Los orígenes de la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial comenzó en agosto de 1914 pero sus orígenes se remontan a casi cuarenta años antes.

Los orígenes de todo.

Para comprender bien la Primera Guerra Mundial es imprescindible bucear en los orígenes de la Europa dónde estalló el conflicto. Sólo así se pueden entender las motivaciones de los contendientes, sus objetivos últimos y las decisiones que fueron tomadas en las cancillerías europeas y que, en última instancia, llevaron al inicio de la guerra. Por eso os presentamos ahora una pequeña serie de artículos que tendrán como título “Los orígenes” y que nos llevarán de 1870 a 1914.

Y todo comenzó en un extremo de Europa, en un país considerado entonces una potencia de segundo orden que se encontraba sumida en un cierto caos político desde prácticamente el fin de las Guerras Napoleónicas… sí, hablamos de España.

Cuando el general Juan Prim ofreció al príncipe Carlos Antonio de Hohenzollern-Sigmaringen que su hijo Leopoldo fuese rey de España no sabía que aquello iba a causar dos guerras. La primera, entre 1870 y 1871, enfrentaría al II Imperio Francés de Napoleón III con la Prusia de Guillermo I. La segunda, entre 1914 y 1918, provocaría un conflicto masivo que acabaría con el mundo tal y como se lo conocía hasta entonces, de hecho se la denominó “La Gran Guerra”.

Pero recapitulemos un poco porque vamos a darnos un paseo por los orígenes profundos de la Primera Guerra Mundial.

Primo, Serrano y Topete subastan la corona de España (1869).

Prim, Serrano y Topete subastan la corona de España (1869).

En 1868 España no tenía rey. La reina Isabel II había abandonado el país con lo puesto y el hombre fuerte del régimen postborbónico, el general catalán Juan Prim, había logrado convencer a tirios y troyanos para que el país adoptase nuevamente un sistema monárquico constitucional. Sólo había una condición: el nuevo rey no podía ser un Borbón. Ni en broma. Así que Prim, ni corto ni perezoso, se dedicó a ofrecer la corona a ramas menores de algunas familias reales europeas. Y uno de sus candidatos, aceptado por las Cortes, resultó ser el joven Leopoldo Hohenzollern, pariente del rey de Prusia, Guillermo I.

Leopoldo primero dijo que no aceptaba pero, tras pensárselo mejor y recibir una persuasiva visita del todopoderoso canciller prusiano Otto von Bismarck, cedió y dijo que sí, que vale, que contasen con él para ser rey de España.

Pero esto no cayó muy bien en el país que afirmaba ser la potencia hegemónica en la Europa continental. ¿De qué país podemos estar hablando? Efectivamente, hablamos de Francia.

En 1870 Francia era ni más ni menos que un Imperio. Concretamente el Segundo Imperio. Y su emperador era un pintoresco individuo llamado Napoleón III (sobrino de Napoleón Bonaparte y casado con la granadina Eugenia de Montijo). Pues bien, a este señor y a su gobierno no la hacía mucha gracia que su bonito país se encontrase, otra vez, rodeado por dos reinos gobernados por una dinastía de origen germánico. ¿Qué era eso de que España y Prusia tuviesen reyes Hohenzollern? ¡Intolerable!

Napoléon III. Emperador, cupletista y pésimo estratega.

Napoléon III. Emperador, cupletista y pésimo estratega.

A eso se unía además que Bismarck, el canciller prusiano, había logrado que Prusia se convirtiese en el reino dominante dentro del puzzle de Estados denominado “Confederación de Alemania del Norte”. Y no quedaba ahí la cosa, sino que, además, tenía la intención de anexionar los estados independientes del sur de “Alemania” con los que ya tenían firmados unos acuerdos secretos tras haber derrotado en una guerra en 1866 a la otra potencia “germánica”: Austria-Hungría.

En definitiva, a Napoleón III no le gustaba la idea del general Juan Prim y no dudó en hacerle saber al rey Guillermo I de Prusia que si Leopoldo Hohenzollern se convertía en rey de España habría problemas con Francia. El prusiano decidió recular pero al final, entre unas cosas y otras, el asunto terminó bastante mal por una jugada muy perra llevada a cabo por el canciller Bismarck y que ha pasado a la Historia como “el asunto del Telegrama de Ems”.

Resumiéndolo mucho pasó esto:

Guillermo I se encontraba tomando sus baños en el balneario de Ems. Un día le fue a visitar el embajador francés para recordarle que Leopoldo Hohenzollern no debía aceptar ser roi d’Espagne. El rey prusiano le dijo que sí, que se acordaba, que era un pesado, pero que vale. Asunto concluido. Y le envió un telegrama a su canciller, que estaba en Berlín, para contarle su encuentro con el embajador. Bismarck, tuvo entonces una idea brillante y muy retorcida. Re-escribió parte del telegrama haciendo quedar muy mal al embajador francés y le envió copias a la prensa amiga para que se hiciera eco y provocase la ira de los mandamases de París. Porque, querido lector, Bismarck quería una guerra para debilitar a Francia y lograr su gran ambición política: unificar a todos los estados alemanes y proclamar el Imperio Alemán dirigido por Guillermo I. Pero el Canciller de Hierro no era tonto y sabía que era necesario que Prusia no apareciese como la potencia agresora para evitar que otros países pudiesen acudir en ayuda de Francia. Por lo tanto, tenía que conseguir que fuese París el que declarase la guerra y no a la inversa. Así que tendió una trampa atacando en algo que entonces, en pleno siglo XIX, aún significaba algo: el honor.

Bismarck, el Canciller de Hierro. Experto en salchichas.

Bismarck, el Canciller de Hierro. Experto en salchichas.

La reacción francesa fue casi inmediata arrastrados por “el honor herido” de ver como los prusianos se burlaban de ellos: Napoleón III declaró la guerra a Prusia y, al hacer eso, cavó su propia tumba. En apenas nueve meses las tropas prusianas siguiendo el plan orquestado por el general Helmuth von Moltke (quédense con este nombre porque su sobrino será el protagonista de una próxima entrada) cercaban París. Debido a la derrota, el Segundo Imperio francés se hundió y fue sustituido por la Tercera República que firmó la rendición incondicional ante Prusia. De ese modo el plan de Bismarck lograba su objetivo por completo. En 1871 ninguna potencia europea se podía oponer a la unificación alemana.

El 18 de enero de ese año Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador de Alemania en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles (comenzando una escalofriante tradición entre franceses y alemanes de obligarse unos a otros a firmar en lugares “emblemáticos” las respectivas rendiciones). Surgía de nuevo en suelo europeo, mutada, cambiada, reorganizada, la vieja entidad política que había sido conocida como el Sacro Imperio Romano Germánico. Pero ahora el antiguo Emperador, heredero de los césares romanos, en vez de arrodillarse ante la Cruz y ser el defensor de la Cristiandad, era el káiser de un Imperio que pretendía dominar Europa con el derecho que emanaba de sus trenes, cañones y bayonetas.

La unificación alemana suponía la realización de la pesadilla que los gobernantes franceses habían intentado evitar desde el siglo XVI. Mientras los estados germanos habían estado divididos en centenares de unidades minúsculas y sin influencia ningún país europeo había supuesto una amenaza real a la hegemonía continental de Francia. Sin embargo, en 1871 surgía nuevamente un estado unificado, férreamente dirigido desde Berlín y con el objetivo político de convertirse en una potencia mundial.

Sin embargo, las bases sobre las que se cimentó el nuevo Imperio Alemán no eran tan sólidas como esperaban. La derrota francesa y las condiciones de la rendición impuesta a París generaron nuevos focos de tensiones y rivalidades entre los dos países. Francia debería pagar indemnizaciones millonarias a Berlín, reconocería las fronteras del Imperio y su derecho a disponer de colonias en ultramar en igualdad de condiciones con el resto de grandes potencias europeas y, lo más doloroso, cedería las regiones de Alsacia y Lorena a Alemania.

La Europa de la Paz Armada.

La Europa de la Paz Armada.

Francia accedió pero no olvidó la afrenta germana. Desde 1872 comenzó una catarsis nacional con un solo objetivo: vengar la derrota de 1870 y recuperar las regiones arrebatadas, comenzando un creciente esfuerzo económico que dotase al país de un ejército capaz de enfrentarse a la maquinaria bélica alemana.

Por su parte, Alemania tuvo claro que su victoria no era permanente y que, antes o después, estallaría una nueva guerra con su vecino occidental por lo que era vital mantener un ejército poderoso y moderno que garantizase que los cañones germanos volverían a bombardear París en el futuro.

En 1871 terminó la guerra Franco-Prusiana, en efecto, y comenzaba un periodo de aparente progreso y paz en Europa. Sin embargo, la tensión crecía sin parar y se planeaban nuevas guerras en los Estados Mayores de prácticamente todas las capitales europeas. París, Berlín, Moscú, Viena, Roma se preparaban para un nuevo conflicto del que no sabían aún cuando estallaría ni a quienes enfrentaría pero una cosa estaba clara, la guerra era inevitable, y el que la ganase dominaría el mundo.

Comienza así la época conocida como la Paz Armada, época que terminará con un asesinato en Sarajevo el 28 de junio de 1914.

Rea Silvia la financian los lectores, si te gusta y puedes, contribuye para que sigamos creciendo.

Publicado por

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por las Universidades de Zaragoza y Pisa. Doctorando en Política Internacional.

Síguelo en Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *