“El erizo y la zorra. Tolstoi y su visión de la Historia” – Isaiah Berlin

El erizo y la zorra es la primera piedra de una de las grandes teorías de Isaiah Berlín acerca del pensamiento humano.

Aunque a la vista del título parezca que vayamos a hablar sobre una de las fábulas de Esopo, la realidad es bien distinta. De acuerdo con nuestra gran admiración por Isaiah Berlin, hemos querido sacar a la palestra este clásico que nunca envejece. A pesar de sus más de 60 años de existencia, se trata de un libro que cuando uno lee es inevitable quedar fascinado, independientemente del momento en el que lo lea. En poco más de 150 hojas, Berlin desgrana de manera sencilla y  directa a todos los hombres que vivieron y presenciaron estos últimos siglos. Sin embargo, y aquí recae su genialidad, alejándose de cualquier dogmatismo o ley con aspiración universal, siempre lo hace desde una posición plural y comprometido con una única cosa: la libertad.

Isaiah Berlin comienza esta obra con la siguiente frase del poeta griego Arquíloco: «La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante». Será a partir de esta sencilla afirmación cuando comience a elaborar una teoría en la que todos los humanos tendremos un sitio donde encajar: erizos o zorras. Cuando Berlin toma la frase de Arquíloco plantea dos manera distintas, pero no antagónicas, del pensamiento del hombre como individuo en sociedad. Mientras que el erizo son aquellas personas repletas de certezas, gente que dispone de grandes teorías que abarcan todos los aspectos de la vida humana y, por tanto, no siente duda ante nada; la zorra representa a aquellos que dudan, los críticos con todo y, sobre todo con ellos mismos. Podemos entonces imaginarnos que son los erizos los que tienen una vida más calmada, no están atormentados por las inseguridades, como la zorra. Confían ciegamente en sus planteamientos y niegan casi cualquier argumento que ponga en cuestión sus ideas. En situaciones históricas como el periodo de Entreguerras, con el auge de los totalitarismos y la decadencia de las democracias liberales, fueron las certezas, y no las dudas y críticas, las que se impusieron  en la mente de millones de europeos volcados hacia el fascismo y el comunismo.

Pero es posible poner el foco en cualquier otro pasado para darnos cuenta de que Berlin no iba desencaminado con su teoría. Hacia mediados del XIX, el escritor ruso Turgeniev publicaba Padres e Hijos. En ella relata las confrontaciones entre los jóvenes radicales rusos, predecesores de los bolcheviques, con los liberales y conservadores de la Rusia de aquellos años. En una de sus páginas aparece una interesante conversación que relata muy bien la mentalidad de estos imberbes, por lo general, ante la aplicación de una revolución: «Tenéis sustancia pero no fuerza» -dijo el joven- «Y vosotros tenéis fuerza pero no sustancia» -replicó el hombre de mediana edad. Aun habiendo una gélida y extensa estepa de por medio, y casi un siglo de diferencia, aquellos jóvenes rusos no se diferenciaban tanto de muchos de los europeos que, durante el periodo de Entreguerras, fueron adquiriendo los mismos rasgos de los radicales. Llenos de seguridad, estaban convencidos de que para acabar con todos los males había que destruir el mundo conocido, daba igual cómo se iba a construir el nuevo dado a que la destrucción traería la pureza de un nuevo panorama en la que los revolucionarios impondrían su régimen.

No hemos destacado el caso ruso por casualidad. Berlin realiza una especie de escala en su teoría y encaja en ella a algunos personajes célebres de nuestra Historia: mientras que Platón, Dante, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche o Proust son erizos; Heródoto, Aristóteles, Erasmo, Shakespeare, Molière, Goethe, Pushkin o Balzac están en el grupo identificado con la zorra. Sin embargo, recalcamos lo que dijimos antes, para Berlin esta clasificación no es dogmática y menos aún antagónica. Uno no nace y vive toda su vida de la misma manera. De hecho suele ocurrir todo lo contrario y en muchas ocasiones solemos mirar abrumados al pasado, preguntándonos quiénes fuimos realmente entonces. Es ahí donde surge la figura central de esta obra, León Tolstoi.

Se trata de un personaje que conoce muy bien nuestro protagonista y sobre el que tiene una impresión agridulce. El escritor e historiador ruso fue a lo largo de su vida zorra y erizo, y Berlin se niega a encajarlo en uno de los dos grupos. Su duda viene sobre todo por el concepto de historia que acuña Tolstoi. Son muchas las críticas y alabanzas que ha recibido por novelas tan célebres como Guerra y Paz donde entremezcla una literatura, en muchas ocasiones, densa y llanamente descriptiva, pero a su vez incluye golpes de análisis social y político que hacen de la obra un clásico del siglo XIX. Figuras como Turgueniev o Zweig han querido destacar que sus análisis históricos también llegan a ser insulsos y excesivamente ideologizados. Sin embargo, Isaiah Berlin siente una gran curiosidad y respeto por Tolstoi, de ahí que le dedique casi todas las hojas de El Erizo y la Zorra. Nosotros no vamos a indagar más sobre el relato que presenta para que os animéis a comprar el libro y podáis disfrutarlo. Sin duda alguna, su lectura se antoja sencilla, como cualquier propuesta literaria de Berlin, salvo por una paradoja: tened bien amarradas vuestras certezas porque cada argumento del intelectual estonio pondrá a prueba vuestras seguridades ideológicas.

Ficha del libro

–Título: El erizo y la zorra. Tólstoi y su visión de la Historia

–Autor: Isaiah Berlin

–Editorial: Península (2002)

–Precio: 12.45€

–ISBN: 9788483074633

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Publicado por

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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