“El Mundo de ayer. Memorias de un Europeo” – Stefan Zweig

Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana.

«Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped en el mejor de los casos […] He sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo»

Sobran nuestras palabras. Podríamos completar hasta el último renglón de esta reseña con los propios testimonios del genio de Stefan Zweig. Al igual que Ludovico Einaudi cuando toca las teclas de su piano; Zweig nos compone una ópera en la que el optimismo y el drama bailan al unísono bajo el son de violines y bombas sin perder nunca el ritmo. Es por ello por lo que siento cierto recelo a la hora de hacer esta reseña. Espero, al menos, no tocar la tecla que desentone esta maravillosa melodía y así poder hacer honor a una de las mejores obras del siglo XX.

¿Se imaginan ustedes pedirle a la azafata de Ryanair si uno puede embarcar en el avión con un baúl de madera y acero de casi 50 kg.? La sorpresa de la trabajadora irá a más si le explica que en él sólo lleva un poco de ropa y más de una decena de libros que tiene intención de leerse en su próxima travesía por Europa. Pues recuerda nostálgicamente Zweig, añoranza a la que nos sumamos, que eso era lo más común entre aquellos entusiastas y culturalmente insaciables jóvenes universitarios hijos de la Belle Epoque. Recorrían casi todo el Viejo Continente en esos interminables y bastos, pero románticos, ferrocarriles con la única ilusión conocer mundo y aprender sin ningún tipo de funcionalidad alguna; simplemente por el placer de formarse culturalmente. Difícilmente podemos actualmente imaginarnos el nivel de optimismo de aquellos años precedentes a la Gran Guerra. El ser humano era capaz de todo, algo que quedaba demostrado en las grandes construcciones, exposiciones universales, avances científicos u obras musicales y literarias escritas. A esa ambición debemos sumar otras expresiones como los seguros que representaban bastante bien aquellos años. No sólo se podía y quería vivir bien sino que también se aspiraba a un mundo tranquilo y sin conflictos; fue entonces cuando este peculiar sistema de seguridad jurídica comenzó a prolifera ya que cumplía con esas aspiraciones de estabilidad que tanto reclamaban los europeos.

«En Viena, una gran actriz nacional era propiedad colectiva hasta el punto que incluso los que no se interesaban por el teatro percibían su muerte como una catástrofe […] Cuando el “viejo” Burgtheater, donde por primera vez sonaron las notas de “Las Bodas de Fígaro” de Mozart, estaba a punto de ser demolido, toda la sociedad vienesa se reunió en sus salones, solemne y conmovida, como si se tratara de un entierro; apenas hubo caído el telón todo el mundo se precipitó hacia el escenario para llevarse a casa como reliquia siquiera una astilla de las tablas sobre las que había actuado su artistas favoritos»

Sin embargo, todos a su vez eran conscientes de la militarización; de los conflictos culturales dentro de los nacionalmente heterogéneos estados europeos; de cómo las masas empezaban a protagonizar el día a día la política; o de los problemas en las colonias africanas y asiáticas. A pesar de todo esto, nunca llegó ni siquiera a tambalear la profunda confianza que los europeos profesaban por la figura del hombre en paz y seguro de sí mismo. A pesar del aumento exponencial de la tensión entre estados durante los meses previos al conflicto mundial, casi todos los europeos siguieron creyendo que eso nunca desembocaría en nada. El ser humano, en su concepción más idealista, nunca sería capaz de llegar a ese punto porque acabaría alcanzado un acuerdo que frenase cualquier barbarie. Hasta 1914.

Nada fue igual tras la Gran Guerra. La ilusión fue evaporándose por cada página que un europeo leía de La Decadencia de Occidente, de Oswald Spengler. En la gran orquesta europea, fueron los barítonos italianos los que comenzaron a desentonar; seguidamente los rusos comenzaron a tocar sus violines al ritmo del Acorazado Potemkin silenciando cualquier resquicio del vals de Anna Karenina; los bávaros no quisieron ser menos y comenzaron a golpear sus tambores como si una estampida encabezada por Atila se tratara. En medio de ese choque de estilos se encontraba Zweig. No fue en ningún momento un hombre crédudo, conocía perfectamente quiénes eran aquellos individuos que vestían las camisas negras y pardas; pero eso nunca frenó su vocación cultural expresada en obras de teatro, libros y traducciones. Siguió viajando por Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y demás países europeos en busca de vetas culturales en las que aún se conservara el espíritu del pasado. Allí se encontraba con grandes escritores, dramaturgos, compositores y viejos amigos con los que pasaba horas y horas a base de un buen café y bajo una armoniosa conversación literaria; poco más necesitaba Zweig para sentirse feliz.

«Aquel nombre no me decía nada. Y no le presté más atención, porque a saber cuántos nombres de agitadores y golpistas, hoy ya completamente olvidados, aparecerían en la desbaratada Alemania de entonces para volver a desaparecer con la misma rapidez […] Pero luego, en las vecinas poblaciones fronterizas de Reichnhall y Berchtesgaden, adonde yo iba casi todas las semanas, de repente empezaron a surgir grupos de jóvenes, al principio pequeños pero después cada vez más numerosos, con botas altas, camisas pardas y brazaletes chillones con la esvástica. Organizaban reuniones y desfiles, se exhibían por las calles cantando y vociferando, pegaban enormes carteles en las paredes y las pintarrajeaban con la cruz gamada»

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Los tiempos cambiaban y los aires que recorrían Europa tenían un olor y textura distintos a los que recordaba Zweig a través de su optimista memoria. Y es que una de las mayores razones por las que recomendamos este libro ese esto mismo: la experiencia del propio escritor vienés. Su estilo vida, al igual que la de miles de europeos, se transformó por completo ante la popularidad de los enemigos de la libertad. Resultaba imposible sentirse ajeno a la corrupción de tantas almas que ahora negaban cualquier pasado idílico y afrontaban una nueva empresa que poco o nada gustaba a nuestro protagonista. Sin querer adentrarnos más en el libro, hemos de decir que los testimonios de Zweig valen su peso en oro, tanto por su ubicación geográfica en Salzburgo como por la repercusión de su figura. En él quedan perfectamente conservados todos aquellos valores humanistas que hacían del hombre un ser imparable y sobradamente seguro de sí mismo. La lectura de sus memorias nos acercarán a visualizar y comprender aquellos años de terremoto político, económico y social; aunque también cultural y es que si mucho perdimos en Cuba, bastante más se perdió en Múnich.

Ficha del libro

–Título: El Mundo de ayer. Memorias de un europeo.

–Autor: Stefan Zweig

–Editorial: Acantilado (2013)

–Precio: 25,65€

 

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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Una respuesta a ““El Mundo de ayer. Memorias de un Europeo” – Stefan Zweig”

  1. […] siempre en la frontera entre lo pasado y lo venidero en un mundo cuyos valores tradicionales se desmoronaban a pasos agigantados. Por toda Europa aparecían nuevos modelos que rompían drásticamente con lo […]

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