Criptojudaísmo e Inquisición en Castilla y Aragón

Durante el reinado de los Reyes Católicos resurgió un problema con los judíos, judeoconversos y los cristianos viejos cuya solución fue dramática y empobrecedora

A finales del siglo XV Castilla y Aragón vivían una situación compleja con su población judía cuya solución, al menos en el plano político, fue un éxito. En cambio, si miramos las sociedades castellana y aragonesa, su cultura y economía, el resultado no fue tan positivo. Pero en un entorno que caminaba hacia el absolutismo y que acabó por precipitarse, décadas después, al tridentismo, la solución encontrada al problema que vamos a explorar, especialmente si miramos desde esa mentalidad, tuvo sentido.

Judíos, judeoconversos y criptojudíos

Para comprender mejor la situación vamos a repasar someramente la trayectoria hebraica en la Península Ibérica. Se conoce con seguridad su presencia desde época romana y una especial persecución desde la visigoda con la conversión al catolicismo. Notaron una mejora durante el periodo musulmán, con una convivencia entre culturas mitificada y mal entendida, pero convivencia al fin y al cabo (estoy de acuerdo con la idea de convivencia de David Nirenberg y la similar de Emilio González Ferrín: que exista convivencia no implica que todos se lleven bien, puede y suele haber conflicto). Desde el siglo XII (ya bajo dominio cristiano) se les consideró súbditos de segunda. Se vieron sometidos a restricciones como no poder tener propiedades rurales de un valor mayor a 30.000 maravedíes, uno de los motivos por los que se dedicaron al comercio y a los préstamos.

Los judíos vivieron con cierta tranquilidad hasta el XIV cuando hubo una fuerte crisis económica y política. Es en ese momento cuando se activó el odio hacia el pueblo deicida. Se produjeron verdaderos pogromos en 1391 en Andalucía, Castilla y Valencia y en 1416 en Aragón y Cataluña. Muchos buscaron culpables para la mala situación y los escogidos fueron los judíos por una sencilla razón: eran los mediadores del poder político.

En los siglos anteriores habían desarrollado una astucia insólita para manejar el dinero, en buena medida porque las restricciones al ser súbditos de segunda no les dejaban muchas más opciones. Esta conocida habilidad con el dinero hizo que los reyes se fijaran en ellos para que llevasen ciertos asuntos de la corona y muchos recaudadores de impuestos fueron judíos. Es decir, eran la cara visible del endurecimiento fiscal que se vivió con la crisis de la época.

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Isabel la Católica | Fuente

Con este creciente odio muchos judíos abrazaron el cristianismo por miedo y se convirtieron en cristianos nuevos, siendo rápidamente aceptados y ascendiendo aún más en el organigrama del poder de la corona (el propio Recaudador Mayor del Reino de los Reyes Católicos, Abraham Senior, era rabino). Los que no se convirtieron fueron marcados con una rodela bermeja sobre el hombro izquierdo y obligados a vivir segregados, sin la posibilidad de tener criados ni ostentar cargos públicos.

De un modo u otro estas prácticas estigmatizadoras fueron abandonadas temporalmente. Pero a partir de la década 1440 se empezó a denunciar que los conversos no habían abandonado su antigua fe y que judaizaban, que eran criptojudíos. Comenzó así una dura convivencia entre cristianos viejos y cristianos nuevos judeoconversos. Una situación ante la que Isabel la Católica acabó retomando las leyes viejas para estigmatizar a los judíos y además creó la Inquisición (Santo Oficio) para investigar los casos de criptojudaísmo, pues era considerado herejía.

La Inquisición, un tribunal religioso

La llegada de la Inquisición a Castilla fue una novedad para el reino. Hubo una antes en Aragón pero registró poca actividad y estaba bajo el dominio del obispo. Sin embargo, la Corona estaba ahora de facto al mando de esta nueva inquisición, porque los reyes presentaban una serie de hombres de su mayor gusto y confianza entre los sacerdotes españoles y el Papa delegaba en ellos su poder. Algunos obispos se quejaron porque era una usurpación de su poder, pero fue el Santo Padre quien lo acordó así con Fernando de Aragón.

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Fernando el Católico | Fuente

El Santo Oficio presentaba otra novedad muy importante: era universal, es decir, que tanto campesinos como nobles podían ser juzgados. Debido a esto se la ha considerado el arma definitiva de monarcas absolutos. De hecho, a veces sirvió para juzgar a individuos peligrosos para la corona y que, por una u otra razón, escapaban al poder real. Claro ejemplo es el de Antonio Pérez, el secretario de Felipe II que fue buscado por la Inquisición cuando se quiso acoger a los fueros aragoneses.

Esta realidad como tribunal definitivo no debe confundirnos al reflexionar por qué fue creado; era un tribunal religioso hecho para perseguir la herejía criptojudía. Y tampoco hay que olvidar que tanto Isabel como Fernando eran profundamente católicos y esto concomitaba con el avance del Estado Moderno, en el que homogeneizar religiosamente a la población era una ventaja política que los reyes no iban a dejar pasar (y no lo hicieron). Lo diferente, lo heterogéneo estaba mal visto religiosa y políticamente. No obstante, se ha dicho en varias ocasiones que los reyes tenían buenas relaciones con los judíos, entre otras cosas porque Abraham Senior contaba con la confianza de los monarcas (o al menos les servía bien) y en 1477 Isabel prometió protección a los judíos sevillanos en esta carta:

Tomo bajo mi protección a los judíos de las aljamas en general y a cada uno en particular, así como a sus personas y sus bienes; les protejo contra cualquier ataque, sea de la naturaleza que sea.

Pero una cosa es que contaran con judíos a su servicio y, en un principio, quisieran calmar las aguas y llamar a la tranquilidad para que las calles estuvieran seguras, y otra que los monarcas tuvieran algún ideal de igualdad, libertad religiosa o pusieran esa supuesta filantropía por encima de la razón de Estado. A fin de cuentas en 1492 los judíos fueron obligados a convertirse al cristianismo o, de lo contrario, serían expulsados (lo que ocurrió en un gran número de casos) y no mucho más tarde les llegó el turno a los mudéjares (por mucho que en las capitulaciones de Granada los reyes firmaron no convertirlos).

El proceso de la Inquisición

La Inquisición contaba con una red de familiares que espiaba y delataba ante cualquier síntoma de herejía. Cuando estos familiares denunciaban, un tribunal llegaba al pueblo y promulgaba un edicto de gracia que daba a los vecinos 90 días de gracia para confesar sus pecados y, ya que estaba por allí, para denunciar al vecino de herejía. Pasados estos 90 días los acusados eran arrestados y aislados 40 días. Durante ese aislamiento se instaba al acusado a confesar sus pecados mientras que no sabían ni quién les acusaba ni con qué pruebas. Comenzaban las torturas y los interrogatorios, métodos que no eran especialmente crueles para la época, lo que no quiere decir que a nuestros ojos no lo fueran. Tras estos 40 días comenzaba el juicio en sí, habiéndose confesado o no. Es en este momento cuando el acusado conocía a su acusador y las pruebas que había contra él, y se le asignaba un abogado.

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Acto de de fe de la Inquisición – Goya | Fuente

Lo verdaderamente terrible de la Inquisición venía cuando llegaba la hora de la condena y la absolución no era común porque desacreditaba al tribunal. Conviene recordar aquí que las denuncias eran en un inicio anónimas, lo que daba rienda suelta a envidias (muchos conversos gozaban de una posición de privilegio económico), a las venganzas personales y al propio miedo de los conversos convencidos de su nueva fe, que temían que por culpa de los criptojudíos ellos pagaran injustamente. Las condenas eran de todo tipo, desde penitencia, encarcelamiento a relajación (eran condenados a muerte pero la pena la ejecutaba la Corona, pues los mandamientos cristianos prohíben matar).

El mayor problema de la condena es que inhabilitaba en la vida civil a los condenados y a sus hijos y nietos y se les expropiaba los bienes. Es decir, que 3 generaciones de una familia quedaban marcadas y excluidas de la sociedad por una condena, en no pocas ocasiones debido a una denuncia falsa nacida de la envidia, el miedo o el desconocimiento. A veces el “hereje” era acusado simplemente por judaizar, que en muchas ocasiones era la conservación de algunas costumbres judías, como cambiarse de ropa interior los sábados, practicar la circuncisión y otras actividades que eran producto de una tradición cultural milenaria, no de un comportamiento herético. Era una situación terriblemente injusta incluso para la época, más allá de las torturas que pueblan el imaginario colectivo.

Judíos sefardíes, un capital cultural y económico perdidos

Las consecuencias de la creación de la Inquisición española no fueron para nada positivas. No obstante, el odio hacia los judíos y hacia los cristianos nuevos tenía un siglo de vida y tenía malas expectativas de futuro, se hacía necesaria una solución al problema. Al final fue la minoría la que se llevó la peor parte y, aunque los reyes no fuesen partidarios de juzgar a cualquiera que tuviera una menorá en casa, insistimos, no iban a desperdiciar la oportunidad de homogeneizar religiosa y políticamente las dos coronas.

Si miramos la economía, los judíos y judeoconversos eran importantes para los reinos. Conformaban gran parte de la burguesía castellana y aragonesa, sin ir más lejos Barcelona se resintió cuando Fernando trasladó la Inquisición a Aragón y muchos comerciantes conversos huyeron cuando vieron lo que se presentaba ante ellos. La situación agravó la política económica de los reyes, señalada por Domínguez Ortiz como el punto más flaco de su reinado.

Se suele pensar que fue un negocio redondo, pero no fue así. Los bienes expropiados a los condenados servían para financiar la propia Inquisición y poco sobró para la corona. Es cierto que en ocasiones se buscaba sacar dinero de los procesos ya que el Santo Oficio dependía de los ingresos generados por las condenas, pero a la larga se perdió mucho más de lo que se ganó a corto plazo.

Con vistas de no alterar demasiado la situación y arañar ganancias, los reyes permitieron a los acusados recuperar sus bienes pagando un precio mucho mayor del que tenían. A pesar de todo, se calcula que las rentas municipales de Sevilla bajaron un tercio y el banco municipal de Barcelona quedó prácticamente sin fondos.  Esta fue la línea  de este pésimo negocio en otras tantas ciudades.

Pasó lo mismo años más tarde cuando se comenzó a juzgar a los mudéjares y cuando un siglo más tarde los moriscos fueron expulsados: hubo ciudades que acabaron perdiendo un capital económico muy importante y una riqueza cultural sin parangón. Claro es el ejemplo de Sevilla, que perdió una fuerza de trabajadores moriscos muy importante para el puerto y puerta de Indias que acabaron yéndose a vivir a otros lugares a los que llevaron su cultura y su fuerza de trabajo (como pasó con los judíos). Todavía se canta la sefardí “Morenica” en el Egeo, la música gharnati (de procedencia andalusí granadina) suena en Argelia y se estudian los textos de la biblioteca andalusí de Tombuctú.

Una vez que judíos y moriscos fueron expulsados, la Inquisición se centró en perseguir a los protestantes y en el siglo XVIII se dedicó a rastrear los problemas de desviación moral como la bigamia, la sodomía o la blasfemia y las ideas de la Ilustración. El Santo Oficio se alargó por los siglos, resistiéndose a morir y adaptándose para frenar cualquier novedad que traspasara las fronteras españolas, perdiendo por completo su sentido original, de algún modo tratando de aislar a España de las nuevas ideas europeas que chocaran con el tridentismo.

Aunque en parte tuvo éxito, también fue un fracaso, pues las ideas siguieron entrando mal que le pesara a la Inquisición; ciudades portuarias como Cádiz encontraban la manera para resistirse y hacer tirabuzones con las bombas del francés y con las persecuciones ideológicas de los fanfarrones. Pero la Inquisición incluso falló en desterrar lo heterodoxo de la Península, quedaron más judíos y moriscos de lo que se ha pensado (incluso hay moriscos que llegaron a América) y quedó aquí parte de su cultura, como esos sábados de limpieza que Antonio Manuel acierta a rastrear como costumbre judeoconversa que muchas de nuestras abuelas y madres conservan.

La mayor victoria de la Inquisición fue mental. Todavía pervive en el imaginario colectivo que tuvo éxito, que desterró todo lo diferente, que la España de los Austrias se conformó como nación católica homogénea y el resto nunca formó realmente parte de la rica cultura española. Sin embargo, trazos de esa diversidad cultural pervivieron y perduran.

Bibliografía

–ANTONIO MANUEL: La huella morisca, Almuzara, 2010

–DOMÍNGUEZ ORTIZ, A: El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias, Alianza Editorial

–GONZÁLEZ FERRÍN, E: Cuando fuimos árabes, Almuzara.

–H. ELLIOTT, J: La España Imperial. 1469-1716, Vicens Vives

–NIRENBERG, D: Religiones vecinas, Crítica

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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Una respuesta a “Criptojudaísmo e Inquisición en Castilla y Aragón”

  1. […] similitudes entre la persecución a los moriscos y su expulsión, con la que vivieron antes los judíos y la que también sufrieron los gitanos. Antonio Manuel desarrolla estas conexiones de manera […]

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