El estallido de la Primera Guerra Mundial

La guerra que nadie quería estaba a las puertas de estallar, y los exitosos sistemas defensivos de alianzas se desencadenaron de tal modo que media Europa apuntó sus fusiles a la otra media.

El 28 de junio de 1914 fueron asesinados en Sarajevo el heredero al trono austro-húngaro y su esposa por un grupo de terroristas serbios autodenominado la Mano Negra. Un asesinato político como este, violento y terrible pero, paradójicamente, relativamente común en la Europa de aquella época, en realidad no tenía porqué suponer el inicio de una guerra. A fin de cuentas, no había detrás un hecho bélico (una invasión, un ataque, un saqueo, por ejemplo) entre dos naciones. Tampoco se producía en un momento de especial tensión en el continente. Además, la víctima, el archiduque Francisco Fernando, no contaba con la aprobación del mismísimo emperador Francisco José I, su tío paterno, que no veía en él un digno heredero al Imperio.

Francisco José I, emperador y barbudo

Francisco José I, emperador y barbudo

Sin embargo, las cosas comenzaron a complicarse desde el primer momento. Los estrategas imperiales, encabezados por el jefe del Estado Mayor, el  general Franz von Hötzendorf, vieron la ocasión de anexionar Serbia al Imperio Austro-Húngaro por medio de una guerra limitada. Para ello necesitaban vincular claramente al estado eslavo con la organización del asesinato del príncipe heredero y, por otra parte, debían contar con el apoyo incondicional del Imperio Alemán. Tras una serie de contactos diplomáticos relativamente discretos, el káiser Guillermo II garantizó el apoyo alemán a la maniobra austriaca. Así, el 9 de julio, la policía austriaca afirmó disponer de pruebas que demostraban claramente que elementos del ejército serbio cooperaron activamente con los terroristas. Ante estas revelaciones, el asesinato pasaba a ser un acto hostil de Serbia contra Austria-Hungría, y así las cosas, una guerra estaba justificada.

Pero el problema era mucho más peligroso de lo que podría parecer. A fin de cuentas, Serbia era una potencia balcánica de segundo orden pero contaba con el apoyo activo de la gran potencia eslava: Rusia. Y las cosas entre Viena y San Petersburgo no pasaban por un buen momento desde que en 1909 los austriacos, aprovechando la debilidad rusa como consecuencia de su derrota ante Japón varios años antes, se habían anexionado Bosnia-Herzegovina, acrecentando su presencia en los Balcanes y amenazando el flanco sur-occidental ruso y su salida al Mar Mediterráneo.

Pese a ello, y confiando en que Rusia no estuviese dispuesta a lanzarse a una guerra contra Austria-Hungría, desde Viena se envió un ultimátum a Belgrado el 23 de julio, casi un mes después del asesinato de Francisco Fernando y su mujer. Se impusieron una serie de condiciones prácticamente irrealizables a los serbios con la clara intención de que no pudiesen o no quisiesen cumplirlas a tiempo y así justificar la declaración de guerra. Finalmente, el 28 de julio, Austria-Hungría declaró formalmente la guerra a su pequeño vecino.

De la guerra limitada a la guerra mundial

Una guerra que se pensó limitada, entre dos estados, acabó por implicar a casi toda Europa. Lo podemos resumir así: Rusia garantizó que acudiría en defensa de Serbia. Francia y Rusia, a su vez, tenían una alianza defensiva para auxiliarse mutuamente si Alemania atacaba a cualquiera de las dos. Por su parte, Alemania había firmado con Austria una alianza secreta por la que declararía la guerra a Rusia si este país y Austria entraban en guerra en cualquier momento.

Guillermo II el bigotes

Europa, por lo tanto, estaba atrapada por las cadenas de las alianzas militares de dos grandes bloques, uno formado por Alemania y Austria-Hungría, y el otro formado por Rusia y Francia. Y, sin embargo, en ese peligroso tapiz diplomático faltaba un componente esencial: Gran Bretaña. ¿Qué haría la gran potencia mundial si se desataba una guerra total en el continente europeo?

El día 29 de julio, con el bombardeo austriaco de Belgrado comenzó el baile. El 30 de julio, Rusia comienza a movilizar su ejército. El día 31 de julio, Alemania envía un ultimátum a Rusia para que desmovilice su ejército y a Francia para que se declare neutral en caso de guerra con Rusia.

Rusia, que había garantizado su apoyo a Serbia, siguió adelante con la lenta movilización de su ejército y no respondió al ultimátum alemán. Aún así, optó por dejar aún tiempo a la diplomacia. A fin de cuentas, los rusos tenían un problema muy grave entre manos derivado de las crecientes revueltas populares contra el régimen zarista. Una guerra a gran escala podía alterar el precario equilibrio político y social en Rusia.

Por su parte, Francia, al recibir el ultimátum de Berlín no podía creer las condiciones: Alemania le exigía que para garantizar la neutralidad francesa ese país debía ceder temporalmente las fortalezas de Verdún, que serían devueltas al terminar la guerra con Rusia. Las autoridades francesas volvieron sus ojos a Gran Bretaña, ¿podrían contar con la ayuda militar británica o tendrían que ir a la guerra solos, como en 1870? Desde Londres sólo llegaban respuestas oficiales ambiguas y poco claras: “el conflicto entre Austria, Rusia y Alemania no afecta a los intereses de Gran Bretaña”, “el Gobierno británico no está en condiciones de garantizar a Francia ningún tipo de ayuda en este momento”… En París, el presidente Raymond Poincaré no veías las cosas con buenos ojos.

Sin embargo, el Alto Mando alemán veía las cosas muy claras. La más que probable agresión rusa a Austria era la excusa perfecta para entrar en guerra con la potencia eslava y, por extensión con su aliado francés. Había llegado el momento de comenzar el asalto a la hegemonía europea por medio de las armas. Por lo tanto,  había que adelantarse a los enemigos y comenzar la movilización de los cerca de dos millones de soldados que debían distribuirse por todo el Imperio. Había que golpear cuanto antes y del modo más contundente posible. ¡Por fin había llegado la hora de aplicar el Plan Schlieffen! Aún así, el káiser Guillermo II al ser consciente de que las cosas se estaban poniendo muy serias y de que el fantasma de la guerra en dos frentes era muy real, creyó ver una salida en un último movimiento diplomático que podría evitar a Alemania tener que luchar a la vez con Rusia y con Francia.

El error del embajador, le negativa de Moltke y el final de la confianza en la victoria

El embajador alemán en Londres, el príncipe Lichnowsky, envió un telegrama a Berlín el 1 de agosto en el que aseguraba que las autoridades británicas le habían garantizado que si Alemania no atacaba Francia, Gran Bretaña garantizaría que Francia se mantendría neutral en la inminente guerra contra Rusia. El káiser, sorprendido por semejante buena noticia, convocó a su jefe de Estado Mayor, Moltke el joven, y le solicitó que detuviese el Plan Schlieffen de inmediato, concentrando todos los esfuerzos del Imperio en atacar a Rusia. Este súbito cambio en los planes militares alemanes suponía destrozar por completo la estrategia germana y, probablemente, colapsaría por completo el minucioso despliegue planeado de manera matemática desde 1906.

El Príncipe Lichnowsky, más de bailoteo que de política

Lichnowsky, taconeando en Londres

Se estaba produciendo un error terrible y nadie en Berlín era consciente de ello. El príncipe Lichnowsky había malinterpretado la propuesta británica. En realidad, desde Gran Bretaña le habían ofrecido la garantía de que Francia se mantendría neutral si Alemania se abstenía de atacar Rusia y dejaba que el conflicto Austro-Serbio se resolviese por medios diplomáticos. El embajador alemán, probablemente llevado por los nervios del momentos y ansioso por trasladar un mensaje favorable a los intereses del Imperio, interpretó erróneamente esa oferta e indujo el mismo error en el káiser.

Guillermo II, creyendo realmente que existía la posibilidad de evitar una guerra con Francia y con Rusia a la vez, intentó que Moltke modificase sobre la marcha todo el plan bélico alemán. El emperador ordenó que no se avanzase sobre Bélgica y que se dirigiese el ejército contra Rusia. Pero el jefe del Estado Mayor alemán se negó en redondo, a fin de cuentas llevaba los últimos diez años de su vida dedicado a perfeccionar el Plan Schlieffen y a preparar la maquinaria de guerra alemana para ese momento. Para Moltke alterar ahora aquél enorme dispositivo meticulosamente organizado, suponía el fin de Alemania. ¿Cómo pretendía el káiser que el millón de soldados que debían dirigirse en 11.000 trenes a la frontera con Francia y Bélgica en las próximas dos semanas fuesen ahora hacia la frontera con Rusia? ¿Cómo esperaba que llegasen esos ejércitos mínimamente organizados al frente oriental? ¿Es que no veía que “lo que está dispuesto no puede ser alterado”?

Para Moltke era imposible detener la maquinaria bélica y la planeada movilización ferroviaria alemana. Pero en el Alto Mando no todos pensaban igual. El general Von Staab, jefe de la División de Ferrocarriles, aseguró tiempo después que si le hubiesen consultado ese día (algo que Moltke impidió) habría podido presentar una alternativa que evitase la invasión de Bélgica y la guerra con Francia.  Saab afirmó que hubiese podido garantizar el traslado de cuatro de los siete ejércitos alemanes en dos semanas hasta la frontera rusa, dejando en la frontera con Francia los tres ejércitos restantes.

En cualquier caso, ante la negativa de Moltke a cambiar los planes militares alemanes la movilización siguió adelante y comenzaron los traslados de tropas al frente. La primera operación militar de la guerra en suelo extranjero tendría lugar a las 11 de la noche de ese mismo día con la ocupación de un nudo ferroviario en Luxemburgo. Pero, para desesperación del jefe del Estado Mayor alemán, el káiser Guillermo aún intentó un último movimiento desesperado creyendo que el ofrecimiento británico (recordemos que era erróneo) seguía en pie. El Plan Schlieffen planeaba la entrada de tropas alemanas en Francia el 3 de agosto, así que el káiser ordenó que se enviasen dos telegramas de manera urgente. El primero, dirigido a las autoridades británicas, informaba que por motivos técnicos no podía detenerse la movilización alemana pero que si Gran Bretaña garantizaba la neutralidad francesa no habría ataque por parte de Alemania. El segundo telegrama, redactado en contra del criterio de Moltke, buscaba evitar un error fatal antes de saber la respuesta británica. Lo dirigió al batallón que debía entrar en Luxemburgo y en él ordenada claramente que no debían cruzar la frontera hasta que no llegase una nueva orden firmada por el propio káiser.

De nada sirvió la discusión entre el káiser y su jefe de Estado Mayor. Apenas pasada una hora desde el envío de los telegramas se recibió una llamada del embajador alemán en Londres; el príncipe Lichnowsky había descubierto, horrorizado, que su interpretación del ofrecimiento británico había sido errónea. Ahora, aclaradas las cosas con las autoridades británicas, reconocía que Londres exigía que Alemania no fuese a la guerra ni contra Francia ni contra Rusia. Casi al mismo tiempo un telegrama urgente llegaba desde el batallón encargado de irrumpir en Luxemburgo: la orden del káiser había llegado demasiado tarde y tropas alemanas ya habían entrado en el pequeño ducado. Guillermo II fracasó en su intento de detener la guerra con Francia y, para colmo, sembró la desconfianza en Moltke al poner en duda su capacidad para dirigir el ejército alemán en la hora más importante.

A esa misma hora concluía el ultimátum alemán a Rusia y, en San Petersburgo, el embajador alemán Pourtalès entregó la declaración formal de guerra.

Francia, la ambigüedad británica, el valor belga y las declaraciones de guerra

Desde el cambio de mentalidad militar francés en 1905, los sucesivos gobiernos de París habían tenido una cosa muy clara: si iban a la guerra con Alemania era imprescindible contar con Gran Bretaña como aliada. De cualquier otro modo era prácticamente imposible lograr derrotar a los ejércitos del káiser. Pero para lograr que los británicos rompiesen la inercia de no intervenir en las disputas continentales si no afectaban a sus intereses directos, el presidente Poincaré y sus antecesores en el cargo se habían marcado como objetivo demostrar claramente que Francia era la agredida y Alemania la agresora. A fin de cuentas, recordaban perfectamente el fatídico error cometido por Napoleón III en 1870 al ser él el que declarase la guerra a la Prusia del canciller Bismarck. Francia, en aquella ocasión había sido la agresora y, debido a ello, no logró atraerse las simpatías ni de los británicos ni de los rusos. En 1914, por lo tanto, había que evitar esa situación. Había que ser la víctima del expansionismo belicista alemán.

Cuando el jefe del Estado Mayor francés, Joseph Joffre, recibió los primeros informes relativos a la movilización alemana no dudó en dirigir sus pasos a la oficina del primer ministro francés, el socialista René Viviani. Era imprescindible que se comenzase la movilización total del ejército francés y se ocupasen las posiciones señaladas en el Plan XVII. De no actuarse de inmediato los alemanes “entrarían en Francia sin pegar un solo tiro”. A eso se unía la llegada del ultimátum alemán a Francia exigiendo que se declarase neutral en el conflicto entre Alemania y Rusia.

Las autoridades francesas, sin embargo, creían que si se ordenada la movilización militar demasiado pronto Gran Bretaña podría considerar que Francia, de algún modo, deseaba la guerra. Además, con las tropas tan cerca de las alemanas era posible que hubiese algún incidente, algún tiroteo, algún error estúpido, que sirviese de excusa a Berlín para presentar a París como el agresor. Había que impedir que algo así sucediese. Joffre, por lo tanto, se encontró con una orden directa que no esperaba: debía hacer retroceder diez kilómetros a las tropas francesas estacionadas en la frontera con Alemania. El militar francés, al igual que Moltke, sufrió una severa impresión al ver cómo la estrategia militar quedaba supeditada a la voluntad política. Pero, a diferencia del general alemán, Joffre comprendió la causa de aquella solicitud y obedeció logrando a cambio que el Gobierno autorizase una movilización parcial. Eso, en cualquier caso, era mejor que nada y, además, facilitaría que la causa francesa ganase apoyos entre los británicos. O eso esperaban todos.

Alberto I, el valor de Bélgica

Alberto I, el valor de Bélgica

En Londres, el encargado de los Asuntos Exteriores, Edward Grey, trataba de ganar tiempo para evitar una crisis de gobierno. El primer ministro, Herbert Henry Asquith, sabía que una parte importante del Gabinete era contraria a participar en una eventual guerra contra Alemania. De hecho, pese a la existencia desde 1906 de una “entente” entre Gran Bretaña y Francia, nunca se había ratificado formalmente un acuerdo militar entre ambas potencias. El Parlamento británico, por lo tanto, tendría que aprobar la declaración de guerra y eso era muy difícil de conseguir sin un acto hostil contra la propia Gran Bretaña. A fin de cuentas, los liberales eran mayoritariamente pacifistas y controlaban la Cámara de los Comunes.

Sin embargo, un mensaje recibido desde Bélgica cambió las cosas. La embajada británica informaba que se estaban concentrando tropas en la frontera con Alemania y que el embajador alemán, Von Below, había entregado un ultimátum al gobierno belga. Los términos del mensaje alemán no estaban muy claros pero, al parecer, el rey Alberto, tras tratar el asunto con el gobierno, había acordado no aceptar las exigencias germanas. Las seis divisiones del ejército belga se movilizaron para hacer frente a las ochenta y una del ejército alemán que tenían planeado cruzar Bélgica.

El mensaje alemán era, en realidad, un intento de lograr cruzar Bélgica sin declarar la guerra y evitar aparecer como el país agresor que realmente era. La misiva entregada por Von Below aseguraba que Francia se disponía a cruzar Bélgica para atacar desde allí Alemania. Además, afirmaba que algunas ciudades alemanas cercanas a la frontera francesa habían sido bombardeadas y que se estaban produciendo los primeros conatos de invasión a través de Alsacia y Lorena. Debido a ello, el Imperio Alemán, solicitaba a Bélgica que les dejasen pasar para “defenderse de la agresión francesa” y que las tropas alemanas permanecerían en suelo belga el menor tiempo posible, pagando cualquier daño causado y compensando la “colaboración” en el futuro mediante la cesión de algún territorio francés. En caso de que se respondiese negativamente a esta propuesta, las tropas alemanas entrarían en Bélgica igualmente para evitar la agresión francesa pero considerarían a los soldados belgas como “enemigos”.

Churchuill saludando a Guillermo II en 1909, otros tiempos

Churchill saludando a Guillermo II en 1909, otros tiempos

Cuando Grey recibió las noticias de la “solicitud” alemana y la negativa belga supo que había llegado el momento de convocar al Parlamento para lograr una declaración de apoyo a Bélgica y mostrar, de ese modo, que Gran Bretaña estaba dispuesta a ir a la guerra del lado de Francia. Otro miembro del gabinete, el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, adelantándose a los acontecimientos ordenó a la flota británica que se dirigiese a los puertos del Mar del Norte por si debía enfrentarse a la flota alemana concentrada en ese mar. Por su parte, el primer ministro Asquith logró convencer a varios líderes Liberales de que la invasión alemana de Bélgica y de Francia supondría una amenaza para Gran Bretaña y que había que honrar los acuerdos “verbales” con París.

El 3 de agosto, Grey logró el apoyo mayoritario del Parlamento: Gran Bretaña declararía la guerra a Alemania si este país atacaba Bélgica. El embajador francés, Cambon, transmitió la noticia de inmediato al presidente Poincaré que ordenó la completa movilización del ejército. Apenas dos horas después de eso, el embajador alemán en París, Von Schoen, presentó la declaración de guerra acusando a Francia de haber bombardeado las ciudades de Nuremberg y Karlsruhe y de planear la invasión de Bélgica para atacar desde allí a Alemania.

A las ocho de la mañana del día 4 de agosto, siguiendo el horario marcado por el Plan Schlieffen, una primera columna de tropas alemanas invaden Bélgica por la localidad de Gemmerich. El rey Alberto solicita entonces a las potencias que hagan cumplir el antiguo Tratado de Londres de 1839 por el cual Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia, Austria y Holanda se habían comprometido a respetar la neutralidad belga a perpetuidad. Gran Bretaña honra el tratado y declara la guerra a Alemania.

Los trenes comienzan a llevar a los frentes a millones de hombres, pertrechos y material. Los barcos de guerra se hacen a la mar. Las potencias se preparan para una guerra que, realmente, no creían que llegaría a suceder. Así pues, esas mismas potencias, asumieron una nueva creencia, un nuevo autoengaño: aquella guerra sería breve porque, en realidad, nadie la quería.

Una vez más se equivocaban.

Bibliografía

-TUCHMAN BARBARA W.: Los cañones de agosto. Barcelona, Ediciones Península, 1994.

-HASTING, MAX: 1914, el año de la catástrofe. Barcelona, Crítica, 2013.

-CHURCHILL, WINSTON: La crisis mundial 1911-1918, Debols!llo, Barcelona, 2013.

Rea Silvia la financian los lectores, si te gusta y puedes, contribuye para que sigamos creciendo.

Publicado por

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por las Universidades de Zaragoza y Pisa. Doctorando en Política Internacional.

Síguelo en Twitter

Una respuesta a “El estallido de la Primera Guerra Mundial”

  1. […] os hemos contado cómo se produjeron todas las declaraciones de guerra, una detrás de otra, pero por completar de algún modo el artículo anterior, daremos un ligero […]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *