Bismarck y su tiempo

Tras las Guerras Napoleónicas, algunos militares prusianos pensaron que la única vía para el auge Alemán pasaba por aplastar permanentemente a Francia, algo que Bismarck trató de cambiar.

La sencilla victoria prusiana sobre Francia en la guerra de 1870-1871 había dado la razón a tres ilustres alemanes. Concretamente a dos militares (uno de ellos muerto hacía tiempo) y a un político. Los tres defendían la misma idea: el único modo de asegurar la hegemonía alemana en la Europa continental pasaba por derrotar militarmente a Francia.  Sin embargo, uno de ellos, el político, divergía en qué hacer después de derrotar a los franceses.

Estamos hablando del militar e historiador Carl von Clausewitz, el militar y estratega Helmuth von Moltke y el político Otto von Bismarck. Cada uno de ellos, a su manera, sentó las bases del poderío alemán entre 1870 y 1914 aunque, paradójicamente, ninguno tuvo en cuenta la posibilidad de que su sistema teórico fallase por el punto teóricamente más fuerte: el pueblo alemán.

ClausewitzCarl von Clausewitz (1780-1831) fue un hombre de la época Napoleónica. Vivió los grandes cambios que supuso la Revolución Francesa, el periodo posterior de auge y esplendor del Imperio Francés y el intento de reconstruir el Antiguo Régimen en el Congreso de Viena de 1815. Su experiencia militar al servicio de los ejércitos prusiano y ruso le sirvió para redactar una serie de ensayos estratégicos, fundamentados en torno a la idea de guerra móvil y ofensiva por un lado y a la idea de que la guerra es, en sí misma, un acto político más (como la diplomacia, el bloqueo económico o incluso la tasa de natalidad), por lo que el buen estratega debe tener en cuenta también conocimientos de política internacional. Su pensamiento, además, señalaba un claro objetivo para Prusia: sólo podría prevalecer si lograba reducir la amenaza francesa a la mínima expresión, debido a los antecedentes que para Clausewitz había representado el genio de Napoleón y su capacidad para aplastar militarmente a una débil Prusia. Es con él con quien quedará plasmada en el alma alemana la idea de que sólo derrotando a Francia se podrá aspirar a una hegemonía germana. “El corazón de Francia está entre Bruselas y París”, sentenció. Si un ejército enemigo era capaz de penetrar allí sería imposible defender la capital francesa y, a la postre, derrotar a ese país.

Helmuth von MoltkeHelmuth von Moltke (1800-1891) era un pupilo de Clausewitz que debido a sus buenos servicios a Prusia a lo largo de casi 40 años como militar alcanzó el codiciado puesto de Jefe del Estado Mayor en la guerra contra el II Imperio Francés. Concebía la guerra como un acto eminentemente económico por el cual mediante un coste determinado (de soldados, armamento, equipo, suministros y tiempo) se debía obtener un beneficio concreto (de territorio, recursos u objetivos políticos). De ese modo el conflicto bélico debía costar lo mínimo imprescindible y durar el menor tiempo posible por lo que era más importante destruir al enemigo que ocupar la totalidad de su territorio en una larga y costosa campaña. Con esa teoría, por ejemplo, logró derrotar a Dinamarca en cuatro días en 1863, a Austria en siete semanas en 1866, y finalmente a Francia en nueve meses en 1870. Las claves de su pensamiento estratégico eran, básicamente, dos: movilidad de los ejércitos y concentración de los mismos en el último momento. Como consecuencia de ello puso especial énfasis en dotar a Prusia de una tupida red de ferrocarriles que permitiesen al país desplazar grandes contingentes de tropas a gran velocidad de un extremo a otro en vez de invertir recursos estatales en construir fortalezas defensivas. Gracias a esta visión estratégica de los ferrocarriles logró asestar una serie de golpes demoledores a Francia hasta destruir por completo su ejército en la batalla de Sedán. Tras esa victoria señaló claramente el futuro militar del Imperio Alemán: movilidad, masividad y coordinación.

BismarckOtto von Bismarck (1815-1898) el prototipo de señorito agrícola prusiano, uno de los “junkers” o grandes propietarios agrícolas que eran el corazón aristocrático de Prusia. No era militar pero sí concebía la fortaleza bélica del Estado como algo imprescindible para poder llevar a cabo una política exterior contundente y eficaz. Consideraba que las veleidades “liberales” y “socialistas” que se extendían por Europa eran un cáncer terrible que debía ser extirpado sin la menor dilación. Pensaba de un modo similar sobre los católicos alemanes, a los que veía como el gran obstáculo para lograr que el Imperio lograse establecerse sobre un cuerpo social unido. Pese a todo ello, y el gran número de rivales que encontró en su camino, logró acceder a la cancillería prusiana en 1862 incluso contra la voluntad del rey Guillermo I. Su política tuvo dos objetivos claros: lograr la hegemonía de Prusia en el concierto de las naciones alemanas unidas en un solo Reich y ocupar el lugar en el mundo que le correspondía a Alemania por derecho propio. Para lograrlo combinó sabiamente sus habilidades políticas y diplomáticas con el poderío militar que Moltke estaba construyendo para Prusia, hasta lograr el objetivo final: derrotar a Francia, el gran rival continental, y fundar un nuevo Imperio Alemán.

Como hemos señalado al principio, Clausewitz, Moltke y Bismarck coincidían en que el enemigo principal de Alemania era Francia y que sólo mediante una clara victoria sobre ese país se podría cimentar el auge alemán. Pero mientras que los dos primeros defendían también la necesidad de derrotar permanentemente a los franceses, el tercero veía en esa política el germen de un problema mucho mayor. Para Bismarck la victoria sobre Francia no debía suponer el origen de futuros enfrentamientos con ese país ya que, entonces, Alemania siempre se encontraría amenazada de un modo u otro. El canciller alemán veía más eficaz llevar a cabo una política de acercamiento y contención que garantizase que París no quedase atrapada en un permanente ansia de venganza.

De ese modo, tras la guerra de 1870-1871, Bismarck intentó que el káiser Guillermo I ofreciese unas condiciones a Francia que fuesen aceptables y permitiesen restablecer unas relaciones diplomáticos relativamente normales en muy poco tiempo. Para ello insistió en que había que respetar la integridad territorial francesa, refiriéndose especialmente a las regiones fronterizas de Alsacia y Lorena. Su propuesta se limitó a que fuesen ocupadas temporalmente para asegurar que los franceses cumpliesen el resto de los términos de la rendición para, finalmente, retirar las tropas. Pero el canciller topó con la oposición frontal del jefe del Estado Mayor alemán. Moltke consideraba que había que debilitar a Francia permanentemente y eso debía incluir dar un golpe en la moral y el orgullo francés, dejándoles claro que habían sido derrotados una vez y que volverían a serlo en el futuro si se atrevían a enfrentarse a Alemania. Para facilitar esa “guerra futura” Moltke aseguró al káiser que era preciso anexionarse Alsacia y Lorena ya que tenían un valor estratégico incalculable (tenían carbón y hierro y, sobre todo, acercaba los puntos de salida de los ejércitos alemanes para la futura ofensiva contra París).

Por lo tanto, en contra del criterio de Bismarck, Alsacia y Lorena se unieron a Alemania. Y con ellas se puso el segundo pilar de la futura guerra que el Alto Mando alemán ya daba por inevitable.

Alsace-lorraine

La derrota táctica de las tesis del canciller alemán no supuso su derrota política. A fin de cuentas él había sido el gran artífice de la unificación alemana. Pese a las tensiones que tuvo con el militarista Moltke hasta que ambos abandonaron la primera linea del poder político y militar alemán (en 1890 Bismarck es cesado como canciller y en 1891 Moltke muere) los dos coincidieron en ver que el auge alemán supondría un incremento constante de las tensiones diplomáticas con las otras potencias europeas. Al ansia de revancha francés se unió la creciente desconfianza británica y el temor ruso. Será ahora cuando el canciller tenga que dar lo mejor de sí mismo como diplomático y político de primer nivel, creando un complejo sistema de alianzas públicas y tratados secretos que serán conocidos como los “sistemas bismarckianos”. Serán estos sistemas los que lograron evitar los conflictos bélicos entre las grandes potencias europeas entre 1871 y 1890.

Resumiendo notablemente esos sistemas, se puede decir que fueron consecuencia del esfuerzo consciente y continuo de Bismarck para lograr que Francia quedase aislada diplomáticamente en Europa. Para ello, el canciller alemán desplegó una inmensa actividad política ante Gran Bretaña, Rusia, Austria e Italia, enredando a esos países en un juego de alianzas en las que unos y otros se garantizaban apoyo militar ante la agresión de un tercero. El sistema, que tuvo tres fases distintas, perduró mientras su creador estuvo al frente de los asuntos alemanes. Su gran éxito consintió en permitir a Alemania despuntar como gran potencia económica, industrial, militar y colonial sin provocar que sus vecinos (especialmente Gran Bretaña y Rusia) la percibiesen como una amenaza inminente. Para ello optó por un expansionismo colonial “pactado” con Gran Bretaña, la contención aparente en el auge militar alemán (contra los deseos de Moltke que, sin embargo, logró que el canciller diese luz verde a la construcción de un entramado ferroviario sin parangón en el mundo bajo control militar) y el férreo control de las “amenazas internas”  personificadas en los socialistas y los católicos.

Sin embargo, en 1888, tras llegar al trono imperial el káiser Guillermo II sus roces con Bismarck provocaron la caída del canciller y su sustitución por alguien más cercano a la “nueva política” del emperador, el general Leo von Caprivi. Llegaba el tiempo del expansionismo agresivo en África, de la construcción de un flota de guerra que rivalizase con la británica y de exigir a las potencias europeas el reconocimiento de la superioridad del Imperio Alemán. El fino trabajo diplomático de Bismarck desapareció en menos de dos años, provocando que las rivalidades entre Francia, Gran Bretaña y Rusia (que el canciller no había dudado en usar habilmente) se minimizasen ante la creciente amenaza germana.

Francia ya no estaba aislada y seguía sangrando por la humillante herida de Alsacia y Lorena. Llegaba el tiempo de pensar en la “futura guerra” que sentenciase de una vez por toda la rivalidad entre París y Berlín. Los Estados Mayores de ambos países comenzaron a pensar seriamente en la posibilidad de un enfrentamiento inminente. Cobraban forma los planes bélicos que se pondrían en marcha en 1914. Demos la bienvenida al Plan Schlieffen alemán y al Plan XVII francés…

Bibliografía

– TUCHMAN W., BÁRBARA: Los cañones de agosto. Barcelona, Ediciones Península, 2004 (sobre obra original de 1962).

– STEINBERG, JOHANTHAN: Bismarck: A life. Nueva York, Oxford University Press, 2011.

– BUCHOLZ, ARDEN: Moltke and the German wars, 1864-1871. Londres, Palgrave Macmillan, 2001.

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Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por las Universidades de Zaragoza y Pisa. Doctorando en Política Internacional.

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2 respuestas a “Bismarck y su tiempo”

  1. […] todo lo posible porque fuese el imprudente Napoleón III el que declarase la guerra a Prusia, como ya vimos. La clave del expansionismo era esa: ser siempre el agredido. Ser siempre “la […]

  2. […] no cogió por sorpresa a nadie a no ser que fuese bastante despistado. Hemos ido repasando los diferentes antecedentes (que no eran pocos), y existían miedos, recelos, planes, alianzas y aspiraciones suficientes como […]

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