Apuntes sobre Democracia

A ritmo de Johnny Cash y con la templanza de Morricone, queremos realizar varias pinceladas sobre algunas incertidumbres y malentendidos que se dan acerca de la Democracia

¿Qué mejor pareja de baile para este año electoral que la democracia? Como si de Tamariz se tratase con sus ilusionistas trucos, casi todos los políticos españoles se las han ingeniado para combinarla con cualquier término que le interesaba: “mandato democrático”, “voluntad democrática”, “sociedad democrática”, “¿Corrupción? Sí… pero democrática, amigo votante”. Nos recorre un escalofrío cada vez que uno de nuestros representantes utiliza varias veces en la misma frase “democracia”; en cierta manera, creemos que muchos llegan a pervertir el concepto como si su esencia dependiera de la cantidad  y no de la calidad… «¡Hace falta más democracia en la caldera, este cacharro debe llegar a la estación del pueblo verdadero!».

Ante esta avalancha, nos hemos planteado publicar cinco anotaciones en las que matizaremos algunos malentendidos sobre el sistema en el que vivimos:

1. Democracia sólo liberal, el resto matrimonios de compromiso. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, las masas fueron reclamando mayor participación en una democracia que, hasta entonces, había estado copada por élites liberales que no sentían gran simpatía por ellas. Desde esta mediatización de la política en la sociedad occidental y la aparición de alternativas como la URSS, no han parado de surgirle pretendientes a la democracia: “popular”, “radical”, “bolivariana”, “nacional”, “social”, “orgánica” o “vegana sin gluten”, y ninguno le supo corresponder. Como iremos explicando en los siguientes puntos, el único concepto que tiene las habilidades para seguir los pasos de baile de la democracia es “liberal”. Este está dotado de una serie de valores y principios que, como consecuencia de tal aleación, han hecho del sistema el menos perfectible.

2. ¿Una aspirina para los problemas de los estados? Por lo general, muchos de nosotros hemos resuelto alguna vez que otra, con una lapidaria astucia y beligerancia pasmosa, los problemas de cualquier país con la aplicación de “más democracia”. Como si de un ibuprofeno se tratase tras un largo viernes noche, la democracia se convierte en la máxima y universal solución a todo tipo de conflictos dentro de una sociedad. Aunque a primera vista pueda parecernos la panacea de todos los sistemas, pongamos el reciente caso de la Primavera Árabe que ha puesto en cuestión tal ingenuidad. Lo que para muchos medios y personas era la tan esperada llegada de los valores democráticos al mundo musulmán, con el tiempo hemos visto que se ha convertido en un infierno. Como recoge The Economist, tras 5 años de revueltas populares, los resultados a día de hoy son 5 autocracias, 3 estados fallidos y una amenazada democracia tunecina.

¿Qué ha ocurrido en estos países? ¿Por qué han empeorado respecto a 2010? Fareed Zakaría escribía en su The Future of Freedom que «los mandatarios de Próximo Oriente son autocráticos, corruptos y severos. Pero son aún más liberales, tolerantes y plurales que aquellos que podrían reemplazarlos en el poder. Unas elecciones en los países árabes traería consigo políticos cuyas visiones son más cercanas a Osama bin Laden que al monarca liberal de Jordania, el Rey Abdullah». Esto dijo Zakaría a finales de 2004 y, viendo la situación actual, parece que no iba muy desencaminado sobre aquellos que hoy se alzan como genuinos portavoces del mundo islámico.

¿Por qué fracasa la democracia en el mundo árabe y en otros tantos casos a lo largo de África, Asia, Europa oriental o Sudamérica? Esta cuestión se ha intentado resolver durante vidas académicas enteras como la de Juan José Linz quien, desde una politología bastante prematura, supo señalar el por qué de La Quiebra de las Democracias. Por lo general, muchos coinciden en este caso con que no basta en aplicar el sistema por sí solo. Resulta esencial el desarrollo de toda una estructura que permita mantener al sistema en pie y pleno de garantías. Algunos, como Zakaría, hacen énfasis en el desarrollo económico y establecen hasta un índice de probabilidad según la renta per cápita que cada país alcanza; en casos como los de España, Corea del Sur, Taiwán o Chile destaca la relevancia de un incipiente desarrollo económico previo al establecimiento de la democracia. También, junto a Linz y otros investigadores, destaca la necesidad de una potente y amplia clase media que garantice cierto equilibrio social y económico en el estado. Este último, debería ser garante de ciertas condiciones como el pluralismo político, libertad de prensa y proveedor de bienestar, a cambio de la fidelidad tributaria de los ciudadanos que lo conforman.

Poco, o nada, se ha cumplido de esto en los países musulmanes tras 2010. Son muchas la razones por la que se he llegado a la situación actual (dependencia excesiva de los recursos naturales como el gas y petróleo; influencia de agentes políticos externos; ausencia de cualquier tradición democrática). Lo más cruel de este asunto, desde nuestro punto de vista, es que el potencial del Magreb y Próximo Oriente es enorme; ya en los 50s, Egipto o Irak eran vistos como unos de los países con mayor proyección del mundo. Sin embargo, tras el estallido de las revueltas populares, los revolucionarios trataron de montar el motor de un F-14 en una bicicleta que ni siquiera tenía ruedas.

3. La burbuja democrática: de la Grecia Antigua a la Francia revolucionaria. No son pocas las veces que nos han repetido el estribillo acerca de las ancestrales raíces de nuestra democracia: Grecia y Francia, hijos míos, con vosotras empezó todo. Sin embargo, poco de nosotros admitiríamos tales modelos y sus más que cuestionables reglas de juego. Debemos estar alerta acerca de la excesiva mitificación de ciertos sucesos del pasado, aunque también de la crítica exacerbada mediante términos y concepciones fuera del contexto temporal. Por ello pretendemos en este tercer punto dar un golpe seco de realidad a ambas democracias que, a nuestro entender, se han despachado casi siempre con demasiada sencillez y autocomplacencia.

La célebre Democracia Ateniense (permítanme las mayúsculas) se caracterizaba por ser eminentemente radical, en cuanto a la participación directa, y asamblearia. Valores que hoy forman parte de las melodías de las sirenas de Ulises, pero que en aquella época camuflaban un profundo déficit democrático. Las intensas pretensiones igualitarias del sistema forzaron, paradójicamente, una sociedad bipolar; cuando en la Atenas de la Antigüedad se exigió que los políticos no cobrasen, que tuviesen una volcada y desinteresada dedicación por y para lo público, obviaron que dicha medida catapultaría a las élites económicas al poder. No, no nos hemos dejado crecer la coleta, es pura lógica amigo lector. Si no existía ingreso alguno por la labor política, sólo los más ricos podían permitirse encargase de tales tareas; situación que estos aprovecharon para gobernar a su favor y crear una amplia red clientelar que poco interés mostraba por el pueblo. Recordemos además que este proceso también se vio promovido por la inexistencia de partidos políticos que encauzaran la opinión popular. Sin embargo, fue el ostracismo el mayor ejemplo de que la democracia ateniense tenía, valga la redundancia, bastante poco de democrática. La asamblea, conformada a sorteo por ciudadanos masculinos mayores de 20 años (aunque ya sabemos que al final acababan conformándola los más ricos), contaba con una especie de poder chamánico con el que podían decidir quien representaba un peligro para el interés común. Podemos empezar a imaginar el peligro que esto conllevaba cuando nos enteramos de que en el sistema judicial ateniense los abogados no existían, ni había policía que argumentara las denuncias con pruebas: cualquier ciudadano podía denunciar otro y el litigio se resolvería por la habilidad retórica de cada parte enfrentada.

Ya nos alertaron Alexis de Tocqueville, en La Democracia en América, o Friedrich Hayek, en Camino de Servidumbre, del peligro que acarreaban las masas y su supuesto escudo del “bien común”. Siendo este uno de los fines más deseables por muchos de nosotros, no debemos nunca olvidar que las mayorías no crean realidades científicas. La Voluntad General, en palabras de Rousseau, es el gran objetivo que el hombre ha establecido en busca de la seguridad y la libertad en sociedad. El posible conflicto reside en el mismo momento en que esta no coincide con lo que opina la mayoría, como hemos visto anteriormente en el caso de las Revoluciones árabes. Fue la experiencia de la Revolución Francesa la que más inspiró a muchos pensadores a advertirnos de tales amenazas. Los jacobinos, herederos puritanos de la democracia ateniense, creyeron que «Montesquieu estaba completamente equivocado acerca de la división de poderes. El poder absoluto del monarca fue traspasado a la Asamblea Nacional, la cual procedió a arrestar y asesinar a miles de franceses (incluso revolucionarios), confiscar propiedad, castigar por motivos religiosos… y todo en nombre del pueblo. Francia antepuso el Estado sobre la sociedad, la democracia sobre el constitucionalismo y la igualdad sobre la libertad». Aunque la Revolución acabara con la monarquía absoluta, no debemos obviar que fue otra dictadura la que le siguió. Una que comulgó con un pequeño grupo de burgueses parisinos que acabó imponiéndose como si el destino popular así lo quisiera.

Con el tiempo, hemos sabido adaptar muchos de los rasgos, tantos buenos como malos, de esas dos experiencias democráticas que deben estar siempre presentes en nuestro imaginario colectivo. Y creemos que debe ser así porque, aunque hemos podido progresar en muchos aspectos, no por ello estamos exentos de recaídas como las que acabamos de relatar.

4. No sólo votar. Victor Lapuente, en El Retorno de los Chamanes, nos expone un magnífico ejemplo de por qué el aumento de los mecanismos de participación directa (¿os suenan?) no significa por imperativo categórico ni más ni mejor democracia. Concretamente nos sitúa en el estado de California que se vio amenazado en varias ocasiones por la bancarrota a raíz del enterramiento de la vieja política. Hacia finales de  los 70s, cientos de organizaciones ciudadanas reclamaron a la administración que esta abriera de par en par las puertas a propuestas legislativas populares que sirvieran para expresar de manera más clara la voluntad general de los californianos: «si no cumplen lo prometido, ¿por qué tenemos que sufrirlos durante cuatro años», decían algunos por entonces. Cualquiera se iba a negar por entonces ante tal oda a la democracia, por ello comenzaron a tramitarse todo tipo de propuestas ciudadanas: desde cuestiones particulares, como determinar un mínimo básico de gasto en ciertos servicios como la educación o sanidad, hasta revocar lo que votaban sus propios representantes en asamblea. Una de las más famosas fue la Proposición 13 en la que enmendaba la Constitución del Estado limitando los impuestos a la propiedad al 1% del valor del inmueble. Como algunos ya prevén, cuando te comprometes a un alto gasto público (derivado de las decisiones populares y no de los especialistas) y a unos impuestos mínimos, los resultados son desastrosos para las arcas públicas.

Con en este caso, no pretendemos enterrar cualquier posibilidad de una consulta o iniciativa ciudadana, para nada. Pero el caso de California nos debe servir para entender que la democracia necesita límites y representantes a los que nosotros votamos porque les cedemos parte de nuestra confianza. Siguiendo en EE.UU., actualmente el Tribunal Supremo es la institución mejor valorada por los estadounidenses, incluso sin haber sido elegidos por ellos, y el Congreso una de las peores, a pesar de haberse supuestamente sometido a una apertura a la democracia participativa y directa. El problema es el mismo que con California, muchos lobbies han aprovechado la pérdida de poder de los representantes y su fuerza financiera para hacerse un hueco importante en la toma de decisiones. ¿Os acordáis de Grecia?

Por lo tanto, no sólo votar. Una democracia ha de cumplir con toda una serie de requisitos que hace de ella unos de los sistemas menos imperfectos que el ser humano ha conocido. Son innumerables las ocasiones en que los chamanes han vociferado a favor de ciertos regímenes sólo porque sus carismáticos y paternalistas líderes permitieron a su pueblo votar, aunque obvian bajo qué condiciones lo hicieron. Es la seguridad jurídica el máximo marco de garantía donde los ciudadanos pueden solventar sus diferencias sin que sus derechos y libertades sean ignoradas; permite al pequeño defenderse del grande y que la democracia no se vuelva contra sí misma.

5. La Democracia no es un templo. Tampoco es un sistema perfecto, aunque sí es el menos perfectible. Dentro de sus márgenes, siempre abiertos, hemos visto que conviven valores como la libertad, la igualdad o la pluralidad; una convivencia no exenta de conflictos  entre sus componentes, aunque estos siempre dispondrán de unos mecanismos legales facilitados por el Estado del Bienestar para resolver dichas tensiones. Sin duda, el sistema requiere de cambios y mejoras, las cuales deberían ser atendidas una a una y con la calma suficiente que requieren. El progreso de nuestra sociedad ha llegado generalmente a partir de pequeños y aburridos cambios más que por totémicos planes para romper con el tablero. La frustración de muchos ha llegado tanto por la incompetencia de algunos, como por los utópicos objetivos de otros; por eso queremos realizar una pequeña apología del consenso y la crítica constructiva, un tira y afloja que con la fuerza necesaria nos ha llevado a las mayores tasas de bienestar de nuestra Historia.

Acordémonos del joven Ícaro, excesivamente optimista sobre sus posibilidades de volar, y de los consejos que su padre, Dédalo, le dio: no vueles demasiado alto, le dijo temeroso de que sus alas salieran ardiendo por calor del sol, ni demasiado bajo por las olas del mar; únicamente volando a una altura intermedia lograrás mantenerte en el aire.

HAYEK, Friedrich: Camino de Servidumbre. Madrid: Alianza Editorial, 2015.

LAPUENTE, Victor: El Retorno de los chamanes. Barcelona: Península, 2015.

LINZ, Juan José: La quiebra de las democracias. Madrid: Alianza Editorial, 1987.

MARTÍNEZ MEUCCI, Miguel Ángel: “El concepto de democracia totalitaria en Talmon y su pertinencia en nuestros tiempos” en Politeia. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 47 (julio-diciembre, 2011), pp. 113-139.

TOCQUEVILLE, Alexis de: La democracia en América. Madird: Alianza Editorial, 2006.

ZAKARÍA, Fareed: The Future of Freedom. New York: Norton, 2007.

*(Este artículo corresponde a otro más extenso y detallado que el autor está redactando).

 

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Publicado por

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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