El camino hacia el levantamiento morisco de 1568

El siglo XVI fue duro para los moriscos y cristianoviejos de Granada, dos bandos entre los que había una frontera interior difícil de salvar pero, ¿eran irreconciliables?

La noche del 23 de Diciembre de 1568, un grupo de moriscos al mando de Farax Aben Farax trató de levantar (de manera fallida) el barrio granadino del Albaicín. Comenzó aquel día un levantamiento concentrado al principio en la Alpujarra granadina pero que, en un violento discurrir hasta 1571, acabó por convertirse en una guerra civil que afectó a todo el antiguo Reino Nasrí (de la actual Málaga a Almería). Las consecuencias del conflicto se notaron muy pronto en el resto de Andalucía y también en buena parte de Castilla: levas de reclutamiento, subida de impuestos y, al terminar la rebelión, una reubicación de los vencidos por buena parte de la geografía castellana.

Durante las Navidades Sangrientas de 1568 emergió una violencia que evidenció la frontera interior (idea muy usada por Bernard Vincent) existente en la Monarquía Hispánica entre moriscos y cristianoviejos. Aunque bajo el reinado de Carlos V ambas partes parecían haber llegado a un entendimiento, a un pacto tácito, todo se derrumbó en aquellas navidades.

¿Fue real el quintaconlumnismo morisco?

La frontera interior entre la población fue alimentada en un juego de vencedores y vencidos a lo largo del siglo XVI. Una parte de la población morisca no se contentó, simplemente, con aceptar su nueva vida como cristianos (tras conversión forzosa). Algunos se echaron al monte y llevaron vida de bandoleros (monfíes) y otros cruzaron el mar para llevar una nueva vida en África (de los cuáles, algunos se dedicaron a la piratería berberisca). La mayoría se quedó en el que era su hogar y llevaron la vida que habían llevado sus antepasados. Pero a lo largo de la centuria monfíes y berberiscos atacaron más mientras que los otomanos avanzaban con fuerza en el Mediterráneo. ¿Era una gran conspiración anticristiana dirigida desde Estambul? ¿Harían los moriscos granadinos de quinta columna del otomano? Ahora sabemos que no era así, pero en aquel momento las cosas no estaban tan claras.

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Antiguo Reino Nasrí de Granada, zona por la que se extendió la violencia armada lo largo de la rebelión
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No hubo colaboración entre moriscos y otomanos hasta bien entrada la rebelión morisca (y fue muy limitada), pero en aquel momento no era descabellado pensar que había algo más. La piratería berberisca y el bandidaje monfí crecían al compás que los otomanos impusieron en el Mediterráneo. Desde 1538 Solimán el Magnífico había desarrollado una política agresiva en el sobredicho mar. En 1551  arrebataron a la Orden de los Caballeros de San Juan (aliado de la Monarquía Hispánica) la ciudad de Trípoli. Tres años más tarde el Peñón de Vélez pasó a manos de Argel, aliado vital de los otomanos (el Imperio Turco se había hecho a lo largo de esta centuria con el control diplomático del Magreb) y, en 1558, las fuerzas otomanas, al mando de Pialí Pachá, tomaron Ciudadela en Menorca, destrozando por completo las defensas costeras de la isla. Dos años más tarde, la Santa Liga se hizo con Yerba, pero la contundente respuesta otomana en la Batalla de los Gelves ese mismo año hundió a la flota cristiana, con fuerzas españolas involucradas. Esta situación en el Mediterráneo agravó el miedo al quintacolumnismo morisco.

Al mismo tiempo, los piratas berberiscos aumentaron notablemente su actividad sobre las costas del Levante español, ayudados en muchos casos por moriscos exiliados entre los piratas y por monfíes. Durante el siglo XVI los berberiscos perpetraron centenares de ataques con complicidad, también, de población morisca viviendo en suelo de la Corona castellana, algo de sobra sabido por los cristianos viejos. No quiere decir esto que la mayoría de moriscos colaborara con los piratas, pero los que lo hicieron contribuyeron de manera esencial al aportar información vital para estos ataques.

La ayuda de los moriscos granadinos a los monfíes y a los piratas berberiscos existió desde la toma de Granada en 1492 pero se fue intensificando hasta convertirse en un problema muy serio a mediados del XVI. Esta situación era intolerable para los cristianos viejos. Se trataba de un crimen contra el Rey y contra Dios pues los moriscos se decían cristianos, cuando muchos en realidad eran criptomusulmanes.

Todo esto introdujo en los cristianos viejos el miedo al quintacolumnismo. Aunque es cierto que no había contactos constantes ni planes de tomar la Península junto con los otomanos (pero insistimos, en este momento no era tan evidente), una parte de los moriscos sí formaba una quinta columna de piratas berberiscos y monfíes. Para la población cristianovieja no era tan descabellado pensar en los moriscos como enemigos.

Solidaridad y resistencia entre los moriscos

Pero, ¿por qué ayudaban los moriscos a los piratas y bandidos? Ayudar a los enemigos del mayor imperio del momento que contaba con el ejército más temido y con una de las mejores flotas del orbe era andar por el filo de la navaja. Los moriscos debían estar muy convencidos de lo que hacían o en una situación demasiado crítica como para quedarse de brazos cruzados. En efecto, la circunstancia morisca tenía bastante de lo primero y también una buena parte de lo segundo. Además contaban con unos mecanismos para establecer una solidaridad entre pueblos y resistir como musulmanes en un entorno dominado por otra religión.

Los musulmanes estaban familiarizados con el concepto de asabiya (de hecho Ibn Jaldún lo había popularizado más de un siglo atrás); una especie de solidaridad como pueblo, no sólo como familia o como clan. En este caso se trata de una cohesión como grupo ante la opresión cristiana, especialmente en ámbitos de serranía. Los moriscos eran el bando vencido y conquistado desde 1492 y, tras años de ocupación (10 en el caso castellano, y 30 en el aragonés), convertidos forzosamente al cristianismo. A pesar de la conversión siguieron pagando más impuestos y teniendo menos derechos que el resto de los súbditos.

Para una parte de los moriscos la guerra nunca había terminado y, de hecho, Bernard Vincent habla de guerra de los 100 años granadina: en el cambio de siglo ya hubo una muy seria rebelión mudéjar (previo intento de conversión forzosa del Cardenal Cisneros) que fue aplastada, así como otros intentos a lo largo de la centuria que no se concretaron. ¿Fue una resistencia, una falsa paz? Es una propuesta interesante que demuestra el fértil campo de investigación y debate ante nosotros. Sea más o menos verosímil esta idea, lo que está claro es que la conquista de Granada generó una frontera interior entre cristianos y musulmanes que, década tras década, se hizo más evidente. Es una situación que se presta a diversas interpretaciones y que puede tener sentido en un marco con problemas sin resolver y con diferentes episodios de violencia de distinto grado que se extienden durante unos 100 años. Desde luego, los orígenes de la problemática están en 1492 y la política aculturadora de los Reyes Católicos desde la conversión forzosa en 1502. Perspectivas de larga duración que analicen la situación como un conflicto sin solución de continuidad y con diferentes avatares de violencia enriquecen, qué duda cabe, el debate sobre la cuestión.

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Vestidos de paseo de mujeres moriscas en 1529
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También es clave comprender el término taquiyya. Se trata de una mecanismo para simular una fe impuesta mientras se siga siendo musulmán en el fondo del corazón. Es decir, el islam permite practicar otras religiones en caso de correr peligro, dando a los moriscos una enorme tranquilidad y paz interior. Pero esto no significaba resignarse y rendirse por completo. Teniendo en cuenta estos dos mecanismos de resistencia y solidaridad, se comprende mejor el comportamiento morisco, que permanecieran como musulmanes a lo largo del siglo y que una parte luchara de diferentes modos por lo que creían justo.

Para algunos no fue suficiente vivir como musulmanes en un entorno cristiano. Estos descontentos fueron la punta de lanza de la quinta columna, los enlaces entre los berberiscos y los moriscos no huidos. La palabra más precisa para definirlos sería la de desterrados, más que exiliados. Entendían que habían sido forzados a salirse del nuevo orden cristiano para poder vivir en paz consigo mismos. Estos desterrados (monfíes y huidos a Berbería) eran vistos por los moriscos como hombres santos. Por todo esto, en parte, ayudaban a los bandidos y piratas. Para los cristianos era alta traición, pero los moriscos se habrían traicionado de no haberlo hecho. De todos modos, esto no quiere decir que toda la población morisca actuara como bloque unívoco ni que el antiguo Reino Nasrí fuera un avispero constantemente agitado, hubo muchos moriscos de paces que no fueron quinta columna y no se unieron al levantamiento.

Para entender mejor el transcurso del conflicto (que narraremos en futuros artículos) es necesario remarcar que había varios escalones de solidaridad. La más amplia era la de comunidad, donde se encuentra una doble diferenciación: nación y naturales. Con nación entendían que existía una solidaridad a escala nacional (moriscos aragoneses) e internacional (norte de África y otomanos), lo que dio mucha esperanza a los rebeldes. Con naturales, entendían que ellos eran originarios de la Península Ibérica, o al menos del Reino Nazarí de Granada, en contraposición a los conquistadores cristianos. La otra escala más reducida y más importante es la del linaje, en la que se debe una solidaridad mayor a los parientes. En una situación normal, sin la existencia de ninguna opresión, estos dos niveles de solidaridad entran en conflicto, pues los lazos de linaje son más fuertes que los lazos como nación, pero en caso de vivir bajo opresión, la nación se impone al clan familiar. Sin embargo en esta rebelión, como había ocurrido durante el final de la reconquista, los lazos familiares fueron más fuertes que los nacionales, lo que será un factor determinante para el destino de la rebelión.

No hay que olvidar que la esperanza que daba la solidaridad internacional hay que encuadrarla dentro del avance turco por el Mediterráneo. Las piezas de ese tablero parecían moverse en la dirección que los moriscos esperaban y justo la que los cristianos viejos temían que se produjera. Pero hay más condicionantes que fueron esenciales para que este proceso de rotura de los débiles puentes que se habían tendido entre cristianos y musulmanes se potencie y se acelere hacia la rebelión de 1568.

El declive de la industria sedera granadina

Otro factor sin el que no se entiende el levantamiento es la crisis de la industria sedera de Granada, enmarcada dentro del desplome del sector textil peninsular y con la subsiguiente revolución de los precios al acecho. Desde mediados del siglo XVI la industria textil castellana había sufrido una serie de restricciones que afectaron en mayor medida a la seda (de hecho, en 1552 se prohibió exportar seda, cuando se vendía esencialmente en el extranjero). Fue un golpe durísimo para la seda granadina del que no logró reponerse. Esta seda de fama internacional comenzó a perder calidad porque el negocio era ya menos rentable. Fue un efecto dominó que llevó a la industria sedera a la total quiebra tras la subida de impuestos de 1561 (con la que se doblaron).

Esta industria era un negocio eminentemente morisco y, para comienzos de siglo, la seda granadina provenía en su mayor parte de las Alpujarras. Es decir, durante la mitad de la centuria, los criadores de gusanos de seda de las Alpujarras, los tintoreros, los fabricantes de paños y los comerciantes de Granada y otros puntos del antiguo Reino Nazarí gozaban de un negocio sano de fama internacional. En Granada, que contaba con unos 40.000 habitantes, aproximadamente unas 4.000 familias vivían de la industria sedera y 300 de su comercio. La prosperidad granadina dependía en buena medida de la seda. No es de extrañar que algunos líderes de la revuelta, como Farax Aben Farax, fueran tintoreros.

El declive desde mediados de la centuria de la industria sedera mermó la capacidad adquisitiva de gran parte de los moriscos granadinos y la revolución de los precios comenzaba: España estaba perdiendo su manufactura mientras los galeones llegaban cargados de plata indiana. La falta de productos y la abundancia de numerario dispararon los precios y mermaron aún más el nivel adquisitivo de los súbditos. Este proceso, que se hizo evidente hacia finales de la centuria y especialmente insoportable a principios de la siguiente debe tenerse en consideración. La situación comenzó a afectar a una población ya de por sí maltrecha por la caída de uno de sus principales negocios y la subida de los impuestos. Al mismo tiempo, la deuda a corto plazo de la monarquía se agravaba con las bancarrotas de Felipe II, traduciéndose en más y mayores impuestos sobre la población pechera (que paga impuestos).

El tridentismo, aculturación forzosa

Tras 60 años de una política ligeramente asimiladora que no había tenido éxito, en parte por la ya citada taquiyya y por la esperanza que daba la idea de solidaridad, a muchos cristianos viejos cercanos al poder les parecía que ya era hora de cambiar las cosas. En estos momentos se celebró el Concilio de Trento y la monarquía, con Felipe II a la cabeza, será paladín del tridentismo. El clero estaba especialmente descontento con la normalización de los criptomusulmanes y Diego de Espinosa se confirmó como principal consejero del nuevo monarca e Inquisidor General, cargos desde los que ejerció de punta de lanza de las ideas tridentinas. Para mediados de la década de 1560, la intolerancia (cada vez se entendía más la disidencia religiosa como disidencia política) había ganado terreno en la corte española y se llevó a cabo un plan para conseguir una cristianización religiosa y cultural de los súbditos granadinos. El precepto básico era que aniquilar lo morisco que había en ellos para que dejaran de ser moriscos.

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Sesión en el Concilio de Trento
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Junto a los problemas económicos y el avance turco por el Mediterráneo apareció la Inquisición con ánimos renovados en busca de criptomusulmanes. Los jueces inquisitoriales chocaron una y otra vez contra la solidaridad entre moriscos; el tribunal funcionaba en esencia por delación y en las comunidades mayoritariamente moriscas nadie iba a delatar a otro hermano criptomusulmán, (las Alpujarras serían buena muestra de ello, como en el campo y otras serranías). En estos lugares apenas se había producido aculturación (es decir, los vecinos no se cristianizaron) ni el contacto con cristianos viejos, ningún morisco iba a delatar a otro.

Pero no todo era la Inquisición. En 1563 se decretó que los moriscos debían mantener las puertas de sus casas abiertas incluso cuando no estuvieran. Esto no sólo violaba la privacidad cultural de los pueblos musulmanes, también dejaba a mano de los ladrones la seda conseguida durante años, pues el material debía ser almacenado durante mucho tiempo antes de dar beneficios. Las familias enteras, además, debían acudir a misa los domingos por obligación, dejando las casas a la total merced de los ladrones. En 1567 se lanzó la pragmática que colmó el vaso, repleta de medidas para borrar todo rastro de cultura morisca. El cronista Luís del Mármol Carvajal describe cómo en febrero se leyó en plazas mientras se derribaban baños públicos (hammam), se comunicaba a los moriscos que debían abandonar el uso escrito y hablado de su lengua materna, empadronar a sus hijos y mandarlos a recibir educación católica, dejar de vestir sus ropas…

¿Qué diremos del sentimiento que los moriscos hicieron cuando oyeron pregonar los capítulos en la plaza…?

¿Una frontera interior irreconciliable?

Una parte de los cristianoviejos, en condición de vencedores, tampoco ayudó en nada a la disolución de esa frontera interior. Además del hundimiento de la industria sedera y la aculturación forzosa, los moriscos denunciaron durante la centuria constantes desmanes de la población cristianovieja. La burguesía trataba de arañar tierras a los moriscos y no veía mal una rebelión morisca, pues la legitimaría para tomar las tierras que deseaban. Ya se habían realizado usurpaciones de tierras (se estima que un montante de cien mil hectáreas por un valor de 71.000 ducados) desde 1559 a manos de doctor Santiago, oidor de la Chancillería de Valladolid. Incluso a veces los señores favorecían a uno u otro bando según les produjera más o menos beneficios. Caso claro de esto último es el de Luis Fajardo, el II Marqués de los Vélez (que tuvo un papel muy importante en la guerra), tendiendo la mano a los cristianos nuevos por serle más beneficiosos y más tarde reconciliándose con los cristianos viejos cuando la situación era más propicia, y así en un continuo juego de intereses que no ayudaba.

Es cierto que durante la década de 1560 parece difícil dudar que dos bandos irreconciliables vivían sobre el mismo territorio, de hecho, poco a poco aparecieron rumores de un levantamiento. Pero, ¿hasta qué punto era esto así? Sería mucho más acertado decir que la situación no era tan extrema debido a que la mayor parte de la población morisca no se levantó en 1568. Muy al contrario, querían seguir haciendo su vida y los elementos radicales del bando rebelde chocaron cosntantemente con los moderados.

Aunque estos elementos radicales dominaron los acontecimientos a través de los que se suele contar este episodio (matanzas, martirios, batallas…), la guerra también se debe contar a través de los que decidieron no luchar. De este manera veremos el profundo drama que sufrieron muchos cristianoviejos y moriscos ajenos al odio absoluto de los sectores extremos y comprenderemos el conflicto en su totalidad, alejado de las realidades binarias, porque la realidad es más natural, compleja, con una rica escala de grises. Desde luego, la frontera interior era insalvable en los extremos de ambos bandos pero, insistimos, la intención de gran parte de los moriscos era la de seguir viviendo en paz incluso con el conflicto avanzado. Quizás esa frontera era mucho más abierta y menos definitiva en 1568 de lo que pensamos.

Entretanto, los turcos seguían avanzando y controlaron buena parte del Mediterráneo. En 1563, los piratas de Argel atacaron Orán y la empresa por salvar la plaza fue enormemente costosa. Dos años más tarde, los berberiscos ayudados por los moriscos saquearon Órgiva (en las Alpujarras), burlando el sistema defensivo fortalecido para frenar estos saqueos. Al año siguiente le tocó el turno a Tabernas y Lucaicena. Eran razias sin respuesta en las que berberiscos y monfíes atacaban con la ayuda de moriscos locales. La crispación de los cristianos viejos iba en aumento y la creencia en el quintacolumnismo era un miedo difícil de obviar.

La delicada situación internacional

Mientras tanto a Felipe II se le multiplicaban los problemas. En 1562 Francia comenzó a desangrarse por las guerras de religión creando un doble problema: el exilio de hugonotes (protestantes) a tierras de la monarquía y el préstamo de ayuda al rey francés (católico), que era además cuñado de Felipe II. Los movimientos de los hugonotes afectaban a tierras hispánicas donde buscaban auxilio o apoyo: principalmente Aragón y Flandes, cuyas fronteras había que impermeabilizar contra los protestantes franceses. Felipe II quiso enviar soldados para ayudar a su cuñado pero Margarita de Parma, gobernadora de los Países Bajos, consiguió frenar el envío, ya que ayudar a los franceses contra los hugonotes crisparía a los protestantes calvinistas de las 17 provincias. Al final, en pos del equilibrio, decidieron sólo prestar dinero al francés, aunque la hacienda pública no estaba para gastos innecesarios.

Los protestantes de los Países Bajos se acabaron rebelando en 1565 (aunque la furia iconoclasta no se desató hasta el siguiente año, lo de 1565 fue una verdadera guerra fría que afectó a la política internacional de la monarquía), cuando tomaron partido los nobles descontentos y las comunidades protestantes más exaltadas. Felipe II comenzó a verse desbordado. Algunos alegaban que había prestado demasiada atención al Mediterráneo retrasando su atención a la complicada situación flamenca.

Tras el complicado año de 1565, los turcos se centraron en el Adriático en 1566 y al año siguiente, Solimán murió. Esta muerte trajo revueltas por la sucesión, regalando a Felipe II una ansiada pausa para poner las cosas en orden: envió tropas a Flandes y se produjo el primer derramamiento de sangre, pacificándose las provincias momentáneamente para el año siguiente.

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Ilustración de 1859 de Farax Aben Farax | Fuente

En Granada se leía en las plazas la pragmática antimorisca con los otomanos momentáneamente fuera de escena y los tercios marchando a Flandes con el Duque de Alba al mando. Desde este momento a finales de 1568, los moriscos no dejaron de pedir a diferentes autoridades que la pragmática o, al menos, algunas de sus medidas fuesen canceladas, sin éxito alguno. Al mismo tiempo, las reuniones secretas en el Albaicín fueron continuas y las ideas de rebelión corrieron como la pólvora en la ciudad de Granada.

Aparecieron dos formas de entender el levantamiento entre los moriscos, lo que será clave. Por un lado, los moriscos urbanos del Albaicín pensaban en una rebelión como forma de tumbar la pragmática, pero sin un carácter general y sin petición de ayuda extranjera. Por otro lado, los moriscos de ámbitos rurales y de serranías tenían metas más altas como la creación de un estado musulmán, lo que sorprendió a los moriscos albaicineros cuando se concretó el levantamiento el 23 de Diciembre de 1568. La noche de ese mismo día, Farax Aben Farax trató de levantar Granada sin éxito, pues los moriscos del Albaicín se negaron. No estaban de acuerdo con las pretensiones de los alpujarreños, pero la rebelión había comenzado.

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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