La II Guerra Púnica

Roma y Cartago se jugaron definitivamente el control del Mediterráneo en un largo conflicto de invasiones prolongadas y guerra de desgaste.

Sagunto sí, Sagunto no

Nadie se pone de acuerdo en qué diablos pasó en Sagunto para que se armara la de Cristo entre Roma y Cartago por esta ciudad. Se ha dicho que unos aliados cartagineses la atacaron y era protegida de los romanos, también que no, que Sagunto estaba bajo protección cartaginesa, o que simplemente la conquistaron porque sí y que eso vulneraba el tratado del Ebro, pero no, porque estaba en el territorio en el que Cartago podía expandirse.

Todo este lío es porque no hay una respuesta buena. Como ya adelantamos, puede ser factible que media ciudad fuera indígena –con lazos con los cartagineses– y otra media fuera griega –con estrechos lazos con Ampurias y así entraban en la cadena con Massalia y Roma–. Esto por sí mismo no explica nada, a no ser que se produjera una discusión interna en la que cada parte pidiera el arbitrio de su gran potencia paternalista preferida. En estas cada una arrimó el ascua a su sardina y el resto es sabido.

Roma envió legados a Cartago Nova, “dejad de joder ya con Sagunto”, y Cartago dijo “¿Que si quiero o que si tengo?”, y que no estaban violando ningún tratado –dicho sea de paso, a Roma le importaban tres pimientos los tratados, de hecho es normal encontrar expresiones en ellos del tipo de “mientras el Pueblo y el Senado de Roma lo quieran”, más claro agua: hoy no, mañana ya veremos. En pocas palabras, eran tiempos muertos, dejaban aparcados temas importantes por otros que eran más inmediatos–. Vamos, que se declararon la guerra casi mutuamente, Roma pensaba que ya era hora de parar a los púnicos, y Cartago estaba preparadísima para lanzar un ataque relámpago sobre suelo itálico, así que realmente poco importa quién empezara. Lo de Sagunto era la excusa perfecta para los dos.

¿Que si quiero o que si tengo?

Aníbal, experto en acojonar romanos y dar vueltas por ahí

A Italia a toda leche

Aníbal cogió su ejército y sus elefantes y puso rumbo a Italia –cabe destacar que Aníbal no era una especie de emperador ni gobernante supremo, actuaba en calidad de general con enormes poderes en el frente, pero nada más, el juego pesado, es decir, dónde iban a estar los frentes, con quién al cargo, la importancia de cada uno y la administración de todo el escenario corría a cuenta del Consejo Sagrado y del Tribunal de los 104, las épicas instituciones de gobierno de los púnicos– comenzando un ataque relámpago que nadie esperaba.

Los romanos habían decidido mandar a los cónsules del 218 a.C. a un frente cada uno: Tiberio Sempronio Longo iría con sus legiones a Sicilia para preparar un ataque anfibio sobre Cartago, y Publio Cornelio Escipión a Massalia para atacar Hispania, donde residía la fuerza que había impulsado a Cartago a plantarles cara de nuevo. Pero cuando se enteraron de que Aníbal iba hacia Roma sometiendo pueblos indígenas y cruzando cordilleras –para el verano de ese mismo año ya había cruzado los Pirineos– decidieron cambiar de estrategia: Publio Escipión entregó una de sus legiones a su hermano Cneo Escipión para que continuara la estrategia diseñada, y con la otra legión, Publio quedó en Massalia a la espera de Aníbal para proteger desde allí la Península Itálica. Por su parte, Sempronio Longo había llegado a Sicilia y ya tenía órdenes de volver, para cuando regresó a Italia, Aníbal había cruzado los Alpes y algunas piernas empezaban a temblar, porque Publio no consiguió parar a Aníbal, quien decidió no jugarse el pescuezo en Massalia y pasar de largo, ya había sudado bastante y no quería llegar desgastado a Italia.

Turner

Aníbal cruzando los Alpes – William Turner

Publio se trasladó a la frontera del norte donde tuvo una primera escaramuza con Aníbal, que acabó con el Escipión saliendo por patas vendándose sus heridas. Para finales de ese mismo año Sempronio Longo se había unido a Publio y juntos intentaron sin mucho tino parar al ejército invasor. Fue la primera gran victoria de los cartagineses en suelo itálico y dejaba la vía abierta para atacar Italia central, además, implicaron a pueblos galos del norte de Italia, “internacionalizando” el conflicto.

¿Y ahora, qué?

Durante el invierno del 217 a.C. los romanos se reorganizaron y reclutaron nuevas legiones, dirigidas por nuevos cónsules, aunque Publio fue enviado como procónsul a Hispania junto a su hermano Cneo, que había desembarcado en Ampurias y había dado lo suyo a uno de los generales púnicos que defendían la península, consiguiendo establecer la colonia griega y Tarraco como bases romanas. ¿Qué es eso de procónsul? Un cónsul con poderes extraordinarios que actúa “en lugar de” un cónsul al uso, eso significa el ‘pro-‘. Tenía mucha libertad de acción pero tampoco era omnipotente, para situaciones extraordinarias y sin estar delimitado por nadie, al no ser un cargo colegiado. Es decir, Roma dio a Publio el poder para organizar a su gusto la guerra en Hispania, confiaban en el Escipión. Los dos hermanos van a repartir cera desde este momento hasta el 211 a.C., avanzando mucho contra los púnicos pero sin controlar del todo nada. En el año citado, tras dos derrotas consecutivas, los hermanos murieron en combate y las tropas restantes se replegaron hacia el Ebro.

Aníbal, entretanto, seguía a lo suyo, que era darse lanzadas con los romanos y apisonar la tierra itálica con los elefantes, algo que se le daba francamente bien. En el 217 a.C., en la emboscada del lago Trasimeno, el púnico dejó a Roma tiritando y la ciudad eterna a tres días de camino. Tal era el miedo en Roma, que decidieron nombrar a Quinto Fabio Máximo como dictador, que con imperium extraordinario temporal trataría de salvar a los romanos del desastre total.Emboscada del TrasimenoAníbal no atacó Roma, tenía la esperanza de convertir a los pueblos latinos a su causa para debilitar a los romanos y propinarles un golpe final tan fuerte que poco iba a quedar de ellos, más que la anécdota de cómo casi crearon un imperio. Le salió mal, claro, la lealtad de estos pueblos a Roma era más sólida de lo que el púnico creía, así que se marchó a la costa Adriática para echar gasolina y pensar en el siguiente paso. Puede parecer una estupidez no haber atacado Roma habiendo estado ad portas mientras todos los romanos temblaban, pero por muy guay que se fuera, con un ejército no se iba a ser capaz de controlar Italia, iba a costar sangre sudor y lágrimas, y ahí estaban los escipiones que podían volver en cualquier momento.

A ver, vente que te explico, Minucio...

A ver, ven que te explico, Minucio…

La estrategia de Fabio Máximo fue la de no entablar combate directo con el púnico, al menos hasta conseguir las legiones necesarias mientras se debilitaba al ejército enemigo poco a poco. Algo que funcionó bien hasta que el genio de Aníbal volvió de entre las sombras en uno de los pasajes más famosos y probablemente con más leyenda del conflicto. El cartaginés había llevado a sus ejércitos a la Campania huyendo de las fuerzas de Fabio Máximo y buscando provisiones, pero a pesar de todo, el dictador había cortado las mejores posibilidades de Aníbal. Se dice que en una noche, Aníbal ató antorchas a los cuernos de 10.000 bueyes y Minucio, segundo de Fabio, los persiguió porque parecían un ejército en marcha, dejando el camino libre para el verdadero ejército. Sea como fuere, Aníbal y su ejército continuaron por donde querían, pero no hay que dejar pasar que conseguir 10.000 bueyes era un auténtico imposible, sin olvidar que habrían acabado con cualquier problema de aprovisionamiento que ningún ejército tuviera.

En Roma se vio como una novatada, así que le retiraron la dictadura a Fabio, aunque poco después se la volvieron a conceder, pero colegiada con Minucio, lo cual no tenía demasiado sentido, especialmente con las rencillas personales entre ambos, situación que los llevó a un nuevo desastre bélico que Fabio salvó a duras penas. Este follón organizativo se descompuso para el 216 a.C., volviéndose al sistema de cónsules, cargo al que accedieron Emilio Paulo y Varrón, los cracks de Cannas.

Martillo y yunque que te crió.

Martillo y yunque que te crió. *216 a.C., no 215

Tampoco podemos ser tan injustos con los cónsules, no eran escipiones, pero delante tenían al general de generales, quien envolvió las líneas romanas, y cuando la superior caballería –especialmente la númida– despachó a los equites, les propiciaron un martillo y yunque épico –la famosa táctica de Alejandro Magno en la que la infantería pesada se enfrentaba frontalmente al enemigo, y cuando la caballería pudiera, atacaba a la espalda de la infantería enemiga rompiendo dramáticamente las filas–.

Buitres y águilas

Tras la derrota de Cannas, Aníbal consiguió lo que buscaba: pasarse aliados romanos a su bando, algunos buitres salieron a planear vaticinando la muerte de la presa herida. Pero se precipitaron. Algunas ciudades de Lucania –actual Basilicata–, Campania, Apulia y el antiguo Samnio se pasaron al bando cartaginés, y algo que hirió especialmente a los romanos fue que lo hiciera Capua –en Campania–, la segunda ciudad de Italia en el momento. Es en este contexto cuando realmente se acuña la expresión “Hannibal ad portas“, pues estuvo con sus ejércitos literalmente al lado de Roma, es en este momento cuando se planteó de verdad atacar la ciudad, pero optó por replegarse. Entre otras cosas porque no todo era positivo para Cartago, el Consejo de los Sagrados no tenía intención de enviar refuerzos a Italia –algo que nos hace pensar que Cartago no tenía un interés inmediato en controlar la península, ni siquiera en destruir Roma, y probablemente estaban más interesados en recuperar lo que se perdió y poner orden en Hispania–, y Asdrúbal, hermano de Aníbal y general en Hispania, no podía enviar refuerzos por mar, al ser la costa y el mar de dominio romano. Aunque Cartago se hizo con provisiones con las que además ya no contaba Roma, no pudo sanear el ejército tras ya 3 duros años de guerra y viajes.

Filipo V, experto en tocar las narices

Filipo V, experto en tocar las narices

Esta situación dio tiempo a los romanos para reorganizarse. No todo estaba perdido, contaban con una enorme red de colonias por todo el suelo italiano, y aunque sólo controlasen del todo el centro de Italia, era más vano de lo que parecía, pues contaban con ciudades leales tanto el sur como en el norte, y la capacidad para reclutar legionarios parecía seguir intacta. Y, sorpresa, Fabio Máximo volvió a ser elegido dictador, esta vez en solitario, y esta vez pudo hacer las cosas bien. Desde el 215 hasta el 211 a.C., los romanos volvieron a la táctica fabiana de hostigamiento, perpetrando rápidas incursiones y evitando el combate masivo directo, y poco a poco, durante esos años, se fue reconquistado todo lo perdido en sur de Italia, Capua incluida. Las águilas retomaron el tablero y los buitres volvían a sus nidos.

Entretanto, Córcega y Sicilia estuvieron al borde de perderse. El caso de la primera isla fue el de otras aves visionarias, que tras las primeras victorias de Aníbal se decidieron levantar contra Roma y pasarse al lado púnico, aunque tras un poco de tajo va y lanzada viene, la isla quedó claramente bajo dominio romano, además con dos legiones para controlar posibles levantamientos, el cordón de seguridad en el Tirreno era importante para la seguridad de Roma. En Sicilia, Siracusa acabó en manos de Cartago, quien envió un ejército para protegerla, pero en el 213 a.C. el cónsul Claudio Marcelo fue enviado a pacificar la isla, algo que consiguió en el 210 a.C., con el ejército púnico derrotado.

Otro molesto buitre fue Filipo V de Macedonia, que aprovechó el momento de debilidad romana para recuperar el control sobre Iliria, inaugurando la Primera Guerra Macedónica, que se extendería hasta el 205 a.C., aunque no se tiene por seguro que Filipo entablara una alianza con Cartago. En cualquier caso, la guerra se despachó con enfrentamientos de poca importancia y un tratado al estilo romano, un tiempo muerto para devolverle el guantazo a Filipo cuando el Pueblo y el Senado de Roma lo vieran oportuno. Por ejemplo, cuando Aníbal no estuviera dando por saco en Italia, que les vendría mejor.

El camino hacia la victoria

Habéis matao a mi pater y os la vais a llevar bien gorda.

Habéis matao a mi pater y os la vais a llevar bien gorda

El mismo año de la pacificación de Sicilia, desembarcó en Ampurias Escipión el Africano, el hijo de Publio Escipión, con ganas de repartir leches entre los generales que habían acabado con su padre y su tío. Llegó como procónsul con tan sólo 24 años, todo un puto amo. Terminó de controlar el valle del Ebro para poder marchar tranquilo hacia el sur, prometiendo a las tribus que ellos habían ido a liberarlos de Cartago, y como los púnicos les pedían unos tributos altísimos, las tribus les dieron las llaves de casa y el mando de la tele. Tan contentos. Hecho esto, partió hacia Cartago Nova, a la que asedió por tierra y mar, conquistándola en el 209 a.C. La victoria fue una verdadera muestra de genio militar, otra especie de operación relámpago, a marchas forzadas desde Tarraco sorteando enemigos a diestro y siniestro y conquistando la ciudad en muy poco tiempo. Cartago Nova contaba además con 300 rehenes iberos, que Escipión usó para meterse en el bolsillo a diferentes tribus y cambiar radicalmente el tablero de juego. Fue un verdadero punto de inflexión en la guerra.

La fortuna volvía a sonreír a Roma, pero quedaba mucho por hacer,  Aníbal aún andaba por Italia y tenía un par de hermanos generales bastante cabreados a los que pidió ayuda. El púnico estaba en el sur de Italia, primero en Tarento y más tarde en Brucia mientras Roma continuaba hostigando de diferentes formas a sus tropas. Escipión conquistó el alto Guadalquivir desde Cartago Nova, haciéndose con las minas de Cástulo tras la batalla de Baecula en el 208 a.C., agregando así una cantidad de recursos que Roma necesitaba como agua de mayo, y que al mismo tiempo eran un duro golpe para Cartago. Asdrúbal consiguió huir –de hecho, recientes investigaciones apuntan a que sacrificó parte de su ejército en la batalla de Baecula para poder ir a Italia sin presión– y llegó a suelo itálico emulando a su hermano, pero al poco tiempo de entrar por el norte de la península, su ejército fue masacrado en la batalla del río Metauro en el 207 a.C., y él encontró la muerte.

Menos fortuna tuvo el otro hermano, Magón, quien también acudió a la llamada de auxilio, quiso ser original e ir por mar pero su intervención fue mucho menos reseñable, vagó por Liguria hasta que fue derrotado y decidió que como en casa en ningún sitio, pero murió de camino. Escipión, por su parte, bajó el curso del Guadalquivir, con buena parte de las tribus de su lado, y en el 206 a.C. propinó una paliza épica a Cartago en Ilipa Magna –Alcalá del Río– y acabó pocos días después la presencia cartaginesa, cuando las fuerzas de Escipión persiguieron y aniquilaron a los restos del ejército enemigo.

Mientras Escipión expulsaba a los cartagineses de Hispania, Roma se hacía con la lealtad de un príncipe númida, cuya poderosa caballería será esencial en lo poco que quedaba de guerra. En el 205 a.C. Escipión volvió a Roma y fue elegido cónsul, además se encargó de Sicilia, desde donde mermó a Aníbal y preparó la invasión de África, a la que llegó en el 204 a.C. como procónsul y devastó a los ejércitos púnicos. Al año siguiente llegó Aníbal a petición del Consejo Sagrado, Cartago ofreció la paz a Roma, pero Escipión prefirió plantar al ejército frente al general que había puesto patas arriba Italia durante más de 10 años. En el 202 a.C. se jugaron en Zama la última partida de ajedrez de esta larga guerra, en la que la magnífica caballería númida –esta vez, también en el bando romano– jugó un factor determinante, volviendo una vez más al martillo y el yunque.

Batalla de Zama

Aníbal consiguió escapar, pero el ejército quedó destrozado, y ahora Roma sí buscó un tratado de paz como le gustaba hacerlos: en condición de superioridad aplastante. Zarandeó a Cartago diplomáticamente, pidiéndole 10.000 talentos de plata en 50 años, no sobrepasar el territorio anterior a la I Guerra Púnica ni atacar a otros estados africanos, además de prohibilers firmar pactos con otros estados mediterráneos. Sobre el papel, Cartago quedó como un estado clientelar de Roma por la fuerza, encadenada a lo mínimo.

Consecuencias

La gran ciudad púnica perdió su imperio, y cualquier tentativa por recuperarlo iba a ser respondida con mano de hierro, Roma echaba así de la carrera por el dominio del Mediterráneo a su principal contrincante. Además, Roma seguía con asuntos pendientes: el más cercano era el de los galos en el norte de Italia, nuevamente descontrolados, en el este Filipo V había hecho un feo que Roma respondió en el 200 a.C., y por último quedarse o no en Hispania. Esto se resolvió dejando tropas por el momento para evitar que Cartago recuperase aliados, actitud que no gustó un pelo a los hispanos.

Por otra parte Roma estaba cambiando de ciudad estado itálica a imperio extenso y extensible. Es cierto que aún no controlaba enormes territorios, pero su proyección e influencia en lugares hasta entonces remotos se multiplicó hasta límites insospechados. Ya habíamos comentando anteriormente el problema del ejército, pensado para campañas cortas. Cada vez se hacía más evidente que Roma iba a necesitar soldados permanentemente en diferentes puntos de la geografía mediterránea, pero los cambios se harán esperar demasiado. Otro hecho importante fue la normalización del proconsulado en tiempos de guerra, que hará que una de las soluciones para el futuro gobierno provincial sea precisamente esta promagistratura, que tantos réditos daba a los portadores que sabían aprovecharla.

En pocas palabras, Roma tenía la puerta abierta hacia lo que se denomina la Roma imperial, que no el Imperio Romano, es decir, un imperio organizado como una ciudad-estado. De los problemas que esto comenzó a plantear, y sus consecuencias,  hablaremos en otro momento.

Bibliografía

—FIELDS, Nic: The Roman Army of the Punic Wars 264-146 BC, Oxford, Osprey Publishing, 2007.

—SÁNCHEZ-MORENO, Eduardo (coord.): Historia de España. Protohistoria y Antigüedad de la Península Ibérica vol. I. Las fuentes y la Iberia colonial, Madrid, Sílex, 2007

—La Segunda Guerra Púnica en Iberia,  Desperta Ferro, serie Antigua y Medieval, Nº17, 2012.

*Apartado gráfico extraído de Wikipedia Commons y The Creative Assembly.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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2 respuestas a “La II Guerra Púnica”

  1. […] La zona por tanto, deja de tener relevancia hasta la entrada de Cartago y la llegada de Roma, cuando volvemos a saber y mucho de los turdetanos, también muy ligados a lo fenicio. Estos turdetanos vivían en los mismos lugares atribuidos a los tartesios, tenían un urbanismo mucho más desarrollado, y expresiones artísticas desarrolladas, en especial la escultura. Resulta lógico pensar que del 500 al 200 a.C., la misma gente siguiera su camino, y llegara a lo que conocemos gracias a la II Guerra Púnica. […]

  2. […] presencia militar permanente en diferentes puntos de la geografía. Esto se agravará tras la II Guerra Púnica, y poco después de la III el problema era tan evidente que comenzaron a surgir la primeras ideas […]

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