“Tempestades de Acero” – Ernst Jünger

Ernst Jünger fue otro de los millones de jóvenes europeos que fue a la Gran Guerra en busca de algo bello y viril, pero acabó atrapado en unas tinieblas que describió con honestidad

Tempestades de Acero – Ernst Jünger | Austral, 448 pgs., €10,40

Uno no entiende de verdad una guerra hasta que ha leído los diarios de un soldado. Esa es la sensación que queda tras cerrar las páginas de “Tempestades de Acero”, los diarios que Ernst Jünger escribió durante la Primera Guerra Mundial y pulió tras el fin del conflicto. Uno puede recordar las toneladas de proyectiles que se usaron en Verdún, los británicos que cayeron en el Somme o los derribos del Barón Rojo; puede ver fotos de los bosquecillos desolados por las cortinas de fuego de artillería, los soldados avanzando entre el gas y los cadáveres apilados en las trincheras, pero muchas veces unas palabras bien contadas valen más que mil imágenes.

Jünger se convirtió en un experto en contar lo que veía todos los días mientras que ascendió a oficial y tuvo una compañía de hombres bajo su mando. Sus obligaciones no le impidieron, ni bajo el más intenso fuego de artillería, llevar un minucioso registro de todos los acontecimientos que vivió. Estaba convencido de estar siendo testigo de la Historia y quiso anotarlo todo para poder contarlo, de forma cohesionada, después de la guerra.

Fue al terminar cuando, revisando todas sus anotaciones, empezó a formar diferentes volúmenes en los que contaba su paso por el conflicto, que duró los cuatro años del mismo. Actualmente se puede encontrar en las librerías publicado por Austral junto a El Bosquecillo 125 y El estallido de la guerra de 1914, dos pequeñas obras que ultiman una visión completa y honesta de la Gran Guerra.

Ernst Jünger
Ernst Jünger en su despacho | Fuente

A pesar de ser un diario el mayor interés de Jünger siempre fue la honestidad, tanto es así que, con el paso de los años, revisó su obra y lanzó ediciones más correctas y objetivas. De hecho llegó a mejorar algunos pasajes con cartas que combatientes rivales le enviaron, lo que aporta interesantes puntos de vista a una obra tan personal. La honestidad de “Tempestades de Acero” y su validez, tanto para comprender el conflicto como para aproximarnos a la vida del soldado, han sido reconocidas por combatientes e historiadores que sirvieron en ambos lados de las trincheras durante la Primera Guerra Mundial.

Jünger no tuvo reparos en mencionar los errores propios y los de sus superiores, y tampoco los tuvo para reconocer la valentía o el buen hacer de los enemigos cuando entablaba combates duros. Fue especialmente honesto al aproximarse a los sentimientos de los soldados; sobrecogedor cuando menciona la necesidad de matar que les entraba antes de un ataque, sin que ello les llevara al odio ciego o a no respetar al enemigo vencido.

Si algo destaca poderosamente en “Tempestades de Acero” es la actitud general de un soldado que convive con el miedo, que se sabe con la muerte siempre acechando. Un soldado que busca matar y se revitaliza al acertar sus disparos, pero que nunca deja que el odio domine sus pasos. Un soldado que recuerda con respeto a los caídos e incluso se impone el castigo de pensar en las vidas que ha segado.

«Más tarde he vuelto a pensar en él (británico que Jünger abatió) a menudo; con el paso de los años lo he hecho cada vez con mayor frecuencia. El Estado, que nos exime de la responsabilidad, no puede librarnos de la aflicción; éste es un asunto que hemos de dirimir nosotros mismos. La aflicción penetra hasta las profundidades de nuestros sueños»

Ernst Jünger fue otro de los millones de jóvenes europeos que se alistaron voluntarios para luchar, con un ciego entusiasmo más propio de un alegre festejo, en la guerra. Tanto él, como el resto, iban a convertirse en hombres, a dar el paso a la madurez. Como tantos otros, no tardó en ver las cosas de otro modo.

Del júbilo y el ansia por entrar en batalla que se destila en las primeras páginas, pasa en unos capítulos a la resignación de la constante presencia del peligro, al aburrimiento en las trincheras y, finalmente, al deseo de la vuelta de la guerra móvil y del combate cuerpo a cuerpo. Porque si hay algo que nunca perdieron los hijos del largo siglo XIX fueron las ganas de luchar por su nación hasta la muerte.

«Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.»

Descubrimos, entre reflexiones sobre la vida diaria del soldado, otro tipo de acontecimientos y comportamientos de lo más cómicos. El patetismo llega a lo cómico también durante la guerra, ya que no todo son heroicas cargas o ataques perfectamente planificados y ejecutados. A veces entre el fuego de artillería y los disparos enemigos se dan las situaciones más absurdas y eventualidades de este tipo deciden quién muere y quién sigue en pie.

Es ese patetismo cómico el que te puede llevar al encuentro con la muerte, el mismo que hace que toda una compañía lleve a buen puerto un ataque hasta entonces atascado. Porque es en esas situaciones en las que muchas personas se desinhiben y encuentran el coraje para realizar los actos que inspiran a los demás. Algo que en circunstancias normales sería motivo de mofa.

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Alemanes aseándose en las cómodas instalaciones de las trincheras | Fuente

Y es que, uno de los temas centrales de la obra gira en torno a la importancia del ser humano y sus actos. En una guerra de materiales y maquinaria como no se había visto hasta 1914, el soldado parece estar en segundo plano frente a los imponentes números. No obstante, el éxito o el fracaso de las operaciones quedaba confinado a las acciones individuales en pequeños sectores dentro de los cientos de kilómetros de trincheras.

Es algo que Jünger detecta conforme avanza la guerra, conforme pasan los meses y el Imperio Alemán se debilita económicamente mientras los rivales tienen más municiones y soldados. Entiende que van a perder la guerra y analiza a la perfección los cambios en el modo de combatir según los avances tecnológicos. “Tempestades de Acero” también es un buen testimonio de la guerra subterránea y aérea, ya que habla con otros soldados, pasa largas horas con ellos y deja que su voz sea la que hable en algunos capítulos, completando todo lo que Jünger contempló a vista de trinchera.

Estos jóvenes voluntarios, que se alistaron con júbilo, pronto entraron en un estado de tinieblas del que parecía imposible salir. Es una de las mayores improntas que la guerra dejó en estos combatientes. El sueño de un enfrentamiento bravo y cara a cara con la bayoneta en ristre, fugaz e incluso romántico acabó siendo una pesadilla de la que algunos nunca despertaron.

«Pero hay todavía otra razón que hace que me cause pavor la sola idea de que una bala mortal vaya a hacer blanco en mi cuerpo — y esa idea nos asalta aquí con frecuencia en las horas dedicadas a la reflexión. Vivimos tan hondamente sumidos en la guerra que se nos ha vuelto del todo inimaginable la paz. Esta guerra es como una selva virgen que desde hace años nos tiene sometidos, cada vez con mayor fuerza, a su oscuro hechizo, de manera que empezamos a dudar que más allá de sus lindes exista algo»

Ernst Jünger se alistó con 18 años en la Legión Extranjera tras huir de su hogar, un año después fue voluntario en el ejército alemán para luchar en la Primera Guerra Mundial. Condecorado y con numerosas notas sobre sus vivencias en la guerra, comenzó a desarrollar “Tempestades de Acero”,  de la que publicó varias revisiones a lo largo de las décadas. Gracias a esta y otras obras se convirtió en uno de los escritores más interesantes y lúcidos del siglo XX.

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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