Isaiah Berlin y la virtud de la calma

Defendía que la libertad emanaba del propio individuo, era su metafórica parcela privada la que le salvaba de cualquier abuso de poder; no requería de preocupados “leviatanes” que aspiraran al rol de madre postiza

Resulta enormemente complicado encontrar la vida de un personaje que exprese tan adecuadamente los entresijos del agitado siglo XX como ocurre con Isaiah Berlin. No nos aventuramos con tal afirmación porque naciera a principios de la centuria y muriera a finales de la misma, sino porque su portento intelectual y condición ideológica lo colocaron en un selecto grupo de personas nunca embaucadas por los cantos de sirena de las tiranías más crueles y populares nunca vistas. A través de sus obras más representativas y de las que han escrito sobre él, indagaremos en una vida apasionante que discurrió entre el compromiso con la libertad, sus orígenes judíos, el exilio a Inglaterra y su desorbitada pasión por la intelligentsia rusa prerrevolucionaria.

Para comprender cómo se conformó el pensamiento de Berlin, resulta determinante conocer las cicatrices del exilio a Gran Bretaña desde su natal Letonia. Él nunca formó parte del abundante club de personas que gastaban sus días en el limbo de la nostalgia por una patria que casi nadie recordaba ni tampoco parecía interesar. Antes de convertirse en un outsider en Londres, su familia se trasladó de Riga a San Petersburgo, lugar donde presenciarían la crueldad e injusticia de la revolución. Aquellos que abanderaban utópicos y prometedores programas de justicia social acabaron convirtiéndose en tiranos más crueles que sus antecesores zaristas. En 1921, su familia, propietaria de una importante compañía maderera de exportación, decidió definitivamente abandonar el hogar porque no bastó con desalojar el Palacio de Invierno para saciar al torbellino rojo; día tras días los bolcheviques encontraban y señalaban nuevos enemigos de la revolución a los que quitar de en medio para culminar su proyecto de ingeniería social. Paralelamente, su condición de judío comenzó a ser además un handicap para toda la familia Berlin por la estrecha relación que simbólicamente tienen con el capitalismo.

Con el paso del tiempo, el experimento soviético despertó en nuestro protagonista una añoranza hacia la abundante y rica cultura previa a 1917, una de la que nacería “Pensadores rusos”. Paradójicamente, la iniciativa de esta obra no surgió de Isaiah sino de un joven universitario: Henry Hardy. Éste animó al escritor a recopilar muchos de los escritos que tenía desperdigados por su casa de Oxford y, junto a la ayuda de su mujer, Aileen Kelly, montar una obra de las más apreciadas por Berlin. El resultado fue una magnífica radiografía de los grandes escritores rusos del XIX de los que difícilmente uno puede obviar tras su lectura pormenorizada; entre ellos cabría destacar HerzenBakuninTurguenev Tolstoi. Su pasión e idealismo por ese siglo guarda un especial interés porque en él habitaron los orígenes que dieron después forma a las ideologías más determinantes del XX. Como iremos viendo, Rusia representó para él un gigante artificial en cuyo interior palpitaba a duras penas una sofisticada generación de intelectuales e ideas por las que sentía gran apego personal.

Pero fue sin duda el ambiente liberal de Londres lo que más influyó a Isaiah Berlin en la formación de su personalidad. Gracias al dinero que su familia ahorró con la empresa maderera, nuestro protagonista pudo desde un principio entrar en los centros privados y más elitistas de la Inglaterra pre-bélica; un contexto desahogado que le permitió afrontar sus inquietudes intelectuales hasta ingresar a los 23 años con una beca en el prestigioso All Souls College de Oxford. Su pasión por los clásicos, la filosofía y dominio de la cultura rusa despertó interés y admiración entre sus compañeros, muchos de los cuales comenzaban por entonces a sumirse en esa espiral negativa sobre la deriva europea tras la experiencia de la Gran Guerra. Sin embargo, Berlin se mantuvo bastante escéptico con muchos de los novedosos movimientos que clamaban por romper con el tablero y salvar al Viejo Continente de su decadencia; su experiencia en San Pertersburgo con los revolucionarios le hacía conocedor de cuáles eran las verdaderas consecuencias de esos chamanes que todo lo curan a golpe de salón.

Berlin junto compañeros del Corpus Fuente

Berlin junto compañeros del Corpus Fuente

Por eso Ralf Dahrenforf incluye a Berlin en su “La Libertad a prueba como uno de los pocos ejemplos de intelectuales, junto a Karl Popper Raymond Aron, que se mantuvieron siempre al margen de cualquier tentación autoritaria. La negativa de estos erasmistas hacia aquellas ideologías que justificaban cualquier medio, sea cual sea su crueldad, si los fines así lo requerían les hizo contraer una relación especial con libertad; cuestión compleja en unos años en el que el compromiso político y polarización ideológica fueron la tónica general. Este posicionamiento a favor de la democracia liberal y en contra de los experimentos totalitarios de Alemania y la URSS, despertó muchas antipatías hacia Berlin. Algunos no llegaron a comprender por qué se oponía con tanta rotundidad al proyecto soviético, siendo éste la gran esperanza de gran parte de la izquierda británica contra Hitler. Sin embargo, muchos de sus críticos no conocían lo que estaba ocurriendo tras el artificial escenario progresista de Stalin, algo que nuestro protagonista sí llegó a vivir en primera persona. Su aversión por el fascismo y el comunismo nunca desapareció, a diferencias de muchos de sus compañeros que en algún momento de sus vidas sucumbieron ante sus encantos; por eso su enfoque histórico y filosófico ha tenido y tiene tanto interés, supo encontrar la calma cuando el mar más bravo se encontraba.

Meses antes del ataque a Pearl Harbor, Berlin fue mandado en una misión del gobierno británico a Washington mientras los aviones alemanes bombardeaban día sí y día también Londres. El propósito de alejarle de su familia y la universidad era que comenzara a escribir artículos en periódicos estadounidenses a favor de la intervención que pudieran influir en la opinión pública. Aunque sus escritos no tuviesen la misma repercusión que los kamikazes nipones, esta experiencia le sirvió a Berlin para ganarse el respeto de los diplomáticos ingleses que, una vez acabada la guerra, le ofrecieron en 1946 sumarse a una expedición de la embajada en la URSS. Hacía casi 30 años que no pisaba su tierra natal por el aislamiento del régimen comunista, uno que apenas había dejado filtrar el horror que millones de personas estaban sufriendo. Sin embargo, y a pesar del desprecio que sentía por ese monstruo en el que se había convertido Rusia, decidió sumarse al viaje y pisar tierra soviética aunque la posibilidad de no retornar fuese real.

Certficado personal del Servicio Británico de Información (MI6) Fuente

El letón aprovechó el viaje hacia URSS para hacer una breve visita a algunas de las personalidades culturales más destacadas de Rusia; entre ellas pudo reunirse con Boris Pasternak y Anna Ajmátova, mujer con la que mantendría una relación bastante cercana hasta su muerte. Para Berlin, ambos representaban a una generación avanzada a su tiempo que se quedó estancada y enmudecida en la pajarera industrial de Stalin:

«Todo aquel que lo ha conocido [sobre Pasternak] sabe que es inconcebible que alguna vez tome partido en un movimiento, campaña o desviación hacia la derecha o la izquierda en cualquier alineación o intriga política o literaria. Es un personaje solitario, inocente, independiente y consagrado por entero a la literatura. Se sabe que su integridad y su inocencia han conmovido incluso a los burócratas más flexibles y cínicos, de quienes por lo demás dependía su supervivencia»

Ambos encuentros versaron sobre poesía, literatura y arte como si sus hogares se convirtieran por momentos en cafés parisinos aislados de la cruda realidad. La represión total que Koba había establecido inspiró posteriormente a Berlin para escribir “La Mentalidad soviética“. Con no poca nostalgia y resentimiento, repasa y valora la evolución de la cultura rusa bajo el sistema comunista. Sin duda, esta obra gana enteros cuando tenemos en cuenta su mencionada admiración por la generación de intelectuales previos a la revolución; sobre todo porque si hay algo que destacó sobre la producción soviética fue su mediocridad y escasa originalidad. Sin embargo, esta letanía se vio alterada con la contienda mundial. Stalin aflojó los birretes de una generación de jóvenes que, sin haber experimentado nunca la libertad, pudieron comenzar a publicar cientos de poemas, cantos y obras que pudiesen motivar a los soldados en la autodenominada Guerra Patriótica. Aunque, como diría nuestro Calderón de la Barca, «que la vida es un sueño y los sueños, sueños son». Tras la rendición alemana, el politburó procuró que aquellos soldados inspirados, esos que habían experimentado por primera vez ciertas dosis de libertad, no volviesen a la URSS sin pagar el peaje de la represión; el paréntesis se cerraba y volvía el horror de la pajarera de hierro. Berlin escribe sobre este periodo como un tenue rayo de luz dentro del lodazal cultural que era la URRS, aunque nunca llegó ni a la mitad de la genialidad de su admirada generación prerrevolucionaria.

Berlin junto a Harry S. Truman durante su estancia en EE.UU. Fuente

Berlin junto a Harry S. Truman durante su estancia en EE.UU. Fuente

Entrados ya en la postguerra, la publicación de Berlin que más relevancia tuvo en el mundo intelectual fue su amplia biografía de Karl Marx. Se decidió por este personaje debido a que representaba todo aquello en lo que él no creía; algo de enorme relevancia si tenemos en cuenta que el marxismo gozaba de una salud extraordinaria por los círculos intelectuales de aquellos años. Fueron sus experiencias a ambos lados del telón lo que le llevaron a centrarse en el pilar central de su vida: la libertad. Prácticamente a lo largo de toda la Historia, este concepto ha estado presente en la mayoría de los debates relativos a la vida del ser humano; una relevancia palpable en muchos autores pasados como Erasmo, Adam Smith, Benjamin Constant, Stuart Mill o Giuseppe Mazzini. Sin embargo, la libertad ganó un especial interés para aquellos intelectuales que vivieron el siglo XX, ya que muchos ciudadanos en democracia no dudaron en sacrificar ese bien tan preciado y costoso a cambio de las atractivos eslóganes como “justicia social”, “unidad nacional” igualdad social” o “democracia popular”.

Berlin dio un gran paso en la conformación de su figura académica con dos magníficas obras que recogen a la perfección su pensamiento: “El Erizo y la Zorra” y “Sobre la libertad. No es casualidad la dualidad de ambos escritos, aunque no recogen precisamente dos polos antagónicos. Nuestro protagonista definía en sus ensayos dos maneras distintas de entender la libertad. El primero surgió de una célebre frase del poeta griego Arquíloco: el zorro sabe muchas cosas, pero el erizo conoce una y muy bien. Con esta sencilla afirmación, Berlin desarrolla su tesis sobre el enfrentamiento, no necesariamente antagónico, entre las visiones pluralistas y monolíticas de la realidad por parte del ser humano en las que encasilla a personajes como Tolstoi, Shakespeare o Platón. Un conflicto histórico que ha pervivido en nuestro ser entre aquellos que suelen defender una visión monolítica del pasado, una en el que se pueden establecer leyes que expliquen y justifiquen todo el comportamiento humano; y otra que persiste en la duda y crítica de la historia del hombre y en la que el individuo juega un papel más determinante. El primero es el erizo y la segunda es la zorra. Tomando esto como punto de partida, añadiría que el erizo no sólo sabe una cosa y grande sino que además está más que seguro de ello.

Berlin junto a Nicolas Nabokov y Stuart Hampshire en 1969 Fuente

Berlin junto a Nicolas Nabokov y Stuart Hampshire en 1969 Fuente

La segunda disyuntiva versa sobre la poco aparente diferencia entre libertad positiva y negativa. Esta distinción, aunque inocente a primera vista, guarda un significado bastante más profundo del llano bueno y malo; gira en torno al origen del que deriva la libertad del ser humano, asunto exento de toda broma. La positiva era un don que el hombre disfrutaba gracias a que existía un agente externo que así lo garantizaba, como un estado con su legislación; encontramos el ejemplo ideal en Rousseau y su “Contrato social”. Su propuesta de garantía de las libertades nunca llegó a convencer a Berlin, hasta tal punto que señaló el origen de los totalitarismos en los discursos de algunos ilustrados como el francés. Basta con leerse detenidamente su obra para certificar que nuestro protagonista no deliraba  afirmando tal insidia contra uno de los baluartes de una ingenua sociedad como la nuestra:

«A fin de que este pacto social no sea, pues, una vana fórmula, él encierra tácitamente el compromiso, que por sí solo puede dar fuerza a los otros, de que, cualquiera que rehúse obedecer a la voluntad general, será obligado a ello por todo el cuerpo; lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre […] Cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y cada miembro considerado como parte indivisible del todo»

Con una atractiva redacción e imperceptible arrogancia, el estado que garantiza nuestra libertad se puede volver, según Rousseau, en contra nuestra si nos apartamos del ritmo de la mayoría. – ¡Ay Tocqueville! -. Por eso Berlin decide atarse al mástil de la libertad negativa como si de Ulises se tratase, siendo probablemente éste su único gran compromiso ideológico. Y lo fue porque este anverso defendía que la libertad emanaba del propio individuo, era su metafórica parcela privada la que le salvaba de cualquier abuso de poder; no requería de preocupados “leviatanes” que aspiraran al rol de madre postiza. Somos libres en cuanto nacemos como hombres, dentro de una sociedad abierta en la que nada está predeterminado y en la que debemos convivir con los acuerdos y desacuerdos del resto de los componentes.

En este recorrido a través de las ideas y obras de Berlin, no podemos dejar fuera la biografía que Michael Ignatieff le hizo y publicó tras su fallecimiento. Y no debemos ignorarla porque en ella se recoge los aspectos más personales del historiador letón que rara vez encontraremos en sus obras. Era, en palabras del canadiense, un tipo poco agraciado físicamente por su gordura y mezcla de rasgos eslavos y judíos, además de sufrir una parálisis parcial de uno de sus brazos. Sin embargo, era por otro lado una persona bastante social al que le encantaban las reuniones fuera y dentro de los círculos intelectuales; una virtud que tardó en aplicar en su vida amorosa, cuestión en la que fue siempre bastante torpe. No sería hasta entrados los 40 cuando se casó con la mujer con la que viviría toda su vida tras haber tenido breves romances o simulacros de idilio con figuras como Virgina Woolf o Anna Ajmátova. Su pasión por leer, viajar y conocer gente le amolda perfectamente al ideal humanista o el saber por el saber como actitud. Hijo suyo fue el Wolfson College, un centro adscrito a la universidad de Oxford que él mismo sacó adelante desde la nada y que, en cuanto comenzó a funcionar y a producir las mentes más brillantes de Inglaterra, decidió dejar por ver su trabajo cumplido.

Berlin con su mujer Aline FUENTE

Berlin junto a su mujer Aline Fuente

Dentro de la odisea que fue la vida de Berlin, existe una frase en la que él comúnmente apoyaba sus argumentos: nunca saldrá nada recto del fuste torcido de la humanidad. Con esta afirmación de Inmmanuel Kant, Berlin no buscaba otra cosa que expresar su escepticismo hacia aquellos chamanes que no cesan de prometer metas superiores a cambio de grandes sacrificios; unos que, por lo general, trajeron consigo las mayores tragedias del siglo XX europeo. Por eso él hacía hincapié en que no era posible aspirar a todos los valores del hombre a la vez, si escogíamos uno renegábamos de otros. Dentro de la sociedad abierta, propia del sistema liberal, estamos expuestos a peligros pero es el único espacio donde el ser humano puede dirimir sus diferencias y aspirar a la mejor imperfección.

BIBLIOGRAFÍA

BERLIN, Isaiah: El Erizo y la ZorraTolstoi y su visión de la Historia. Barcelona: Península, 2002.

BERLIN, I.: La Mentalidad Soviética. La Cultura rusa bajo el Comunismo. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2009.

BERLIN, I.: Pensadores rusos. México: Fondo de cultura económica, 1992.

BERLIN. I.: Sobre la libertad. Madrid: Alianza, 2012.

DAHRENDORF, R.: La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria. Madrid: Trotta, 2009.

IGNATIEFF, Michael: Isaiah Berlin. Su vida. Madrid: Taurus, 1999.

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Publicado por

Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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