El príncipe Sergei Volkonsky, un hijo de 1812 contra el Zar y la servidumbre

«El camino que escogí me llevó a Siberia, al exilio de mi tierra durante treinta años, pero mis convicciones no han cambiado, y haría lo mismo otra vez»

Cuenta Orlando Figes que en agosto de 1812, momento crítico de la invasión napoleónica sobre Rusia, el príncipe Sergei Volkonsky se dirigió al emperador Alejandro con un informe sobre las distintas campañas. Tras recibirlo, Alejandro preguntó sobre la moral de las tropas rusas: «¡Su majestad! -respondió el príncipe- Desde el supremo comandante hasta el más común de los soldados, cada hombre está dispuesto a entregar su vida por la causa patriótica». El emperador realizó de nuevo la misma cuestión pero, esta vez, sobre la gente común: «Debería enorgullecerse de ellos. Cada uno de los campesinos es un patriota». Posteriormente, refirió la misma pregunta sobre la aristocracia: «¡Su majestad! Me avergüenzo de pertenecer a esa clase. No hacen más que pasar el tiempo hablando».

Fueron muchos los oficiales rusos que padecieron lo mismo que el príncipe Volkonsky. Se dieron cuenta que, durante la contienda frente a Napoleón, fueron los campesinos los verdaderos patriotas de una todavía difusa nación rusa. Como parte de la nobleza, habían sido tradicionalmente educados para rendir pleitesía a la aristocracia, considerada como los hijos naturales de la patria. Sin embargo, su actitud en 1812 planteó la posibilidad de que fuera en el campesinado donde realmente residiera la nación rusa, siendo estos siervos los futuros ciudadanos de la misma.

La esperanza era el campesinado

Hacia 1800, los Volkonsky eran una de las familias más adineradas de Rusia. Sin embargo, más que su riqueza, destacaban por su proximidad al emperador Alejandro. Hasta tal punto, que el joven príncipe Sergei creció y se educó como un miembro de la familia imperial más, llegando a tener una estrecha relación con el duque Nicolás (futuro Nicolás I). Su formación militar fue en la prestigiosa Corps des Pages de San Petersburgo, lugar donde desarrolló una profunda admiración por “lo francés”. Una inclinación que compartían muchos otros rusos, sobre todo de la aristocracia, cuya máxima aspiración era asimilar la sofisticada cultura gala. En frente, encontrábamos sectores sociales más conservadores, como la Iglesia ortodoxa, que reivindicaba las raíces eslavas y renegaba de la influencia occidental. Éste sería el germen del futuro debate “eslavistas” vs. “occidentalistas”.

Sin embargo, la invasión napoleónica fue un auténtico shock para Volkonsky y muchos otros afrancesados. El espíritu luchador de los campesinos partisanos, el heroísmo de los soldados y el sacrificio de Moscú a través de su gran incendio que obligaron a retroceder a la Grande Armée, despertó la ilusión de Volkonsky. En su retorno hacia sus hogares, muchos oficiales liberales vieron perturbados sus antiguos modos de pensar sobre sus siervos. La valentía que éstos había demostrado bien merecía una mejora de las condiciones de servidumbre del momento, sobre todo, porque fueron los mejores representantes de una futura nación rusa. Comenzaron por asemejar las costumbres del campesinado, como la vestimenta, dejarse crecer la barba, la alimentación o dejar de usar el francés en favor del popular ruso. Los jóvenes oficiales, que habían perseguido las tropas napoleónicas hasta Europa, nunca volvieron a ser reconocidos por sus padres tras su retorno.

Un jóven Sergei Volkonsky con uniforme militar | Fuente

“Decembristas”, un conato contra el zar

Volkonsky regresó en 1815 encargado de un regimiento que había en Ucrania. Como él, muchos oficiales estaban esperanzados por la tendencia aperturista del zar Alejandro hasta la guerra: relajación de la censura; el Senado como suprema institución judicial y administrativa; creación del Consejo de Estado como órgano legislativo o ciertas políticas tímidas hacia la liberación de los siervos. Sin embargo, la guerra lo cambió todo y cualquier conato de reforma liberal quedó varado con militares indulgentes al mando. Fueron numerosos los casos de represión sobre revueltas campesinas, razón por la cual éstos oficiales liberales comenzaron a  confabular contra Alejandro.

Tras varios años organizando el golpe, decidieron que la insurrección debía darse en el verano de 1826 con el envío de dos contingentes que flanquearían al emperador desde el sur y el norte. Sin embargo, la repentina muerte del Emperador en diciembre de 1825 precipitó el levantamiento. La inesperada situación, inadecuada coordinación de los sublevados y la negativa de la mayoría de tropas regulares a secundarles, acabó con una brigada de 3.000 soldados fracasó en su marcha hacia San Peterburgo. En pocas horas, los decembristas (como se ha conocido históricamente a estos oficiales liberales sublevados) fueron detenidos y encarcelados en la fortaleza de San Pablo y San Pedro. Finalmente, se enjuició a 121 de ellos, incluyendo al príncipe Volkonsky, culpables de traición. Todos perdieron sus títulos, muchos fueron ejecutados y la mayoría fueron deportados a Siberia, entre ellos nuestro protagonista.

Decembristas frente a la plaza del Senado | Fuente

Rusia se encontraba en Siberia

El zar Nicolás I, amigo íntimo de Sergei, decretó 20 años de trabajos forzosos para Volkonsky en Siberia. Perdió todos sus títulos, derechos sobre tierras y siervos y fue repudiado por su familia, excepto por su mujer que decidió acompañarlo al campo de trabajo en la inhóspita tundra rusa. Llegaron a Siberia con nada y se encontraron la cruda realidad de un mundo aislado. Sergei y su mujer María tuvieron que olvidar todos sus refinados modales comenzando por seguir los hábitos de vida del campesino ruso. Al igual que ocurrió nada más acabar la guerra, Volkonsky encontró en el campesinado los valores morales que mejor podían representar la nación rusa. Se acabaron por adoptar a todo tipo de costumbre, olvidando la vida nobiliaria de los rusos occidentalizados.

El exilio se presentó para ellos como un modo de vida más sencillo y, curiosamente, más ruso. Muchos decembristas se casaron con mujeres locales y lograron crear sus propios círculos sociales de influencia a miles de kilómetros de sus ciudades natales. Sergei y sus compañeros comenzaron a ser “nativos”, empezando por hablar en ruso en vez del francés. Su caso particular se puede llegar a identificar con el de muchos nobles, como Leov Tolstoi, que anhelaban una vida “rusa” en su sentido más romántico. En su caso, Tolstoi plasmó a la perfección ese sentimiento en su célebre Guerra y Paz donde, con estilo literario, narra indirectamente el proceso de “rusificación” de la alta sociedad.

La Rusia moderna que pudo ser

La derrota en la Guerra de Crimea frente a la alianza formada por Gran Bretaña, Francia y el Imperio Otomano, descubrió al zar Alejandro II la incapacidad rusa de hacer frente a las demás potencias con una economía servil. Seguidamente, se produjeron decenas de levantamientos organizados por campesinos, cansados del esfuerzo bélico, contra los propietarios aristócratas. Era el momento de reclamar que ellos también deberían ser considerados ciudadanos. Alejandro, a diferencia de su padre Nicolás, sí creyó necesario abolir la servidumbre y por ello nombró en 1858 una comisión que se encargara del asunto. Este grupo tuvo que hacer frente a la presión de los hacendados rusos que no estaban dispuestos a ceder por completo.

Para entones, Volkonsky ya había vuelto de su exilio en Siberia, aunque no pudo evitar estar sometido a la vigilancia policial hasta su muerte. Él representaba uno de los últimos vínculos entre los decembristas  y los populistas de 1860-70 que reclamaban la apertura liberal de Rusia. Los más de 30 años de exilio no había medrado en su obsesión por modernizar Rusia y su sociedad.  Sin embargo, sabía las enormes dificultades que tal empresa conllevaría, por eso, sin que nadie se lo pidiese realizó su propia propuesta: crear un banco estatal que adelantara préstamos individuales a los campesinos emancipados para que éstos pudieran adquirir su parcela privada; los campesinos devolverían la ayuda con los beneficios que obtuvieran de su trabajo.

El programa de Volkonsky no distaba mucho de la desesperada medida que Pyotr Stolypin, primer ministro entre 1906 y 1911, propusiera para calmar los ánimos revolucionarios. Finalmente, se aprobó una emancipación de carácter moderado en 1861 y que beneficiaba la aristocracia. Esta guardaba la potestad de elegir qué tierras vender y a qué precio. Casi la mitad de la tierra de la aristocracia pasó a manos del campesinado, cantidad insuficiente por el crecimiento demográfico. Quién sabe qué se hubiera logrado en los años posteriores si Rusia logra dar ese gran paso adelante para la modernización y nivelarse con las demás potencias europeas.

Sergei Volkonsky falleció en 1865. Se encontraba en Niza cuando le llegó la noticia del Decreto, momento, según sus memorias, que definió como «el más feliz de su vida». Fue en esa obra donde escribió una frase que los censores habían eliminado y que resume a la perfección la idea de éste artículo: «El camino que escogí me llevó a Siberia, al exilio de mi tierra durante treinta años, pero mis convicciones no han cambiado, y haría lo mismo otra vez».

El “príncipe campesino” con barba y vestimenta popular. Irkutsk, 1845.

Bibliografía

BERLIN, Isaiah: Pensadores rusos. México: Fondo de cultura económica, 2012.

ORLANDO, Figes: El baile de Natacha. Una historia cultural rusa. Barcelona: Edhsa, 2006.

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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