“La huella morisca” – Antonio Manuel

En 1609 Felipe III expulsó a los moriscos en busca de desterrar lo árabe para cohesionar social y religiosamente la Península Ibérica pero, ¿hasta qué punto fue un éxito absoluto?

La huella morisca. El Al-Ándalus que llevamos dentro – Antonio Manuel | Almuzara, 208 pgs., €18,05

La expulsión de los moriscos entre 1609 y 1613 es uno de los capítulos más controvertidos de la historia de España. Un drama para miles de familias que abandonaron su hogar o que enterraron su yo interior en lo más profundo de su ser con la esperanza de permanecer en su tierra.

Antonio Manuel hace un recorrido personal por la herencia que dejaron los desterrados en “La huella morisca. El Al-Ándalus que llevamos dentro”, publicado por Almuzara. No es un libro de historia que repase acontecimientos o un ensayo científico que comente procesos del pasado ni, como dice el autor, una visión erudita. Más bien es el intento de mostrar a los lectores cómo lo morisco ha pervivido en España y más allá de nuestras fronteras tras la expulsión, y cómo todavía llevamos dentro parte de ese legado.

La idea principal que defiende “La huella morisca” es que somos ciegos a una dolorosa verdad a la que, en gran medida, no solemos mirar. La conquista de Granada en 1492, los siguientes intentos de borrar la cultura morisca y la expulsión de ese pueblo hace cuatro siglos confieren a este largo proceso una lejanía que nos separa del legado morisco. Una lejanía que, según el autor, dificulta ver esa herencia cultural como nuestra y que nos empuja a verla como ajena y extraña a lo español y a lo andaluz.

De esta premisa, de esta ceguera, Antonio Manuel parte para explorar las heridas que causó la expulsión de aquellos moriscos que eran castellanos y aragoneses y que, en gran parte, fueron tratados como tales en los países en los que se refugiaron. Desterrados de su hogar por ser considerados musulmanes (algunos se resistieron a abandonar el islam, pero no era el caso de todos), extraños, árabes y rechazados en el destierro por hablar y vestir como cristianos. Una dura paradoja que ilustra a la perfección uno de los capítulos más criticables y criticados de la Monarquía Hispánica.

Tras explorar esas heridas, Antonio Manuel se mete de lleno en cómo cicatrizaron. Aunque expresa en varias ocasiones a lo largo de “La huella morisca” que la expulsión no fue un éxito absoluto, es en esta tercera parte del libro donde más ejemplos expone. Según el autor, este intento de desterrar lo árabe-andalusí no tuvo todo el efecto deseado, a pesar de que, mentalmente, haya calado muy hondo la idea de que se consiguió expulsar todo lo que no fuera cristiano viejo.

Esparcidos por los diferentes territorios de la Monarquía Hispánica quedaron moriscos que ocultaron sus raíces, y con ellos algunas de sus costumbres perduraron. Recuerda Antonio Manuel a sus abuelos lavándose por las mañanas de un modo similar al que muchos musulmanes practican las abluciones antes de entrar en la mezquita. O incluso cómo todavía mujeres norteafricanas invocan el nombre de Alá casi santiguándose.

Pequeños gestos diarios, versiones más antiguas de canciones como “El señor don gato”, costumbres y etimologías que todavía perviven en España, en Hispanoamérica y en diferentes lugares del norte de África. Es el material que Antonio Manuel usa para sustentar su idea de que la expulsión fracasó, no tanto en expulsar a un enorme número de moriscos, sino en desterrar del todo y para siempre lo andalusí.

No son datos de archivo ni restos arqueológicos sometidos a un método científico. “La huella morisca” no es un libro académico ni, como deja claro Antonio Manuel, pretende serlo. Esas etimologías y costumbres difuminadas por el tiempo y el espacio son complicadas de analizar; las aparentes similitudes pueden llevar a engaño. No obstante, creo que es importante para los investigadores salir de la zona de confort, de la a veces engañosa seguridad en los documentos de archivo (sin caer en invalidarlos) y las crónicas y mirar también a otros campos, fuentes y formas para completar las investigaciones, como David Alegre Lorenz en “La batalla de Teruel“, donde incorpora testimonios verbales (no siempre apreciados en el ámbito académico) a un minucioso trabajo de archivo.

“La huella morisca” también rastrea, en la medida de lo posible, a los moriscos que se quedaron y en qué condiciones lo hicieron. Los hubo que se fueron a América, los hubo que mantuvieron sus bienes y su posición y los hubo que se escondieron entre el pueblo gitano; nómadas al margen del Estado absoluto a los que también dejaron parte de su cultura, rastreable en el flamenco, uno de los mayores exponentes culturales de nuestro país.

Es este uno de los puntos más interesantes de “La huella morisca”, pues consigue trazar similitudes entre la persecución a los moriscos y su expulsión, con la que vivieron antes los judíos y la que también sufrieron los gitanos. Antonio Manuel desarrolla estas conexiones de manera convincente y expone, con mucha sensibilidad, el drama que el devenir hacia el absolutismo homogeneizador de la Monarquía Hispánica trajo para estas minorías.

La intención de Antonio Manuel, presente a lo largo del libro, es que miremos a los ojos al pasado morisco y lo aceptemos como otra parte de nuestra cultura, de nuestro ser. En este sentido se acerca, de otro modo, a la idea que subyace en “Cuando fuimos árabes“, de Emilio González Ferrín. Que esa parte del pasado es tan nuestra como lo es la romana o la cristiana y, que si la aceptamos, nos conoceremos mejor.

“La huella morisca” se desarrolla con sencillez a lo largo de 208 páginas en un registro que es fácil de leer y, a veces, poético, lo que aporta una voz personal a la obra. Antonio Manuel ha conseguido crear un libro interesante sin ánimo de establecer verdades absolutas y, aunque a veces rechace algunas de las convenciones historiográficas más extendidas, no es un libro académico ni pretende serlo; su intención no es convencernos de un relato alternativo de la historia de España, sino hacernos más conscientes de qué ocurrió con los moriscos y su legado cultural.

Es un libro para reflexionar y para que cada uno lo interiorice a su manera, con el que no hay que estar de acuerdo en todo, pero que habrá cumplido un valioso cometido si abre nuevos debates y nos hace pensar sobre nuestro pasado morisco.

Antonio Manuel es escritor, músico, profesor, jurista y activista social. Fue redactor de la Declaración de Chauen y uno de los mayores promotores de la adquisición preferente de la nacionalidad española para los descendientes de moriscos.

Publicado por

Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

Síguelo en Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.