El nacimiento de la Turquía moderna (I): la disolución del imperio

El Imperio Otomano se había convertido en el hombre enfermo de Europa, un vecino desvalido al que nadie quería ayudar

Al acabar la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano pasó a estar gestionado por las potencias vencedoras. Quemaron su último cartucho al entrar al conflicto del lado alemán, y Europa se cobró una deuda que había estado pendiente durante mucho tiempo. Los turcos se vieron en el peor de los escenarios posibles, y de entre las cenizas del Imperio Otomano, surgió Mustafá Kemal, un líder que apareció en el momento más indicado.

Todo empezó en 1699, con la pérdida de Hungría, los sólidos cimientos del Imperio Otomano comenzaron a resquebrajarse lenta pero inexorablemente. Atrás quedaron los tiempos en los que el sultán ponía en jaque a la cristiandad, los otomanos, desde entonces, difícilmente pudieron mantener sus fronteras. Mientras todos los estados a su alrededor desarrollaban y aplicaban las ideas de los dos siguientes siglos, el Imperio Otomano se quedó estancado.

El sitio de Viena - August Querfurt

Los otomanos pasaron de asediar Viena a entregar la mayor parte de Hungría a Austria, entrando a la defensiva en el siglo XVIII | August Querfurt

Para mediados del XIX, el Imperio Otomano mantenía una discreta presencia en los Balcanes, a través de la posesión directa de territorios o mediante diferentes fórmulas de control indirecto. Y esa era la tónica general en las fronteras imperiales. Mientras los estados europeos habían reforzado su estructura interna para ampliar sus dominios, los otomanos mantenían las viejas estructuras sin unidad nacional y sin una ley uniforme con unas fronteras que se hacían añicos poco a poco.

El Imperio Otomano había pasado de estar a las puertas de Viena a ser “el hombre enfermo de Europa“, un vecino desvalido al que nadie quería ayudar. En sus, todavía, vastas extensiones, dominaba la población turca y musulmana; existía una coexistencia con diferentes etnias y religiones, pero sus regímenes legales estaban separados por completo, así como en el fondo, lo estaban sus lealtades e intereses. Con el avance del nacionalismo, que eclosionó por completo tras la IGM, esos dominios fronterizos clamaron por la independencia. Mientras, en el corazón del imperio, no había una verdadera identidad nacional que pudiera extenderse al resto de territorios, ni mucho menos, una fuerza administrativa que pudiera hacerlo.

El intento de reforma

Tras la guerra de Crimea (1853-1856), todos los estados occidentales intensificaron la modernización estatal. Aquella guerra enfrentó a Rusia contra los otomanos y sus aliados de la Santa Alianza, y fue una más en una larga lista de conflictos entre ambas potencias en aquel siglo. Sin embargo, fue una guerra importante, por el impulso modernizador que cogieron todas las potencias tras ella, y como representación del problema otomano.

Batalla de Sinope, Guerra de Crimea, 1853

En la Guerra de Crimea los turcos perdieron su orgullo y buena parte de su flota | Ivan Aviazovsky

La Guerra de Crimea hizo que “la Cuestión Oriental” tomara mucha fuerza en el concierto europeo. Los turcos tenían un largo historial de conflictos con los rusos y, en pleno proceso de desintegración, eran completamente incapaces de defenderse por sí mismos. El por qué se mantuvieron es bien sencillo: Europa no quería una Rusia fuerte, y menos a costa de un vecino que, por mucho que fuera desvalido, no suponía, ni por asomo, un peligro. Y ese fue el fondo de la Cuestión Oriental, ¿prestar ayuda a unos turcos que, durante siglos trataron de invadir la cristiandad, o impedir que los rusos, que no pretendían repartir caricias, aumentaran su poder?

No obstante, en Estambul estaban ya un poco cansados de no poder defenderse por sí mismos. A todo vecino desvalido le acaba cansando la caridad, especialmente cuando otros deciden por ti. De modo que decidieron lanzar un plan de reformas justo al acabar la guerra de Crimea. Aquella debía ser la última vez que Gran Bretaña, ni nadie, acudía en ayuda del sultán.

Hasta 1876 se intentaron llevar a cabo unas ideas que harían del Imperio Otomano un Estado uniforme y coherente con algunas propuestas relativamente avanzadas, con cristianos y musulmanes no sólo conviviendo, sino bajo el mismo marco administrativo. No obstante, en el gobierno turco no había suficientes reformadores competentes capaces de materializar esas ideas, y el sultán, aislado en sus propias fantasías orientales, se dedicó a gastar todo el dinero que sus aliados occidentales le prestaron en mejorar su harén. Nada como años de paz y un cheque en blanco para acabar de deudas hasta el cuello, deudas que además, repudió. El Imperio Otomano no sólo era “el hombre enfermo de Europa”, además, no era de fiar.

Aislamiento y mano de hierro

En 1876 llegó un nuevo sultán, Abdul Hamid II, quien prometió continuar con las reformas con mano de hierro y, en cuanto subió al trono, clausuró el parlamento que había creado y dirigió sus dominios de la manera más autoritaria que pudo. El Imperio Otomano se cerró al mundo, como el reflejo de su propio Sultán, escondido y aterrorizado ante todo lo moderno.

Para Abdul “el maldito”, cualquier elemento modernizador representaba la descomposición del modo de vida otomano, y algunos de sus delirios llegaban al ridículo. Una vez declaró sediciosos unos libros de química, que llegaron a un nuevo colegio americano, porque sus extraños símbolos podían ser un código secreto.

Abdul Hamid II todavía como príncipe

Abdul Hamid II todavía como príncipe | Fuente

Los reformadores, occidentalistas y nacionalistas le daban absoluto pánico, y respondía ante ellos como una fiera acorralada. Allí donde había un conato de descontento con el sistema, ejercía una represión cruenta, lo que llevó al extremo con las matanzas de búlgaros en 1876 y de armenios en 1894. La situación llegó a tal punto que los Jóvenes Turcos (como se conocía a los reformadores) partieron al exilio. Años más tarde, ellos firmarían uno de los peores capítulos de la historia de Turquía, el genocidio armenio.

Un año después de acceder al poder, Rusia declaró la guerra al Imperio Otomano, y en 1878, cuando se firmó el armisticio, le había recortado buena parte de su poder en los Balcanes. El plan ruso era llegar hasta Constantinopla, a la que llamaban Tsarigrado, “la ciudad imperial”, y la misión de la ortodoxia era librarla de los infieles. Pero además de unos anticuados sones de cruzada, los rusos usaban el paneslavismo para dejar en pausa las amenazas revolucionarias internas. Y ese mismo paneslavismo era la excusa perfecta de los balcánicos para romper, de una vez por todas, el yugo de los turcos.

El problema es que los británicos no iban a quedarse de brazos cruzados, había mucho en juego, no sólo evitar una Rusia todopoderosa. En 1870 Rusia había comenzado a construir una flota en el Mar Negro, una fuerza que amenazaba directamente la presencia inglesa y francesa en el Mediterráneo; especialmente cuando su fin último era conquistar Constantinopla y establecer esa flota en el Bósforo. Por su parte, en 1875, Benjamin Disraeli, Primer Ministro británico, compró el 44% del Canal de Suez (situado en territorio otomano) a su endeudado y empobrecido dueño, el jedive de Egipto. Hizo que la reina Victoria adoptase el título de emperatriz de la India, es decir, marcó el territorio de los intereses comerciales británicos, y Rusia sabía que poner eso en peligro era una guerra asegurada con Gran Bretaña.

El congreso de Berlín

Benjamin Disraeli

Disraeli, Primer Ministro y negociador infalible | Fuente

Europa estaba al borde de una guerra. Los otomanos eran vulnerables con un sultán incapaz de ver más allá de sus propias tinieblas. Rusia estaba dispuesta a seguir dejando de lado los problemas internos en pos de la grandeza imperial. Los balcánicos querían cualquier cosa menos la dominación turca (y en algunos casos, austrohúngara), los franceses pretendían expandirse por África del Norte y los italianos también querían su tajada en el adriático. Por su parte, los británicos, estaban dispuestos a enviar los barcos a cualquier lugar para proteger la estabilidad de su comercio.

Y en medio de lo que podría haber sido la primera guerra mundial, apareció Bismarck y les dijo a todos que se calmasen. El plan del canciller alemán era tranquilizar a turcos y rusos, y contentar a los británicos. Los reunió a todos en el Congreso de Berlín para mantener el equilibrio entre las potencias, para que nadie tuviese ventaja sobre nadie, pero alguien debía pagar por todos. Todo sea por la paz, el Congreso de Berlín desmembró Turquía para que todos se fueran a casa mínimamente contentos y dándose la mano como buenos amigos.

Con este tratado, Rusia no obtuvo todo lo conquistado a Turquía, en cambio, Serbia, Rumanía y Montenegro ganaron la independencia, mientras que Bulgaria quedó semi-autónoma dentro del Imperio Austrohúngaro, quien además obtuvo la administración, que no anexión, de Bosnia. Los británicos ganaron Chipre (estratégicamente esencial para el canal) a expensas, también, de los turcos. Francia podría expandirse de Argelia a Túnez e Italia, quizás en algún futuro, podría extenderse hacia Albania.

Quienes no se llevaron nada, ni siquiera las bofetadas que tuvieron que recibir los turcos, fueron los alemanes. Bismarck era “el agente honrado” que velaba por la estabilidad y la paz de Europa. Y es cierto que consiguió relajar la tensión del momento y evitar una guerra inmediata, imposible saber de qué magnitudes, pero sin duda la cosa no pintaba bien.

Congreso de Berlín

El Congreso de Berlín, o mucha gente diciéndose cosas por la paz | Anton von Vermer

El problema es que contentó a casi todos un poco, a la vez que los dejó insatisfechos. Los turcos, tanto los cercanos a Hamid como los reformistas, estaban completamente indignados, los nacionalistas balcánicos seguían siendo poco independientes, y los paneslavos todavía veían muy lejos Constantinopla. El Imperio Otomano seguía siendo una perita en dulce para sus enemigos, y Gran Bretaña estaba dispuesta a defender el canal a toda costa.

El reloj europeo se acercaba poco a poco a 1914. Los conflictos permanecían sin resolver y el resentimiento iba en aumento. Mientras Europa se encaminaba a la guerra, y Turquía a su desintegración como imperio, en 1881 nació en Tesalónica Mustafá Kemal, pero de cómo llegó a formar parte de esta historia, hablaremos en otro momento.

Bibliografía

-GEORGEON, F: El Imperio otomano y Europa en el siglo XIX, Cuenta y Rrazón, 139.

-PARLMER,COLTON: Historia Contemporánea, Akal, 1971.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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