“La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria”, Ralf Dahrendorf

La libertad estuvo a prueba, flanqueada por los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. Ralf Dahrendorf rescata a tres intelectuales que la defendieron a capa y espada.

Todavía hay mucha gente en nuestra sociedad que se queda extrañada cuando uno dice que el fascismo logró encandilar a millones de europeos a través de un discurso y un estilo, preeminentemente bélico y nacionalista, bastante atractivos. Ya si comenzamos a tratar el tema de la colaboración ciudadana con los regímenes totalitarios puede que no salgamos vivos de la discusión porque son argumentos novedosos que han comenzado a tirar abajo planteamientos comunes que hasta hoy dábamos por creíbles. En cierta medida este pensamiento surge de las interpretaciones de Rousseau acerca de la “bondad natural del ser humano”. Hemos creído que no era posible que la gran mayoría de los europeos apoyara abiertamente a los regímenes totalitarios del siglo XX, ya que rompe ese precepto de que el hombre es bueno. Alegan que algo extraño debió ocurrir para que sucediera eso, como el miedo, pero obras como las de Timothy Garton Ash[1], sobre la colaboración ciudadana con los servicios secretos, han demostrado que eso no es más que una vaga excusa. Si nos adentramos en los fondos archivísticos de la Gestapo y Stasi, que la Unificación alemana y la Junta Gauck nos ha permitido acceder e investigar, nos encontraremos con el horror que los europeos de hoy quieren olvidar o ignorar: la aceptación de aquellos sistemas que acabaron con la libertad.

Este último concepto es la piedra principal de apoyo desde donde Ralf Dahrendorf escribe la obra que aquí nos ocupa reseñar[2]. Hablar en nuestros días sobre la libertad es un auténtico reto debido al auge del relativismo, es decir, cualquiera puede tener una opinión determinada y esa debe ser, supuestamente, respetada como la tuya. Desgraciadamente para muchos en el campo académico esto no es o no debería ser así, la ciencia no es democrática y las opiniones que deben prevalecer son las de aquellos que tengan una mayor formación o al menos hayan sometido sus argumentos a una profunda reflexión que vaya más allá de leerse el panfleto del partido político de turno. Es por ello por lo que el autor escoge tres pensadores que saben y han estudiado detenidamente lo que el concepto de libertad significa, estos son Karl Popper, Raymond Aron e Isaiah Berlin o, como los denomina, los miembros de la generación erasmiana. Antes de profundizar con sus tesis, hay que dejar claro una cuestión básica y es que estas figuras, además de otras que iremos incluyendo, no sólo han estudiado la libertad sino que han contraído un auténtico compromiso con ella, la han tomado como el eje de sus vidas académicas y personales. Algo que iremos viendo no resultó nada fácil para lo que se puede presuponer.

Para entender por qué Dahrendorf se ha decidido por estos tres ejemplos, más allá de su magnífica cualidad como intelectuales, debemos retornar a aquellos convulsos años de Entreguerras. Ya hemos visto al principio como millones europeos se inclinaron voluntariamente hacia el fascismo y el comunismo, la mayoría atraídos por los modelos revolucionarios de ambas propuestas. Los dos volúmenes de La Decadencia de Occidente de Oswald Spengler calaron en la mentalidad de muchos ciudadanos, nos referimos a la idea de que el sistema democrático liberal estaba mancillado por el capitalismo atroz y el parlamentarismo corrupto, era necesario un movimiento rupturista y renovador que evitase a Occidente caer frente a sus enemigos asiáticos, como decía Spengler, que en este caso simbolizaba el comunismo soviético. Los partidos fascistas se van a presentar como esas organizaciones que van a atajar la crisis de los valores, algo muy atractivo en las capas sociales europeas. ¿Cuál era el problema? que en esa defensa pervierten los valores. Por ejemplo, la solidaridad patriótica la convierten en un nacionalismo fanático, en la exigencia de que cada individuo entregue su libertad individual al interés del estado totalitario. Estos sistemas ofrecían orden, seguridad y justicia, pero con los costes que acabamos de mencionar. Por ejemplo, aunque en la Alemania nazi no podemos hablar de un estado del bienestar, si existió un sistema de cobertura social para los grupos más humildes y para los que no lo eran tanto. Además no podemos olvidar que Hitler logró acabar casi con la totalidad del desempleo.

En la Sevilla de 1936, el jefe provincial de la falange de Sevilla obligó a los “señoritos” a pagar los jornales de los jornaleros con un recargo de esa cuantía, algo que resultó un escándalo en la Sevilla de Queipo de Llano, ya que se trataba de una acción poco popular en los sectores más conservadores e incluso en algunos de la falange. En este punto creo necesario destacar una reflexión de Renzo De Felice sobre la democracia. Después de haber experimentado distintas oleadas y experiencias de democracias liberales, ya pocos afirman que es un sistema sin fisuras. Pero en palabras del italiano, «no es un sistema perfecto, pero es el más perfectible». La democracia liberal propone una sociedad abierta en la cual los diferentes individuos o agentes sociales resuelven sus tensiones siempre dentro de la ley. Su mayor debilidad, y probablemente también mérito, es que el tablero democrático acoge a aquellos movimientos/pensamientos que van contra ella misma. Hemos dicho mérito porque, por el contrario, los sistemas totalitarios ni se plantean eso mismo debido a que, como hemos dicho, son sociedades cerradas donde los problemas o tensiones no existen a costa de la libertad, la desaparición del individuo y el aplastamiento de las minorías. Uno se puede llegar a imaginar lo que eso suponía cuando lee a Arthur Koestler[3] narrando la estancia de un personaje anónimo en una cárcel soviética a causa de las purgas estalinistas de los años treinta. Ponerse en el papel de ese hombre es una excelente aproximación a lo que puede llegar a significar la pérdida del individuo porque esa es la base de estos sistemas, destruir la esencia de aquello que nos hace ciudadanos para someternos a sus ideologías.

Por lo tanto, con todo lo que hemos expuesto, puede resultar comprensible que muchos vieran con buenos ojos sacrificar su libertad como individuo por esa seguridad y orden que los regímenes totalitarios ofrecían. Es por ello por lo que aquellos que se mantuvieron fieles a su independencia por convencimientos demócratas y su fidelidad a la libertad, se puede decir, que fueron auténtico héroes y entre ellos destacan los tres protagonistas de la obra de Dahrendorf así como otros intelectuales que, bajo su opinión, se mantuvieron fieles pero se tambalearon en ciertos momentos como Hannah Arendt, Arthur Koestler o Norberto Bobbio. Todos en general sufrieron la tentativa totalitaria así como la enorme presión que supuso rechazarla. Caer en la defensa del fascismo o el comunismo no dependía de la formación intelectual de las personas dado que, en la otra cara de la moneda, cientos de pensadores se adentraron en esas ideologías para actuar como un militante más y, como es de esperar, no siendo del todo fiel a la labor científica que un investigador debiera de llevar. Un ejemplo bastante notorio que nos trae el autor es el de Beatrice Webb quien tuvo la oportunidad de viajar a la famélica Ucrania de los años treinta. En contra de lo que estaba sucediendo, las palabras de la inglesa a su vuelta de la URSS fueron más que positivas. Probablemente el régimen estalinista se preocupó por llevarla a esos parajes preparados que escenificaban una realidad utópica. La crítica que nosotros le podemos hacer es la desconexión de su sentido crítico como intelectual, de cómo su estima por el comunismo le impide adentrarse en el horror que sucedía en Ucrania: una hambruna impuesta desde el Kremlin para hacer desaparecer a todo un grupo social: los kulaks, así como a cualquier disidente. Las cifras no mienten, más de nueve millones de muertos en menos de una década. Recoge Martin Amis[4] como Gareth Jones, periodista anglosajón del Manchester Guardian, al volver de su viaje a la Ucrania de esos años escribía en sus artículos el horror que eso era y cómo pensaba que en el futuro, cuando eso se contara, nadie se lo creería, acertando casi de pleno. Aún así, la palabra de Webb tuvo bastante más difusión y credenciales a pesar de distorsionar por completo la realidad.

Pero dice Dahrendorf que «quien resiste a las tentaciones de la esclavitud tiene una relación distinta con la libertad». En una época donde todo estaba tan politizado, donde las masas se convirtieron en instrumentos de presión y donde muchos intelectuales optaron finalmente por inclinarse por uno o por otro, Berlin, Popper y Aron se mantuvieron fieles a la libertad. Estos, a diferencia de la mayoría, no cedieron su independencia a un partido, ya que el simple hecho de pertenecer a uno, y más si es de una ideología totalitaria, limitaba ese bien tan preciado para ellos como la independencia, sin ella no serían los intelectuales que conocemos. Muchos los han llegado a tachar de cobardes por su “no implicación” en ese tira-afloja, de mantenerse en su torre de marfil ajenos a lo que les rodeaba, algo totalmente falso. Primero, debemos criticar la idea generalizada de que el conflicto de esos años fue entre el comunismo y el fascismo, y no fue así. Aunque les pese a algunos, los años de Entreguerras fueron la lucha entre aquellos que amaban la libertad contra los que las despreciaban. En segundo lugar, la no implicación directa (en el campo de batalla) o indirecta (lucha propagandística) de nuestros tres protagonistas no significa que no les importara lo que estaba ocurriendo, ni tampoco que fueran cobardes, para mi entender todo lo contrario: mientras muchos se dejaban llevar por las oleadas irracionales de los totalitarismos, estos se mantuvieron fieles a sus principios morales y a la libertad intelectual. Se trata de algo sobre lo que debemos hacer hincapié, ya que la posición de los erasmistas durante estos años simbolizaba la labor de un equilibrista sobre una cuerda muy fina, siendo esta la libertad. Para empezar, para nuestros protagonistas la prudencia es una virtud que solo se puede desarrollar en un marco democrático debido a que este permite pensamientos críticos y plurales, es decir, el espíritu científico. En cambio, en los regímenes totalitarios esto es imposible que ocurra, ya que ellos prometen un mundo seguro, sin contradicciones, donde existe una única opinión válida que es la que da el partido. Estamos ante una auténtica “religión política”, por ello Lenin alentaba a los bolcheviques con la “tierra prometida” que era el Comunismo a través de la Dictadura del Proletariado. Un fin al que había que llegar fuera cual fuera el medio, pasando por encima de quien se oponga, y siempre tras la sombra del gran líder que será quien nos dirija a ese destino. Pero es aquí donde debemos aclarar algo, no es posible llegar a la justicia sin pasar por la libertad, esa es una trampa común en estos sistemas: ofrecer todo a costa del bien más preciado de nuestra sociedad.

Tengo anotado un proverbio árabe que Marc Bloch[5] recoge en uno de sus últimos libros mientras estaba encarcelado que dice «Los hombres son más parecidos a su tiempo que a sus padres». Para el caso que nos ocupa, hubo unos pocos intelectuales que escaparon de las garras de su propia época marcada a sangre y fuego por el irracionalismo, el odio a la libertad y al contrario. Supieron mantenerse del lado de la razón y la libertad a pesar de las tentaciones. Es por ello por lo que creo que la obra de Dahrendorf es de lectura obligatoria por el simple hecho de no olvidar que, antes de que cayera en el olvido historiográfico y social, el fascismo se articuló como un discurso sumamente atractivo y convincente que atrajo, no sólo a la masa, sino a las mentes más preparadas de Occidente. Aún hoy nos extrañamos que un intelectual pudiese caer en ese tsunami de pasiones totalitarias, pero es que si no seguimos indagando en la cuestión caeremos en el grave error de no entender nunca por qué realmente hubo esa movilización mayoritaria en contra de la libertad y la democracia. Si llegamos a comprender esto mismo, daremos realmente valor a cómo un pequeño grupo de intelectuales – Popper, Aron o Berlin – se resistieron a las más profundas e inhumanas tentaciones del siglo XX. Es este hecho lo que hace de nuestros protagonistas auténticos erasmistas.

 

Ficha del libro

Título: La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria.

Autor: Ralf Dahrendorf

Editorial: Trotta (2009)

Precio: 17€

ISBN: 9788498790290

Bibliografía

[1] GARTON ASH, Timothy: El expediente: una historia personal. Barcelona, Tusquets, 1999.

[2] DHARENDORF, Ralf: La Libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria. Madrid, Trotta, 2009.

[3] KOESTLER, Arthur: El cero y el infinito. Barcelona, Destino, 1986.

[4] AMIS, Martin: Koba el Temible: la risa y los veinte millones. Barcelona, Anagrama, 2006.

[5] BLOCH, Marc: Introducción a la Historia. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1988.

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Publicado por

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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2 respuestas a ““La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria”, Ralf Dahrendorf”

  1. […] Ponemos este énfasis en el autor debido a todo lo que representa. Como ya vimos en la obra de Ralf Dahrendorf, Berlin fue un auténtico erasmista, uno de los pocos intelectuales que no claudicó su libertad […]

  2. […] Aunque a la vista del título parezca que vayamos a hablar sobre una de las fábulas de Ovidio, la realidad es bien distinta. De acuerdo con nuestra gran admiración por Isaiah Berlin, hemos querido sacar a la palestra este clásico que nunca envejece. A pesar de sus más de 60 años de existencia, se trata de un libro que cuando uno lee es inevitable quedar fascinado, independientemente del momento en el que lo lea. En poco más de 150 hojas, Berlin desgrana de manera sencilla y  directa a todos los hombres que vivieron y presenciaron estos últimos siglos. Sin embargo, y aquí recae su genialidad, alejándose de cualquier dogmatismo o ley con aspiración universal, siempre lo hace desde una posición plural y comprometido con una única cosa: la libertad. […]

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