El inicio de la Primera Guerra Mundial: el verano en que todos los planes fracasaron

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, casi todas las potencias europeas tenían en mente un plan para ganar una guerra en cuestión de semanas, y todas se equivocaron.

El estallido de la I Guerra Mundial no cogió a nadie por sorpresa, a no ser que fuese bastante despistado. Hemos repasado los diferentes antecedentes (que no eran pocos) y existían miedos, recelos, planes, alianzas y aspiraciones suficientes como para revolver la tierra con el firme paso de las tropas y el traqueteo de los trenes. Como así sucedió.

Tras todas las declaraciones de guerra se produjo una ola de reacciones populares que podría corresponder más con un ambiente festivo que con una guerra. La explicación de este júbilo es vital para comprender estos primeros meses de guerra, y por qué todo acabaría estancándose. Ernst Jünger lo describió así:

«Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.»

Europa, en general, era un polvorín de entusiasmo al inicio de la guerra, aunque los agricultores franceses que fueron llamados a las filas no estaban para nada contentos abandonando sus tierras. Los rusos, por su parte, ya estaban muy descontentos con el régimen zarista; un mal resultado podría quebrar el gobierno del Zar.

Pero los europeos, en general, eran optimistas y creían en sus gobiernos. Lo eran porque la guerra era una cuestión nacional. Los ciudadanos habían sido educados para ser leales y obedientes y tenían una profunda conciencia nacional. Las sociedades habían ido secularizándose, y el lugar de la religión fue ampliamente ocupado por el del concepto de nación con un fuerte componente militarista, muchas veces apoyado por programas de entrenamiento militar, pero no en todos los casos.

Los británicos exultantes con la declaración de guerra

Los británicos exultantes con la declaración de guerra

Aunque el pacifismo liberal siguió siendo importante, especialmente en el Parlamento británico, era considerado por muchos como una decadencia moral. Los pensadores darwinistas creían que la guerra era una prueba de hombría, y esta hombría era necesaria para la supervivencia de las naciones, porque el progreso resultaba de la competencia entre Estados, no de la cooperación.

Los gobiernos estaban contentos porque iban a progresar en pocas semanas gracias a una guerra corta y exitosa en la que tendrían pocas bajas. Los ciudadanos los apoyaban, creían en sus gobiernos y sus planes y muchos intelectuales se desvivieron por participar en la guerra, como un ejercicio de liberación de una vida aburrida y sin emociones derivada de un régimen agotado.

Además, todos los Estados tenían su casus bellicuando no era hacer honor a una alianza (por aquel entonces el honor tenía un importantísimo significado), era defenderse de una amenaza extranjera, evitar el desequilibrio de las potencias europeas o reponerse de las graves heridas del pasado. La guerra estaba justificada, todos estaban a favor de ella y los planes para terminarla en semanas que cada uno tenía parecían infalibles. ¿Qué podía salir mal? Todo.

Británicos alistándose voluntariamente

Británicos alistándose voluntariamente

La invasión de Bélgica y el comienzo de la guerra de trincheras

Y lo primero que salió mal fue el Plan Schlieffen, que visualizaba una entrada en Francia el 3 de agosto para que todo fuese adecuadamente. Alemania se encontró con una fiera resistencia belga que los atrasó, a unos kilómetros de la frontera, en la fortificada Lieja. Esta ciudad era clave en la defensa del territorio, estaba muy bien protegida y rodeada de fuertes que consiguieron estancar a los alemanes hasta el 16 de agosto. Cuando éstos llevaron sus obuses pesados Skoda y sus morteros Krupp “Big Bertha”, unos auténticos bicharracos, los fuertes belgas fueron cayendo poco a poco. El 17 de agosto la marcha de los germanos por Bélgica comenzó.

Los belgas, haciendo gala de su hombría darwinista en Lieja

Los belgas, haciendo gala de su hombría darwinista en Lieja y su magnífico gusto para elegir sombrero

Mientras todo esto pasaba, Joffre, el comandante en jefe francés, lanzó a sus hombres contra Alsacia-Lorena ejecutando el Plan XVII que, viendo como estaban yendo las cosas en Bélgica, podía dar resultado. Sin embargo, los franceses se estamparon contra una muralla defensiva. Sus ejércitos sufrieron incontables bajas, ayudados por los ineptos y nostálgicos políticos de París, que mantuvieron el color escarlata en los pantalones de los uniformes de sus tropas. Por absurdo que suene esto era algo esencial. Desde inicios del siglo XX los uniformes de combate de todas las naciones europeas se habían pasado de los vivos colores del siglo XIX a los diferentes tonos del barro para mejorar su camuflaje en la batalla. Sin embargo, eso era considerado algo muy feo y poco francés. Por ello los soldados franceses pagaron muy alto su colorido en las primeras batallas, ya que se convirtieron en blancos que pedían a gritos un disparo.

Buenos días, Lieja | El mortero Big Bertha, poca cosa

Buenos días, Lieja | El mortero Big Bertha

Con ambos planes estancados, el de los alemanes parecía tener más opciones de éxito. Aún así, habían regalado un tiempo valiosísimo en Bélgica para que los británicos mandaran sus fuerzas expedicionarias al continente. No era tropas demasiado numerosas, pero su valía que los convirtió en los más duros del comienzo del conflicto, especialmente en Ypres donde, como veremos, hicieron picadillo a los kolossales envites alemanes.

Pero antes de Ypres tuvo lugar el milagro del Marne, una suerte de astucia de Joffre y una completa falta de entendimiento de la situación por parte del Alto Mando alemán. Los germanos habían invadido Bélgica con 3 ejércitos y, para frenarlos, los aliados tenían las fuerzas expedicionarias británicas, los duros belgas y los franceses con sus mostachos y sus pantalones escarlata. Todos habían emprendido una retirada táctica el 20 de agosto tras perder la ciudad belga de Mons pero, dos semanas después, se obró el milagro.

Franceses cargando durante la batalla del Marne | Fuente

En el río Marne, razonablemente cerca de París, los alemanes ya estaban preparando el asalto sobre la capital francesa. El general von Kluck debía envolver París por el sur y el oeste, pero el 30 de agosto, decidió, con permiso de Moltke, desplegarse sobre el sudeste, ya que el ejército de von Bülow (a su izquierda) había quedado algo rezagado por los contraataques franceses, y toda la estrategia dependía de una buena coordinación de los 3 ejércitos. Joffre notó que el flanco izquierdo de Kluck estaba al descubierto y mandó tropas en los trenes hacia la zona derecha de la región de París para aprovechar ese momento de debilidad. Le salió bien. Consiguió frenar el movimiento de Kluck antes de que las fuerzas de este y las de Bülow estuviesen juntas, mandó las tropas que había reunido al flanco izquierdo de Kluck y aprovechó el hueco que había entre los ejércitos de ambos generales.

El plan Schlieffen como había sido proyectado | Fuente

Por esa brecha penetraron los ejércitos franceses y británicos como un cuchillo lo hace en el queso brie, y los siguientes días de septiembre el Alto Mando alemán no tenía ni idea de qué ocurría. A Moltke le llegaban telegramas fragmentados e intuía que algo iba condenadamente mal, empezó a ponerse de los nervios y envió a su jefe de inteligencia a ver qué diablos ocurría en Francia. Hentsch, al llegar el 8 de septiembre contempló un panorama de tal confusión que aconsejó el repliegue de los ejércitos. Los germanos se retiraron hasta el río Aisne, donde establecieron posiciones que no se moverían mucho durante los siguientes 4 años.

Lo franceses dando el cante

Lo franceses dando el cante

El plan Schlieffen estaba visto para sentencia, aunque en Alemania pensaban que todavía podía conseguirse algo antes del invierno. Moltke fue sustituido por Falkenhayn, porque tras lo sucedido en el Marne, el comandante en jefe alemán colapsó de nervios y no estaba en condiciones. El nuevo comandante se apresuró a preparar una ofensiva por el norte para envolver a los aliados. En esa franja estaba el ejército belga, que aunque había demostrado su valía, seguía siendo la parte más débil del contingente aliado. Las fuerzas expedicionarias británicas (ahora con más hombres) acudieron al encuentro a tiempo y mantuvieron a raya a los alemanes.

La batalla de Ypres la ganaron los aliados por dos factores esenciales: el primero fue que los cuerpos del ejército alemán enviados habían sido formados recientemente y contaban con muchos estudiantes. El segundo es que estos jóvenes inexpertos se enfrentaron a los veteranos británicos, que como ya hemos señalado, repartían cera que daba gusto. La valía de estos hombres y el buen uso de las ametralladoras que apostaron en el campo de batalla hizo que las acometidas alemanas del 30 de octubre al 11 de noviembre fueran rechazadas, los jóvenes germanos cayeron por miles. Los alemanes llamaron a aquella batalla la kindermord, “la matanza de los inocentes”.

La batalla del Marne cuando los franceses aprovecharon la brecha alemana | Fuente

El repliegue hacia el Aisne, y la derrota de Ypres dieron definitivamente al traste con el plan Schlieffen mientras que el XVII seguía trágicamente estancado en Alsacia-Lorena con mucho menos éxito. Se excavaron las primeras trincheras, desde el Mar del Norte hasta la frontera con Suiza, una cicatriz que marcaría Europa durante los próximos años. La guerra iba para largo.

El frente oriental en 1914

Rusia contaba con el mayor ejército del momento, y uno de los factores clave en la guerra de principios del XX era el número de efectivos, porque las diferencias tecnológicas, aunque existentes, no eran demasiado grandes. Pero también pesaban otros factores como la capacidad administrativa y logística, el entrenamiento militar de las tropas y la capacidad de los altos mandos para dirigir los ejércitos. Rusia tenía casi seis millones de soldados incluyendo a la reserva, pero sus comunicaciones eran un desastre (aunque mejoradas gracias a la inversión francesa), sus soldados tenían una formación muy escasa y sus comandantes fueron de los peores del conflicto.

Pese a esas limitaciones los rusos tenían frente a ellos un sólo ejército alemán, lo que les daba demasiada ventaja. Traspasaron la frontera de Prusia Oriental el 15 de agosto mientras el grueso de las tropas alemanas estaban todavía atascadas en Lieja. El general Rennemkampf (ruso de origen alemán), se enfrentó a los alemanes en Gumbinnen y los venció, mientras que el segundo ejército, al mando de Samsonov, penetraba por el sur. El general alemán al mando, Prittwitz, ordenó la retirada hasta el Vístula (cerca de Gdansk), lo que suponía dejar Prusia Oriental, parte esencial del antiguo reino prusiano y germen del Imperio Alemán, en manos de los rusos, cosa que el Alto Mando alemán no iba a tolerar.

Prittwitz fue destituido y, a cargo de la defensa de las regiones históricas de Prusia se puso como comandante a la representación viva de los valores prusianos, el general Hindenburg, héroe de la guerra franco-prusiana que volvió de su retiro gustosamente para asistir a su patria. A su lado, el general Ludendorff como jefe de su Estado Mayor. Esta magnífica combinación, además, se vio asistida por las geniales ideas de Hoffman, quien fuera jefe del Estado Mayor de Prittwitz y por el coronel von François, quien dirigía a los ejércitos a pie de campo.

Para empezar, escucharon las comunicaciones por radio de los rusos, que podían interceptar con absoluta claridad. Descubrieron, además de los movimientos que planeaban, que la comunicación por radio del enemigo era deficiente y a veces las órdenes no se transmitían bien, todo un ejemplo del desastre administrativo y logístico de los rusos. Conociendo los movimientos enemigos Hoffman ideó un plan: dejar una delgada línea de caballería para retener a Rennenkampf (cuyo avance era penoso por el difícil terreno) mientras se mandaba el grueso del ejército contra Samsonov. Según Hoffman, ambos generales tenían rencillas sin resolver de la guerra contra los japoneses y no se iban a ayudar entre ellos. Por si fuera poco, los Lagos Masurianos separaban ambos ejércitos, y aunque fuesen a prestarse ayuda, el tiempo que iban a tardar en hacerlo daba un margen suficiente a los alemanes para vencer a Samsonov.

La batalla de Tannenberg | Fuente

El plan se aplicó con excelencia, y aquí entró el genio de François al que apodaron “el zorro”. El coronel alemán desobedeció en repetidas ocasiones las órdenes directas que recibía de Hindenburg y Ludendorff, logrando salirse siempre con la suya, ya que los cambios que aplicó al plan fueron para mejor. Tenía desde antes la confianza de sus superiores para ello, pero desde luego, gracias a su visión de las cosas sobre el campo de batalla se ganó el total respeto del Alto Mando y tuvo vía libre.

El resultado fue que del 27 al 30 de agosto, en las cercanías de Tannenberg, el ejército de Samsonov fue aniquilado. Murieron 50.000 rusos y capturaron a otros 90.000. Rennenkampf no acudió al auxilio (a pesar de haber recibido órdenes de hacerlo) de Samsonov, quien se suicidó antes de ver completa la derrota de sus tropas, y posteriormente Rennenkampf fue destituido. Todos los alemanes que estuvieron implicados fueron consideraros auténticos héroes, y la batalla ha sido desde entonces estudiada en cada academia militar. Pero aquel episodio no fue determinante para la guerra. Alemanes y rusos siguieron intercambiando balazos sin resultados concluyentes, pero ahora en la Polonia rusa. Se había salvado el orgullo prusiano.

Los prisioneros rusos de Tannenberg

Los prisioneros rusos de Tannenberg

Al sur las cosas tampoco iban hacia ningún lado. El jefe del estado mayor de la doble monarquía, Conrad, dividió las fuerzas austrohúngaras porque tenía que combatir a los serbios en el sur de sus fronteras y a cuatro ejércitos rusos en el noreste. El problema del austrohúngaro es que fue demasiado impetuoso, lanzó ataques allí donde tenía tropas y todos le salieron mal. Los serbios fueron duros combatientes que no sólo repelieron sus fuerzas, sino que les hicieron recular dentro de las fronteras austrohúngaras mientras perdían 30.000 hombres.

Al norte la contraofensiva alemana hacia la Polonia rusia y al sur el frente de los Cárpatos | Fuente

En los Cárpatos, el ataque de Conrad fue confuso y los rusos consiguieron flanquearle, con lo que se retiró tras la cordillera perdiendo 350.000 hombres. Mientras los alemanes se estrellaban en Ypres, en Lodz, las potencias centrales consiguieron repeler tras interminables batallas a los rusos, no sin contar de nuevo con un gran número de bajas. El ejército de la doble monarquía no había conseguido más que cientos de miles de muertes, y más que estaban por llegar, pues Conrad envió a sus tropas tras los Cárpatos para socorrer la fortaleza de Przemysl en medio de unas terribles tormentas. Una operación muy mal calculada que fracasó. La fortaleza pudo resistir, sin embargo, hasta marzo de 1915. En ese momento los austrohúngaros habían perdido más de dos millones de efectivos.

Los duros serbios, los belgas del frente oriental

Los duros serbios, los belgas del frente oriental

A finales de 1914, con el invierno en ciernes, la guerra de movimientos con la que cada Estado creía que iba a ganar el conflicto había terminado, y para sorpresa de todos, ninguno se había logrado imponer. Este resultado ya lo había imaginado en 1899 Ivan Bloch en su obra La Guerre Future, en la que vaticinó que unos ejércitos con tal cantidad de efectivos y con artillería tan potente no podrían continuar venciendo mediante grandes ofensivas; en su lugar las batallas se convertirían en puntos muertos sangrientos que se extenderían en el tiempo y se sostendrían sólo con una potente economía detrás. Una predicción bastante precisa, aunque no se aplicó a las guerras de la primera década del siglo.

Ahora que la guerra estaba estancada, tocaba mover ficha a los gobiernos, quienes tampoco hicieron demasiado por acabar pronto, porque no quisieron. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

Bibliografía

–BOURLET, M: “1914, la invasión de Bélgica”, en Desperta Ferro Contemporánea, Nº 0, 2013, pp. 4-8.

–HOWARD, M: La primera guerra mundial, Crítica, 2002.

–STEVENSON, D: 1914-1918: la historia de la Primera Guerra Mundial, Debate, 2004.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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4 respuestas a “El inicio de la Primera Guerra Mundial: el verano en que todos los planes fracasaron”

  1. […] 1914 la guerra de movimientos había terminado y todos los planes habían fracasado. El éxito de los mismos se […]

  2. […] Como ya dijimos anteriormente, los europeos, en general, estuvieron muy contentos con el estallido de la guerra, pero el paseo militar con el que esperaban progresar como pueblo se convirtió en una larga y dura penitencia. Un nuevo tipo de conflicto (al que los ejércitos tuvieron que adaptarse) y algunos acontecimientos inesperados (como ya analizamos), dieron al traste con los planes. […]

  3. […] frentes iba a acabar rápidamente con la guerra era un incrédulo. Viene bien recordar ahora que, como ya dijo Ivan Bloch sobre las nuevas formas de guerra, las batallas se convertirían en puntos muertos sangrientos que […]

  4. […] Bolsón), algunos de ellos pasaron cuatro años entre el cieno, las ratas y los muertos. Cuando a finales de 1914 ya no había esperanzas de acabar la guerra en pocas semanas, los soldados comenzaron a cavar el […]

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