde Túnez, la rebelión era ya un hecho consumado y el imperio cartaginés estaba patas arriba. La dirección militar estaba bajo Hannón, quien se vio sobrepasado por la situación y tan sólo Útica e Hipozarita –Bizerta– fueron leales a Cartago, pero pronto serían perdidas por propia voluntad, incluso Útica pedirá el arbitrio de Roma sin éxito. Es en estos momentos, en el 240 a.C., cuando los mercenarios de Cerdeña aprovechan también para rebelarse y Roma aprovechará, un poco más tarde,  para agenciársela y de paso poner pies en Córcega, que quedaba cerca.

Ante el desastre inicial de Hannón, Amílcar tomó el mando de la situación y, con menos hombres, lo llevó mejor. Además inició unas matanzas de prisioneros que dieron nombre al conflicto que tratamos, la guerra inexpiable o sin cuartel. Como consecuencia de estos actos, nuestro querido amigo Giscón fue mutilado y asesinado. Amílcar solicitó la ayuda de Hannón al entender que los mercenarios podían ser derrotados si Cartago se muestra unida, pero ambos generales no se pusieron de acuerdo y esta actitud es la que hará que Útica e Hipozarita –ciudades extraordinariamente leales– decidieron abandonar a los púnicos.

Lancero libio

Lancero libio

Merece la pena pararse un momento sobre la cuestión de los mercenarios como grupo. Ya sabemos que los sublevados no son homogéneos desde el principio de la rebelión, pues arrastran consigo a campesinos libios y otros individuos descontentos no militares. Pero los propios mercenarios tampoco lo eran, cada uno tenía su procedencia y sus intereses, además, ni siquiera todas las tropas que lucharon contra Roma eran mercenarios. En un primer lugar estaban los súbditos de Cartago, que eran principalmente libios obligados a servir en los ejércitos de los púnicos y eran un componente bastante importante en las tropas de estos rebeldes, por otro lado estaban los aliados de Cartago que eran ligeramente inferiores en el pacto, como los númidas, los galos o los ligures, y por último los verdaderos mercenarios contratados a golpe de talonario. De hecho, de entre los líderes de la rebelión destacarán un galo, un libio y un campano, que  representan tres partes de las que se componía el ejército púnico.

Amílcar de nuevo en solitario tomó las riendas de la situación y cortó las líneas de abastecimiento entre el ejército mercenario y la Libia, llevándolos a la desesperación por el hambre. Finalmente acorraló a una parte del ejército liderada por Autárito –una suerte de general mercenario galo–, les ofreció una rendición incondicional, pero al intentar escapar los enemigos, los masacró. Poco tiempo después, dejó a buena parte de su ejército al mando de un tal Aníbal que funcionó como su segundo, y Mato, otro general mercenario, se puso las botas con el pobre Aníbal. Las crucifixiones[1] y degollamientos iban y venían como parte de esta guerra sin cuartel, y el Senado de Cartago le pidió a Aníbal que por favor se entendiese con Hannón, y entre el 238-237 a.C., por fin se entendieron y consiguieron acabar con Mato, y con él, con la rebelión.

Infante galo

Infante galo

Apreciaciones

El objetivo último de esta explicación era conocer de forma sucinta el conflicto que, enmarcado dentro de lo que ya conocemos, estuvo cerca de costar a Cartago algo más que otra rebelión fallida. Y a pesar de todo lo expuesto, hay cuestiones difícilmente tratables y poco asegurables.

Sabemos que los mercenarios se rebelaron contra sus empleadores, pero no es el típico ejemplo del mercenario descontento poniendo al “jefe” entre la espada y la pared esperando la paga. El momento era muy concreto y Cartago parecía poder derrumbarse de la noche a la mañana, y a pesar de ello, no todos los mercenarios participaron, de hecho parte de los 20.000 se unieron al ejército de Amílcar. Fue un conflicto fundamentalmente libio al que una parte de estos mercenarios se unió por sus propias razones de las que sólo podemos plantear hipótesis, pero podemos imaginar que los mercenarios libios –que actuaban en realidad como mercenarios forzados, como ya hemos visto, y que no por ello debemos pensar no percibían soldada– tenían fuertes motivaciones para participar en la revuelta libia.

Tampoco encontramos muchos númidas, que podrían haber sido un factor determinante en la balanza hacia los libios, de hecho, parece que participaron más númidas bajo las órdenes de Cartago que del lado libio-mercenario. Tampoco es de extrañar, funcionaban más en calidad de aliados inferiores que de súbditos como los libios, por lo que los impuestos debieron ser más benévolos con los númidas, y por tanto menos propensos a mancharse las manos de sangre en esta ocasión.

Por otro lado ni siquiera los libios parecieron estar del todo unidos, no parece haber ningún tipo de confederación libia. E incluso algunos libios adinerados preferían el status quo impuesto por Cartago que una guerra incierta, por la que además, podrían ir al crucifijo.

Otro factor clave fue la ayuda de Roma, quien estaba realmente interesada en que Cartago no se desmoronara, y permitió a los púnicos contratar mercenarios en suelo romano, además de apremiar a sus propios aliados a abastecer a Cartago en buenas condiciones y a no hacerlo a los mercenarios. Aunque como sabemos todo tiene su precio, y una cosa era echar un cable y otra amamantar a tus enemigos naturales, y como ya he señalado, tomó Córcega y Cerdeña porque ser romano era eso, hacer lo que querías y cuando querías según “el senado y el pueblo de Roma así lo crea conveniente”.

Cartago, de todos modos bien podría haberse curado en salud y pagar la soldada antes a los mercenarios, desmovilizándolos o desviándolos a diferentes frentes, cualquier cosa para mantener a 10.000 infantes libios descontentos en medio de una rebelión libia en ciernes. La gente con armas descontenta siempre puede resultar un problema difícil de manejar, y a Cartago le costó mucha sangre comprender hasta qué punto esto era así.


[1] La crucifixión era un método muy usado por los cartagineses para castigar a los traidores. El uso viene dado por su ascendencia fenicia, ya que la crucifixión era en origen de Oriente Próximo y fue muy usada por los fenicios.

Bibliografía

-HOYOS, Dexter: Truceless War: Carthage’s Fight for Survival, 241-237 BC, Brill2007.

HOYOS, Dexter: “La guerra inexpiable”, en Desperta Ferro, serie Especiales, Nº IV, 2013, pp. 52-61.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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Una respuesta a “La guerra de los mercenarios”

  1. […] Tras la primera guerra púnica (264 a.C. a 241 a.C.), Cartago quedó por completo rota: en la Paz de Lutacio Roma les obligó a renunciar a Sicilia y a pagar 3.200 talentos de plata, o lo que es lo mismo, 10,5 toneladas del codiciado metal. Las deudas y la pérdida territorial dejaron a Cartago sin poder pagar a las tropas, que en buen número eran mercenarios y se sublevaron. […]

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