La Gran Guerra en 1916, el año de las grandes ofensivas

Aunque en 1916 tampoco se consiguió nada definitivo a pesar de las grandes ofensivas, fue el año que marcaría el desarrollo del resto de la Gran Guerra.

1915 fue un año muerto en la Gran Guerra y otra página negra de la historia de Europa. Se confirmó el fracaso de los planes para acabar con el conflicto de manera rápida, y aquellos que pensaron en terminarla en un año también sufrieron un duro golpe con la realidad.

Sin duda las Potencias Centrales tenían motivos para estar contentas, pero las victorias en casi todos los frentes no aportaron ningún argumento de peso para mirar a Gran Bretaña y Francia a los ojos y exigirles la rendición. Tan solo la ofensiva en Galitzia y (de nuevo) en Tannenberg comió grandes porciones de tierra a los rusos, que fueron expulsados de territorio alemán y casi de la totalidad del austrohúngaro que habían ocupado, algo que podría haber restaurado la moral austrohúngara, pero que de poco sirvió en 1916.

El problema para el Imperio Alemán era que a pesar de haber rechazado a los rusos en el este y a Gran Bretaña en Oriente Próximo, en Occidente las cosas apenas se habían alterado, y aunque Francia estaba bastante tocada, el grueso del ejército de voluntarios británicos estaba recién entrenado y fresco para la guerra (aunque no fogueado en combate) y el bloqueo marítimo de Gran Bretaña daba sus frutos: impedir que productos básicos para la población y el ejército llegaran a Alemania (aunque ya vimos cómo los alemanes fomentaron acertadamente la industria para hacer frente al bloqueo) y recibir los mismos de sus colonias y aliados, principalmente Estados Unidos.

Falkenhayn sabía que la guerra iba para largo y necesitaba un buen plan para ganarla en un plazo no demasiado prolongado de tiempo, porque no estaba muy convencido de lo que los alemanes fuesen capaces de aguantar mucho más tiempo. Por un lado pensaba que hacía falta arrollar a Francia, con Rusia fuera de juego temporalmente era lógico concentrar un ataque contra otro de los grandes enemigos, dejando de este modo a Gran Bretaña sola en la estacada. Pero, como ya había adelantado Tirpitz, la clave estaba en el mar, de modo que presionó al Kaiser para desencadenar una guerra submarina sin restricciones (en el momento adecuado veremos que se consiguió).

La ofensiva de Verdún

El plan de Falkenhayn para asestar un golpe definitivo al ejército francés pasaba por una ofensiva total sobre Verdún. El golpe no sólo sería físico, sino que supondría un revés moral para todos los franceses al tratarse de una fortaleza histórica desde el reinado de Luis XIV, contando, como es natural, con un pasado de sitios y tomas entre Prusia y Francia.

El ataque planeado minuciosamente por Falkenhayn pretendía desgastar poco a poco a los franceses con una intensa cortina de fuego de artillería, una estrategia perfeccionada de lo que tan buenos resultados le dio meses atrás en Galitzia. El plan se ejecutaría por sorpresa sobre un lugar que a pesar de su importancia emblemática no era en absoluto de relevancia estratégica en el tablero de juego, pero era perfecto para desgastar a Francia y llevarla a la derrota moral.

Sobre el papel era fácil, en torno a la fortaleza había colinas con fortificaciones que, de ser tomadas, serían lugares magníficos para apostar la artillería y masacrar hasta el último francés de Verdún. Pero las cosas no salieron como Falkenhayn pensó.

El 21 de febrero se inició un ataque con artillería que duró ocho horas durante las que, con unos 1.220 cañones, se dispararon cerca de dos millones de proyectiles. Sin embargo el inicio de la ofensiva no dio el el resultado esperado. El ataque se tuvo que posponer 9 días por mal tiempo, el intenso fuego de artillería no fue tan efectivo como se esperaba y los intentos de infiltración de las escuadras alemanas fueron respondidos con uñas y dientes.

Regimiento francés atrincherado en Verdún

Franceses en Verdún, por fin con un uniforme de verdad (azul celeste apagado) ¡Y casco! | Fuente

 

Tras una semana el ejército alemán no pudo tomar las colinas, y en los siguientes cinco meses no logró controlarlas. Todo porque, en efecto, Verdún era demasiado importante para la moral francesa y algunos pensaron (de manera extrañamente competente) que de perder en esta fortaleza no se podría hacer mucho más por continuar en la guerra. De modo que Joffre puso a la defensa de Verdún con mucho acierto a Pétain (personaje importantísimo en el futuro de Francia), que ordenó que cada metro que los alemanes trataran de avanzar se peleara con todo el ímpetu y la eficacia que les había faltado hasta entonces.

Aunque la batalla de Verdún no se dio por finalizada hasta diciembre, a finales de junio los franceses habían repelido con éxito el ataque (y el resto de planes Aliados echaron a andar) y se convirtió en una victoria pírrica para Francia. En el bando Alemán Verdún fue un durísimo golpe tras un 1915 de victorias, tanto que Falkenhayn dejó el Estado Mayor y accedió al cargo Hindenburg con el leal Lunderdoff a su lado.

El desolador panorama dejó casi medio millón de bajas por cada bando (en torno a 100.000 muertos) y un paisaje mancillado por el intenso fuego de artillería, el gas y los lanzallamas. El poder destructivo de las nuevas formas de guerra no había hecho más que asomar la cabeza.

El plan de los Aliados

En el bando Aliado se sabía que las cosas no iban bien. Desde casi el inicio del conflicto a Rusia le escaseó el equipo para armar bien a sus soldados y el bloqueo de los Dardanelos no le hizo bien. Aunque el bloqueo martítimo de Gran Bretaña daba resultado y el frente occidental no iba ni para uno ni para otro bando, los Aliados del este que no habían sido arrasados estaban en una situación bastante comprometida.

Había que hacer algo y para ello se convocó la Conferencia de Chantilly (lugar del Estado Mayor de Joffre) a finales de 1915 para abordar el futuro de la guerra. La idea que salió de esta conferencia fue la de presionar a las Potencias Centrales por todos los frentes posibles: desde las trincheras occidentales, las orientales y desde Italia en el Trentino e Isonzo, realizando grandes y agresivas ofensivas desde estos frentes con la esperanza de romper por alguno de ellos a las Potencias Centrales o al menos obtener una victoria por desgaste.

Joffre y Haig, los responsables del frente occidental

Haig (al frente) y Joffre con su blanco mostacho, los responsables del frente occidental | Fuente 

Tal y como estaba acabando 1915, los Aliados establecieron un compromiso por el que a partir de mayo se pondrían manos a la obra para movilizar soldados, artillería y preparar planes de ataque. Hacía falta en muchos casos reclutar, entrenar, pertrechar y movilizar, en general en una situación bastante lamentable y con la mora a la baja. Curiosamente, el Estado que peor lo había pasado y peor administración tenía, fue el primero en dar la cara, el Imperio Ruso.

La ofensiva Brusílov

Al ejército ruso el equipamiento militar más básico, como municiones y fusiles (de cañones de campaña y proyectiles mejor ni hablamos), le faltó desde casi el comienzo de la guerra. No fueron pocos los enfrentamientos en los que los rusos cargaron sin municiones e incluso sin fusiles. No fue de extrañar, con esta ridícula administración, que tras el éxito inicial de Tannenberg las Potencias Centrales retomaran el mando en las trincheras orientales y dejaran a Rusia al borde del abismo.

Sin embargo, los rusos se organizaron de manera extraoficial en las Ziémstvo, unas asambleas que ya vimos cómo ayudaban a los soldados, intentando poner algo de orden ante el desmadre que tenían encima, y que consiguieron ciertas cosas, incluso reabastecer al frente. El Estado también puso de su parte, a costa de tensar mucho la cuerda (ya bastante tensada) de las relaciones socio-políticas (las revueltas contra el régimen zarista venían de largo). A costa de tensar esa cuerda y de casi un millón de bajas tras la campaña de 1916, que se dice pronto.

Brusílov posando apresuradamente mientras preparaba su ofensiva | Fuente

Brusílov posando apresuradamente mientras preparaba su ofensiva | Fuente

Brusílov quiso darse prisa tras la Conferencia de Chantilly, entendía que de no ejecutar rápido el plan pactado los Aliados iban a regalar un tiempo precioso a las Potencias Centrales, que podían, sin ir más lejos, dar el golpe de gracia a Italia, a quien Rusia no interesaba ver derrotada para que su ofensiva sobre los Cárpatos (Galitzia) contra los austrohúngaros saliera mejor realizando presión por dos frentes.

Italia preocupaba especialmente a Rusia porque Conrad había trasladado lo más granao de sus tropas y cañones al Trentino, pensando que los rusos no eran ya un rival temible. Esto era bueno y era malo. Era malo porque daba superioridad a Austria-Hungría contra Italia, y podía borrarlos de la partida antes de que los planes de Chantilly pudieran ponerse en marcha. Era bueno porque la trinchera de los Cárpatos, en la que Brusílov estaba destinado, se convertía en una perita en dulce, para lo bueno y para lo malo, porque de no tomarla a tiempo Conrad podría devolver sus tropas fuertes al frente oriental y la estampa sería bien distinta.

Brusílov, por lo tanto, se empeñó en empezar cuanto antes y lo consiguió. Cabe señalar la libertad de acción que tenían los mandos rusos, ya que el ataque planeado por el general era algo temerario, sin la espera de refuerzos y con una ofensiva a lo largo de 500 kilómetros, y sin embargo, el Zar aprobó con nulo interés el plan propuesto (bastante tenía en casa entre conspiraciones y protestas como para preocuparse por Brusílov).

Eso sí, a pesar de lo temerario, fue un ataque muy bien planeado (algo que a los rusos faltó en Tannenberg), trasladando artillería en secreto y tomando fotografías aéreas para conocer a la perfección las trincheras enemigas. El día del ataque (2 de junio) bastó con bombardeo de artillería y liberar un poco de gas para quebrar las defensas austrohúngaras. En tan solo dos días Brusílov había comido unos 20 kilómetros al ejército de Austria-Hungría.

El problema fue que a pesar de un gran inicio el resto de la ofensiva no dio unos resultados tan buenos por varios factores: la parte del pacto de Chantilly de Francia y Gran Bretaña no se puso en práctica hasta Julio (por culpa de Verdún, la ofensiva alemana retrasaba el ataque y modificaba el plan), en el centro de los Cárpatos quedaban varias divisiones alemanas que no dieron su brazo a torcer, tras unos meses los alemanes mandaron más divisiones para frenarlos y el previsto ataque por el norte del general ruso Evert no obtuvo resultados. Brusílov se quedó solo.

Infantería rusa en 1916, todos con su fusil, que se note | Fuente

Infantería rusa en 1916, todos con su fusil, que se note | Fuente

Además, las tropas de Brusílov se adelantaron a su cadena de suministros y su pobre entrenamiento no los hacía rivales de los alemanes, y al no estar preparados para una táctica de combate más desarrollada que necesitaban para hacer frente a un ejército duro, las cosas se torcieron

A pesar de todo, y del casi millón de bajas, la ofensiva de Brusílov fue la que más resultados tangibles obtuvo en 1916. El ejército zarista causó unas 600.000 bajas y  consiguió 400.000 prisioneros. La mitad del ejército austrohúngaro quedó totalmente destruido, Conrad tuvo que abandonar su dura ofensiva en el Trentino y Falkenhayn dejó de presionar en Verdún.

Sin embargo los efectos a largo plazo de la ofensiva fueron francamente negativos. El comienzo fulgurante de la ofensiva Brusílov animó a los rumanos a entrar del lado aliado, y aunque al principio fue un dolor de cabeza añadido para las Potencias Centrales, el ejército rumano no estaba preparado y fueron arrasados en poco tiempo (junto a otros tantos rusos que tuvieron que echarles una mano), dejando en bandeja de plata petróleo y cereales a una Alemania a la que vino de perlas.

A nivel interno, el millón de bajas sufridas hizo pensar a los rusos si la guerra podía ganarse y si no habían dado de nuevo la vida por salvar a Francia, la recuperación industrial y militar llevada a cabo para hacer posible tamaña ofensiva, presionó todavía más a una población al borde del colapso. Rusia era ingobernable a finales de 1916, y en marzo de 1917 estalló la revolución. Los Aliados perdieron, aunque no de manera oficial, a un actor protagonista.

La campaña del Somme

El plan de los Aliados occidentales consistía en una Verdún a la inversa. Crear una fuerte presión sobre un punto concreto de las trincheras para avanzar y desgastar al Imperio Alemán. Haig (jefe del Estado Mayor británico) también es probable que pensara guardar un buen número de divisiones británicas en Flandes para colarse por el norte una vez los alemanes desviaran efectivos hacia el Somme, pero tras la ofensiva en Verdún, de treinta y nueve divisiones francesas proyectadas para el ataque, quedaron sólo en veintidós y las de Gran Bretaña en diecinueve, algo que cambiaba el tablero de juego.

Se hizo en el Somme al ser un lugar de confluencia entre las tropas británicas y francesas, haciendo fácil una ofensiva combinada de ambos ejércitos, y por ello con más fuerza. Pero el ataque sobre Verdún que tanto costó a Francia dejó la operación en algo menor de lo que se había pensado.

El ataque estuvo planeado al dedillo, pero por supuesto, no salió como estaba previsto. Durante una semana se dispararon en torno a un millón y medio de proyectiles de artillería, y el 1 de julio se inició el avance de las tropas. Se enviaron a 120.000 británicos preparados para fortificar posiciones avanzadas como si no les fuera a hacer falta luchar.

El avance al paso de los británicos por la mañana fue sorprendido por la respuesta con toda la fuerza que tenían desde el bando alemán. La semana de bombardeos no obtuvo los resultados esperados, muchos de los proyectiles usados habían sido fabricados a toda mecha por obreros no cualificados y no estallaron, el resto no penetró lo suficiente en la superficie calcárea como para destrozar las defensas excavadas. Unos 57.000 británicos fueron baja y 19.000 perdieron la vida. El ataque no estuvo tan bien planeado después de todo.

Un día cualquiera en las trincheras del Somme | Fuente

Un día cualquiera en las trincheras del Somme | Fuente

Por su parte, los franceses sufrieron 7.000 bajas y consiguieron casi todos los objetivos que se habían marcado. Los alemanes tuvieron entre 10.000 y 12.000 bajas y mantuvieron la primera línea salvo en unos pocos sectores.

El 14 de julio la suerte del bando Aliado cambió. Haig dejó de lado la idea de atacar también por Flandes y concentró sus fuerzas en el Somme. Tras un bombardeo por sorpresa muy intenso, las tropas Aliadas consiguieron tomar casi toda la segunda línea alemana. Por desgracia para el bando atacante este éxito no se repitió,  la batalla se estancó en este punto hasta septiembre entre operaciones fallidas y contraataques de los alemanes.

En septiembre una nueva máquina de guerra llegó al Somme, el carro de combate británico Mark I, con el que, tras aprender a usarlo en batalla (no todo iba a ser plantarlo sobre el terreno), consiguieron tomar la tercera línea alemana (aunque el efecto del Mark I fue disctudio). Para entonces los alemanes habían construido una cuarta y quinta y reabastecieron el frente con nueva artillería y tropas. Había avance y desgaste, sí, pero el coste estaba siendo altísimo y los resultados francamente pobres.

Buenos días, alemanes, ¿cómo va todo? Nosotros aquí con nuestro Mark I | Fuente

Ver a un Mark I repartiendo cañonazos debía acojonar | Fuente

A mediados de noviembre los británicos habían comido apenas 12 kilómetros a los alemanes mientras continuaban avanzando y perdiendo vidas y tanques como si mereciera la pena. Se confiaba en que los alemanes estaban a punto de llegar al colapso total. De hecho Haig confirmó que la campaña fue una victoria en términos de desgaste y ayudó a los franceses en Verdún. Aunque hay que concederle a Haig que lo segundo es cierto, la ofensiva Brusílov ya había hecho suficiente para rebajar la presión alemana sobre Verdún, pero al empezar la batalla del Somme, Falkenhayn ordenó una defensa estricta en Verdún.

Pero eso no quitó que a pesar del Somme, los alemanes detuvieran a Brusílov y aplastaran a Rumanía. Es cierto que la moral alemana se resintió, pero el coste para los Aliados fue de unas 620.000 bajas frente a unas 430.000 del lado alemán. El hecho es que al Imperio Alemán le costaría menos reponerse materialmente mientras que los franceses quedaban de nuevo muy tocados. Eso sí, los británicos, que se llevaron la peor parte en el lado Aliado, tendrían menos problemas para recuperarse, y estaban convencidos de ir por el bueno camino.

Perspectivas para 1917

Entre septiembre y noviembre de 1916 las grandes ofensivas habían capitulado, y a pesar del enorme desgaste francés y de la situación límite de Rusia, las cosas habían cambiado bastante respecto a 1914 y 1915.

Todos estaban desgastados y prácticamente todos pasaban hambre o se sometían a planes de racionamiento impuestos por sus Estados. Pero los Aliados tenían motivos para pensar, que a pesar de las bajas sufridas, le habían cogido el truco a la nueva guerra y que ya no iba a estar estancada. De modo que de nuevo en Chantilly los líderes se reunieron para hablar sobre el futuro de la guerra en 1917, y esta vez se programaron más ofensivas para febrero del año entrante (del que ya hablaremos en otra ocasión).

En Alemania se seguía confiando en la victoria, aunque habían comprobado que no eran invencibles por mucho Pickelhaube que llevaran sus tropas. Hindenburg y Lundendorff, ahora en el Estado Mayor del Imperio Alemán, tuvieron claro muy pronto qué cambiar: incrementaron la producción de armamento, intensificaron la guerra submarina y redujeron la presencia en el frente oriental.

Pero 1916 no solo quitó de en medio a Falkenhayn, que concretamente cayó con la entrada de Rumanía, momento en el que se vivió una histeria en los altos mandos de las Potencias Centrales. También Joffre se vio despojado de su puesto (pensaron que no vio a tiempo el ataque sobre Verdún), su lugar fue ocupado por un cuerpo colegiado de ministros y por el general Nivelle, que había desarrollado una táctica con artillería ferroviaria super pesada y cortinas de fuego de artillería móviles que volvieron locos a los alemanes en Verdún.

1917 estaba por traer acontecimientos que cambiaron las relaciones políticas de Europa y del mundo, y por supuesto, las formas de hacer la guerra con el uso de más tanques, con la guerra submarina sin cuartel, la naval y la aérea.

Bibliografía

–HOWARD, M: La primera guerra mundial, Crítica, 2002.

–STEVENSON, D: 1914-1918: Historia de la Primera Guerra Mundial, Debate, 2004.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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3 respuestas a “La Gran Guerra en 1916, el año de las grandes ofensivas”

  1. […] 1916 el panorama de la Gran Guerra había cambiado. Por primera vez en dos años los Aliados habían recortado kilómetros en el frente […]

  2. […] 1916 dejó preocupados a todos los Estados en guerra. Los Aliados habían conseguido recortar kilómetros a las Potencias Centrales en el frente occidental por primera vez desde que comenzó la guerra, sin embargo el coste humano para conseguirlo fue altísimo. Ningún bando quedó del todo contento, al contrario, las preocupaciones se extendieron en todos los Estados. […]

  3. […] y llevándose por delante a más de 500.000 efectivos enemigos. El ejército ruso, sin embargo, no se coordinó con el suficiente tino en la ofensiva global de aquel año, y Brusilov resultó una victoria […]

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