Historia y Memoria

Fruncir el ceño debe ser el gesto natural de cualquier historiador. Dudar de ti y de todo lo que te rodea es una tarea más fácil de repetir que de aplicar, pero es una buena manera de comenzar a conocer el pasado.

Historia y Memoria son esa pareja que todo el mundo cree que deben ir de la mano bajo cualquier condición. Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, Kevin Costner y Whitney Houston, Jack Lemmon y Shirley MacLaine o Leonardo Dicaprio con Kate Winslet; el cine nos ha dado decenas de historias de amor en las que la unión y reciprocidad lo eran todo. Sin embargo, nosotros creemos que la relación entre la Historia y la Memoria no es tan idílica como sucede en la gran pantalla y, además, asume el gran público. La diferencia es que su vínculo se estructura en torno al interés, la especulación y la trampa, en otras palabras, se refleja en el espejo de Claire y Frank Underwood.

A palabras del historiador Timothy Garton Ash, «la memoria es traicionera, amoral y [paradójicamente] también olvidadiza». No es de extrañar que estos términos resuenen en la fachada de nuestra seguridad ideológica, sobre todo porque en la actualidad consideramos a los recuerdos como un bien preciado que debemos conservar. «Sin memoria», repetía una y otra vez Arendt, «los totalitarismos habrán vencido». Esta acertada lección ha sido subscrita posteriormente por muchos historiadores, los cuales no han cesado en su empeño de recordarnos hasta qué extremo puede el ser humano asimilar y amoldarse a la crueldad. Es dentro de esta discordancia de ideas donde vamos a plantear el debate sobre los riesgos de confundir “Historia” con “Memoria”. Porque, como ya adelantamos, pueden ser conceptos antagónicos o complementarios según cómo se trabajen en la mesa del historiador. Veamos algunos ejemplos.

Heimat y Shoah

¿Por qué Garton Ash se muestra en su obra «Los frutos de la adversidad» tan receloso de la “Memoria”? Él plantea su posición a partir de dos producciones: Heimat y Shoah. La primera es una serie protagonizada por varias generaciones de una misma familia original de la región de Renania. A través de su particular experiencia, el director presenta en varios capítulos la historia de Alemania desde el Periodo de Entreguerras hasta la caída del muro en 1989.

Fuente Captura de la serie "Heimat"

Fuente Captura de la serie “Heimat”

El segundo caso es una película-documental, de más de nueve horas de duración, en la que se recogen los testimonios de aquellos polacos -no judíos- que vivieron o colaboraron de alguna manera con el Holocausto. Dos documentos cinematográficos que plantean de lleno la cuestión de la “Memoria” y, para más inri, sobre un periodo cargado de traumas y un amplio abanico de matices. Lo importante es que ambas sugieren lo relevante que es el papel del historiador en la reconstrucción del pasado, como si de un obrero con su mono y herramientas se tratase. Los historiadores no están en un limbo objetivo inalcanzable para directores de cine, políticos o tertulianos, sin embargo, sí están formados con un código deontológico que les obliga a trabajar con honestidad y empíricamente con las piezas del pasado. Con su trabajo nos protegen del olvido, logran establecer los límites adecuados para que la “Memoria” no se corrompa en arma arrojadiza de los chamanes.

El álbum ruso

Otra manera de entender la Historia es como un gran álbum compuesto por cientos de fotografías que reflejan distintos momentos del pasado. Con el paso del tiempo, muchas de ellas se han ido desigualmente desgastando hasta hacer difícil su disfrute. Es, por tanto, tarea del historiador recuperar los trozos restantes de esas fotos e intentar recomponerlas de tal manera que se aproxime lo máximo posible a la realidad. Con bastante asiduidad, son muchas las piezas del puzzle histórico que faltan, situación que obliga al historiador a aplicar una metodología lo más honrada posible. Una intuición que se debe basar en el conocimiento empírico y en evidencias que permitan reconstruir el retrato del pasado. Un ejemplo exacto de esto mismo lo encontramos en El álbum ruso de Michael Ignatieff. Este historiador y político canadiense, con orígenes rusos, decidió un buen día recuperar la historia de su familia. Desde la Rusia zarista, pasando por la Revolución y posterior exilio a Canadá, Ignatieff recorre el pasado de su familia a través de testimonio orales, gráficos y documentos archivísticos. Logra un cóctel impecable en el que la “Memoria” juega un rol relevante aunque adaptado a los requisitos de un trabajo histórico honesto y científico.

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Fuente: Instantánea tomada de “El álbum ruso”

La Memoria amoral

Permítanme contarles una breve historia del pasado reciente de mi país. La muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975 supuso para muchos la gran oportunidad de alcanzar una reconciliación fáctica que se acabaría materializando en la democracia que todavía vivimos. Sin profundizar demasiado en las heridas, al haber mucho que reprochar y poco que aportar, los primeros gobiernos de España echaron a andar un proyecto de convivencia que hiciera del país uno estable y, en lo posible, honesto con su pasado. Sin embargo, desde los 90s, comenzaron a surgir ciertas voces crispadas que reclamaban una revisión de lo acaecido antes de la democracia. Fue entonces cuando se plantó la semilla de un germen que acabó brotando a principios del nuevo siglo al conjuntarse dos términos que, para sorpresa de muchos, no siempre deben ir de la mano: Memoria e Historia. Sobre todo, cuando la Memoria ha sido tratada cómo si su valor dependiera de la cantidad y no de la calidad. Los diferentes sucesos de la Dictadura, Guerra Civil y República han sido despachados de tal manera que cada agente histórico cuenta a día de hoy con su indiscutible rol de “protagonista”, “villano” o simple “actor secundario”. La cuestión se agrava cuando muchos chamanes de la historia han escrito desde sus tribunas oficialistas las páginas que relatan aquellos años; la escasa preocupación por los matices ha sido y es una pesada losa que impide todavía aproximarnos al pasado sin polemizar

La participación gubernamental no es negativa per se, contamos con el grato ejemplo en 1991 de la recién unificada Alemania. El nuevo gobierno germano procuró evitar a la sociedad futuros conflictos respecto a su peculiar pasado con una intervención directa sobre los traumas más profundos de los alemanes. Para ello crearon la Junta Gauck desde la cual decenas de técnicos aclararían, entre otras cosas, la colaboración ciudadana con la Stasi y la Gestapo, ambos, bajo regímenes totalitarios. Abordar asuntos como este pueden perfectamente equivalerse a la realización de una terapia de shock, sobre todo si tenemos en cuenta que la unificación no acaba más que echar a andar. Sin embargo, la honestidad y voluntad de reconciliación de la sociedad alemana y su administración ha permitido que a día de hoy estos puedan hablar casi sin complejos de lo que hicieron sus padres y abuelos.

En el polo opuesto se encuentra España, ya que no es demasiado difícil encontrar a gente dentro y fuera de la universidad la cual no deja de discutir sobre la participación de algunos de sus antepasados en la guerra o dictadura; cuestión que preocupadamente se agrava todavía más entre las generaciones más jóvenes a las que se les presupone más imparcialidad por la distancia histórica. Para llegar a esta conflictiva situación, ha sido vital el papel de ciertos historiadores, y otras muchas personas sin formación académica alguna, que se han sentido erróneamente comprometidos con el pasado de nuestro país; primer requisito para elaborar una historia parcial. Algunos historiadores insignes como Paul Preston, con el desafortunado Holocausto español o, a nivel nacional, como Josep Fontana o González Calleja han colaborado abiertamente en la realización de una historia a medias, una en la que las incertidumbres brillan por su ausencia. Sus estudios, y el de muchos de sus compañeros, están repletos de aportaciones de gran interés a las que les falta una serie de matizaciones que entiendo necesarias para vislumbrar más claramente la memoria del país. Para lograrlo, resulta innegociable perder el miedo a que las ordinarias concreciones históricas estropeen tu relato, además de admitir que es irrealizable una historia cerrada en el que los roles estén ya previamente asignados sin cuestionamientos algunos.

Monumento a los judíos de Europa asesinados

Monumento a los judíos de Europa asesinados

Fruncir el ceño debe ser, por tanto, el gesto natural de cualquier historiador. Dudar de ti y de todo lo que te rodea es una tarea más fácil de repetir que de aplicar, pero es una buena manera de comenzar a conocer el pasado. Por ello no quiero acabar este escrito sin hacer mención a aquellos que sí se han preocupado por contradecirse y componer, desde la más honesta humildad, un retrato próximo a la realidad de un periodo. Entre ellos cabría por destacar a los ya veteranos Javier Tusell, Stanley Payne, Alfonso Lazo o Santos Juliá cuyos estudios han servido de ejemplo para toda una generación de historiadores dispuestos a cuestionar cualquier relato estático e idealizado del pasado. De los muchos casos más recientes que actualmente ayudan a equilibrar la balanza encontramos a Manuel Álvarez Tardío, Fernando del Rey, Joan María Thòmas, Luis Arranz o Roberto Villa García, entre otros. Estos han publicado magníficas obras sobre el periodo referido desde las cuales ponen en cuestión los pilares de ese pasado oficial que se pretende imponer desde la política Memoria Histórica.

Probablemente este voluntarismo político por reescribir la Historia ha pecado de querer vender la bicicleta antes de tener ruedas. Como explica Tony Judt en El Refugio de la Memoria, una de sus obras más personales, Memoria e Historia son dos conceptos que pueden confundirse pero debemos procurar mantener la distancia entre ellos al igual que ocurre con los polos de un imán. La memoria es tramposa y selecciona a su gusto los recuerdos de otras épocas en las que éramos personas distintas a las de ahora. Debido a esto último, los historiadores debemos asumir las dificultades de nuestro trabajo e intentar aproximarnos, con evidencias empíricas, lo máximo posible a la realidad del pasado. Sobre todo porque «ahora la vida se mueve con tal celeridad que algunos de nosotros incluso tenemos la sensación de haber sido personas totalmente distintas en etapas anteriores de nuestra vida*».

Bibliografía

GARTON ASH: Timothy: El expediente. Una historia personal. Barcelona: Tusquets, 1999*

GARTON ASH, Timothy: Los frutos de la adversidad. Barcelona: Planeta, 1992

IGNATIEFF, Michael: El álbum ruso. Madrid: Siglo XXI, 2008

JUDT, Tony: El refugio de la memoria. Madrid: Taurus, 2011

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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