Per Ardua ad Astra: La batalla de Inglaterra

Tras la caída de Francia, Alemania preparó los planes para la ofensiva sobre Gran Bretaña con la que esperaba terminar la guerra en poco tiempo

Este artículo es una continuación de La batalla de Francia: el hundimiento de la III República Francesa

Aquel agosto de 1940 fue seco y con cielos despejados en los que el sol era el verdadero Rey de Gran Bretaña. Pero el 13 de ese mismo mes, como si Natura estuviese del lado de los británicos, el clima jugó una mala pasada al plan final de Herman Göring para rendir la patria de Winston Churchill. El Mariscal del Reich había llamado a ese 13 de agosto como el “Día del Águila”; el día en que las aves rapaces de la Luftwaffe (fuerza aérea alemana) caerían sobre Inglaterra para hundirla en cuestión de semanas. El mal tiempo, los problemas de comunicación y la pericia de la RAF (Real Fuerza Aérea) frustraron el primer paso de la flamante operación de Göring.

Las dudas

Las esvásticas colgaban de los balcones de media Europa. Entre el 1 de septiembre de 1939 y el 24 de julio del 40, la Alemania nazi había expandido su dominio a base de hierro y fuego de escandinavia a Francia. La URSS realizaba operaciones más allá de sus fronteras llevando al límite el pacto nazi-soviético y Estados Unidos todavía se desperezaba tras la sombría pesadilla de la Gran Depresión. La mitad de Francia estaba ahora bajo dominio alemán y el resto en manos de un Pétain poco dispuesto a dificultar la tarea a los nazis.

Tropas alemanas Paris 1940

Tropas alemanas pasean por París en 1940 | Fuente

Adolf Hitler realizó un desfile en Berlín para celebrar la victoria sobre los franceses al que le faltó poco para ser una típica celebración romana. La euforia dominaba las calles y tener a Francia de rodillas contentó incluso a los contrarios al régimen nazi. No obstante, la aventura militar alemana poco tuvo de glorioso paseo y bastante de sufrida pelea que se cobró muchas vidas. Hitler había perdido una enorme parte de su flota (el elemento más costoso en tiempo y dinero de reponer) y sus poderosos blindados y aviones habían soportado también muchas penurias.

A pesar de lo sufrido la situación del III Reich era de bonanza. Con el control directo de la mitad de Francia y la otra en manos de un sumiso Pétain, los alemanes contaban ahora con un nivel de vida que no habían conocido desde antes de la Primera Guerra Mundial. El acceso a nuevos recursos minerales en suelo francés ofrecía a Alemania una inmensa fuente potencial de recursos, aunque sacarles provecho iba a llevar tiempo. Lo que sí pudieron aprovechar antes para futuras operaciones fueron los vehículos y suministros del Ejército francés. La población francesa tuvo que cargar con unas durísimas restricciones para soportar ese nivel de vida de los alemanes, lo que sabía a dulce venganza para los ciudadanos del Reich.

Hitler Paris

Hitler en París con Albert Speer a la izquierda y Arno Breker a la derecha | Fuente

Aunque muchos pensaban que Gran Bretaña tardaría muy poco en rendirse, al otro lado del Canal de la Mancha Winston Churchill galvanizó a sus ciudadanos y al gobierno y mantuvo al país en pie de guerra. No había perspectivas reales de que ninguna gran potencia entrara pronto en la contienda para ayudar a los británicos pero Churchill pensaba que, tarde o temprano, el pacto nazi-soviético iba a estallar, y tenía un plan para ganar la guerra tal y como le contó a su hijo el 18 de mayo:

-¡Creo que ya sé cómo salir de esta! (le dijo Churchill a su hijo Ranpolph)

-¿Quieres decir que podemos salir de esta… o que podemos hundir a esos bastardos?

-Por supuesto que digo que podemos hundirlos

-De acuerdo, eso es también lo que más deseo, pero no sé cómo podrás lograrlo

-Arrastraré a los Estados Unidos a la guerra

Para llevar a cabo ese plan necesitaba continuar en el conflicto; Estados Unidos no iba a entrar pronto. Hitler no entendía del todo cómo podía ser que Gran Bretaña no pidiera la paz tras haber rendido a Francia, y más sorprendido quedó cuando ni siquiera aceptaba las propuestas enviadas por Alemania. Tras el gusto del desfile triunfal y algo de turismo francés durante junio y parte de julio, el Führer quería escuchar planes para rendir de una vez por todas a los británicos, pero había dudas por todas partes.

leon marino mapa

Mapa de la operación León Marino | Fuente

El Alto Mando alemán no sabía bien qué hacer para vencer a Gran Bretaña. El jefe de operaciones, Alfred Jodl, propuso un ataque de la Luftwaffe sobre líneas de suministros seguido del bombardeo de poblaciones. El golpe final sería un ataque anfibio llamado operación León Marino. No obstante este primer boceto (de mayo) estaba muy mal dibujado y concebido más como el cruce de un río grande que de un mar. Para el desembarco se usarían barcazas del Rin diseñadas para la navegación fluvial, la flota británica era ampliamente superior y todos los elementos de la Wehrmacht (Ejército alemán) estaban de acuerdo en estar en desacuerdo sobre cómo proceder. Lo único claro es que la Luftwaffe iba a llevar el peso principal de la operación.

Herman Göring

El Mariscal del Reich Herman Göring | Fuente

De las fuerzas aéreas del momento, si había alguna capaz de realizar un bombardeo sistemático y total esa era sin duda la Luftwaffe. No obstante, nadie antes había realizado semejante operación y había dudas sobre qué atacar y en qué orden. El mariscal, Göring, había sido piloto del escuadrón Richtofen durante la IGM, pero buena parte de la Luftwaffe lo tenía por un completo incompetente falto de cualidades para mandar; ya había fallado al prometer a Hitler que sus aviones no dejarían escapar a los británicos de Dunkerque. Y no sería su último error grave.

Después del bosquejo de varios planes, Göring firmó el 30 de julio la operación final, cuyo objetivo principal era atacar a la RAF en sus bases aéreas y dañar el sistema de radares británico. Paralelamente Hitler tenía algo más en mente. A pesar del reparto del Este con la URSS, el pacto de no agresión no era más que una paz al estilo romano para dejar en suspenso un conflicto y atender otros intereses; Churchill tenía claro que esos totalitarismos opuestos iban a chocar tarde o temprano y Hitler y Stalin también lo sabían. La negativa a rendirse de Gran Bretaña hizo suponer al Führer que contaban con un fuerte respaldo y estaba convencido de que EE.UU. no estaba preparado. Sólo quedaba un posible actor: la URSS. La marcha definitiva sobre la Unión Soviética debía planearse cuanto antes y 1941 era la fecha señalada para comenzar el ataque.

La espera

Mientras en Alemania no comprendían por qué los británicos no se rendían, Churchill seguía con su plan en marcha: arañar la mayor cantidad de tiempo posible para prepararse antes del ataque alemán y llegar con vida al otoño. Con la llegada del mal tiempo cualquier operación tanto marítima como aérea sería mucho más difícil para la Wehrmacht. Mientras la RAF preparaba las defensas, la Royal Navy (armada británica) realizó una durísima operación: inhabilitar la flota francesa del Mediterráneo.

Hitler había prometido a Pétain no tocar su flota pero los británicos no se fiaban de que, de necesitarla para la operación León Marino, los alemanes no acabaran tomando los navíos por la fuerza. Que Italia se hubiese sumado al Eje aumentaba la necesidad de neutralizar esa flota francesa. Algunas unidades de la marina habían huído de mares europeos, pero otros tantos buques estaban en diferentes puertos del Mediterráneo. La operación se realizó sin mayores altercados salvo en el puerto de Mers el-Kebir (Argelia).

El Mogador en llamas en Mers-el-Kebir

El Mogador en llamas en Mers el-Kebir | Fuente

El Almirante Marcel Gensoul estaba al cargo de los buques y no dio su brazo a torcer; aseguró a los británicos que tenía orden de hundir sus barcos si los alemanes los pedían. La tensión aumentó a lo largo de ese 3 de julio y en Londres no se contemplaba la posibilidad de que esos navíos cayeran en manos nazis. Entretanto, Gensoul no daba muestras de cambiar de opinión. Con la noche casi encima y noticias de que llegaban refuerzos franceses, los buques británicos abrieron fuego y hubo una tremenda explosión en el destructor Mogador. Aunque algunos navíos escaparon, el objetivo británico se había cumplido a costa de cerca de un millar de vidas francesas, sus antiguos aliados.

En las islas el general Sir Alan Brooke, que había dirigido la segunda BEF (Fuerza Expedicionaria Británica) en Francia, se encargaba de preparar la defensa terrestre costera. Su mayor preocupación era que los hombres estaban mal preparados y los pertrechos escaseaban. La primera BEF había dejado todo al otro lado del canal con tal de salvar la vida en Dunkerque. Los elementos del que había sido el Ejército más mecanizado de la Historia estaban apilados en las carreteras de Francia; los que no habían sido desmantelados o utilizados para el rescate (muchos camiones fueron usados para crear muelles en la playa de Dunkerque) quedaron en manos de los alemanes.

camiones britanicos cherburgo

Durante la segunda evacuación la BEF también dejó atrás camiones | Fuente

Gran Bretaña debía prepararse con lo que tenía mientras volvía a producir materiales y vehículos a gran escala. Esta mala situación hizo creer al Alto Mando alemán que aunque siguieran en guerra no tardarían mucho en rendirse. Tras la derrota en el continente, la RAF contaba con unos 700 aviones que los germanos presumían inferiores a los suyos, además de que no podrían fabricar más de 200 nuevos aeroplanos al mes. Leyeron mal el tablero. Gran Bretaña fue capaz de producir casi 500 aparatos al mes, los Hurricane eran capaces de vencer a los Bf 110 mientras que los Spitfire aguantaban bien a los Bf 109.

Hugh Dowding

El Almirante Hugh Dowding | Fuente

Por otro lado, todo el tiempo de dudas que los alemanes emplearon en decidir cómo hacer el ataque de la Luftwaffe fue aprovechado por los británicos. Cada día y cada semana que Alemania no atacaba era vital. Hugh Dowding, Mariscal del Mando de Caza de la RAF, fue clave en la preparación de la defensa. Antes de la guerra fue esencial en el desarrollo de los cazas Hurricane y Spitfire, así como del radar, en el que Gran Bretaña estaba muy adelantada a Alemania. El plan británico era mantener una serie de escuadrones preparados para la batalla en los aeródromos del sur y tener siempre una reserva fresca en el centro y norte, a salvo del rango de acción de los cazas Bf 109 de la Luftwaffe.

Gran Bretaña contaba con un imperio, que aun en decadencia, se mostró muy beneficioso. A su disposición tenía la mayor flota mercante del planeta, la capacidad de seguir siendo abastecidos (gracias a que la Royal Navy podía proteger las líneas de suministros) y contar con fluidez monetaria. Churchill había conseguido algo muy importante con la inhabilitación de la flota francesa: demostró que Gran Bretaña no estaba derrotada y, es más, mostraba iniciativa. El Primer Ministro británico por fin recibió una ayuda activa de Franklin Delano Roosevelt, quien envió 10.000 piezas de maquinaria industrial esenciales para entender los excelentes números de producción en las islas.

Otro frente en el que los británicos superaron a los alemanes fue el de la inteligencia. La Segunda Guerra Mundial estaba siendo ganada por mejores formaciones, tácticas y comunicaciones más allá de tener más soldados o tanques más grandes. El sistema de radar británico jugó un papel fundamental pero también la inteligencia y los científicos. No está claro el papel que tuvo el descifrado de la máquina criptográfica Enigma que usaban los alemanes, pero durante el verano de 1940 ULTRA (como se llamó a los mensajes descifrados de Enigma) permitió a Gran Bretaña obtener una idea del orden de batalla germano.

La batalla

Alemania se dedicó, durante la primera mitad de agosto, a asegurar el paso de sus aviones sobre el Canal de la Mancha y a terminar de trasladar aparatos a los aeródromos franceses. Estos primeros compases fueron valiosos para la RAF; le permitieron conocer mejor a su enemigo, comprender debilidades y fortalezas y estudiar las tácticas de combate de la Luftwaffe.

Heinkeil He 111 canal mancha

Bombarderos Heinkel He 111 cruzando el Canal de la Mancha en 1940 | Fuente

A los pilotos alemanes se les había dicho que eran superiores en todo a los británicos y Göring confiaba en el éxito de la operación. No obstante, el 13 de agosto, cuando comenzó el ataque los bombardeos tuvieron poco efecto y los germanos regresaron a casa decepcionados. Habían sufrido mal tiempo y problemas de comunicación y la RAF resultó ser un duro rival. Pero el día 15 Göring ordenó un ataque con 1.790 aviones para resarcirse del fiasco del “Día del Águila”. La ofensiva fue un fracaso en la que la quinta flota aérea (de Noruega) perdió una quinta parte de sus aeroplanos y no volvió a participar en la batalla. Aunque la RAF también sufrió un considerable número de bajas, aquel día fue conocido por la Luftwaffe como “el jueves negro”.

El 18 del mismo mes, un nuevo ataque agriaba aún más las aspiraciones de Göring. La RAF consiguió derribar 18 bombarderos en picado Stuka; habían descubierto que los ataques por el morro del aparato podían ser muy efectivos, convirtiéndolos en objetivos muy vulnerables. Tanto fue así que el Mariscal los retiró de las operaciones y comenzó a bramar sobre las deficiencias de sus fuerzas aéreas. Lejos de la esperada victoria en cuestión de semanas, la recién comenzada batalla de Inglaterra se había convertido en una guerra de desgaste aéreo.

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Cazas Spitfire sobre Gran Bretaña en 1940 | Fuente

Uno de los mayores problemas con los que se encontró la Luftwaffe fue el sistema de radares, complementado con el de patrullas costeras a pie. Era una idea sencilla usada con inteligencia que los alemanes nunca lograron entender. Tenían ante ellos una red que permitía a los pilotos de la RAF despegar y ganar altura a tiempo cuando se acercaba el enemigo, lo que eliminaba la necesidad de establecer costosas patrullas aéreas. Aunque a lo largo del verano Alemania atacó estaciones de radar, no consiguió gran cosa: si fallaba uno había otro y, para colmo, eran fáciles de reparar.

El sistema de rotaciones de Dowding funcionó dentro de lo esperado y, aunque los pilotos llegaron a estar cansados, tanto los aparatos como los hombres agradecían los necesarios relevos. A pesar de derribar cazas, los alemanes se seguían encontrando con aparatos de la RAF cada día de operaciones y empezaban a desesperarse. No cuadraban los cálculos alemanes sobre la producción aeronáutica británica que doblaba, no sólo el pronóstico, sino al de la propia industria del Reich.

radares y bases batalla inglaterra

Mapa de alcance de radares británicos, sistema de bases en reserva y rango máximo de los cazas Bf 109 (en azul) | Fuente

El mayor problema al que se enfrentaron pronto ambas fuerzas aéreas fue al de los pilotos. Sustituir cazas dañados o caídos era una cosa, pero los pilotos necesitaban un tiempo mínimo de adiestramiento bastante alto. Enviar a los jóvenes recién licenciados o sin terminar el adiestramiento a los aeródromos era mandarlos a una muerte casi segura. Los británicos tuvieron la suerte de contar con la inestimable participación de los pilotos polacos que siguieron en pie de guerra tras la invasión de su país natal. Parte del Ejército de Polonia ya había luchado en Francia y buena parte de ellos pudo llegar a costas británicas antes de la rendición de Pétain. Los llamados “locos polacos” se convirtieron pronto en algunos de los mejores pilotos de la RAF, de la que llegaron a ser el 10%. Sus maniobras temerarias no se traducían en alta mortandad; conocían a su enemigo y, al contrario que en Polonia, ahora contaban con cazas modernos dignos de su habilidad.

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Algunos de los “locos polacos” de la RAF | Fuente

Lejos de las grandes gestas en el aire, la vida de los pilotos era tan aburrida o más que la del Ejército de tierra. Siempre en la eterna espera atentos a la alarma para entrar en las cabinas y despegar. A pesar del buen funcionamiento del sistema de reservas de Dowding los aviadores de la RAF, al igual que los de la Luftwaffe, sufrieron altos niveles de cansancio que a veces estallaban en crisis nerviosas; otras veces se manifestaban cuando se quedaban dormidos en medio de conversaciones o durante las comidas. Los terrores nocturnos acompañaron a muchos de los pilotos cuando lograban sobrevivir al combate. La esperanza de vida de los recién llegados no distaba mucho de la de los pioneros de la IGM: la mayor parte no superaba el primer vuelo. Esta situación se agravó en la Luftwaffe con los Bf 109 y 110, excelentes aeronaves que, sin embargo, tenían una curva de aprendizaje pronunciada.

Arriba en lo alto los pilotos de caza manejaban unos auténticos mensajeros de la muerte en estrechas cabinas que casi no dejaban margen de movimiento. Con velocidades entre los 400 y los 600 km/h, los aviadores llevaban al límite sus capacidades humanas sometiendo sus cuerpos a las durísimas fuerzas G y al combate y maniobras a gran altitud (1.500 – 3.000 metros). Además de la resistencia física y los reflejos, los pilotos debían calcular bien las aproximaciones a sus rivales y medir los disparos para conectar ráfagas con la ayuda de las rudimentarias miras. Y en este juego de cazar y no ser cazado, una maniobra demasiado forzada podía noquear al piloto e incluso desmembrar el aparato.

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Pilotos corriendo a sus cazas durante la batalla de Inglaterra | Fuente

Ser alcanzado no siempre era el final; los disparos podían matar al piloto o golpear el fuselaje sin comprometer ningún sistema. En los cazas un disparo al motor podía liberar el aceite que empañaba la visión de la cabina al piloto, negándole casi toda opción de aterrizar. Aunque los grandes bombarderos podían aguantar muchas pasadas de los cazas, sobrevivir en las tripas del aparato entre tantos disparos era otra historia. No pocos Heinkel He 111 quedaron sin escolta debido a la limitada autonomía (algunos apuntan a que Göring no quería cargarlos con demasiado combustible) de vuelo de los Bf 109 que debían defenderlos. Los pilotos alemanes tenían que volver a cruzar el canal, muchas veces con el aparato completamente taladrado, lo que se tradujo en numerosos accidentes.

El 7 de septiembre Göring cambió de estrategia creyendo, no del todo erradamente, que la RAF estaba al límite de sus fuerzas. Ese día los aviones de la Luftwaffe atacaron Londres para quebrar la moral británica. La ofensiva dejó cientos de muertos en la capital pero fue un respiro muy necesitado en los aeródromos, por lo que el cambio de plan de Göring fue un grave error en una situación difícil de leer. La RAF estaba en cierto sentido al límite de sus fuerzas, pero todavía era capaz de reforzar la primera línea con nuevos aeroplanos; entre agosto y septiembre había producido más aparatos de los que había perdido. Ese descanso recargó las pilas de los pilotos y les permitió reorganizarse.

observador londres

Observador en Londres con la Catedral de San Pablo al fondo | Fuente

El 15 de septiembre la Luftwaffe realizó una nueva incursión a gran escala sobre Londres y la RAF apareció de nuevo para interceptarlos. Fue el momento en el que se produjeron los mayores combates de todo el verano. Cayeron 56 aviones alemanes y 24 británicos. Los bombarderos Heinkel, desprovistos de su escolta, dieron marcha atrás y soltaron sus bombas allá donde cayeran de vuelta a Francia. El 19 de septiembre Hitler aplazó indefinidamente la operación León Marino. Pero Gran Bretaña seguía amenazada. La RAF había perdido 723 aparatos mientras que la Luftwaffe más de 2.000 (muchos de ellos en accidentes).

El otoño

Con la cercanía del otoño se hizo la noche para los pilotos de la Luftwaffe. El nuevo plan de Göring era atacar la industria con bombardeos nocturnos. Gracias a los aparatos Knickebein y X-Gerat de radar para la navegación nocturna, los aeroplanos alemanes eran capaces de bombardear con precisión objetivos seleccionados sin ningún tipo de visibilidad. No obstante, este ingenio alemán de ondas radioeléctricas era conocido por los británicos, quienes desarrollaron métodos para interferir con los sistemas germanos.

Los pilotos de la Luftwaffe, ante la baja efectividad de sus ataques, comenzaron a desconfiar de sus propios aparatos. La victoria tecnológica británica supuso, sin embargo, un drama para cientos de miles de familias. Alemania cambió de nuevo de objetivo y puso sus ojos directamente sobre la población; la misión era quebrantar de una vez por todas la moral del pueblo de Gran Bretaña.

Londres bombardeo

Daños en Londres después de uno de los bombardeos | Fuente

Buena parte de las toneladas de explosivos que los alemanes llevaron a las islas tenían un destino: Londres. Allí el gobierno realizó una extraña y controvertida política para los refugios anti-bombardeos. De la guerra fratricida española Gran Bretaña había rescatado al ingeniero civil Ramón Perera, responsable de los excelentes refugios de Barcelona, sin embargo optaron por los “refugios Anderson”: unos armazones de metal que los ciudadanos deberían instalar en sus jardines. En lugar de reductos colectivos, el gobierno se decantó por los individuales (que no protegían lo suficiente) porque a los británicos “no les gustaba estar mezclados con el resto de gente”. Por una sincera equivocación, o por puro elitismo aristocrático, los ciudadanos residentes en bloques de pisos fueron dejados a su suerte (el armazón Anderson sólo era válido para las casas) y en periodos de bombardeos muchos acabaron por refugiarse en las estaciones de metro.

Londres metro refugio

Londinenses refugiados en el metro | Fuente

El 2 de octubre la operación León Marino quedó aplazada para la primavera de 1941. En ese momento habían fallecido 23.000 civiles británicos y habían resultado heridos 32.000, dejando un reguero de vidas sesgadas y familias rotas para siempre. Los bombardeos continuaron a pesar del aplazamiento de la invasión; la población seguía conviviendo con el miedo diario a que una bomba redujera a escombros sus hogares o a encontrarse con millares de paracaidistas alemanes al salir del metro. Al mismo tiempo, ese miedo a la invasión mantuvo a la población unida. Winston Churchill también fue un gran elemento cohesionador; el Primer Ministro paseaba por los lugares afectados haciendo la V de victoria, inspirando a los civiles al mezclarse habitualmente con ellos.

Perspectivas

Gran Bretaña había alcanzado su objetivo a corto plazo: sobrevivir hasta otoño. Las dificultades climáticas que llegarían con los siguientes meses eran otro impedimento para una Luftwaffe muy debilitada y desmoralizada tras dos meses de combates. Hitler nunca quiso una guerra en dos frentes pero la resistencia británica se lo puso muy complicado. Mientras se seguían trazando los primeros planes para atacar a la URSS, el 13 de noviembre Viacheslav Molotov pasaba en Berlín unos días para pulsar el estado del pacto nazi-soviético. Ambos bandos estaban descontentos con la situación en el este: la Unión Soviética estaba muy disgustada con la presencia alemana en Finlandia y buscaba un paso seguro por los Dardanelos mientras presionaba en el este de Europa. Ante esa presión Rumanía se comenzó a posicionar del lado alemán con un acuerdo comercial que surtió a la Wehrmacht del combustible que necesitaba.

Hitler recibe a Molotov

Hitler acompaña a Molotov en Berlín | Fuente

Hitler quiso hacer ver a Molotov que todo estaba en orden y que seguían siendo socios. El ministro de Asuntos Exteriores soviético fue recibido en la estación Anhalter Bahnhof engalanada con el rojo de la URSS mientras una banda militar tocaba la internacional. Para demostrar fuerza, Hitler hizo saber que Gran Bretaña era incapaz de hacer nada y faltaban semanas para su rendición. No obstante las alarmas de Berlín comenzaron a sonar y Molotov fue conducido a un refugio antiaéreo. Churchill sabía que esa reunión se iba a producir y la única misión del bombardeo de la RAF fue mostrar al Ministro que Alemania no estaba tan bien posicionada como cabía esperar.

En el despacho oval, al otro lado del Atlántico, Roosevelt vivía un constante ajetreo de reuniones. Se había comprometido a ayudar a Gran Bretaña pero una cosa era mandar suministros militares e industriales y otra muy distinta entrar en guerra. No obstante, esta perspectiva se estudió en profundidad. El ejército estadounidense estaba como el británico tras Dunkerque: tenían que empezar prácticamente de cero. El problema no era el potencial de Estados Unidos para armar millones de hombres, el problema era si sería capaz de convertir ese potencial en una realidad.

Roosevelt charla

Roosevelt en una de sus charlas informales radiofónicas | Fuente

No todo eran buenas noticias para Gran Bretaña en la internacionalización del conflicto. Japón firmó el 27 de septiembre un acuerdo unilateral con Alemania exponiendo al peligro nipón a las colonias británicas de Asia y desafiando a Estados Unidos: ambos países tenían intereses en el Pacífico. Gran Bretaña comenzó pronto a suministrar a China a través de Birmania para avivar la guerra chino-japonesa, ahora dentro de la IIGM. Italia, por su parte, había atacado desde junio de 1940 diferentes posiciones británicas en África oriental, lo que suponía un nuevo problema para Londres.

El aplazamiento de León Marino y el poco efecto de los bombardeos llevó al Alto Mando alemán a pensar en nuevas formas de atacar Gran Bretaña. Si la Luftwaffe era incapaz de doblegar a la RAF, le tocaba el turno a la Kriegsmarine (flota alemana). A pesar de su debilitada fuerza de buques los submarinos todavía podrían jugar un papel esencial. A las islas llegaba ayuda de las diferentes colonias, protectorados y aliados, cortar ese suministro atacando a la flota mercante era el nuevo objetivo. Aislar a Gran Bretaña como ellos los aislaron durante la IGM.

Churchill Coventry

Churchill visitando los restos de la Catedral de Coventry en 1941 | Fuente

Con el paso de los meses la guerra tenía menos visos de terminar pronto. Cada vez parecía más claro que Churchill tenía razón. El Primer Ministro había agradecido en septiembre a la Real Fuerza Área (cuyo lema es “per ardua ad astra“: a través de las adversidades, hacia las estrellas) su sacrificio para salvar al pueblo británico:

Nunca tantos debieron tanto a tan pocos

Bibliografía

-BEEVOR, A: La Segunda Guerra Mundial, Pasado y Presente, 2012.

-HERNÁNDEZ, J: Esto no estaba en mi libro de la Segunda Guerra Mundial, Almuzara, 2018.

-HOLLAND, J: The war in the West. The Rise of Germany 1939-1941, Atlantic Monthly Press, 2015.

-MURRAY. W & MILLET. R: La guerra que había que ganar, Booket, 2010.

Publicado por

Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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