Ases del aire: El ideal caballeresco en la Primera Guerra Mundial

Los duelos singulares entre los aviadores generaron la ilusión de un honesto combate medieval con caballos alados

Cuando los Estados se declararon la guerra y levantaron el vuelo para observar las líneas enemigas, una nueva arma había llegado: el avión. A sus lomos se sentaron los intrépidos aviadores, quizás insensatos, quizás soñadores; pilotaban aeronaves que apenas podían con ellos y una pistola o un fusil. Conforme pasaron los meses, los ingenieros desarrollaron mejores motores y acoplaron ametralladoras en el  frontal de los aviones. Nació el caza de combate; nacieron los combates singulares en el cielo.

Así fueron estos primeros encuentros aéreos. Los pilotos se buscaban y se enzarzaban en piruetas imposibles sobre esos primitivos aparatos alados que resplandecían desde el suelo. Eran caballeros medievales de argéntea armadura que se encaraban el uno frente al otro y se revolcaban sobre el aire. Uno contra uno, un duelo honesto donde no veían los ojos del rival, pero sabían que a los mandos del otro avión había otro soñador, otro insensato.

Aviones, proyectiles de artillería y trincheras | Fuente

Aviones, proyectiles de artillería y trincheras | Fuente

Las tropas miraban absortas desde el suelo a estos ases del aire. Tanto, que ambos bandos no tardaron en hacer publicidad de sus estrellas. Se convertían en héroes al pilotar, y su leyenda crecía con cada derribo que conseguían. Los ciudadanos, lejos de los campos de batalla, leían sus historias; propaganda que aumentaba la moral a pesar de que las batallas en las trincheras estuvieran acabando con toda una generación. Aunque el verdadero cometido de los pilotos era cazar a los cazas: limpiar el cielo de enemigos para poder observar con tranquilidad las líneas enemigas; es decir, asegurar la obtención de inteligencia.

Un vida solitaria

Aunque desde fuera la realidad parecía atractiva, el día a día de los pilotos estaba lejos de ser bueno. No era como estar en una trinchera húmeda, rodeado de suciedad y ratas, con la constante amenaza de la artillería, pero no era una buena vida. Los aviadores vivían lejos del frente, en cabañas cerca de las pistas de aterrizaje. Comían con tranquilidad sobre una mesa y la artillería les quedaba lejos, cuyo estruendo nunca superaba los compases que venían del gramófono.

Aviadores norteamericanos en el aeródromo de Vavincourt | Wikimedia

Aviadores norteamericanos en el aeródromo de Vavincourt | Wikimedia

Pero aquellos jóvenes pilotos (no había tradición de aviadores y había que ser muy inconsciente para apuntarse) pasaban los días a la espera de volar, y volar era casi un sinónimo de morir, al menos en el lado Aliado. Hasta que en 1916 la tecnología francesa y británica igualó a los temidos Fokker alemanes, los pilotos iban al continente casi sin entrenamiento y pocos volvían tras su primer vuelo. Volaban con menos experiencia y peores aviones, pero continuaron volando y al final igualaron a los aviones comandados por el famoso Barón Rojo.

Los combates eran tan solitarios como la vida en el suelo. Los pilotos despegaban y volaban en soledad a la espera de su enemigo. Una vez encarados, la muerte podía llegar en pocos segundos. Los duelos era implacables y duros, nada que ver con lo que se veía desde el suelo; nada que ver con las piruetas. Matar o morir.

Guerreros, no caballeros

Los pilotos tampoco eran honorables caballeros medievales que luchaban en limpias justas; estaban tan idealizados como sus antepasados del Medievo. El caso más claro es el de Manfred von Richthofen, el Barón Rojo. Sus enemigos lo homenajearon cuando la muerte, en forma de la bala de un soldado, lo encontró desde el suelo y paralizó sus hélices para siempre. Los británicos le rindieron los honores que un héroe de guerra merecía y en su lápida inscribieron: «Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz».

Pero la realidad de Richthofen era otra. Fue un piloto competitivo, con la caza (de animales) en las venas desde pequeño, y lo de estar en un avión no era muy diferente para él. Cuando derribaba a un enemigo, le gustaba bajar al lugar de la colisión; algunos dijeron que para presentar sus respetos, pero el barón buscaba su trofeo de caza. «Al matar a un británico me quedo tranquilo, durante quince minutos». Su trabajo era matar, y era el mejor en ello; el honor estaba en segundo plano.

A pesar del respeto al enemigo, los soldados posaron con orgullo frente a los restos del Fokker del Barón Rojo

A pesar del respeto al enemigo, los soldados posaron con orgullo frente a los restos del Fokker del Barón Rojo | Wikimedia

La guerra era la guerra: cuando uno debe matar o morir y seguir adelante, hay poco espacio para ser honorable. La mitificación de estos pilotos demuestra lo bien que funcionó la propaganda, que se filtraba a ambos bandos. Los duelos en el aire permitieron a las tropas en el suelo soñar con algo mejor, algo hermoso donde el hombre todavía era bueno. Abajo estaba la devastación absoluta, la muerte; arriba, un lugar en el que era posible soñar, la vida.

Bibliografía

–CAAMAÑO, E: Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, Almuzara, 2014.

–HOWARD, M: La primera guerra mundial, Crítica, 2002.

–STEVENSON, D: 1914-1918: Historia de la Primera Guerra Mundial, Debate, 2004.

Rea Silvia la financian los lectores, si te gusta y puedes, contribuye para que sigamos creciendo.

Publicado por

Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

Síguelo en Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *