La Primera Guerra Púnica

La primera guerra púnica fue el bautismo de fuego de Roma como gran potencia, que la llevaría, finalmente, al control del Mediterráneo.

En el año 272 a.C. Roma controlaba casi al completo la península itálica. Gracias a la intervención malograda de Pirro en favor de la Magna Grecia, Roma consiguió un casus belli para hacerse con todos los territorios hacia el sur, y además, la influencia cartaginesa se vio mermada en Sicilia, donde también intervino Pirro. Quedó demostrado que las polis griegas del sur italiano no podían contar con las metrópolis, y que Cartago podía empezar a temer a un pueblo que parecía no tener límite de soldadesca y de fuerzas para luchar.

El estrecho de Mesina

Moneda mamertina con el dios Adranos | Wikimedia Commons

 

El inicio de la guerra fue como el de tantas otras en la Roma republicana. Un tercero pide a Roma y/o a Cartago que intervengan porque hay un problema. No sabemos bien qué pasó, pero tradicionalmente se dice que unos mercenarios de Italia central, llamados mamertinos –viene de Mamers, dios de la guerra del que estos guerreros eran seguidores–, que estaban al servicio del tirano[1] Agatocles de Siracusa, liaron una de las buenas. A la muerte de su empleador quedaron sin objetivo y parece que en Sicilia hubo un desorden considerable. Estos mamertinos se autoemplearon –o los empleó otra polis– para conquistar Sicilia, del mismo modo que había proyectado el rey Pirro pero por ahora para la parte griega de la isla. Mientras, en Siracusa ascendió Hierón como tirano y viendo la que se le venía encima, pidió ayuda a Cartago. Estos mamertinos consiguieron asentarse en Messana –Mesina– pero Cartago la puso bajo asedio. De modo que al ser de origen itálico, los mercenarios pidieron el arbitrio de Roma, y la urbs, aunque no estaba muy convencida de darse de leches con Cartago, decidió enviar dos legiones y comenzar así la guerra.

Pero esta historia resulta extraña para la historiografía moderna porque Hierón ganó a los mercenarios en la batalla del Longano en el 269 a.C., y aunque los mamertinos se refugiasen en Messana, podrían haber acabado con ellos rápidamente al no suponer ya un problema mayor. Porque hasta este momento, el conflicto era arcaico, entre polis, sin mediación de otras potencias como sugiere el relato tradicional. El problema fue que estas polis estaban repartiéndose cera en una franja limítrofe entre un poder fuerte y respetado pero esencialmente comercial, como era Cartago, y  otro poder fuerte, comercial, pero de corte más militar como era Roma. El caso es que parece más probable que los que pidieron ayuda a Cartago fueron los propios mamertinos asediados en Messana, o los propios messanos, ya que el poder mamertino había expirado tras la batalla del Longano. ¿Por qué a Cartago? Por estar cerca y disponer de un ejército armado y listo para el combate. Y estos mismos messanos, pidieron más tarde la ayuda de Roma al sentir que habían cambiado a siracusanos por cartagineses, y a cuál peor. También puede deberse al temor de Roma por tener a Cartago tan cerca de sus tierras, por lo que movieron hilos para infiltrar agentes en Messana y conseguir desestabilizar a la población y prender la mecha del odio al cartaginés –los cartagineses exigían tributos de un modo u otro si estabas bajo su órbita, contentos tenían a los númidas– para así obtener un casus belli que les dejara enviar las tropas a Sicilia.

Una guerra que se estancó

Obviamente, si aceptamos que Roma entró en Messana para expulsar a Cartago, sea mediante una petición de los ciudadanos o no, la cosa difícilmente iba a quedar así. En el 264 a.C. el tribuno militar Claudio entró en Messana ya expulsados los cartagineses, y Roma declaró oficialmente la guerra a Cartago cuando esta se unió a Siracusa y dijeron a la urbs que abandonaran la isla de inmediato. Cartago envió un ejército a Sicilia y Roma hizo lo propio con dos legiones al mando del cónsul Apio Claudio. Roma ganó por primera vez sobre Cartago, aunque no debió ser más que una escaramuza ya que el cónsul no celebró triunfo al volver a la urbs.

Al año siguiente el Senado envió a dos cónsules con dos legiones cada uno con el objetivo de disolver la alianza entre Cartago y la confederación siracusana –eran polis, no lo olvidemos-, divide et impera. Para ello atacaron a la parte débil, Siracusa. Hierón pronto se vio sin el apoyo de sus aligados griegos, y aunque Roma no podía realizar un asedio competente de la ciudad –Siracusa estaba muy bien defendida, y con un puerto magnífico imposible de bloquear por Roma–, de nada le servía hacer de rey sin reino. Así que firmó la paz en calidad de aliado de la urbs y a otra cosa. Roma era ahora la parte fuerte en Sicilia, y Cartago a destiempo movilizó a las tropas, esta vez en serio, visto el follón que le estaban montando los romanos en la isla.

Roma emprendió la marcha sobre Agrigento sin que Cartago hubiese enviado todavía a sus tropas. Cuando llegó Hannón, el general cartaginés enviado, sólo puedo intentar que la ciudad no cayera, pero la estrategia le salió bastante mal y tuvo que huir, aunque conservó el grueso del ejército prácticamente intacto. Hannón se refugió en la zona occidental de la isla y se hizo fuerte en ciudades parecidas a Siracusa, bien defendidas y con puertos difíciles de bloquear. Roma mientras tanto consiguió rendir Agrigento, y tanto les costó que la saquearon con tal violencia que dañó su imagen en Sicilia, y el apoyo de los griegos hacia la urbs estuvo en jaque. Además los romanos no llevaban máquinas de asedio y la guerra se estancó hasta que Cartago decidió atacar por mar, donde eran claramente superiores.

Lo que le gustaba a un romano un puente | Wikimedia Commons

Lo que le gustaba a un romano un puente | Wikimedia Commons

Roma sabía navegar, habían fundado colonias marítimas y tenían magistraturas relacionas con la navegación, además contaba con una pequeña flota, pero era una broma comparada con la de Cartago, que en el 261 a.C. decide saquear la costa occidental italiana para distraer a Roma y ganarles la posición en Sicilia. Pero durante todo ese año los romanos habían pensado cómo ganar a Cartago en el mar, y deciden optar por lo sencillo: llevar la tierra al mar. Roma era superior en el combate por tierra, poco sabía de combatir en el mar, así que idearon el corvus, un puente levadizo dispuesto sobre la proa de los trirremes de modo que estos embestían a los barcos enemigos, soltaban el puente sobre el objetivo y los soldados lo abordaban luchando cuerpo a cuerpo, como si fuera un combate terrestre, donde eran superiores.

En el año 260 a.C., el cónsul Duilio obtuvo la primera victoria naval de Roma, a la que se levantó una columna conmemorativa en la urbs. En los años siguientes hubo una guerra de desgaste sin victorias significativas para el desarrollo de la guerra, salvo que Roma cercó un poco más a Cartago en Sicilia. Esta situación había desgastado efectivamente las arcas de Roma, que no podría seguir muchos años más construyendo barcos y enviando soldados para no conseguir nada definitivo, así que plantearon la estrategia final: conquistar la propia Cartago.

Roma ad portas

Roma reunió una armada y un ejército sin precedentes, se habla de 300 barcos con 100.000 hombres, cifra probablemente engordada. Con más o con menos soldados, lo cierto es que los romanos reunieron un ejército enorme, y la movilización fue tan grande que, cuando en el 256 a.C. Roma puso rumbo a Cartago, esta ya estaba enterada de la empresa romana y ensambló otra gran flota para frenarlos rompiendo la sorpresa del ataque, que era necesaria para que saliera bien (era complicadísimo sorprender a nadie con tamaña empresa, sirva de ejemplo la imposible sorpresa de la Armada Invencible). Los púnicos interceptaron a la gran armada en Sicilia, frente al cabo de Ecnomo, donde se libró una de las mayores batallas navales de la historia, con victoria para los romanos.

La derrota fue sin embargo una victoria temporal para Cartago, porque cuando los romanos desembarcaron sus tropas en África el invierno estaba próximo y la navegación de estos barcos era un problema muy grande con mal tiempo, así que el Senado ordenó la vuelta de todo el ejército (la península itálica estaba sin defensas y era necesario que volvieran de inmediato, no se podían arriesgar a dejar a todo el ejército romano aislado en África durante varios meses) menos 15.000 soldados que quedaron bajo las órdenes de Régulo.

Régulo, a pesar de todo, fue capaz de dominar la zona cercana a Cartago y llegar a asediarla, contando, eso sí, con el apoyo de tribus indígenas que estaban cansadas del dominio cartaginés. Régulo presentó incluso la paz a Cartago, pero se excedió al ofrecerles una rendición incondicional, cosa que Cartago nunca iba a aceptar. Los púnicos ganaron un tiempo muy valioso entre la batalla de Ecnomo y las aventuras de Régulo en África, consiguieron reunir el dinero suficiente para contratar mercenarios, entre ellos al general espartano Jantipo, un verdadero condotiero helénico forjado en el valle del Eurotas, que puso de patitas en la calle a lo poco que quedó del ejército de Régulo, al que además hizo prisionero.

Roma, evidentemente no se quedó de brazos cruzados, y en el 255 a.C. envió a dos cónsules más (si por algo se caracterizaban los romanos era por sacar soldados de debajo de las piedras y por ser de una tenacidad inaudita) y derrotaron otra vez a Cartago en el mar, pero una tormenta frente a Sicilia dejó a la urbs casi sin ejército cuando volvían. Polibio la consideró la mayor tragedia naval de la historia. ¿Por qué temían tanto los romanos al mal tiempo y las tormentas causaban tales desbarajustes? En primer lugar porque la navegación todavía era como era, los trirremes se llevaban mejor con las costas que con aguas profundas y las tempestades siempre eran una putada para los marineros, y en segundo lugar porque el corvus comprometía todavía más la poca estabilidad de los trirremes, era un puente de madera en la proa, una vela que no podía izarse y que costó muchos barcos y vidas a los romanos. Tanto que tras esta guerra los romanos desecharon el corvus y desarrollaron mejores técnicas navales.

Un día tú, otro yo

Pero la cosa no acabó ahí ni para Roma ni para Cartago. El año siguiente ambos bandos habían reunido nuevos ejércitos y flotas y volvieron a discutir posturas a base de pilum (jabalina pesada romana) va y lanzada viene, y no salió mucho en claro. Cartago recuperó Agrigento, pero Roma tomó Panormo (Palermo), que era el cuartel general cartaginés y varias ciudades se adhirieron a la causa romana al ver que esta vez los romanos no saquearon la ciudad como pasara años atrás en Agrigento.

Roma ahora se sentía con fuerzas para intentar algo nuevo, que fue realizar el pillaje sobre las costas cartaginesas como los púnicos hicieron al principio de la guerra, pero fue una empresa que no dio muchos frutos. Además la flota romana se resintió nuevamente del mal tiempo durante estos saqueos. Cartago y Roma estaban exangües, de hecho del 252 al 250 a.C. hubo una falsa guerra reducida a pequeñas escaramuzas. Cartago intentó recuperar Panormo enviando elefantes que perdió, y Roma hizo lo propio Lilibea (Marsala) y Drépano (Trapani) con flotas que también quedaron listas de papeles.

Poco más pasó hasta que Amílcar Barca se impuso a los Hannones en Cartago y entró en escena en el 247 a.C. contra los romanos. Aunque algunos piensan que Amílcar dio una especie de golpe de estado y/o dirigió el destino de Cartago a placer, contó con el apoyo de la Asamblea del Pueblo de Cartago. Entre africanistas y mercantilistas, Cartago eligió el mercantilismo, es decir, la tradición que les había llevado a ser un imperio comercial. Amílcar volvió a la estrategia del pillaje sobre las costas italianas creyendo que era suficiente para acabar con Roma (la moral y las arcas de Cartago tampoco daban para mucho más). Así se llegó al 242 a.C., y ni por asomo los hijos de Rómulo iban a dar su brazo a torcer.

Roma se sacó un as de la manga para construir otra flota: la financiación privada. Gracias al capital privado (que luego tendría que devolver) Roma pudo costearse una poderosa flota que esta vez sí atacó ante la perplejidad de Cartago. Fue una estrategia arriesgada por parte de todos. Roma había perdido ya 4 flotas y había mucho más que perder, y los particulares romanos arriesgaban gran parte de su patrimonio en una empresa en la que confiaban demasiado, si fracasaba el estado podía lavarse las manos o desaparecer con la deuda bajo la furia de Cartago. Pero como sabemos triunfó, y es uno de los motivos por los que, como ya hemos tratado, Roma impuso unos tributos de guerra tan altos en el tratado de paz.

La armada romana llegó a Dréprno y la redujo casi sin esfuerzo tras haber destrozado la flota púnica frente a la ciudad. Entretanto, Hannón llegó falto de tiempo para evitarlo, sí llegó a Lilibea antes de que cayera, pero sólo para morir a sus pies. Viendo el panorama, Cartago dio la orden a Amílcar de negociar la paz con Roma. El tratado de paz fue bastante doloroso, aunque Roma no se recreó más que en lo económico. Cartago tuvo que abandonar Sicilia, devolver a los prisioneros y pagar 3.200 talentos de plata para costear sobradamente las deudas contraídas con los particulares romanos.

Lo que hace Cartago tras la guerra, ya lo sabemos todos, se fueron a Hispania a por plata, mercenarios, y mujeres. Eso sí, después de pasarlas canutas un buen rato.

 


[1] Tirano: simplificando las cosas, un tirano en la Antigüedad era alguien que obtenía el poder de forma ilegal y lo ejercía de manera unipersonal. Eso sí, normalmente eran reformistas radicales, gobernaban contra la aristocracia y contaban con el apoyo del pueblo.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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2 respuestas a “La Primera Guerra Púnica”

  1. […] y guerra estacional, por lo que las tropas romanas nunca iban demasiado lejos. Pero tras la I Guerra Púnica, los primeros cuarteles permanentes fueron […]

  2. […] vimos cómo la primera guerra púnica dejó exhaustas a las dos grandes potencias del Mediterráneo occidental, y si Cartago no se tomó […]

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