El agitado siglo XV en Castilla y Aragón

La consolidación del estado moderno en la Península Ibérica vino precedido por diferentes pugnas nobiliarias y revueltas sociales que caracterizaron la Baja Edad Media.

Tradicionalmente se ha representado a la Baja Edad Media peninsular como un escenario de pugnas nobiliarias opuestas al asentamiento de la autoridad real. No obstante, y siendo esto correcto, lo cierto es que también fue un periodo de inestabilidad social. Diferentes revueltas de caracter popular y anti-señorial estallaron en los dominios de las Coronas castellana y aragonesa, unas que han pasado bastante desapercibidas. Por esa razón, nos disponemos a recuperar algunos de esos episodios para ofrecer un retrato más completo de los siglos XIV y XV.

Banderizos vascos

El empuje de las crecientes urbes en la Baja Edad Media puso en cuestión el tradicional poder de la nobleza rural. Las grandes familias no estaban dispuestas a ceder sus privilegios ni rentas en favor de los grupos de poder que vivían bajo el paraguas de las villas. En este caso, este conflicto sucedió en lo que actualmente es el País Vasco y que, por entonces, eran los señoríos de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava. Las principales familias rurales se articularon en diferentes bandos entre los que destacaron los gamboínos y los oñacinos.

Fueron diferentes episodios de violencia en lo que se podría denominar un “todos contra todos”, porque la propia nobleza luchó contra otros miembros de su grupo. Se presenció una lucha por la hegemonía que se entiende si es enmarcada en el proceso de consolidación del estado moderno. Todavía muy precario en comparación a los siglos posteriores, pero estos años fueron determinantes en el asentamiento de la autoridad real desde Castilla sobre el resto de poderes del territorio. Por tanto, es entendible que la Corona castellana se aliara con las villas en su lucha contra la nobleza rural. El conflicto se calmó con Enrique IV, hermano de Isabel de Castilla, en 1457.

Representación de la pacificación de Bandos en la Plaza de España de Sevilla | Fuente

Movimiento irmandiño

Las revueltas irmandiñas fueron una serie de levantamientos populares, especialmente compesinos, con un característico fundamento social en contra de los abusos de la nobleza gallega. El primer episodio estalló en 1431 y estuvo protagonizado por los vasallos de los señores de Betanzos y Pontedeume, logrando una rápida aceptación general, incluso entre algunos miembros de la baja nobleza. La expansión del movimiento por los diferentes señoríos hizo reaccionar a los señores gallegos. Como solía ocurrir en estos casos, la capacidad financiera de los señores permitió el sometimiento de los amitonados al poco tiempo.

No obstante, las raíces del movimiento se mantuvieron latentes en el transcurso de la Historia. Por esa razón, y coincidiendo con unos años de malas cosechas, estalló en 1467 la Guerra irmandiña a la que se sumaron hidalgos, burgueses y algunas figuras del clero. La violencia de los rebeldes contra las fortalezas señoriales y la violenta reacción de la nobleza, permite hablar de una auténtica guerra civil en las comarcas gallegas. De nuevo, fue necesario que los señores de Galicia aunaran fuerzas para reprimir el movimiento. Se trata de un episodio histórico que ha perdurado en el imaginario popular de Galicia, de hecho hoy se siguen conmemorando los diferentes asaltos al castillo.

Representación cartográfica de la expansión del movimiento irmandiño | Fuente

Herejes de Durango

Se trató de una de las experiencias heréticas previas a la Reforma en la Península Ibérica. Su predicador, entre otros, fue el fraile español Alonso de Mella, cuya influencia se materializó en la antigua merindad de Durango, Vizcaya. Su doctrina se caracterizó en la crítica de los sacramentos del matrimonio y la Eucaristía, además de no hacer distinción alguna entre mujeres y hombres. Una doctrina que algunos han señalado que estuvo influenciada por los Hermanos del libre espíritu. Fue condenada por el papa Inocencio III en el siglo XIII al oponerse a la jerarquía eclesiástica y negar la existencia del pecado, entre otras cosas.

El proceso de condena de Alonso de Mella comenzó cuando la autoridad civil de Durango lo denunció por herejía. A pesar de recibir la condena papal, el fraile continuó con su predicación. La intervención militar del duranguesado animó a Alonso y algunos de sus fieles a exiliarse a la Granada nazarí. Esta doctrina se mantuvo a duras penas los siglos posteriores y algunos especialistas la han querido ver como una expresión del paganismo tradicional del área del País Vasco.

Revuelta de remensa

El auge de los centros urbanos repercutió en el orden socioeconómico del ámbito agrario. Concretamente, ésta fue una revuelta que enfrentó al campesinado catalán contra los propietarios, desestabilizando las bases del sistema feudal. La crisis bajomedieval en Cataluña hizo que muchos jornaleros y braceros abandonasen el campo para marchar a las crecientes ciudades. Los propietarios, ante el peligro de falta de mano de obra, decidieron recuperar los “malos usos” que reforzaban aquellos lazos que vinculaban a campesinos con la tierra que trabajaban.

La revuelta que lideraron los payeses fue en contra de esos “malos usos” con el fin de no perder ese pequeño espacio de libertad donde trabajaban la tierra. Alfonso el Magnánimo, rey de Aragón y tío de Fernando el Católico, no acabó por suspenderlos, razón por la cual los campesinos tomaron parte en la posterior guerra civil catalana. Esta enfrentaba a Juan II -hermano de Alfonso- y su hijo Carlos de Viana quien aspiraba a la corona aragonesa. Los campesinos se decantaron por el bando de Juan ya que Carlos recibió el apoyo de los propietarios. De nuevo se sucede un conflicto bajo el marco de la consolidación del estado que enfrentaba a la autoridad real y a la nobleza.

La monarquía acabó aprovechando la fragmentación del movimiento en una corriente radical y otra moderada. El apoyo a esta última le permitió a Juan II asentar su autoridad en la Corona de Aragón. Para evitar nuevas disputas, nombró sucesor al jóven Fernando -futuro marido de Isabel de Castilla- quien si abolió definitivamente los “malos usos” en 1486.  Los campesinos solo debían pagar una renta a los propitarios para trabajar la tierra.

Enfrentamiento Biga-Busca

Se trata de uno de los conflictos más complejos y difusos de esta época. En la ciudad de Barcelona existían dos grupos de presión: la Biga -compuesta por oligarcas rentistas y comerciantes de lujo próximos al poder- y la Busca -integrada por mercaderes, artesanos y menestrales-. Cuando la crisis económica se recrudeció a finales del XIV a raíz de mantener la expansión mediterránea, la convivencia entre ambos grupos se convirtió en una lucha abierta.

“Virgen dels consellers” de Lluis Dalmau (S. XV). En el cuadro se representan arrodillados miembros de la Biga, signo de su ostentación | Fuente

La Biga exigía un aumento de los impuestos, mientras que los de la Busca querían que otros asumieran su parte de culpa en la nefasta gestión económica. Desde 1442, la Busca estuvo organizada por el gobernador general Galcerán de Requesens quien tuvo el apoyo real para frenar las aspiraciones de la oligarquía. En 1451, la Busca impugnó las elecciones y Requesens nombró un nuevo consejo con sus representantes, al que apoyó el rey, pero no las Cortes. En esta disputa, la Biga se posición junto a Carlos príncipe de Viana -si, el que hemos visto antes- en la guerra civil contra su padre Juan II. La victoria de éste último significó la restitución del Consejo y la desarticulación de la Busca.

Rebelión foránea

Se trató de un enfrentamiento entre campesinos y la oligarquía gobernante de la ciudad de Mallorca que tuvo dos episodios violentos en 1450 y 1454. La causa del descontento radicaba en la presión fiscal que la monarquía ejercía sobre los campesinos. La necesidad de subsidios también llevó a la Corona a revisar los títulos de propiedad de las tierras. Los foráneos se declararon en rebeldía y llegaron a sitiar Mallorca, la cual tuvo que ser salvada por tropas enviadas por el rey desde Italia. En 1463 se produjo otro brote, aunque de nuevo fue duramente reprimido. En este enfrentamiento se encuentran las raíces de las futuras Germanías que estallaron bajo Carlos I.

Dentro de este enorme galimatías de revueltas y luchas sociales hay una base común que permite comprender la transición desde las monarquías feudales al estado moderno en la Península Ibérica. Fue un proceso que culminó con los Reyes Católicos, pero cuyo desarollo estuvo repleto de pugnas nobiliarias y protestas populares, como las que se acaban de ver. Sin querer acabar en un determinismo concreto, todos estos episodios se articularon en torno a la hegemonía del poder dentro los reinos peninsulares. Fueron fenómenos particulares con un trasfondo común, el de la consolidación de la autoridad real sobre el resto de poderes existentes.

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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