Cuando las paredes escuchan

Cuando pensamos en los totalitarismos y los prisioneros, nos viene la imagen de un estado policial con ciudadanos férreamente vigilados. La verdad fue mucho más perversa.

Si existe algún sótano oscuro y profundo que ninguna sociedad quiere recordar, ese es el de los servicios de espionaje e información. Cuando Robert Gellately decidió comenzar a estudiar los archivos de la Gestapo se encontró con que la gran mayoría de los expedientes fueron destruidos excepto 70.000 que se habían conservado en la ciudad de Düsseldorf, 19.000 en Würzburg y 12.000 en Speyer[1]. Una vez que el canadiense se enfundó el mono de historiador y empezó a analizar toda aquella documentación que sobrevivió a los expurgos conscientes del tiempo se encontró con el horror que escondían las carpetillas. ¿Cómo fue posible que ciudades como Düsseldorf, con apenas medio millón de habitantes, se mantuviera controlada con apenas 126 agentes de la Gestapo? Pero es que lo mismo ocurría en Essen con 43 agentes y 650.000 habitantes; Wuppertal con 43 y 400.000 o Duisburg con 28 y 400.000. La proporción de habitantes por funcionarios del servicio policial nazi no cuadraban, físicamente era imposible que un centenar de hombres pudieran controlar la vida diaria de 500.000[2]. Este fue el primer gran reto con el que se topó Gellately y no era otro que el de explicar de qué manera la Gestapo, viendo los casos supervivientes, pudo mantener bajo absoluta vigilancia a toda Alemania. Un control que hacía difícil que cualquier ciudadano alemán pudiese hacer algo sin que la agencia policial tuviese informe de ello.

La respuesta a este interrogante la encontró en la colaboración ciudadana: «fue necesario un mínimo grado de participación activa de la población para el funcionamiento de gran parte del sistema policial de la Alemania nazi»[3]. Esto, aunque aún cueste entenderlo a muchos, se trata de algo que debemos afrontar y fue el relevante papel que miles de personas jugaron en el funcionamiento de los sistemas de vigilancia, control social y consiguiente terror que se implantaron en los estados totalitarios, tanto en Alemania como en la Unión Soviética[4].

Berlin, Geheimes Staatspolizeiamt

Las denuncias de personas, incluso personalmente cercanas entre sí, permitió a los funcionarios de la Gestapo, y otros sistema de vigilancia, el mantener en funcionamiento una enorme maquinaria que permitía conocer al Estado el día a día de cualquier persona. Las cifras son bien claras al respecto ya que cerca del 73% de las denuncias se iniciaron por ciudadanos anónimos[5]. Una cifra que se mantuvo por estilo en otras regiones como Schleswig-Holstein con el 80% o la zona del Rhin con un 60%[6]. Sin embargo, no debemos caer en el error de pensar que aquellos que decidieron un día realizar una denuncia lo hicieron por simple temor a futuras represalias del estado policial, nada más lejos de la realidad. La gran mayoría se decidió por la total asimilación, aceptación del mensaje nacionalsocialista y su acomodación a un régimen dictatorial. Debemos, por tanto, volver a hacer hincapié en aquello de que los regímenes totalitarios no fueron manejados por un grupo de enajenados sino que contaron con el beneplácito de gran parte de su población, una que en un momento determinado accedió a sacrificar su libertad a cambio de futras utopías que, en definitiva, desembocaban en el horror.

Lo interesante es que esto no fue un caso exclusivo de la Alemania nazi ya que si ponemos nuestro objetivo en otras realidades temporales como la RDA nos encontramos con algo bastante similar. Decía Timothy Garton Ash que «al concluir la jornada [en el archivo donde tras las unificación se conservaron la documentación de la Gestapo y Stasi], solía salir a las soleadas calles del arbolado Grunewald, asqueado ante aquel interminable testimonio de bajeza y la crueldad de los humano. A menudo me sentía como si tuviera sangre en mis manos. Luego iba a nadar, para limpiarme toda aquella sangre. Y a continuación tomaba un trago en algún café y me quedaba mirando a las ancianas que cotilleaban en la mesa de al lado ¿Qué hiciste en la guerra, abuelita?»[7]. Sin duda el testimonio del historiador inglés nos es de gran utilidad dado a la estancia que obtuvo de la Universidad de Oxford en el Berlín occidental para realizar su doctorado de la Alemania nazi. Su vivencia es de gran interés dado a que por cuestiones académicas, y alguna que otra personal, pudo cruzar en más de una ocasión el telón de acero. Lo que más nos interesa del caso de Garton Ash es cómo una vez que se crea la Junta Gaück, para la conservación de los archivos de espionaje, este decide acudir para averiguar si alguien le había traicionado. Él ya sabía en un principio que acudir a tales informaciones iba a resultar muy doloroso, como así fue, ya que entre los varios informantes de la Stasi que tuvo uno de ellos fue una novia con la que mantuvo una buena relación. De hecho tuvo la oportunidad de ponerse en contacto con un espía que, tras insistirle en varias ocasiones por la lógica desconfianza del primero, decidió mantener una reunión con él. Lo que más le impactó al historiador fue la normalidad con la que narraba aquellos años el ya ex-funcionario, para él eso no era más que su trabajo con el que convivía sin ningún tipo de problema dado a que entraba en la lógica de aquella sociedad, una que había renunciado a la libertad.

Stasi

La sorpresa de Garton Ash es la de muchos ciudadanos que creen ciegamente en la bondad natural del hombre o su presupuesta tendencia mecánica hacia el progreso. Desde esa perspectiva es normal que nos extrañemos que millones de europeos convivieran sin objeciones con los estados totalitarios. Conocer ese pasado, aunque doloroso, resulta vital para comprender por qué hubo un tiempo en el hombre avocó en aquellos sistemas tan sanguinarios. Este tipo de estudios también se han extendido a otros países como Austria donde los parámetros anteriores se vuelven a repetir: Viena contaba con apenas 842 funcionarios, uno por cada 2.000 habitantes, o Salzburgo con 44, que respondía a una proporción de un funcionario de la Gestapo por cada 1.500 habitantes[8]. Pocas cosas podían ocurrir sin que los servicios de información no se enteraran, como sucedió en el caso que recupera Miguel Del Toro en Viena. En mayo de1938, el padre Karl PomanScholz comenzó un movimiento conservador y nacionalista contra la ocupación alemana, logrando unir un heterogéneo grupo de oposición al nacionalsocialismo. Este, con el paso del tiempo, fue ganando adeptos entre ellos un célebre actor austríaco de la época Otto Hartmann, quien lograría una cercanía al religioso. Lo que nos interesa es cómo dicho actor, desde dentro de la organización y haciendo fuertes vínculos personales, no dejó de informar al servicio de espionaje acerca de todas las acciones que el movimiento de oposición estaba organizando. Incluso llegó a denunciar a su amigo Fritz Lehmann que había sido el contacto para ingresar en el grupo de oposición. Fueron más de 200 las detenciones las que se hicieron a partir de las denuncias de Hartmann, de las cuales catorce acabaron en muerte[9]. La clave del terror es que nadie puede confiar en nadie, cualquier gesto o palabra salida de tono podía salir muy cara. De ahí que los círculos personales a veces fuesen los peligrosos: para el caso de Würzurg, el 59% de las denuncias a judíos vinieron por parte de amigos de los mismos, gente con la que compartían el día a día y que decidieron informar a las autoridades sobre las actividades y moral de sus compañeros semitas[10].

Sin embargo, esta colaboración superó incluso las fronteras alemanas y se repitió en muchos de los estados europeos que la Wehrmacht había ocupado en los primeros meses de la guerra. En Noruega, bastaron apenas 806 empleados de la administración nazi para controlar todo el país, pero es que en Francia sólo necesitaron 1.500 de los suyos, junto a 6.000 policías que se encargaban de todo el territorio francófono[11]. Aunque parte del control alemán se pudiera justificar a partir del régimen de represión, fueron muchos los europeos no alemanes los que, estando en contra de la doctrina comunista, optaron por colaborar con Hitler, aunque sin llegar a cifras como las que hemos citado anteriormente. Recupera Tony Judt en la obra que citamos una frase del general Lucius Clay, comandante en jefe de la zona americana de Alemania, que refleja bastante bien hasta qué nivel hubo o no condescendencia las políticas de Hitler: «nuestro mayor problema administrativo era encontrar alemanes competentes que no hubieran estado afiliados o relacionados de algún modo con el régimen nazi»[12].

[1]GELLATELY, Robert: “Denunciations in Twentieh-Century Germany. Aspects of selfd-policing in theThird Reich and the German DemocraticRepublic”. En TheJournal of ModernHistory, 68 (December, 1996), pp. 934.

[2] Cifras en GELLATELY, Robert: “The Gestapo and German Society. Politicaldenunciation in the Gestapo case files”. En TheJournal of ModernHistory, 60 (December, 1988), pp. 665. Agentes de la Gestapo que no implicaban siempre actividades de información sino que también se incluyen simples administrativos que poca relación tenían con el espionaje directamente.

[3]Ibidem, p. 661.

[4] A pesar de que tanto el nazismo como el comunismo lograron instaurar en Alemania y Rusia estados del terror, donde el Estado contemplaba todo lo que hacía sus ciudadanos, es necesario marcar las diferencias entre ambos. Hitler, a diferencia de Stalin, logró que la Gestapo se convirtiera en uno de los pilares de la Alemania nazi a través del consentimiento de gran parte de los alemanes.

[5]GELLATELY, Robert: No solo Hitler: la Alemania nazi entre la coacción y el consenso. Barcelona, Crítica, 2002, p. 255-256.

[6] TORO MUÑOZ, Francisco Miguel: “Policía, Denuncia y control social. Alemania y Austria durante el Tercer Reich”. En Historia Social, 34 (1999), Fundación Instituto de Historia Social, p. 129.

[7]GartonAsh fue uno de los muchos ciudadanos alemanes que quedaron horrorizados al conocer cómo de involucrados estuvieron sus antepasados con el régimen policial de la Gestapo. En GARTON ASH, Timothy: El expediente: una historia personal. Barcelona, Tusquets, 1999, p. 57. Citado en  PAREJO FERNÁNDEZ, J.A.: “Cuando fueron jóvenes… y fascistas”, en ÁLVAREZ TARDÍO, M. Y DEL REY REGUILLO, F.: Políticas del odio. Violencia y crisis de las democracias en el mundo de entreguerras. Una perspectiva comparada, en prensa, p. 9.

[8] TORO MUÑOZ, Francisco Miguel: “Policía, Denuncia y control social. Alemania y Austria durante el Tercer Reich”. En Historia Social, 34 (1999), Fundación Instituto de Historia Social, p. 125.

[9]Ibidem, pp.129-132.

[10]GELLATELY, Robert: “The Gestapo… op. cit., p. 670.

[11]

JUDT, T.: Postguerra. Una Historia de Europa desde 1945. Madrid, Taurus, 2013, p. 71.

[12] Ibidem., p. 96.

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Publicado por

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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3 respuestas a “Cuando las paredes escuchan”

  1. José María dice:

    Que fácil resulta cerrar los ojos para no ver nuestra imagen en el espejo.

    • Guillermo dice:

      Resulta interesante la cuestión de la Gestapo ya que ha permitido a investigadores españoles indagar en los mismos papeles de la Falange, encontrando resultados bastante similares. El problema para el caso español es que la documentación, en cuanto a espionaje, es bastante más limitada y en su gran mayoría reside en archivos militares o el A.G.A.

  2. […] español sino que fue algo común en los regímenes totalitarios de toda Europa, algo sobre lo que ya escribimos en Real Silvia. Contar en esos años en España con un informe favorable de un párroco, de FET o […]

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