Padres e hijos: la extrañeza de la revolución para el campesinado

Los populistas rusos vieron en el campesinado la esperanza de la revolución. Sin embargo, puede que ese amor no fuese del todo correspondido en un principio.

En una de las páginas de Padres e hijos (1862) de Iván Turguénev, se sucede una acalorada discusión entre uno de los personajes protagonistas con su primogénito:

«Tenéis sustancia pero no fuerza» —dijo el joven— «Y vosotros tenéis fuerza pero no sustancia» —replicó el padre.

Su desacuerdo no era otro que el tradicional choque generacional de la sociedad moderna. En este caso, el  debate giraba en torno a las acciones de los populistas rusos de los años 60 y 70 del siglo XIX. Los jóvenes, rebosantes de ímpetu y ambición, no veían razón alguna para moderar sus acciones contra lo que ellos consideraban como un sistema injusto. Los adultos, prudentes porque sabían que las acciones revolucionarias terminaban en la estepa siberiana, desconfiaban de los cambios radicales.

Retrato de Turguénev | Fuente

En la Rusia de 1860 y 1870, los decembristas eran un auténtico símbolo nacional de esperanza. Aunque sin llegar a tomar posturas radicales contra la figura del zar, comenzaron a surgir grupos de jóvenes intelectuales que continuaron la tradición populista comenzada por personajes como Sergei Volkonsky. Creían, al igual que él, que la esencia rusa estaba en el campesino y que cualquier cambio drástico debía hacerse conjuntamente. Dostoyevsky llegó a escribir lo siguiente:

«La cuestión del pueblo y de cómo lo vemos […] es nuestra cuestión más importante, una cuestión sobre la que descansa todo nuestro futuro […]. Pero el pueblo sigue siendo una teoría para nosotros, y se nos presenta como una incógnita. Nosotros, los amantes del pueblo, lo consideramos parte de una teoría, y parecería que en realidad no lo amamos como es en realidad, sino como lo imaginamos. Y si resultara que no fuese como lo imaginamos, a pesar del amor que le profesamos, renunciaríamos a él»

El campesinado, como símbolo del pueblo, comenzó a erigirse en un centro de convergencia entre los extremos del debate entre eslavófilos y occidentalizadores. El populismo ruso era el producto cultural de esa síntesis y, con el tiempo, se convertiría en el credo de una nación.

“Los sirgadores del Volga”, Ilia Repin | Fuente

Tras la tímida emancipación que el zar Alejandro había llevado adelante en 1856, el campesino pasó a ser responsabilidad del Estado, es decir, se convirtió en ciudadano. A partir de 1864, se fueron creando una serie de instituciones con el fin de mejorar el estilo de vida, sobre todo a partir de organismo locales conocidos como zemstvos. Fueron hombres liberales los que se encargaron de proyectos como la fundación de escuelas y hospitales, construcción de puentes y carreteras o inversiones para planes de seguro y créditos rurales. Sin embargo, con los años se certificó que la realidad nunca alcanzaría las expectativas.

Lo relevante de este nuevo sentido político es la actitud paternalista que existía sobre el campesinado. Como si de Rousseau con el Buena salvaje se tratase, los liberales de alta cuna, junto a sus jóvenes y radicales hijos, creían que su labor era “evangelizar” al pueblo, sacarlo de su ignorancia natural. Esta actitud liberalizadora, e incluso arrogante, sorprendió por completo a aquellos campesinos rusos totalmente ajenos a la vida del mundo urbano y sus problemas.

Cuando esos jóvenes comenzaron a llegar a las aldeas, de la misma manera que los jesuitas españoles con los indígenas americanos, se dieron de frente con una respuesta cautelosa, de sospecha y hostilidad por parte de los campesinos. Desconfiaban de sus ideas revolucionarias porque, en cierta manera, no congeniaban con su mentalidad rural bastante más conservadora y ajena a los cambios drásticos. Cuenta Orlando Figes que Ekaterina Breshkovskaya, posteriormente figura socialista de relevancia, fue detenida tras la denuncia de una campesina mientras ésta se alojaba en su propia casa en Kiev. Ekaterina relataba que «se asustó al ver todos mis libros y me denunció al agente de policía».

Dibujo sobre “Memorias de un cazador” de Turguénev | Fuente

Quedó bastante claro que las ideas socialistas eran ajenas y foráneas al mundo rural, al menos en esos años en los que los jóvenes populistas chocaron frente a la cruda realidad del campesinado. Cuenta de nuevo Figes la anécdota de un propagandista que contó a los presentes las bondades de una sociedad socialista en la que las tierras pertenecerían a los trabajadores y nadie osaría explotarles de nuevo. De pronto, uno de los campesinos saltó entusiasmado e interrumpió al joven diciendo lo siguiente: «Será maravilloso cuando dividamos la tierra. ¡Voy a contratar a dos peones y me dedicaré a la gran vida!». Posteriormente, tras haberse explicado la necesidad de derrocar la corona, intervino otro compañero: «¿Cómo podemos vivir sin un zar?», dijo.

Sin duda, este y muchos otros casos representaron un auténtico shock para los jóvenes populistas. Tenían sus esperanzas puestas en el campesinado como símbolo de una nación que debía liberarse, aunque la realidad se presentó crudamente. En la aciaga vida del mundo rural no había hueco para las esperanzas revolucionarias y, menos aún, para su elitista formación intelectual. Los campesinos quedaron como una incógnita sin resolver, un mito del ideal socialista e intelectual. El poeta Alexander Blok escribió en 1908 que:

«la intelligentsia llena sus bibliotecas con antologías y canciones folclóricas, épicas, leyendas, sortilegios, cantos; investiga la mitología rusa, sus ritos matrimoniales y fúnebres; sufre por el pueblo; va hacia el pueblo; está llena de grandes esperanzas; cae en la desesperación; llega a dar la vida, a enfrentarse al pelotón de fusilamiento o a dejarse morir de hambre por la causa del pueblo»

Serguéi Eisenstein, célebre director de cine y teatro soviético, luchó en la guerra civil rusa en el bando contrario a su padre, él en el ejército rojo y el otro en el blanco. Relata en una de sus obras que la razón por la que se adhirió a la revolución bolchevique tenía poco que ver con las injusticias sociales, sino directamente contra el despotismo de su padre dentro de la familia. Conflicto prototipo que ya adelantó Turguénev en la obra arriba citada.

Bibliografía

FIGES, Orlando: El baile de NatachaUna historia cultural rusa. Barcelona: Edhasa, 2006.

TURGUÉNEV, Iván: Padres e hijos. Madrid: Cátedra, 2004.

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Eterno aprendiz de historiador. Interesado en el concepto de libertad y los totalitarismos en el siglo XX.

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