La República y sus enemigos: Ley de Orden Público (1933)

Los estudios sobre la Segunda República han implicado una constante lucha contra mitos que han pervivido como dogma hasta nuestros días. Saber quiénes fueron leales es el objetivo de este artículo, además de conocer qué medidas tuvo que aplicar el sistema contra aquellos que pusieron a prueba la democracia.

La recién aprobada Ley de Seguridad Ciudadana, popularmente conocida como Mordaza, ha suscitado en nuestra sociedad un gran revuelo a raíz del amplio abanico de delitos que contempla así como las desproporcionadas sanciones que impone. Desde Rea Silvia no pretendemos realiza un análisis de esta norma, sobre todo por nuestra absoluta falta de conocimientos legales, pero sí plantear ejemplos similares que ocurrieron en el pasado. En este caso, nuestro objetivo va a ser plantear la Ley de Orden público aprobada por las Cortes republicanas en 1933 y con ello conocer qué repercusión tuvo y cuáles fueron las circunstancias para su redacción y aplicación.

Primero, debemos pararnos en sus precedentes, la Ley de la Defensa de la República, la cual entró en vigor nada más aprobarse en octubre de 1931. La finalidad de esta norma era la de dotar al gobierno de un instrumento con el que pueda defender al Estado de sus enemigos. La premisa de esta norma era clara: «las libertades propias de un sistema democrático no podrían ser la excusa que permitiera atacar y destruir el propio sistema». Los problemas surgieron a la hora de señalar quiénes querían derrocar a la República y quiénes se oponían pero estaban dispuestos a resolver cualquier tensión vía democrática. Realizamos esta afirmación porque hubo muchos miembros del propio gobierno que, a partir de una patrimonalización del sistema y una tendente arbitrariedad, consideraban enemigos a aquellos que simplemente no compartían sus ideas. Si atendemos al artículo primero de la ley, es fácil percatarse de su ambigüedad debido a que consideraba agresión a «toda acción o expresión que redunde contra la República». Este principio, aunque claro y sencillo a primera vista, dio más de un problema a las autoridades a la hora de actuar o no. No fueron pocas las veces que se mandó intervenir a la Guardia de Asalto en mítines de Gil Robles durante el primer bienio, por ejemplo. ¿Las declaraciones del futuro líder cedista, así como otra gran parte de la derecha, eran realmente ataque frontales contra la democracia republicana? Pues para muchos miembros de la coalición radical socialista sí; no concebían una República en manos de una derecha que, al menos hasta 1931, se mostró en gran parte a favor de la monarquía u opciones más tradicionalistas. El problema es que no sólo se intervino en mítines, también se suspendieron diarios, clausuraron sedes políticas o se realizaron detenciones gubernativas. A pesar de la persistencia en un discurso crítico contra constitución, gran parte de la derecha, republicana o no, mantuvo durante estos primeros años el respeto a la legalidad vigente. La confusión del gobierno entre las crítica a las autoridades y los ataques al sistema produjo un clima de tensión entre todas las fuerzas, de ahí que a la larga se hiciese necesario la redacción de una nueva ley más práctica que sería la de 1933.

No podemos llevarnos la impresión que esta norma se encuentra en las antípodas de la anterior en cuanto a su contundencia. Esta contemplaba un primer estado de prevención en el que no se recurría a la suspensión de garantías constitucionales; un segundo de alarma en el que sí se suspendía; y por último un estado de guerra que, ante la posible gravedad de la situación, hace que los medios que dispone la autoridad civil pasen a la militar. El hecho de que los diferentes ejecutivos tuvieran que echar mano en varias ocasiones a estas  medidas excepcionales nos retrata adecuadamente de qué manera se caracterizó el orden público de aquellos años y quiénes eran realmente los que defendían o no la democracia republicana. Además se añadieron toda una serie de multas con cada sanción que fueron realmente hirientes para la situación del momento. Lo que para nosotros pueda sonar ya a retro, para los españoles de 1933, 500, 1.000, 5.000 o, incluso, 10.000 pesetas era una auténtica barbaridad, Sin embargo, no debemos olvidar que, por mucha arbitrariedad de las autoridades, la República, como cualquier otro estado europeo del momento, tuvo que hacer frente a muchos enemigos, entre ellos los propios falangistas, aunque no fueron los únicos. Realmente podemos considerar a los miembros de Falange, los anarquistas o comunistas como los más alborotadores, los que más ruidos hacían en las calles y medios de comunicación, pero también hubo muchos socialistas radicales con el fusil preparado antes de octubre de 1934 o tradicionalistas esperando un mínimo momento de flaqueza institucional para atacar y desprestigiar a las autoridades. Lo que queremos decir con esto no es que todos fueran contra la República sino que, de una manera u otra, algunos sectores de las militancias del PSOE, PCE, CNT, RE, JAP o CT ya habían comenzado a actuar de tal manera que se convirtieron en un auténtico dolor de cabeza para las fuerzas del orden. Acciones, en definitiva, que flaco favor hacían al orden público y la estabilidad democrática.

Por ejemplo, cualquier joven perteneciente a las juventudes socialistas que comprara el diario Renovación el 17 de febrero de 1934 se encontraría en portada con el siguiente «Decálogo del joven socialista»:

1º. Los jóvenes socialistas deben acostumbrarse a las movilizaciones rápidas, formando militarmente de tres en fondo.

2º.  Cada nueve (tres filas de tres) formarán la década, añadiéndole un jefe, que marchará al lado izquierdo.

3º. Hay que saludar con el brazo en alto –vertical- y el puño cerrado, que es un signo de hombría y virilidad.

4º. Es necesario manifestarse en todas partes, aprovechando todos los momentos, no despreciando ninguna ocasión. Manifestarse militarmente, para que todas nuestras actuaciones lleven por delante una atmósfera de miedo o de respeto.

5º. Cada joven socialista, en el momento de la acción, debe considerarse el ombligo del mundo y obrar como si de él solamente dependiese la victoria.

6º. Solamente debe ayudar a su compañero cuando éste ya no se baste a ayudarse por sí solo.

7º. Ha de acostumbrarse a pensar que en los momentos revolucionarios la democracia interna en la organización es un estorbo. El jefe superior debe ser ciegamente obedecido, como asimismo el jefe de cada grupo.

8º. La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro es que el Socialismo solamente puede imponerse por la violencia, y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente.

9º. Cada día, un esfuerzo nuevo, en la creencia de que al día siguiente puede sonar la hora de la revolución.

10º. Y sobre todo: armarse, como sea, y donde sea y por los procedimientos que sean. Armarse. Consigna: Ármate tú, y al concluir arma si puedes al vecino, mientras haces todo lo posible por desarmar a un enemigo.

Si omitiésemos el término “socialista” en estos diez puntos, sin duda a cualquiera le constaría averiguar si se trata de una organización socialista o fascista. No es un asunto menor ya que es el punto de partida de nuestro estudio, saber si quiénes fueron los enemigos de la República y en qué medida tuvo esta que actuar contra ellos. Sabemos que partidos como Falange o el PCE, en su clara vocación y actuación antidemócratas, son consideradas como organización radicales que contemplaban la violencia como un medio para conseguir sus objetivos, pero no fueron las únicas. De hecho, cuando George L. Mosse hablaba sobre el proceso de brutalización, no se refería únicamente a los jóvenes de extrema derecha, fascistas o comunistas europeos sino a un fenómeno que afectó de arriba abajo y de izquierda a derecha a toda la sociedad Occidental, la cual lo fue asumiendo poco a poco sin problemas en estos años. Por lo tanto, todo esto lleva a plantearnos la difícil cuestión sobre quiénes fueron realmente leales a la democracia republicana y quiénes protagonizaron los diferentes episodios que terminarían con el Estado de Derecho.

Revolucionarios de izquierdas asaltan una Iglesia en 1936 | Fuente

Revolucionarios de izquierdas asaltan una Iglesia en 1936 | Fuente

Cada vez es mayor la historiografía que señala el escaso carácter integrador de la primera constitución republicana. Con todos sus aspectos modernizadores, se le ha achacado de ser un documento partidista debido a la poca representatividad de las cortes constituyentes y a la fuerza de un Partido Socialista que supo armarse y estructurarse pronto como para poder actuar inmediatamente. Acabando por formarse un parlamento con todas las de ley aunque con un comprometido problema de representación real de la población, sobre todo nos referimos a los grupos de la derecha católica, los cuales se sintieron apartados y excluidos con medidas como la prohibición de la Compañía de Jesús o que las órdenes pudiesen dedicarse a la educación, comercio o negocios. Aquí es donde podemos llegar a entender las palabras de Alejandro Lerroux acerca de la necesidad de «no hacer una República para los republicanos sino una República para los españoles». Pero lo que no se puede llegar a entender es que Manuel Azaña considerase «bueno para la República» el hecho de tener enemigos que quieran acabar con ella. El profesor Álvarez Tardío señala que probablemente el presidente del gobierno, así como los miembros de su ejecutivo, no supieron distinguir entre aquellos que querían acabar con el sistema y los que querían integrarse pero modificando algunos aspectos de la recién aprobada constitución. Esto es un problema más grave de lo que parece porque resulta inviable mantener un modelo liberal y demócrata como el republicano excluyendo a casi la mitad de la población del país.

Medidas como la Ley de Términos Municipales o la de los Jurados Mixtos que no hacían más que beneficiar de largo a los braceros, los cuales veían grandes mejores en las condiciones de trabajo y aumento del jornal, pero acosta de los medianos y grandes propietarios los cuales, incluso, debían con estas leyes pagar a los jornaleros aún sin estar en el periodo de recogida. Paralelamente, con los jurados mixtos se procedió a una auténtica institucionalización de la UGT, sindicato ligado al PSOE. Ya podemos imaginarnos qué efectos tuvo todo esto entre aquellos que no formaban parte de la ideología socialista. A lo largo del primer bienio la derecha posibilista se fue organizando de cara a las próximas elecciones, no querían que sucediese lo mismo que en 1931, algo que daría pie al pacto entre la recién creada CEDA y el PRR de Lerroux. Mientras gran parte de la derecha asumía las reglas del juego democrático, a través de las cuales llegaron al poder, gran parte de una izquierda en shock seguía preguntándose cómo es posible que aquellos que consideraban que no eran republicanos ganasen. La respuesta la dio el propio Julián Besteiro quien, dando a mi entender en la clave, dijo que «las elecciones de 1933 no resultaron contra la República sino contra la política del PSOE». Podemos imaginarnos cómo sentaron las palabras del socialista en su partido y cómo muchos hicieron oídos sordos a lo que era una realidad. Asumieron que era el momento de tomar una vía más radical que echase a la derecha de la República que supuestamente les pertenecía.

Los estudios más recientes han desechado tesis que dibujaban a este nuevo ejecutivo como una especie de “Caballo de Troya del fascismo” o que simplemente se dedicaron a echar atrás todas las reformas aprobadas en el primero bienio. Probablemente, más de un votante de la derecha sevillana tenía en la cabeza a la hora de votar la recurrente idea del alcalde de Dos Hermanas quien tuvo la idea de multar a las iglesias por el toque de campana ya que estas «interrumpen con su pesada monotonía los trabajos de meditación y estudio en todos aquellos que requieren una atención especial, al mismo tiempo que molestan y perjudican el natural reposo del silencio que requieren los enfermos». Si no admitimos que hubo un importante sector de la derecha dispuesto a continuar la vía legalista, no entenderemos en qué circunstancias se desarrollará gran parte de la conflictividad social de los años siguientes y cómo tantos ciudadanos se sentirían atraídos por organizaciones contrarias a la democracia liberal. Un aumento de la radicalidad que se presentó como un auténtico reto para las autoridades republicanas, las cuales debían medir muy bien sus modos de actuación. Una de las explicaciones más convincentes de que Falange, y en menor medida los comunistas, fuera un partido casi sin masa social es que los agentes de orden público no dudaron a la hora de actuar contra los falangistas, de ahí que hasta un cinco por ciento de los miembros del partido en Sevilla acabaran en la cárcel durante la República. Cierto es que existían muchos prejuicios contra la organización y que algunas autoridades, como el Gobernador Civil de Sevilla, actuaban de una manera bastante arbitraria. Sin embargo, el total cumplimiento del Estado de derecho y la aplicación de L.O.P. permitió mantener a raya aquellos que de verdad querían destruir la República.

Damos mucha importancia a este asunto debido a que existen aún muchas controversias sobre la relación entre la libertad y la ley. Cuando Friedrich Hayek habla en 1942 de cómo  Hitler logra sus ilimitados poderes de una manera constitucional y, por tanto legal, se cuestiona a la vez si «todavía existe en Alemania un Estado de Derecho». Se trata de una pregunta que no es para nada absurda ya que apunta a la principal clave de nuestro asunto: ¿hay libertad sin ley? En función de lo que hemos ido comentando, parece ser que sin un modelo de leyes justas en las que todos los ciudadanos se vean reflejados, son los enemigos de la libertad lo que se aprovechan de ese problema. La respuesta que Ian Kershaw dio a Thomas Roman en la revista Eurozine, acerca de los mecanismos que dispone la democracia  para frenar a aquellos que quieren acabar con ella, no tiene ningún desperdicio para nuestro trabajo: «Las estructuras democráticas no son cosas que deban darse por sentada pero tienen que estar muy vigiladas. Lo que tuvimos en los años veinte, lo cual permitió todo lo ocurrido, fue la debilidad de esas estructuras democráticas y el hecho de que no estuvieron defendidas por las bases de la sociedad y, más importante, por las élites».

 

Bibliogfrafía

-ÁLVAREZ REY, Leandro: La derecha durante la II República, 1931-1936. Sevilla, Universidad de Sevilla, 1993.

-ÁLVAREZ TARDÍO, Manuel: El precio de la exclusión. La política durante la II República. Madrid, Encuentro, 2010.

-ÁLVAREZ TARDÍO, M. y VILLA GARCÍA, Roberto: El laberinto republicano. La democracia española y sus enemigos (1931-1936). Barcelona, RBA, 2012.

-DEL REY REGUILLO, Fernando: Palabras como Puños. Madrid, Tecnos, 2011.

-HAYEK, Friedrich: Camino de Servidumbre. Madrid, Alianza Editorial, 2015.

 

Rea Silvia la financian los lectores, si te gusta y puedes, contribuye para que sigamos creciendo.

Publicado por

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

Síguelo en Twitter

2 respuestas a “La República y sus enemigos: Ley de Orden Público (1933)”

  1. […] y convulsos meses que fueron su estancia en el Madrid tras el golpe de estado. Como dijimos en La República y sus enemigos, estos años están cargados de mitos y leyendas que han perdurado hasta nuestros días y que han […]

  2. […] 1933 dejó atrás el movimiento y fundó Falange Española, aunque tampoco lo concibió como un […]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *