No eres tú, es el Periodo de Entreguerras

«De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped en el mejor de los casos […] He sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo»

«Estaremos mejor como amigos» – le dijo mientras, cabizbajo, se resignaba a volver a casa tras tanto tiempo. El calor del hogar podría parecer el mejor lugar para reconfortar a cualquier descorazonado que ha visto con sus propios ojos el horror de los obuses y tambores; pero sus rítmicos estruendos habían ya erosionado la ciega confianza de una generación criada para la necia esperanza y la próspera frustración. Nada fue igual, como les habían prometido. De hecho, cuando los imberbes y mutilados soldados soltaron sus fusiles para volver a empaparse de los grandes clásicos de la literatura, se encontraron con que Rousseau ya no seducía de la manera que recordaban; las utópicas proezas de Lord Byron se convirtieron en cuentos para infantes; ni siquiera la vuelta a Ítaca de Ulíses despertaba ya el interés de una generación a la que se le había negado su pasado. De pronto brotaban del barbecho europeo girasoles de cinco hojas en pico que gritaban revolución; una violencia que aspiraba a ser esas enredaderas que escalaban las casas alpinas de Salzburgo al ritmo de los nibelungos de Richard Wagner. Probablemente ella tenía razón, con tiempo y la fría distancia de la amistad, saldremos adelante con otras parejas de baile.

De una herida mal curada, da por seguro, que surgirá algo aún peor. Probablemente los dirigentes y diplomáticos que se encargaron del Tratado de Versalles, no se pararon a pensar en qué era eso que podía aparecer si no cicatrizaba bien la brecha de la Gran Guerra. Muchos fueron los sentimientos damnificados con cada variación de frontera; y es que los grandes cambios o promesas generan amplias expectativas, las cuales si no son bien atendidas, pueden provocar peligrosas frustraciones. ¿Qué podrían pensar los alemanes sobre la derrota cuando ningún enemigo o bomba llegó a tocar su territorio? ¿Aguantaría Rusia la tentación de no calentar los motores del socialismo internacional? ¿Quien se encargaría de no mover el avispero balcánico? Y, la que a mi entender es la clave que marcaría el devenir de los siguientes años, ¿cuál fue la respuesta de las democracias ante la caída de los grandes imperios y cómo gestionaron la desafección en sus respectivos países a pesar de la victoria?

Normalmente se siente compasión por el derrotado, aquel que ha hincado las rodillas en el suelo ante la imposibilidad de dar un paso más. Sin embargo, no se han escrito tantos versos sobre los vencedores moralmente exhaustos; su desdicha recae en la ausencia de orgullo y de cualquier rastro de entusiasmo tras observar que la moneda cayó del lado que habían apostado. Las democracias occidentales despertaron tras un largo frenesí encontrándose sobre un escenario inaudito hasta el momento. La Gran Guerra había sido la definitiva expresión del fracaso humanista que fue la Belle Époque. En el maletero de un Ford Thunderbird descapotable marchaban los embalsamados valores que una vez fueron la máxima expresión de una época: la confianza en el ser humano, la fe en el progreso y la seguridad; la sociedad Europa asistía atónita ante tal declive y no dudaron en señalar a sus representantes políticos como máximos responsables de no decirle a Thelma que levantara el pie del acelerador.

Veterano alemán pidiendo limosna. Fuente.

Desde finales del XIX, la política comenzó un proceso de popularización, es decir, empezó a filtrarse entre los estratos sociales más humildes. Las masas se convirtieron en esta época en las grandes protagonistas de las decisiones políticas, aunque no por copar los escaños de los parlamentos, sino por protagonizar lo que fueron los grandes teatros políticos del nuevo siglo XX: la calle. Los europeos se sentían lejanos de sus representantes, no compartían intereses y no existían expectativas a corto plazo de que eso fuera a cambiar. En Italia y Francia los agricultores se sintieron desamparados por el Estado ante la violencia desatada por grupos comunistas que pretendían expropiar sus tierras; los veteranos alemanes copaban los suburbios y deambulaban por las avenidas como si de un huésped incómodo se tratase; en Hungría y Rumanía los nacionalistas vociferaban contra sus permisivos gobiernos respectos los judíos. A la vista de estos y muchos otros casos, resulta conmovedor la utópica ilusión de los firmantes del Tratado de Versalles como si dependiera de un grandilocuente documento cerrar tal brecha.

Al igual que en julio de 1914 casi nadie creía en el estallido de un conflicto mundial, tras la contienda muchos siguieron imaginando que el sistema parlamentario acabaría por imponerse como sistema infalible. La democracia era y es un jardín que hasta nuestros días ha demostrado ser el marco menos imperfecto de convivencia para el ser humano. Dentro de su ámbito, los ciudadanos podemos dirimir de una manera pacífica aquellos conflictos que suelen surgir de una convivencia plural; es a través del consenso y los acuerdos como los miembros de una democracia mantienen un equilibrio en la aspiración de objetivos básicos como la igualdad, respeto a la pluralidad y la libertad, política y económica. Sin embargo, y esto debemos tenerlo muy presente, la democracia no requiere de aduladores sino de personas comprometidas con esos principios que dan sentido y forma a cualquier sistema que desee ser tildado de demócrata. Fue por tanto detrás de esa fachada de aparente prosperidad donde comenzaron a formarse las ideologías más crueles que el hombre jamás había vivido. Movimientos políticos que abanderaban totalitarios programas de planificación social; declararon de manera unilateral una guerra al campo de las libertades civiles. Pluralismo frente a visiones monistas; soluciones concretas frente a las generales; la incertidumbre del individuo respecto a su futuro contra la seguridad del poder despótico; en definitiva, comunismo y fascismo frente la democracia liberal. Pero de su auge y popularidad hablaremos en el siguiente artículo.

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Bibliografía recomendada

IGNATIEFF, Michael: El álbum ruso. Madrid, Siglo XXI, 2008.

ROTH, Joseph: La filial del Infierno en la Tierra. Barcelona, Acantilado, 2012.

ZWEIG, Stefan: El Mundo de Ayer. Memorias de un Europeo. Barcelona, Acantilado, 2002.

 

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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