“Memorias” – Albert Speer

Las “Memorias” de Albert Speer son un testimonio honesto y a la vez desgarrador de los años más convulsos de Alemania. Su amistad con Hitler le otorga especial relevancia en el puzle histórico del nazismo.

Memorias – Albert Speer | Acantilado, 936 pgs., €27,55

Acantilado nos ofrece en esta ocasión el testimonio de una de las personalidades más destacadas de la Alemania nazi. Albert Speer, primero como arquitecto oficial de Reich y luego como Ministro de Armamento y Guerra, fue de las pocas personas que contó con la simpatía sincera del Führer. Su peculiar relación hacen de estas memorias un documento de relevancia para los interesados en este periodo histórico

«Le advertí una vez más de que mi campo de deportes no tenía las dimensiones olímpicas reglamentarias. A lo que Hitler respondió, sin cambiar de tono, como si se tratara de algo natural e indiscutible: ‘Eso no importa. En 1940 los Juegos Olímpicos todavía se celebrarán en Tokio. Pero después van a celebrarse en Alemania para siempre, en este estadio. Y entonces seremos nosotros quienes determinemos cuánto ha de medir el campo de deportes’». 

La personalidad de Hitler ha sido y es uno de los temas más abordados por la historiografía, destacando sobre el resto el excelso trabajo de Ian Kershaw. De esta manera, resulta inevitable que su figura no acabe fagocitando a la del propio protagonista, el cual se limita a contar su historia. El testimonio de Speer no deja de ser un enfoque personal y subjetivo sobre una época en la que el Robespierre Negro –que diría Luciano Pellicani- lideró Alemania hasta el final de la guerra. 

Hitler con
Speer a su
izquierda
| Fuente

Mientras Speer se dedicó desde bien joven a la arquitectura, Hitler solo mostraba un interés artístico por la monumentalidad y las raíces del clasicismo. Su lugar de encuentro fue el maestro de Speer, momento en el que el Führer decidió conocer más al joven arquitecto alemán. Su relación guardaba particular interés dado a que Hitler no era propenso a entablar relaciones de amistad más allá del mero interés estratégico. No obstante, ese compartida afición por el arte permitió abrir un corredor personal entre ambos.  

Uno de los proyectos que más despertó el interés de Hitler fue la crédula idea de convertir Berlín en una megalópolis inspirada en la Roma imperial. Ese tipo de planes, que realmente apasionaban al canciller, han solido jugar un segundo plano por debajo de los proyectos militares. No obstante, él requería de una persona de mucha confianza capaz de proyectar su gran ilusión. Ese fue Speer. Su figura guarda aún más interés por cuanto no provenía del aparato del partido, sino que fue un civil al que se le permitió con el tiempo ser un buen amigo de Hitler. Un calificativo que le condenó para el resto de su vida.

Plano y recreación del diseño de Speer sobre un Berlín a la “romana” | Fuente 

Su relación se extendió hasta finales de abril de 1945, cuando Speer realizó una última visita al búnker. Hasta entonces, nos narra detalladamente los pormenores de cómo pasó de ser un joven y desconocido arquitecto a Ministro de Armamentos de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Esta fase de su vida no guarda menos interés que la anterior. Para los amantes de la geoestatregia y las intrigas palaciegas, este fragmento no dejará indiferente. Speer, a pesar de su escasa formación y experiencia, demostró ser un ministro eficaz y conocedor de la realidad de ambos frentes. Su preocupación por los detalles y sorprendente memoria del día a día de los años de la sangre, sudor y lágrimas convierten sus memorias en un documento difícil de obviar.

Aunque es una obra autobiográfica, se agradecen las continuas referencias estadísticas y archivísticas que permiten corroborar muchos de sus argumentos. Es sabido que la memoria es traicionera y, en bastantes ocasiones, selectiva. Decía Michael Ignatieff que «ahora la vida se mueve con tal celeridad que algunos de nosotros incluso tenemos la sensación de haber sido personas totalmente distintas en etapas anteriores de nuestra vida». Por tanto, resulta irremediable, y hasta recomendable, poner un asterisco sobre muchas de las afirmaciones y relatos contados por Speer. No por el papel que jugó en el nazismo, sino por la desconfianza natural que cualquier historiador debe tener ante este tipo de documentos. En cualquier caso su testimonio es de un valor destacado y su lectura es altamente recomendable.

Speer, en prisión, a la espera de ser procesado en los Juicios de Nuremberg | Fuente

Mi impresión personal durante el último capítulo -momento de los Juicios de Nuremberg- es que Speer ha sabido elaborar un relato crítico y honesto de su vida. Es cierto que no acaba por reconocer su responsabilidad alguna sobre los asesinatos en masa, aunque ¿qué alemán de 1945 lo hizo? Sin duda se trata de una cuestión compleja que requiere un análisis más pausado. Hasta hoy sabemos que fue Speer quien ordenó, sin el conocimiento ni permiso de Hitler, que no practicasen la táctica de tierra quemada en ambos frentes, y quien aprobó la liberación de prisioneros de guerra a sus respectivos países. 

Albert Speer fue un arquitecto alemán cuyos diseños contaron con la simpatía de Hitler, tanto como para ocupar el cargo oficial del III Reich. Con el tiempo acabó desarrollando una próspera carrera política que culminó con el nombramiento en 1942 como Ministro de Armamento y Guerra. 

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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