La Gran Guerra en 1917, el año de la crisis

Mientras se disputaba la guerra submarina, los Aliados se descomponían poco a poco y los alemanes perdían su cohesión interna.

En 1917 el Imperio Alemán dio rienda suelta a sus cazadores submarinos para romper el bloqueo británico. Ambos contendientes se esmeraron en mejorar por todos los medios posibles la guerra en el mar, y aunque pensaban que la resolución del conflicto estaba precisamente ahí, rompiendo el bloqueo británico o frenando a los submarinos alemanes, la guerra terrestre continuó con su irremediable curso. Estados Unidos entró en el conflicto como respuesta a los “bárbaros métodos de guerra alemanes” y a un telegrama que hirió el orgullo norteamericano, pero no estaba preparado para enviar tropas en gran número hasta la primavera de 1918. Con las tropas estadounidenses la guerra estaba a favor de los Aliados, pero faltaba un año completo para que esto sucediera.

El frente occidental

1916 dejó preocupados a todos los Estados en guerra. Los Aliados habían conseguido recortar kilómetros a las Potencias Centrales en el frente occidental por primera vez desde que comenzó la guerra, sin embargo el coste humano para conseguirlo fue altísimo. Ningún bando quedó del todo contento, al contrario, las preocupaciones se extendieron en todos los Estados.

Philippe Pétain con su mostacho francés | Fuente

Philippe Pétain con su mostacho francés | Fuente

Los franceses quedaron muy tocados tras Verdún, y la contraofensiva en el Somme los dejó tiritando, tanto que Joffre fue sustituido por Nivelle. El nuevo Comandante en Jefe francés había planeado un ataque arrollador sobre las líneas alemanas tras el Aisne, cerca de donde tres años atrás se había parado el avance imparable del plan Schlieffen. El problema es que los alemanes habían fortificado sus trincheras, y aunque los franceses conocían de sobra estas formas defensivas, sobrestimaron sus posibilidades y perdieron muchas vidas en este ataque. Nivelle fue sustituido por Pétain, quien había sido el héroe de Verdún, pero el ejército no daba para más.

Llegados a este punto, la perspectiva de que Estados Unidos llegara y salvara a los Aliados era muy bonita, pero cada vez se tornaba más incierta, porque como más adelante veremos, Rusia también estaba fuera de juego. Todo caía sobre los hombros de los británicos, que ya empezaban a preguntarse si podrían ganar la guerra por tierra antes de perderla en el mar, donde los submarinos causaron estragos hasta principios de verano.

Mientras la flota de cazadores solitarios hacía de las suyas en el Mar del Norte, Ludendorff, ya al mando de las tropas alemanas, decidió que lo mejor era defender y esperar a que los submarinos triunfaran. La guerra se había llevado por delante la vida de muchos jóvenes alemanes, y el adjunto del Jefe del Estado Mayor (que era Hindenburg, pero el poder lo ejercía esencialmente su adjunto) no quería que esto debilitase más el espíritu alemán. Para ello retrasó las líneas de trincheras cuarenta kilómetros, un espacio que los alemanes dejaron desolado, envenenando pozos, quemando viviendas y sacrificando al ganado. Una imagen que ya dejaron en las trincheras orientales y que daba más argumentos a los Aliados para tachar de bárbaros a los alemanes.

Las nuevas trincheras alemanas se asentaron en la llamada “línea Hindenburg”, cuyo sistema de defensa respondía a nuevas ideas de combate. En primera línea, en vez de soldados apelotonados, establecieron fortines de ametralladoras hechos de cemento cada X distancia para no proporcionar blancos fáciles a la artillería enemiga, cada fortín estaba defendido por alambradas de espino y tenían cobertura de artillería. Tras estos fortines de ametralladoras cuidadosamente defendidos, se encontraba el grueso de la infantería fuera del alcance de la artillería enemiga, preparados para realizar contraataques en caso de ser necesarios. De este modo se conseguía defender con menos efectivos y complicar mucho las cosas a la artillería rival.

Hindenburg, Guillermo II y Ludendorff haciendo planes para liarla | Fuente

Hindenburg, Guillermo II y Ludendorff haciendo planes para liarla | Fuente

Claro que estas medidas no quedaron sin respuesta Aliada. De hecho ya se pusieron en práctica tácticas parecidas durante la ofensiva Brusílov, solo que contra el ejército austrohúngaro. La idea era efectuar cortas e intensas cortinas de fuego de artillería contra blancos seleccionados, seguidas de ataques de infantería con reservas muy avanzadas para penetrar lo suficiente en las hondas trincheras enemigas. Los británicos además fueron muy precavidos con estos avances (no querían perder más soldados), contaban con cañones más potentes y fiables e idearon avances de infantería junto a tanques que no dieron malos resultados. Estas prácticas más racionales y estudiadas fueron acompañadas de mejores trazados de mapas, análisis meteorológicos más precisos y una observación aérea de las líneas enemigas más avanzada. Todo junto hizo posible que la artillería comenzara sus cortinas de fuego sin tener que sacrificar el factor sorpresa con disparos de observación.

Hasta primavera las cosas no fueron bien en tierra a los Aliados. Francia se resintió mucho de sus ataques durante la primera mitad de 1917, como ya hemos comentado unas líneas más arriba, el ejército quedó KO, pero Pétain logró recomponerlo para al menos aguantar en las trincheras lo que quedaba de año. Por su parte los británicos sí lograron avanzar algo más, nuevamente con muchas bajas, tantas que Haig cada vez contaba con peor prensa. Estados Unidos estaba lejos de desembarcar a sus tropas y Rusia prácticamente fuera del tablero, justo en el momento en el que los alemanes más toneladas de acero mandaron al fondo del mar. Las cosas no fueron catastróficas, pero, ¿hasta cuándo podían aguantar los británicos así?

La cuestión era qué hacer, si permanecer a la defensiva como deseaban (lógicamente) los franceses hasta que llegaran los norteamericanos, o empujar con todo para desgastar a los alemanes. Haig tuvo claro que se debía hacer lo segundo, porque aunque Rusia estaba casi fuera de juego, si se hubiesen mantenido a la defensiva en las trincheras occidentales, Alemania podía dar un golpe de gracia a Rusia y enviar todos sus recursos a la línea Hindenburg. Y como Haig era el que tenía el ejército en condiciones, era el que mandaba. De modo que planeó un fuerte ataque concentrado sobre Flandes con el que podrían tomar  puertos adelantados alemanes de donde salían los submarinos, y el efecto sería doble: crear un desgaste terrestre elevado y colapsar la estrategia submarina.

Passchendaele, Cambrai y Caporetto

El ataque de Haig comenzó en junio cerca de Ypres con cortinas de fuego de artillería a objetivos seleccionados. Fue un éxito a medias, el intenso fuego (ahora sorpresa ya que no necesitaban disparos de observación) durante cerca de un mes en el que se gastaron 4,3 millones de proyectiles sirvió para destruir los objetivos, pero como el gran ataque estaba reservado para finales de julio, Haig desaprovechó el factor sorpresa en el plato fuerte. En efecto, los alemanes se prepararon, fue un mes muy duro para las tropas, pero les sirvió para entender que los británicos tramaban algo importante.

BL 15-inch Howitzer lanzando muerte en Ypres | Fuente

BL 15-inch Howitzer inglés preparándose para destrozar alemanes | Fuente

Cuando se lanzó el gran ataque los británicos se encontraron con una resistencia tenaz que no lograron quebrar hasta noviembre, cuando las tropas canadienses (voluntarios absorbidos por las tropas expedicionarias británicas desde mayo) capturaron la cima de Passchendaele, todavía en las cercanías de Ypres. No se avanzó apenas en todos estos meses pero la importancia estratégica de la captura fue de un alto valor. Dejó a los británicos a muy pocos kilómetros de varios puertos importantes al mismo tiempo que creaba una brecha en la poderosa línea Hindenburg. El problema para Haig fue que perdió a otros 240.000 efectivos, de los cuales 70.000 encontraron la muerte. El bando alemán había perdido por su parte a 200.000, y como veremos más tarde, las cosas en Berlín no estaban para bromas.

El 20 del mismo mes Haig quiso aumentar el golpe tomando Cambrai cien kilómetros al sur de Ypres. El ataque minuciosamente preparado fue una sorpresa total para los alemanes, que se vieron arrollados por nuevas tácticas que complementaban a la perfección infantería, tanques y artillería, comieron en un día seis kilómetros de defensas rivales. Pero diez días después, los alemanes contraatacaron  y lo recuperaron todo. Lloyd George, Primer Ministro británico, cansado de las enormes bajas que sufrieron en el campo de batalla desde el Somme, no destituyó a Haig, pero le arrebató la dirección estratégica de la guerra.

Así quedaban los frentes en 1917 tras las cortinas de fuego de artillería (Ypres) | Fuente

Así quedaban los frentes en 1917 tras las cortinas de fuego de artillería (Ypres) | Fuente

Paralelamente a estos acontecimientos, entre octubre y noviembre Italia estuvo en vilo. Rusia había intentado una ofensiva en julio que acabó en desbandada y con el fracaso de esta, el frente oriental terminó de descomponerse, con lo que el Imperio Alemán pudo desviar efectivos al frente occidental, incluidas siete divisiones que entregaron a los necesitados austrohúngaros para luchar contra los italianos. Con estas fuerzas las Potencias Centrales iniciaron una ofensiva sobre Caporetto (actual Kobarid eslovena). La batalla terminó el 9 de octubre con una retirada de más de cien kilómetros del frente italiano en la que 250.000 efectivos fueron apresados, junto con 2.500 cañones e incontables cantidades de materiales de combate. Sin contar con otros 500.000 soldados italianos que desertaron por la campiña, un desastre.

Gracias a esta ofensiva los británicos tuvieron que enviar tropas hacia las nuevas trincheras italianas, desviando efectivos en el momento en que más daño hicieron en Flandes, y Lloyd Goerge aprovechó la ocasión para crear un organismo civil, el Consejo Superior Interaliado, con el objetivo de reunir a los poderes civiles Aliados para desarrollar una estrategia militar conjunta y decidir el destino de las divisiones y los suministros. Este organismo pasaba por encima de Pétain y de Haig, quienes ya habían visto su autoridad recortada.

La desintegración del frente oriental

A principios de 1917 el ejército ruso había sido reabastecido y estaba listo de nuevo para el combate, bueno, al menos eso era lo que esperaban los Aliados occidentales. Los comandantes rusos tuvieron claro en febrero que sus hombres no podían hacer mucho más. Las deserciones eran un problema habitual desde el fin de la ofensiva Brusílov, nadie podía confiar en los soldados rusos y el panorama social rea muy parecido, ya que las revueltas se multiplicaron (ya existían antes de la guerra, y aunque el comienzo de la misma los calmó, ahora la presión era insoportable).

El Zar Nicolás II, prisionero en Tsarskoye | Fuente

El Zar Nicolás II, prisionero en Tsarskoye | Fuente

En marzo las revueltas del pan en Petrogrado se convirtieron en la llamada Revolución de Febrero (en nuestro calendario fue en marzo, pero por entonces los rusos usaban el juliano) cuando la policía y el ejército se unieron a las protestas y el Zar fue obligado a abdicar, se le hizo prisionero y algo más de un año después fue asesinado junto a su familia. Los Aliados vieron con buenos ojos el cambio de régimen, ya que la Rusia zarista había sido un aliado ideológicamente incómodo para el liberalismo, aunque el nuevo gobierno ruso fue un verdadero caos.

Por un lado se estableció un gobierno provisional con proyecciones demócratas que tomó las riendas del estado, pero al mismo tiempo se formó un soviet (consejo) de soldados y obreros creando un poder paralelo. Mientras unos optaban por un continuismo en las relaciones internacionales (y seguir en guerra), el soviet exigía una salida inmediata del conflicto. Evidentemente, las relaciones políticas a nivel interno de esta Rusia eran mucho más complejas que continuar o salir de la guerra, pero no es este el momento para enfangarnos en tan delicada cuestión.

A grandes rasgos, una gran parte del ejército no estaba de acuerdo con continuar en la guerra, pero por mucho que no quisieran, los alemanes seguían apostados en las trincheras y Brusílov volvió a intentar una ofensiva sobre Galitzia en julio, que no surtió el mismo efecto que el año anterior, como era de esperar. Por si no fuera poco, los alemanes atacaron por el norte y el ejército ruso realizó una desbandada parecida a la italiana tras la que el Imperio Alemán llegó a tomar Riga en septiembre.

Mientras todo esto sucedía, los alemanes habían dejado que Lenin, por entonces un líder revolucionario exiliado en Suiza, regresara a Rusia. Al Imperio Alemán le convenía que en su país vecino reinara todo el caos posible, y sin duda que Lenin, liderando a los bolcheviques, lo consiguió. El ejército ruso desde verano no era un actor con el que contar y las trincheras se fueron disolviendo poco a poco. Durante estos meses Lenin iba ganando apoyos mientras que los alemanes enviaban divisiones para ayudar a los austrohúngaros de Conrad, entre septiembre y noviembre se hizo fuerte, logrando expulsar a Kerensy, su principal opositor para la asamblea constituyente prevista para 1918,  y en el mismo mes de noviembre comenzaron las negociaciones por la paz con el Imperio Alemán.

Lenin, presentando su tesis de abril en 1917 | Fuente

Lenin, presentando su tesis de abril en 1917 | Fuente

Trotsky, el encargado de las negociaciones, esperaba firmar una paz sin duras condiciones ante el posible hundimiento alemán, pero Ludendorff no quiso regalarles tiempo y ordenó a sus tropas un avance (sin apenas oposición militar) que valió una paz con anexiones desde Estonia hasta Ucrania, acuerdo firmado finalmente el 3 de marzo de 1918 en Brest-Litovsk.

Perspectivas para 1918

Los Aliados habían ganado la guerra submarina a finales de 1917, pero hasta la primavera Estados Unidos no podría enviar hombres (aunque sí abundantes y necesarios suministros), Italia estaba descompuesta y Francia no se podía permitir perder muchos más efectivos. Ahora que Rusia estaba completamente fuera del tablero con Lenin manejando las riendas del Estado, Ludendorff podía destinar más hombres sobre las trincheras occidentales. Turquía por su parte podía olvidarse del Cáucaso, y aunque había sido expulsada de la península Arábiga (de esto hablaremos en otra ocasión) podía expandirse hacia la India, donde tenía la posibilidad de poner las cosas muy feas a Gran Bretaña en su joya de la corona, sobre la que ejercía un dominio muy precario.

A pesar de todo, los alemanes no tenían las cosas mejor. La gran esperanza submarina había fracasado y Estados Unidos iba a enviar tropas tarde o temprano, ¿podrían arrasar a los británicos antes de que esto ocurriera? La cosa estaba complicada porque el mayor problema del Imperio Alemán estaba en su seno. Al contrario que los Estados Aliados, en Alemania el ejército se había hecho prácticamente con el control de los resortes del Estado, sin embargo el Reichstag escapaba a su total control y era este el que aprobaba los presupuestos para el ejército. Esta asamblea había sido bastante patriota y había estado unida durante la guerra, pero esta cohesión interna comenzaba a fallar y no fue más que un reflejo de lo que pasaba en las ciudades alemanas.

El Reichstag resolviendo cosas (pero en 1889) | Fuentes

El Reichstag resolviendo cosas (pero en 1889) | Fuente

En el invierno de 1917 el pueblo alemán estaba pasando demasiada hambre, 3 años de guerra los habían llevado a una situación complicada en las calles, pero a finales de agosto, con la guerra submarina cada vez más complicada, las huelgas y los disturbios en las colas del pan comenzaron a extenderse. Incluso las tripulaciones de los buques miliares atracados en Wilhelmshaven se amotinaron por la escasez de alimentos. El espíritu alemán empezaba a flaquear también en el ejército. Otro año más así sería desastroso para los alemanes.

El Reichstag escapó al control del ejército cuando aprobó una resolución de paz (no vinculante) en la que se buscaba una reconciliación con los Estados en guerra, porque entendían que Alemania estaba aislada diplomáticamente y la guerra no iba bien. La idea del parlamento alemán era que a la hora de encarar el armisticio se devolviera lo conquistado, algo que el militarismo prusiano no estaba dispuesto a aceptar. Estos militaristas consiguieron meter a un canciller afín a sus ideas y el Reichstag aprobó los presupuestos para 1918, pero la batalla ideológica la estaban perdiendo poco a poco, especialmente ahora que los cambios en Rusia ejercían influencias en el socialismo alemán. La preocupación les hizo fundar el Partido de la Patria para movilizar a los alemanes contrarios a estas ideas reformistas consideradas enemigas de la nación alemana, pero la mejor forma de frenar la debacle interna era, según Ludendorff, asestar un golpe letal en occidente tan severo que los Aliados se vieran forzados a aceptar la paz con anexiones, y comenzó a preparar una ofensiva para marzo de 1918.

 

Bibliografía

–HOWARD, M: La primera guerra mundial, Crítica, 2002.

–STEVENSON, D: 1914-1918: Historia de la Primera Guerra Mundial, Debate, 2004.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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2 respuestas a “La Gran Guerra en 1917, el año de la crisis”

  1. […] Todos estaban desgastados y prácticamente todos pasaban hambre o se sometían a planes de racionamiento impuestos por sus Estados. Pero los Aliados tenían motivos para pensar, que a pesar de las bajas sufridas, le habían cogido el truco a la nueva guerra y ya no iba a estar estancada. De modo que de nuevo en Chantilly los líderes se reunieron para hablar sobre el futuro de la guerra en 1917, y esta vez se programaron más ofensivas para febrero del año entrante (del que ya hablaremos en otra ocasión). […]

  2. […] del Alto Mando para triunfar antes de la llegada de Estados Unidos. Por suerte para ellos, Rusia estaba casi fuera de juego, ofreciendo un relativo descanso en el frente oriental. Los Aliados no iban a mover ficha hasta […]

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