La conversión de Hispania al catolicismo

Cuando los visigodos se asentaron en la Península Ibérica, trataron de imponer su credo a una población mayoritariamente católica

Tras siglos de convivencia entre diferentes ramas del cristianismo en el Imperio Romano, los reinos bárbaros que surgieron tras la caída de Roma quebraron aquel delicado equilibrio: una minoría de nobles guerreros, paganos y cristianos no católicos, dominaba a una mayoría católica (credo oficial y mayoritario del Imperio). Desde el siglo VII, los diferentes reinos germánicos fueron cambiando su fe en pos una necesaria cohesión social.

Lo habitual entre los pueblos bárbaros que se asentaron en el Imperio Romano era pasar del paganismo al catolicismo con “pasos intermedios”, es decir, se convertían a una rama minoritaria del cristianismo en primer lugar y, después, abrazaban la mayoritaria, la oficial del Imperio, la católica.

El arrianismo en el Reino Visigodo

En el Reino Visigodo, desde el de Tolosa (418-507) hasta el de Toledo (507-711), aunque la mayoría del pueblo llano era católico, las élites visigodas tenían un distinto credo cristiano: el arrianismo. Éste, como otra media docena de ramas del cristianismo de la época, negaba la Trinidad, pues rechazaba la naturaleza divina de Jesús. El arrianismo era la confesión predominante entre los pueblos germanos: ostrogodos, lombardos, burgundios y vándalos también participaban de ella.

A pesar de la popularidad del arrianismo entre las clases nobiliarias germánicas, las doctrinas arrianas fueron condenadas en el concilio de Nicea del año 325, convocado por Constantino I en época del papa Silvestre I. Esta condena la reafirmó el de Calcedonia del 381, aunque no se logró erradicar por completo este credo, pues sus razones y argumentaciones teológicas se remontaban a antiguos debates de los propios inicios del cristianismo: rechazar la naturaleza divina de Jesús y el Espíritu Santo suponía un monoteísmo estricto, muy apegado a las doctrinas judías. Los arrianos consideraban que ver a Cristo como Hijo de Dios y Dios mismo era una manera de subordinarlo. Para ellos, Cristo era un mero intermediario entre el mundo terrenal y Dios.

Tras la etapa del Reino Visigodo de Tolosa, cuando los visigodos dominaban la Galia, la presión de los merovingios los obligó a establecerse en el sur, en la vecina Hispania, a principios del siglo VI. En la Península Ibérica, los visigodos encontraron, al igual que en el territorio galo, una población de mayoría católica, hispanorromana. La principal diferencia era que, en la Galia, los visigodos intentaron convivir con las costumbres romanas, pero ahora el Imperio ya no existía.

Estatua de Leovigildo en la Plaza de Oriente | Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Leovigildo_rey_visigodo.jpg

Estatua de Leovigildo en la Plaza de Oriente, Madrid | Fuente

Los primeros pasos hacia la unificación religiosa del nuevo reino visigodo, con capital en Toledo, lo iniciaron los hijos del rey Leovigildo, arriano sincero y convencido. Leovigildo (571/72-586) intentó unificar todo el reino, incluyendo el aspecto religioso, y en esto último fue en lo único en lo que fracasó, pues su pretensión era la conversión de sus súbditos al arrianismo, con el grandísimo inconveniente de que sólo una minoría, concentrada en gran parte en las élites nobiliarias, era arriana.

Leovigildo intentó en el Sínodo de Toledo del año 580 convertir a su pueblo a una única fe y, dado que los católicos se resistían, propuso una vía intermedia que contentase tanto a arrianos como a católicos. Aceptaba lo que el arrianismo rechazaba, la divinidad de Cristo, y negaba lo que el catolicismo mantenía, la del Espíritu Santo. El propio Leovigildo pudo comprobar en vida cómo esta nueva doctrina fracasó, pues chocaba con las creencias religiosas de los fieles de ambos credos.

En el año 573, Leovigildo asoció al trono como corregentes a sus hijos Hermenegildo, de 9 años, y Recaredo, de 14. Seis años más tarde, Leovigildo casó a su hijo menor con una francesa católica, la princesa Ingunda. Su matrimonio fue un punto de inflexión para el fin del arrianismo en Hispania, a pesar de que para la fecha del enlace aún reinaba Leovigildo. Hermenegildo se convirtió al catolicismo por influencia de su esposa en el año 585. En aquel mismo año fue designado gobernador de la Bética, casualmente la zona más pronta e intensamente romanizada de la península, y el matrimonio decidió residir en Sevilla.

La rebelión de Hermenegildo y la unificación territorial

Ese mismo año, Hermenegildo se alzó contra su padre por influencia de su mujer, que supo ganarse el apoyo de buena parte de la nobleza sevillana y de toda la Bética, con la disputa religiosa de fondo. Comenzó así un conflicto que dividió a las facciones nobiliarias visigodas. La conversión de Hermenegildo supuso un desafío abierto a la autoridad de su padre, pues no sólo había abandonado el arrianismo, sino que, además, buscó apoyos (y los obtuvo) en todos los enemigos de Leovigildo: bizantinos, suevos y católicos. Se proclamó Rey en Sevilla y acuñó su propia moneda. Pero el Rey no reaccionó hasta el 582, cuando ordenó asediar Sevilla. Hermenegildo fue capturado, quizá en Córdoba, y se desconoce si murió en la cárcel, esperando la ejecución de su condena a muerte, o si lo hizo poco después de su paso por prisión.

El desafío a la autoridad real no debe entenderse como un intento de usurpación del trono, sino como un pulso religioso en el reino y político en la Bética. Los cronistas hablan de una supuesta presión de la segunda esposa de Leovigildo, Gosvinda, hacia Ingunda para que se convirtiera, e incluso de maltrato físico, lo que habría servido como argumento para avivar la hostilidad de los católicos hacia la herética nobleza arriana.

Entre los siglos V y VI, los suevos se establecieron en Gallaecia, y la débil tradición romana del noroeste facilitó que los suevos finalmente establecieran su propio reino tan sólo dos años después; por otra parte, el emperador bizantino Justiniano I el Grande, con la idea de expandir su imperio, protagonizó una campaña de “recuperación” de territorios que habían pertenecido a Roma.

Leovigildo aprovechó la victoria para expulsar a los bizantinos del sur y anexionarse el reino suevo al noroeste y lograr la unidad territorial tan ansiada. Aunque Hermenegildo fue derrotado, el arrianismo se acercaba a su fin.

El nacimiento de la nación visigoda

Tras la muerte de Leovigildo en el 586, ocupó el trono el príncipe sucesor Recaredo, que se convirtió al catolicismo en secreto poco menos de un año más tarde. Será quien abandone definitivamente la fe arriana como credo oficial del reino, sin necesidad de rebeliones ni violencia.

El 8 de mayo del año 589, el rey convocó el III Concilio de Toledo para proclamar la conversión del reino al catolicismo de forma obligatoria y definitiva. Los obispos arrianos se vieron obligados a abandonar su credo y Recaredo negó que ninguno de ellos hubiese obrado ningún milagro, como había afirmado antes Leovigildo. En el concilio, el Rey condenó la doctrina arriana y todos los presentes en el acto debieron renovar su fe públicamente.

No sólo se tomaron medidas religiosas, sino que también se acordó una reforma política del reino: el gobierno activo permaneció bajo control godo, mientras que la administración recaería sobre la élite hispanorromana, es decir, los obispos. A pesar de que la monarquía toleraba el catolicismo, los católicos quedaban marginados de ciertas funciones y ciertos puestos de responsabilidad, lo que creaba tensiones, conflictos sociales y políticos y rencores personales.

El monarca convocó anualmente un sínodo en cada provincia, en el que reunió a los funcionarios godos y a los obispos. El objetivo era establecer el reparto de los impuestos de cada territorio; la parte más beneficiada fue la representada por los obispos, que quedaron en un nivel superior al de los jueces locales (iudices locorum) y se les encomendó la supervisión de éstos.

Retrato imaginario de Recaredo I, rey de los Visigodos, de Dióscoro Puebla (1857) | Fuente: Museo del Prado, Madrid https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Recaredo_I,_rey_de_los_Visigodos_(Museo_del_Prado).jpg

Retrato imaginario de Recaredo I, rey de los Visigodos – Dióscoro Puebla (1857) | Fuente

La conversión fue por una razón más ideológica que la de otros pueblos europeos, que lo hicieron por una imposición política o militar más clara; en Hispania, no había que conquistar territorios paganos a los que someter y ya la gran mayoría de súbditos eran católicos, por lo que tampoco se puede hablar de una imposición política para un mejor control del pueblo.

Los primeros en seguir el ejemplo del Rey fueron su esposa y los grandes nobles arrianos del reino, lo que facilitó que el resto del pueblo lo imitase también. Aunque la obra unificadora de Leovigildo es incuestionable, la unificación religiosa supone completar finalmente su proyecto de construir una sola nación.

Con la conversión al catolicismo, germanos y romanos dejaron de ser dos pueblos distintos que tan sólo eran regidos por un mismo monarca para constituir uno solo: todos los súbditos se sometían a su misma fe. Además, los puestos de la administración se reservaron tanto para unos como para otros. En época romana, eran monopolio romano y, con la llegada de los visigodos, sólo de estos últimos; fue una victoria para los hispanorromanos porque, en época bajoimperial, los ciudadanos romanos tenían acceso a la administración y, hasta ahora, habían perdido ese derecho. La unificación del credo, además, rebajó las tensiones sociales y familiares y eliminó las diferencias en la legislación, en la educación y en la política.

Un aspecto imprescindible de los concilios fue la legislación civil y temporal aparte de la divina y espiritual: se insistió en el carácter limitado del poder real y el político en general para evitar divinizaciones y la concentración excesiva de poder (no sólo del Rey) y los abusos que pudiese acarrear: el Rey debía someterse, al menos moralmente, a la misma ley que el pueblo. Para san Isidoro de Sevilla (c. 556-636), arzobispo hispalense entre los años 599 y 363 y mano derecha en la obra religiosa de Recaredo, un mal rey podía ser derrocado por su pueblo, pues quien no es recto no es digno del trono.

A pesar de que el bautismo no tenía por qué repetirse a la hora de la conversión, el arzobispo Leandro de Sevilla, uno de los grandes impulsores del concilio, ungió simbólicamente la frente del Rey para hacer pública y solemne su conversión a la “verdadera fe”. La unción pública fue claramente una imitación del rey franco Clodoveo (496), el primer monarca europeo que se coronó bajo el beneplácito explícito y público de la Iglesia, ungido por la gracia de Dios para ser el guía y ejemplo de su pueblo. Muchos otros soberanos de Europa occidental lo imitarán e incluirán la unción divina en el ritual de coronación durante cientos de años.

La conversión de Recaredo - Antonio Muñoz Degrain | Fuente

La conversión de Recaredo – Antonio Muñoz Degrain | Fuente

De todos modos, la Iglesia arriana y los valores e instituciones de origen germánico se encontraban en crisis desde hacía décadas y la Iglesia católica siempre gozó de un gran prestigio. Cuando el reino se convirtió por completo al catolicismo, su sumisión a Roma quedó clara.

El concilio sirvió no sólo para crear y reforzar la idea de nación y de la autoridad real, sino también para eliminar algunas costumbres germánicas incompatibles con la vida cristiana y con la tradición romana, tan fuerte y tempranamente arraigada en la Península Ibérica.

Se unificaron también los criterios morales y legales del personal del clero, incluyendo temas de liturgia, de pedagogía, del trato a los siervos y los libertos y la discriminación a los judíos en la vida pública entre otros.

De este modo, la influencia de los obispos católicos se extendió por todo el reino de forma vertiginosa, ya que obtuvieron incluso privilegios sobre otros funcionarios regios, la legislación se unificó, las tensiones sociales se rebajaron y se unificó el reino por completo, acabando así la obra casi finalizada de Leovigildo: había nacido la nación visigoda.

Bibliografía

–Alonso Campos, J. I. Sunna, Masona y Nepopis. Las luchas religiosas durante la dinastía de Leovigildo, Universidad de Murcia (1986).

–González Martín, M. El III Concilio de Toledo. Identidad católica de los pueblos de España y raíces cristianas de Europa, ARACMP, 41 (1989).

–Loring García, M. I. Alcance y significado de la controversia arriana, Universidad Complutense de Madrid (2004).

–Martín Cleto, J.P. Los visigodos y el III Concilio de Toledo, Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, (1990).

–Masana, J.V. Concilio III de Toledo, XIV Centenario, 589-1989, Universidad de Barcelona (1991).

–Orlandis, J. La doble conversión religiosa de los pueblos germánicos (siglos IV al VIII), Anuario de Historia de la Iglesia, 9 (2000).

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Intento sacar de la oscuridad a la Edad de las Tinieblas y ordenar el caos de la Antigüedad Tardía.

Una respuesta a “La conversión de Hispania al catolicismo”

  1. José Medina dice:

    NO DE HABLA DE LA INFLUENCIA DEL MAGREB EN HISPANIA DURANTE ESTA ÉPOCA

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