La guerra del Opio – Julia Lovell

Desperta Ferro publica una obra que desentraña los relatos propagandísticos sobre la guerra del Opio y rastrea sus consecuencias hasta el presente

La guerra del Opio. Drogas, codicia y la forja de la China moderna – Julia Lovell | Desperta Ferro, tapa blanda, 472 pgs.

En marzo de 1842, la dinastía Qing parecía dispuesta a dar un golpe de efecto en la guerra contra los británicos. El nuevo comandante, Yijing, planeaba recuperar Ningbo con un ambicioso ataque simultáneo por tres frentes. Amparado por el buen augurio de los guerreros sichuaneses adornados con pieles y colas de tigre, la ofensiva tendría lugar en la hora del tigre, del día del tigre, del mes del tigre y del año del tigre. Sin embargo, cuando llegó el momento, el plan se desmoronó. Los sichuaneses fueron masacrados bajo el fuego de un potente obús, uno de los sectores de ataque no llegó a actuar y los oficiales de alto rango mostraron una pasividad fatal. En medio de este desastre, el jefe del Estado Mayor de Yijing tuvo que ser evacuado inconsciente por sus subordinados: estaba catatónico por una sobredosis de opio.

Este episodio, hasta cierto punto tragicómico, revela las profundas fracturas y contradicciones dentro del imperio Qing durante el siglo XIX, una realidad que contrasta con las narrativas simplificadoras que desarrollaron ambos bandos sobre el conflicto. Es esta capacidad para traspasar los mitos heredados de la memoria histórica lo que ofrece Julia Lovell en La guerra del Opio. Drogas, codicia y la forja de la China moderna (Desperta Ferro), una interesante panorámica que nos ayuda a comprender la contienda, sus causas y sus alargadas consecuencias.

Lovell organiza esta ambiciosa obra en 19 capítulos, aunque hay tres grandes bloques bien diferenciados. En el primero nos presenta todo el contexto necesario para entender por qué estalló el conflicto, y nos narra los principales hitos que lo desencadenaron. En el segundo recorre la primera guerra del Opio en profundidad, expone los problemas que quedaron sin resolver y termina con una narración más breve de la segunda contienda. En el tercer bloque, quizás el más diferencial, examina con detalle las rencillas que la guerra generó entre China y Occidente, y el uso propagandístico que distintos actores políticos han hecho del conflicto en la construcción de la China moderna. 

La obra comienza, pues, haciendo una retrospectiva de la relación de China con el opio, y de los problemas que Gran Bretaña afrontaba con una balanza comercial negativa con el país asiático. Esta situación generó una tensión mercantil que aumentó con las independencias de los virreinatos españoles, ya que las guerras disminuyeron de forma dramática el suministro mundial de plata. Sin el suficiente metal precioso, Gran Bretaña recurrió al contrabando de opio, un viejo conocido en China desde la dinastía Tang, que la Compañía de las Indias Orientales producía a espuertas en la región india de Bengala.

Lovell presenta este contexto con los matices necesarios para comprender el punto de vista de ambas partes. Si explica por qué recurrir al opio fue una decisión lógica que buscaba evitar problemas económicos para Gran Bretaña, no deja de lado las cuestiones morales que acarreaba —reflejadas en las apasionadas discusiones a favor y en contra en la sociedad británica—. Y, de igual modo que mira a la coyuntura, lo hace a la estructura: si tantas cantidades de la droga entraron en China con tal facilidad es porque tenía una larga tradición como medicamento —y por lo sencillo que era sobornar a funcionarios y militares para contrabandear—, como droga recreacional e incluso afrodisíaco, usos que no estaban mal vistos pero generalmente reservados para las clases más pudientes. No obstante, la inundación del narcótico en las primeras décadas del siglo XIX tumbó los precios y su consumo lúdico llegó a todas las clases. Cuando incluso el ejército tuvo un evidente problema con el opio, el emperador Daoguang entendió que era necesario tomar medidas.

Fue este choque de intereses entre estados, así como las decisiones de algunas personas en puestos de poder, como Charles Elliot o Lin Zexu, lo que empedró el camino a la guerra. Junto al contexto previo y el desarrollo de los acontecimientos, Lovell ofrece pequeñas biografías de los personajes que tuvieron peso en el periodo, desde la corte china al Parlamento británico. Es esencial para el libro, porque contrasta fuentes de ambos países y las critica. Gracias a este trabajo es capaz de presentarnos las luces y las sombras de estos personajes sin las capas de propaganda con las que uno y otro bando los cubrió.

Una vez establecido este contexto previo, La guerra del Opio entra de lleno en el estallido de las hostilidades. Lovell continúa con su estilo y estructura habituales en estos compases: una narrativa ágil de los principales hitos del conflicto más que una descripción exhaustiva de las operaciones bélicas. Aun así, no faltan detalles para los amantes de la historia militar, y dedica páginas a describir la tecnología del ejército Qing y a algo incluso más importante: nos explica por qué las tropas estaban mal pertrechadas, escasamente entrenadas, tendían a huir y por qué algunos soldados acabaron fumando opio o dedicándose a otros oficios.

Como explica Lovell a lo largo de la obra, y este es otro de los temas centrales del libro, Daoguang nunca llegó a saber quiénes eran los británicos ni qué querían. El emperador pensaba que la guerra era una especie de disputa fronteriza con unos “bárbaros” venidos del Oeste. Esto ocurrió porque los distintos encargados de la diplomacia Qing mintieron sistemáticamente a Daoguang —eran capaces de narrarle humillantes derrotas como gloriosas victorias— y trataron de apaciguar a los plenipotenciarios británicos, a menudo con la intención de que la contienda acabara por diluirse. Por si esta confusión fuera poca, los textos del tratado de Nankín contenían algunas diferencias de matiz entre la versión china e inglesa, lo que generó nuevas tensiones e incomprensiones en la posguerra. Si los chinos, especialmente los cantoneses, no estaban contentos con la nueva situación, a los británicos les parecía insuficiente y, al final, estalló un nuevo conflicto en el que otras potencias acabaron cogiendo su porción del pastel Qing.

Tras la segunda guerra del Opio, la nueva paz dejó al imperio manchú herido de gravedad, humillado tras el saqueo del Palacio de Verano y lidiando con sangrientas rebeliones. La autora huye de explicaciones maniqueas y desmitifica la supuesta misión civilizadora británica al mismo tiempo que demuestra que la caída Qing no fue producto exclusivo de la intervención imperialista extranjera. La llegada de los casacas rojas a bordo del Némesis —primer buque de guerra británico de hierro que sembró el terror entre los juncos chinos— para reforzar, expandir y legalizar el contrabando de opio fue una de las piezas clave que explican la desintegración Qing, pero los numerosos funcionarios, militares y otros actores chinos que participaron y posibilitaron el narcotráfico desde dentro muestran que el imperio manchú estaba, desde antes, en proceso de descomposición. La humillación, no obstante, fue real; así lo certifican los crudos ejemplos, a veces terribles e incluso salvajes, con los que Lovell ilustra los desmanes extranjeros en suelo Qing: los británicos jugaron al hockey en los templos más sagrados de China, usaron la Ciudad Prohibida para realizar un funeral en memoria de la reina Victoria y, como no podía ser menos, repartieron palizas públicas, ejecuciones y llevaron a cabo violaciones y asesinatos de mujeres y niños.

Además de estas terribles estampas de violencia de posguerra, la autora también examina las mentalidades de la época y dedica espacio a rastrear el racismo hacia lo chino. A pesar de que Gran Bretaña obligó a Qing a permitir la emigración de sus súbditos, cuando estos llegaron a distintos países anglosajones fueron tratados con desprecio. En torno a los incipientes barrios asiáticos surgieron todo tipo de leyendas urbanas negativas sobre los nuevos vecinos orientales, retratados como degenerados y asesinos a pesar de que participaban menos en el crimen y eran más trabajadores que los “civilizados” blancos. Estas tensiones fueron el germen de la aparición de personajes de ficción como el avieso Dr. Fu Manchú, creado por un Sax Rohmer que reconoció no saber nada de los chinos. A su vez, la popularización de estas retorcidas y venenosas ficciones extendió el desprecio y la desconfianza hacia lo oriental a todas las capas de la sociedad británica y, con el tiempo, allende sus fronteras.

Más allá de la construcción de estos prejuicios occidentales, el goteo constante de desastres que experimentaron los Qing hasta el final de la centuria se convirtió en el caldo de cultivo ideal para las política de masas del nuevo siglo. Los distintos traumas coloniales fueron las semillas que, entre 1900 y 1920, terminaron por germinar en la idea institucionalizada del siglo de la humillación. En estos capítulos finales, Lovell examina la gestión de la memoria de la guerra del Opio mientras narra la desintegración de los Qing, el surgimiento del Kuomintang y del Partido Comunista Chino (PCCh), así como la subsiguiente pugna civil entre ambos partidos por el control de China.

Lovell expone el hilo que une estos acontecimientos: el inicio de la idea de la humillación, la fijación de un discurso victimista, el uso que le dio el Kuomintang y la continuación de esa retórica antiopio y antiimperialista por parte del PCCh. La autora no deja de tumbar mitos y destapa la realpolitik de la época, y es que muy a pesar de los programas contra el narcótico de ambos partidos, lo usaron para financiarse en distintos momentos. Otra ironía, algo más silenciosa y menos evidente, de los cimientos del nacionalismo chino es que sus ideólogos asimilaron, por admiración, muchas ideas occidentales y llegaron a sentir desprecio por sus compatriotas. Son las bases sobre las que se cimentó el discurso nacionalista, el cual el PCCh resucitó con notable éxito, aunque no total, tras las protestas de Tiananmén.

El trabajo documental fue de enorme valor en su momento (2011), pues Lovell fue la primera anglosajona en usar fuentes chinas, además de las británicas, para tratar la guerra del Opio. Por lo general, confronta las versiones de ambos lados con rigor y desmitifica cuando es necesario; critica sin tapujos el cinismo británico y describe el caos interno de los Qing incluso cuando roza el patetismo. Todo esto lo hace en un formato accesible, mediante una crónica absorbente cimentada sobre un análisis profundo y un pulso casi periodístico. Unas virtudes de estilo que la traducción de Javier Romero Muñoz refleja con precisión.

La guerra del Opio es una obra fundamental, recomendada tanto como primera aproximación al conflicto como para descifrar las relaciones internacionales de nuestros días. El libro de Lovell es importante porque, además de ofrecer una narración de los acontecimientos, logra explicar con sencillez y naturalidad las causas —estructurales, coyunturales y humanas— lejos de relatos maniqueos y simplistas. Un enfoque tan accesible como riguroso, útil para entender no solo qué pasó, sino por qué sigue importando.

⛩ En portada: Las fuerzas aliadas capturaron Guangzhou durante la Segunda Guerra del Opio – Museo de Historia Social

Julia Lovell es una de las más destacadas sinólogas del momento, formada en la Universidad de Cambridge y en el Centro de Estudios Chinos Hopkins-Nanjing. Ha centrado sus estudios en la relación entre la cultura y la construcción de la China moderna y sus relaciones con Occidente. Ha publicado libros como The Great Wall o The Politics of Cultural Capital.

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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