La Gran Guerra se estanca en 1915

1915 fue el año en el que la Gran Guerra se estancó definitivamente, en el que todos aprendieron las nuevas formas de combate y apareció una nueva arma mortal, el gas tóxico.

En 1914 la guerra de movimientos había terminado y todos los planes habían fracasado. El éxito de los mismos se basaba en una victoria rápida y habían pasado los meses sin un bando ganador. Nadie quería una guerra larga, esto lo sabemos de sobra, pero ni una sola de las potencias hizo nada porque que llegara a su fin. Austria-Hungría y Rusia seguramente habrían firmado la paz pero ahora (y antes) la voz cantante la llevaban sus aliados, y estos no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer.

Alemania había conseguido entrar en territorio francés, pensaban que podían ganar la guerra en un año y no estaban dispuestos a ceder frente a la que consideraban decadente Francia, ante sus declarados enemigos los británicos, ni ante la “barbarie” eslava. Gran Bretaña luchaba por la defensa de su imperio y la democracia en Europa frente al militarismo prusiano que asolaba Bélgica, y contaban con un millón de voluntarios que no se habían estrenado. Francia tampoco iba a dejar que los alemanes se saliesen con la suya, aunque partía en clara desventaja: su plan fue un fracaso, perdieron demasiadas vidas en muy poco tiempo y debían expulsar a los alemanes de su territorio si querían, en el futuro, conseguir un tratado digno.

Por otra parte, las primeras consecuencias de la guerra se vivieron a diario en los diferentes Estados. Bélgica no sólo había sido tomada, había sido arrollada por el ímpetu y una terrible actitud del ejército alemán, que asesinó a pueblos enteros por miedo a los francotiradores, cuya presencia, sin embargo, fue anecdótica. En Gran Bretaña todo lo alemán pasó a estar estigmatizado, algo difícil de tratar en un Estado con tanta relación con los germanos a lo largo de los siglos, pero se hizo: las familias de postín cambiaron sus apellidos para hacerlos más británicos, e incluso la propia casa real, antiguamente la Casa de Hannover, se pasó a llamar la Casa de Windsor. En Alemania los intelectuales no tardaron en amparar teóricamente a su gobierno contra la maldad británica, un mundo decadente de liberales.

Una estampa habitual en la Bélgica invadida en 1914 | Wikimedia Commons

Una estampa habitual en la Bélgica invadida en 1914 | Wikimedia Commons

Todas estas ideas calaron rápido entre las masas. Y si los gobiernos tenían motivos para continuar la guerra, la población, de nuevo, no iba a poner pegas. Entendemos así un poco mejor lo que ya apuntábamos en el artículo anterior: lo importante que fue la mentalidad en este momento para que la guerra no acabara pronto a pesar de todo. Como ya apuntó Stefan Zweig en El Mundo de Ayer, el sentimiento de rebaño y masa empezaba a ser “repugnantemente fuerte en la vida pública”. Europa estaba condenada a seguir en guerra.

La clave estaba en el mar

Alfred von Tirpitz, marinero y barbudo |Wikimedia Commons

Alfred von Tirpitz | Wikimedia Commons

 La guerra hasta ahora se había desarrollado en el continente, pero algunos pensaban que la clave para ganarla estaba en el mar. El Almirante de la Kaiserliche Marine (Marina Imperial Alemana), Alfred von Tirpitz, se tiraba de los pelos con los planes de guerra porque entendía que el enemigo más duro de Alemania era Gran Bretaña, y en cuestión de flotas la guerra no podía empezar en peor momento porque la alemana no estaba preparada para hacer frente a la británica. En las islas británicas, lord Kitchener avisaba a los suyos de que la guerra duraría al menos 3 años poniendo como ejemplo las guerras napoleónicas. Pensaba que el Imperio Alemán contaba con un mejor ejército con el que iba a avanzar más que sus rivales, pero no lo suficiente como para vencer rápido. El conflicto se alargaría durante varios años y se decidiría en el mar.

Para ganar la guerra hacía falta una victoria naval total tras un enfrentamiento masivo entre las dos flotas. El perdedor definitivamente se rendiría, o al menos perdería las herramientas para proteger su comercio, y por tanto, agotaría sus recursos teniendo que poner fin a la guerra unos meses después.

La cuestión es que hasta 1916 las flotas no se enfrentaron (salvo pequeños encuentros), y por adelantar el tema, la batalla fue un desastre en cuestiones de comunicación y quedó en tablas. La marina británica aguardaba en Escocia para atacar a la germana ante cualquier signo de movimiento, pero no hubo ataques masivos. ¿Por qué los británicos no se atrevieron a atacar a los alemanes en 1915 siendo superiores? Por los submarinos alemanes, una máquina poco comprendida todavía salvo por los germanos, que demostraron su potencia en septiembre de 1914 hundiendo tres cruceros británicos en el Canal de la Mancha. La clave estaba en el mar, pero hasta que los británicos no se sintieran seguros contra los submarinos o los alemanes tomaran la iniciativa, la cosa quedaría en punto muerto.

Submarinos alemanes U-17 en el puerto de Kiel |Wikimedia Commons

Submarinos alemanes U-17 en el puerto de Kiel |Wikimedia Commons

Donde sí se notó el dominio británico del mar fue en las colonias. Aunque Alemania no había sido vencida en el mar, había perdido toda posible comunicación con sus colonias, y sus enemigos no tardaron en arrebatárselas casi todas. Esto podría parecer que afectó terriblemente a la economía alemana, pero no fue así. Las colonias germanas sólo aportaban prestigio al imperio y eran de hecho un despilfarro justificado sólo para poder hablarse de tú a tú con las otras potencias. Alemania perdió en poco tiempo casi todas sus colonias, pero no tuvo repercusiones para el desarrollo de la guerra en Europa.

Nuevos actores, misma estampa

En 1914 el Imperio Otomano era un Estado decrépito en regeneración. Sus fronteras se habían ido viniendo abajo y el gobierno apostaba por un Estado reducido pero cohesionado racialmente. A pesar de su mal momento era un actor importante en la Europa del este, y, Gran Bretaña primero y Alemania después, se ganaron su favor a base de inversiones. ¿Por qué era tan importante? Porque podía jugar un papel desequilibrante en una de las rutas de exportación rusa en el Mar Negro, que representaba un tercio del total. Es decir, según del lado que estuviera Turquía la economía rusa podía resentirse o continuar segura, y Rusia no estaba como para que le tocaran el comercio.

Los otomanos habían estado bajo la órbita británica durante el siglo anterior, pero Alemania empezó a inyectar grandes cantidades de dinero a los turcos desde comienzos de la nueva centuria, y al final cayó del lado germano, principalmente porque Gran Bretaña quiso. La marina británica había comenzado a cambiar su combustión de carbón por petróleo, y el Imperio Otomano tenía una importante colonia petrolífera en Basora, que, de caer del lado británico compensaría con creces la pérdida diplomática en favor de Alemania.

 

Los turcos entraron del lado de las potencias centrales y lanzaron un ataque sobre el Cáucaso contra los rusos a finales de 1914. Esta operación  fue un desastre porque se ejecutó en inverno y el Cáucaso no perdona. Los aliados por su parte prepararon en 1915 su plan para tender una ruta martítima con Rusia, aislar a los turcos y poder atacarles donde más dolía, en Constantinopla. Para ello era necesario controlar el estrecho de los Dardanelos, operación que fue insistentemente promovida por nuestro querido Churchill y el mítico lord Kitchener, y que salió rematadamente mal. Las minas marinas causaron estragos en la flota británica, que no pudo realizar correctamente las operaciones de desembarco y fuego sobre los fuertes en la costa. Cuando en verano de 1915 consiguieron desembarcar, los otomanos respondieron por tierra y la operación se estancó hasta enero de 1916 sin que los generales consiguieran darle la vuelta a la tortilla. La batalla acabó con unas 300.000 bajas del bando aliado, de los cuales más de 250.000 fueron británicos (contando con toda la Commonwealth) y otras 250.000 bajas otomanas. En el plano político le costó el almirantazgo a Churchill y promocionó a un comandante otomano conocido posteriormente por Atatürk.

Kitchener viendo de cerca el desastre en Galípoli | Wikimedia Commons

Kitchener viendo de cerca el desastre en Galípoli | Wikimedia Commons

Mientras todo esto ocurría a lo largo de 1915, los alemanes reforzaron exitosamente a los austrohúngaros con la ayuda de la recién incorporada Bulgaria, y lanzaron una triple ofensiva sobre Serbia, que quedó aplastada a principios de 1916. El balance en Oriente estaba del lado de las potencias centrales, como casi toda la guerra, y a pesar de todo seguían sin tener una ventaja clara. No hubo una sola victoria en ningún bando que fuese decisiva como para marcar un antes y un después. Fueron decisivas para que la guerra se estancara.

Por su parte, Grecia había jugado un papel bastante embarazoso en el desarrollo de la guerra en los Balcanes. Contagiados por los planes británicos habían dejado que un destacamento desembarcara en Salónica para ayudar a Serbia, pero a lo largo de 1915, con los penosos resultados que los aliados estaban teniendo en los Dardanelos, los griegos acabaron por lamentar la pérdida de su neutralidad de forma pública, dejando en evidencia a los parlamentarios liberales ingleses que apoyaban la guerra en defensa de Estados como Grecia.

 

Otro actor importante que no se había incorporado fue la Italia del Risorgimento. Los italianos habían despilfarrado su tesoro en la guerra contra los turcos en 1911, que les sirvió para ganar Libia y hacer ver a los Balcanes lo débil que era el imponente Imperio Otomano. A pesar de la victoria, no estaban todavía en posición de meterse en otra guerra, y se vendieron muy caros a ambos bandos, se decantaron por el Aliado porque sencillamente les ofrecieron primero las mejores condiciones tras el armisticio (Alpes italianos y grandes zonas de Dalmacia y Eslovenia). La intervención italiana, curiosamente, hizo más por la moral austrohúngara que ninguna otra cosa hasta entonces. En mayo de 1915, tras haber perdido a más de dos millones de efectivos, los ejércitos de la doble monarquía recuperaron su moral en cuanto vieron al primer italiano al que pegarle un tiro. Los italianos eran los rivales favoritos de los austrohúngaros, y éstos los repelieron varias veces en el río Isonzo. La guerra, también aquí, estaba ligeramente a favor de las potencias centrales, pero en punto muerto.

Alemania desperdicia su potencial

Erik von Falkenhayn tenía clara una cosa: para ganar la guerra debía vencer a Francia y Gran Bretaña. Rusia ya no era una amenaza y la campaña en los Dardanelos había sido un fracaso, pero si no se hacía nada determinante contra los aliados en Occidente, los británicos podían continuar en guerra mas tiempo del que podía permitirse Alemania, por la sencilla razón de que aunque a los alemanes no les hirió económicamente la pérdida de las colonias, los británicos contaban con las suyas y les ofrecían una rentabilidad gigantesca a largo plazo.

El plan de Falkenhayn era muy simple, consistía en retomar parte de la idea de Schliffen, dejar una pequeña parte de las tropas alemanas en el frente oriental, las suficientes para parar los despropósitos rusos y atacar con todo en el frente occidental. Aunque tenía todo el sentido del mundo, Falkenhayn se encontrón con un problema: los alemanes idolatraban a Ludendorff y Hindenburg y estos no permitieron (tenían todo un imperio que les apoyaba) que Falkenhayn les dejara sin tropas. Así de simple.

Erich von Falkenhayn | Wikimedia Commons

Erich von Falkenhayn | Wikimedia Commons

De modo que el Comandante en Jefe sólo pudo defender las trincheras en el frente occidental y enviar tropas a los austrohúngaros, que ya hemos visto cómo fueron capaces, gracias a esta ayuda, de recuperar el honor en el campo de batalla. También presionaron sobre Galitzia, donde los rusos todavía mantenían posiciones fuertes y donde se desarrollaron las primeras batallas típicas de la Primera Guerra Mundial.

Falkenhayn comprendió a la perfección cómo debían ser las nuevas estrategias en esta guerra. Consistían en ataques de infantería cuidadosamente planeados tras una intensa y prolongada cortina de fuego de artillería. Estos ataques recortaban (si salían bien) unos cuantos kilómetros a los enemigos, pero la eficacia consistía en desgastarlos más que en cuántos metros se les hacía recular, es decir, hacerles gastar más recursos que tú poco a poco, desgaste puro y duro.

La guerra se desarrollaría así desde la ofensiva en Galitzia, con salvedades. Ludendorff y Hindenburg llevaron a cabo un par de grandes ofensivas pensando todavía que se podían conseguir grandes cosas de ese modo. Las operaciones de los dos héroes alemanes fueron un éxito porque llegaron hasta Vilna, pero nuevamente, la repercusión en la guerra de estas acciones fue nula.

 

Debemos rescatar de este episodio en Polonia el horroroso comportamiento que ambos bandos tuvieron con la población civil. Los rusos quemaron el campo ante la desesperación de civiles polacos y lituanos, y cuando llegaron los alemanes, los trataron como seres sin derechos ni identidad propia (los refugiados se contaron entre tres y diez millones), sólo un anticipo de lo que estaría por llegar en la Segunda Guerra Mundial.

El complicado equilibrio del frente occidental

Como Falkenhayn tenía las manos atadas poco pudo hacer en las trincheras occidentales más que mantener a las tropas a la defensiva, y los alemanes se convirtieron bastante buenos en esto. Las trincheras alemanas se perfeccionaron con grandes y cómodos refugios subterráneos, protegidas con alambre de espino, artillería ajustada para frenar ataques y esas ametralladoras que tanto daño causaron a los alemanes en Ypres.

El otro acontecimiento alemán de 1915 en Occidente fue la prueba de un nuevo tipo de arma, el gas tóxico de cloro, que se utilizó en Ypres, la ciudad belga que tantos horrores había visto en tan poco tiempo. Normalmente se señala a los franceses como los primeros que usaron gas tóxico en la Gran Guerra, algo que sin dejar de ser cierto hay que matizar: los alemanes fueron los primeros que usaron de forma masiva un gas mortal. A los aliados les cogió por sorpresa y hubo un desajuste temporal en las trincheras, pero no tardaron en desarrollar antídotos y añadir el gas a su arsenal. La guerra se hizo así más terrible, más inhumana.

Cortina de fuego de artillería alemana | Wikimedia Commons

Cortina de fuego de artillería alemana | Wikimedia Commons

Los aliados estaban ante una situación muy complicada. Los planes en Oriente habían sido un desastre, Rusia estaba cada vez peor y Serbia estaba lista para capitular. Para contrarrestar la situación necesitaban generar presión en Occidente, de otro modo los rusos se sentirían demasiado solos ante las potencias centrales. El problema era que no estaban preparados para hacer demasiado contra los alemanes. Las tropas habían sido entrenadas para otro tipo de guerra, la mayoría de voluntarios británicos todavía necesitaban meses de adiestramiento y la artillería no era efectiva para este nuevo tipo de guerra.

El pickelhaube | Wikimedia Commons

El pickelhaube | Wikimedia Commons

La tecnología aliada todavía estaba pensada para la guerra de movimientos. La artillería estallaba en el aire expulsando metralla, lo que hacía cosquillas a las trincheras alemanas. Necesitaban nuevos cañones y morteros de mayor calibre que explotaran al impactar con el suelo, hicieran añicos el alambre de espino, destrozaran las trincheras y pulverizaran a los alemanes y sus pickelhaube (pickel-pincho, haube-casco). Pero tampoco contaban con la industria capaz de fabricar en masa ese tipo de artillería en tan poco tiempo.

La estrategia usada por los aliados en este momento era bastante zarrapastrosa, pero lógica por los medios con los que contaban. Se realizaban cortinas de fuego de artillería seguidas del avance de infantería cuidadosamente planeado, lo que ya vimos en Galitzia. Lo zarrapastroso estaba en que no contaban con aparatos de radio móviles y la comunicación era esencial para que todo funcionase adecuadamente, esta se llevaba a cabo con palomas mensajeras y mensajeros ordenanza, de los primeros que caían bajo el fuego enemigo. Si el ataque tenía éxito se tomaba una primera línea enemiga y comenzaba la peor parte: los alemanes contraatacaban con infantería y artillería desde los flancos, y durante un tiempo la cortina de fuego de artillería aliada desaparecía porque necesitaban reajustar los cañones y morteros previo disparos de observación, interrumpiendo cualquier posible avance y anulando la sorpresa.

Gas tóxico de cloro en Loos |Wikimedia Commons

Soldados británicos en un ataque con gas tóxico de cloro en Loos | Wikimedia Commons

A pesar de todo esto, Joffre ideó una ofensiva masiva en septiembre de 1915 para aliviar a los rusos. Según el Comandante en Jefe francés, el plan obligaría a los alemanes a retirarse hasta el Mosa y probablemente, terminar la guerra. Los británicos se concentraron en la región de Loos, con una cortina de fuego de artillería masiva (ya con cañones de mejor calibre), gas tóxico de cloro y mejores comunicaciones, ¿qué podía fallar? Que los alemanes le vieron las orejas al lobo y construyeron una línea defensiva doble, y para colmo los británicos no pusieron suficientes recursos sobre el tablero para explotar las brechas que ocasionaron en las líneas alemanas. Tras un mes con unas 60.000 bajas del lado británico y otras 26.000 del lado alemán, la batalla quedó en nada más que muerte. Eso sí, ambos bandos habían aprendido mucho sobre los nuevos métodos de guerra, y los aliados tomaron buena nota mientras planeaban una gran ofensiva para 1916, la famosa batalla del Somme, mientras que los alemanes hacían lo propio para la de Verdún.

La guerra seguía en punto muerto y apenas hubo grandes acontecimientos salvo en los diferentes frentes orientales, como ya hemos señalado, con ninguna repercusión en el desarrollo del conflicto. Las potencias que tenían la sartén por el mango no habían conseguido una clara ventaja sobre los rivales en el frente en el que había que hacerlo, sus ciudadanos, aunque ya no exultantes, seguían creyendo en ellos y los recursos todavía no se habían agotado. Nadie quería una guerra que durase tanto tiempo, pero tampoco estaban dispuestos a regalar nada.

Bibliografía

–HOWARD, M: La primera guerra mundial, Crítica, 2002.

–STEVENSON, D: 1914-1918: la historia de la Primera Guerra Mundial, Debate, 2004.

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Tengo un título para contar cosas y las cuento. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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3 respuestas a “La Gran Guerra se estanca en 1915”

  1. […] 1915 fue un año muerto en la Gran Guerra y otra página negra de la historia de Europa. Se confirmó el fracaso de los planes para acabar con el conflicto de manera rápida, y aquellos que pensaron en terminarla en un año también sufrieron un duro golpe con la realidad. […]

  2. […] Sinaí y en Mesopotamia, se sumaron el Cáucaso y Galípoli, de los que ya hablamos someramente en otra ocasión. El primero de ellos pretendía reactivar y dar carpetazo a un conflicto histórico en las […]

  3. […] Ahora que la guerra estaba estancada, tocaba mover ficha a los gobiernos, quienes tampoco hicieron demasiado por acabar pronto, porque no quisieron. Pero de eso ya hablaremos más adelante. […]

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