La violencia durante la rebelión de las Alpujarras

Profundizamos sobre la violencia durante la guerra, cómo ambos bandos reaccionaron ante la crueldad y qué cicatrices dejó

Durante la rebelión de las Alpujarras la violencia estalló de manera implacable desde el primer momento. A lo largo de la presente serie ya hemos señalado diferentes episodios especialmente crueles, con lo que no es el objeto de este artículo enumerar más. La intención es profundizar y reflexionar sobre cómo las divisiones entre cristianoviejos y moriscos desembocaron en violencia, sobre las posturas de ambos bandos ante la crueldad y las cicatrices que dejó.

El caldo de cultivo de la guerra

Como ya hemos visto con detalle en el artículo introductorio de esta serie, antes de que comenzara el conflicto ya hubo episodios de violencia entre los dos bandos junto a abusos legales del dominante. Los principales problemas que la provocaron fueron el bandidaje monfí, la piratería berberisca y las usurpaciones de tierras sobre propietarios moriscos.

Buena parte de los moriscos no habían abandonado la religión y la cultura musulmanas, o mejor dicho andalusíes, pues tenían plena consciencia de ser diferentes de norteafricanos y otomanos. A este respecto, Francisco Muley Núñez escribió un interesantísimo memorial en defensa de la cultura morisca en 1567 como respuesta a la pragmática antimorisca, y explica de manera excelente la cuestión:

Nuestro ábito quanto a las mugeres, no es de Moros; es trage de provincia, como en Castilla y en otras partes se usa difrrenciarse las gentes en tocados, en sayas y en calçados. El vestido de los Moros y Turcos, ¿quién negará sino que es muy diferente del que ellas traen? Y aún entre ellos mesmos diferencia, porque el de Fez no es como el de Tremecén, ni el de Túnez como el de Marruecos, y lo mesmo es en Turquía y en los otros reynos. Si la seta de Mahoma tuviera trage propio, en todas partes avía de ser uno, pero el ábito no haze al monge. Vemos venir a los Christianos, clerigos y legos de Siria y de Egizpto, vestidos a la Turquesca con tocas y cafetanes hasta en pies, hablan Arábigo y Turquesco, no saben Latín ni Romance, y con todo eso son Christianos.

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Vestidos de paseo de mujeres moriscas en 1529

No obstante, una parte de los moriscos granadinos continuó en la fe musulmana y es que, como ya vimos, tenían ciertos mecanismos para para aparentar otra fe bajo el dominio de un Estado con otra religión. Una parte no se convirtió y apenas tuvo contacto con cristianoviejos. Eran zonas de serranías y ambientes rurales en los que el nuevo orden cristiano apenas había entrado. Algunos de estos moriscos ayudaban a los monfíes, bandoleros que no aceptaron ser parte de la Monarquía Hispánica y se hicieron al monte, y a los piratas berberiscos en sus razias costeras.

La conversión a principios del XVI y la búsqueda de aculturación de los moriscos granadinos supuso un quebrantamiento de las Capitulaciones de Granada de 1492, así como el bandolerismo y la ayuda a los berberiscos violaban la paz del reino. En un momento de la historia en el que la cultura del Barroco entraba de lleno en las cortes católicas europeas, muchos clérigos no quisieron entender o no entendieron la diferencia entre costumbres y lealtades religiosas, que iban de la mano con las lealtades políticas. Algo que también explica Muley Núñez en el siguiente ejemplo:

Nuestras bodas, zambras y regocijos, y los plazeres de que usamos, no impide nada al ser Christianos, ni sé cómo se puede decir que es ceremonia de moros. El buen Moro nunca se hallaba en estas cosas tales y los alfaquís se salían luego que començaban las zambras a tañer, o cantar, y aún cuando el Rey Moro y va fiera de la ciudad atravesando por el Albaycín, donde avía muchos cadís y alfaquís que presumían ser buenos moros, mandava celar los instrumentos hasta salir a la puerta de Elusia, y les tenía este respeto. En África, ni en Turquía, no hay estas zambras; es costumbre de provincia.

La zambra ha pervivido en la cultura gitana, ya que algunos moriscos se ocultaron entre el pueblo gitano debido a las persecuciones | Fuente

Pero dejando a un lado el porcentaje de lealtades y deslealtades (o siquiera la naturaleza misma del concepto), existía un problema en Granada. La desconfianza en los súbditos moriscos tenía lógica: habían sido conquistados unas décadas atrás, con lo que podían usar fuertes reclamaciones para desligarse de la Monarquía Hispánica, y existían casos de auxilio al monfí y al berberisco. Por su parte los moriscos tenían derecho a protestar cuando la gran mayoría vivía en paz, una parte era cristiana e incluso tropas moriscas ayudaron a Carlos V en la Guerra de las Comunidades. A pesar de ser muy discutible hasta qué punto estaban o no integrados, existía una frontera interior que se agravó en la década de 1560; cuando más miedo hubo a berberiscos y otomanos y cuando más tierras se usurparon a los moriscos y más medidas antimoriscas se aprobaron.

La guerra como coartada de la violencia

Aunque la violencia no fue un fenómeno nuevo, la guerra ofreció un marco inmejorable para el desarrollo de la crueldad a unos niveles difícilmente imaginables en tiempos de paz. Eso sí, la previa existencia de la violencia fue un potente germen para que la guerra fuera especialmente cruel. Algunos se odiaban desde hacía tiempo. Cada bando tenía motivos para temer al otro y la guerra fue la coartada perfecta para dar rienda suelta a estos sentimientos.

El estallido del conflicto multiplicó la desconfianza entre cristianoviejos y moriscos a todos los niveles. Aunque una mayoría en ambos bandos era gente de paz, la seguridad y las medidas cautelares aumentaron, con lo que moriscos y cristianoviejos recelaban más entre ellos y corrieron a refugiarse en zonas seguras, como villas de mayoría morisca o cristianovieja.

La búsqueda de seguridad se vio alterada por las acciones que ambos ejércitos perpetraron: toma de rehenes, martirios y asesinatos y saqueos de villas y poblaciones menores saldados con muertes, esclavitud y robo de bienes. La violencia cayó implacable sobre las espaldas de los que permanecieron en paz, tanto moriscos como cristianoviejos. Esto confirió al conflicto de un carácter total, que introdujo cada rincón de los territorios alzados y sus cercanías dentro de la guerra, salvándose sólo las grandes ciudades y las zonas rurales inmediatamente conectadas a ellas.

Ante esta situación la monarquía tomó un camino al filo de la navaja. Permitió los saqueos de la tropa, aunque sólo en acciones de guerra, penando a quien se apropiaba de bienes moriscos o esclavos en saqueos injustificados. También permitió la esclavitud de los moriscos, pero prohibió la de niños menores de diez años y medio y niñas menores de nueve años y medio. Estos límites a los desmanes legalizados fueron casi imposibles de poner en práctica durante la guerra, aunque se logró devolver la libertad a muchos niños moriscos durante y después del conflicto.

A esta permisividad con límites se llegó tras unas reflexiones teológicas y jurídicas que preocuparon a Felipe II. Los moriscos tuvieron consideración de rebeldes contra su señor natural, además de moros a pesar de su bautismo. Su esclavitud y penas de muerte estaban justificadas legalmente, pero siempre en guerra justa. Los marcos legales para esto fueron amplios pero, a pesar de todo, otorgaron un resquicio legal para la defensa de los moriscos.

Una vez acabada la guerra, la situación cambió. Existieron casos en los que moriscos agraviados en actos injustificables fueron compensados. Algunos de los esclavizados fueron liberados (especialmente los niños) y otros tantos de los que sufrieron saqueos fueron compensados con dinero.

Los generales cristianos a veces mostraban comportamientos discordantes con las políticas que ellos mismos pregonaban y con las del monarca. Íñigo López de Mendoza, paladín del buen trato al morisco y el pactismo, animó a sus tropas al saqueo nada más comenzar la guerra. Lo hizo porque la paga no llegaba y necesitaba a su ejército motivado para el combate. Luis Fajardo, al contrario, partidario de la mano dura, castigó a sus hombres por tomar esclavos y les ordenó que no lo hicieran, aunque el rey lo permitiese. En el caso del Marqués de los Vélez no lo hizo por piedad, sino porque sabía que si sus soldados conseguían un gran botín demasiado pronto no tardarían en desertar (como le ocurrió varias veces).

El bando morisco también tuvo diferentes posturas ante la crueldad de sus tropas, aunque estas dependían de las diferentes facciones. Los radicales, con Farax Aben Farax a la cabeza y los grupos monfíes, desplegaron una cruel violencia sobre la población cristianovieja. Los secuestros, martirios y asesinatos solían llevar su firma. Estos actos también los perpetraban otros grupos menos radicales en situaciones especiales, como tras la sangrienta batalla de Félix. Abén Humeya hizo de árbitro entre los moderados, más calmados y tendentes a negociar la paz, y los radicales, que buscaban una victoria militar como única resolución posible. El rey morisco castigaba a unos por negociar a sus espaldas y se desesperaba con los otros por los terribles desmanes que cometían sobre gente de paz.

Desde abajo la situación se entendía de otro modo. La gente que continuó viviendo su vida al margen de la guerra, cristianovieja o morisca, la sufrió aunque no se involucrase. Los cristianos entendían poco de las sutilezas teológicas que preocupaban a su rey, y en posición de grupo fuerte, perpetraron desmanes crueles cuando la situación era propicia, como ocurrió en Ronda en 1570. Los moriscos de paces fueron más pacíficos, aunque buena parte ayudó a los levantados, lo que era punible como súbditos de Felipe II, pero no solían tomar las armas. Esto cambió cuando, entre 1569 y 1570, casi todos los varones en edad militar (cifra aproximada) se unieron a la rebelión, en buena medida, empujados por la violencia en la retaguardia (quema de cosechas, robos, asesinatos, expulsión de hogares…).

Fin de la guerra, ¿fin de la violencia?

Si significativa es la existencia previa de violencia, también lo es la permanencia de la misma tras el término del conflicto. Especialmente cuando esta violencia se hizo más cruda que nunca. La disolución de los ejércitos y la creación de las cuadrillas impulsó la escalada de la crueldad. Esta situación ofreció un marco para que los arquetipos del odio actuaran con impunidad. El cuadrillero, buscado por su odio exacerbado hacia los moriscos, fue un verdadero asesino vocacional. Su principal virtud para las cuadrillas no es que fuera experto en combate o tuviera un gran conocimiento del terreno, eran sus ganas de matar monfíes. Los hombres al cargo de las cuadrillas eran los ejemplos más paradigmáticos de este tipo de combatiente. Vivían para la destrucción de sus enemigos y las problemáticas teológicas y morales no tenían cabida su lucha.

Los monfíes resultantes de la guerra rondaban un nivel semejante de violencia. Pertenecían a un pueblo conquistado, deportado y dividido para borrar su cultura. Eran perseguidos de forma implacable y poco les quedaba además de la muerte o la huida al norte de África. Además estaban solos, pues ya no contaban con la ayuda que la población morisca había prestado las décadas anteriores. Los monfíes perdían en su lucha mes a mes, semana a semana, día a día. Aunque la guerra se dio por terminada y la violencia, en términos de cantidad descendió, su crueldad aumentó.

El resto de supervivientes también quedó hondamente marcado de una u otra forma. Los horrores que se viven en una guerra dejan cicatrices tan profundas como duraderas. A diferentes escalas, Andalucía al completo y zonas de Murcia quedaron con una gran cicatriz colectiva. Los soldados que sobrevivieron habían perdido años y meses de sus vidas contemplado las mayores miserias humanas. Habían perdido seres queridos, amigos e incluso sus propios hogares. Tras la guerra debían afrontar una nueva vida en la que podía faltar todo lo que había en la anterior. ¿Por qué tuvieron ellos la suerte o la desgracia de quedar con vida?, ¿qué clase de prueba les ponía su dios por delante?, ¿era un castigo por los crímenes cometidos durante la guerra?

Del mismo modo, los que no participaron directamente en la guerra también fueron tocados por sus diferentes ramificaciones y consecuencias. La economía menguó y los impuestos subieron. Los vecinos perdieron a sus amigos o seres queridos en la guerra, como soldados, mártires o esclavos. La llegada de los moriscos repartidos a los nuevos barrios en Andalucía aumentó la tensión y la vigilancia ciudadana. El abismo entre moriscos y cristianos creció (aunque no para siempre, como veremos en próximos artículos).

Frente a esto, algunos supervivientes cristianos de las Alpujarras contaron con una mejora de su situación a la penumbra de la recién inaugurada cultura del Barroco. La sociedad cristiana que quedó, junto a los repobladores, se articuló en torno al legado martirial de la guerra. La crueldad que cayó sobre los cristianos en los martirios confirió un halo de santidad a los que murieron y a los que sobrevivieron. El culto a los mártires de la guerra se extendió y los familiares de los mismos, o los propios supervivientes, gozaron de un puesto privilegiado dentro de la nueva sociedad. Tanto es así que algunos llegaron a acceder a la administración, confirmándose como personas de peso en esta nueva comunidad cristiana.

El superviviente morisco normalmente corría peor suerte. Los monfíes de las serranías eran los últimos reductos de un pueblo levantado. La mayoría de los moriscos que habían conocido yacían muertos, los habían esclavizado o, en el mejor de los casos, los habían deportado a puntos lejanos de Castilla. La soledad era mayor y los sentimientos de culpabilidad, rabia y odio crecían en las oscuras cuevas que habitaban. La total soledad ante los repobladores y las cuadrillas tuvo que minar la moral de estos bandoleros.

El desasosiego de los repartidos no era menor. El camino a sus nuevos hogares era terrible y algunos no sobrevivieron; los que llegaron tuvieron que hacer frente una dura situación. La condición de rebeldes y traidores (aunque no todos los fueron) estigmatizó sus relaciones con los cristianos. Lejos de la costa y de las principales bandas monfíes, la posibilidad de escapatoria hacia el norte de África era mínima, y la sensación de abandono por parte de argelinos, berberiscos y otomanos debió extenderse entre muchos moriscos.

La guerra destrozó el antiguo Reino Nazarí y afectó seriamente a toda Andalucía. Las pérdidas humanas y materiales fueron grandes y terribles como en cualquier guerra, pero las repercusiones psicológicas dejaron a sus habitantes completamente devastados durante el resto de sus vidas, tanto que, algunos, reconstruyeron la sociedad en torno a ese sufrimiento. La violencia no acabó y el problema, más que acabarse con la guerra, se extendió, hasta cierto punto, por buena parte de Castilla gracias a las deportaciones, algo de lo que hablaremos en futuros artículos.

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Publicado por

Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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