La guerra de Granada (I), 1568-1569

Lo que en un principio fue un limitado levantamiento morisco durante las navidades de 1568 se convirtió, en unos pocos meses, en una guerra civil en la corona castellana

El camino hacia el levantamiento morisco de 1568 se remonta al fin de la conquista del Reino Nazarí de Granada en 1492. La tensa convivencia durante las siguientes décadas y una pragmática antimorisca que colmó el vaso en 1567 llevaron la situación al extremo. Una parte de los moriscos pidió en varias ocasiones que se cancelara la pragmática o parte de ella, otra se preparaba para una rebelión cuyo fin era crear un Estado musulmán en la Península Ibérica.

Tras unas deliberaciones poco amistosas entre varios grupos rebeldes el 23 de diciembre de 1568, Hernando de Válor tomó el nombre de Abén Humeya (por un supuesto parentesco con los omeyas) y fue proclamado rey de los moriscos. El tintorero Farax Aben Farax (según él, descendiente de los abencerrajes), convertido en uno de los líderes de la rebelión, fue enviado a levantar el barrio granadino del Albaicín esa misma noche, pero los moriscos urbanos de Granada se opusieron a las demandas de los rebeldes. El levantamiento, que se convirtió en una guerra, había comenzado.

Una vez que comenzó el levantamiento, las bandas de monfíes se sumaron y algunos de estos grupos, capitaneados por populares líderes como el Seniz, no tardaron en perpetrar martirios y matanzas extremadamente crueles sobre cristianos. La violencia y la crueldad acompañaron a la rebelión desde el primer momento y el bando cristiano respondió pronto con la misma moneda en unas navidades sangrientas.

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Abén Humeya

La perspectiva para Abén Humeya era difícil: debía conseguir la victoria contra el monarca con el mejor ejército del momento (aunque los tercios estaban en Flandes e Italia y las tropas se compusieron de levas sin disciplina) y debía organizar el territorio y su gobierno; controlar a los elementos radicales (como los moriscos de Farax o a los comandados por los citados monfíes) y convencer a los moriscos de paces.

Durante el comienzo el levantamiento se concentró en torno a la cara sur de Sierra Nevada: las Alpujarras y sus extremos este y oeste. Entrañó un peligro considerable para el valle del Lecrín y Motril y el del Andarax y Almería, dos posibles cabezas de playa para recibir refuerzos de los berberiscos y los otomanos (aunque en estos momentos no hubo acuerdo de ayuda con el sultán). En la cara norte de Sierra Nevada se levantó el Cenete que puso en serio peligro Guadix, importante conexión con Granada, Baza y el Marquesado de los Vélez. La anécdota fue Istán, en Málaga, donde un grupo de moriscos también se levantó. Pero esta fase de la rebelión fue esencialmente alpujarreña: una escarpada región formada por valles y barrancos en la cara sur de Sierra Nevada.

Las tropas del bando cristiano tardaron días en reaccionar. Dejaron a los rebeldes tiempo para ganar plazas y realizar saqueos, matanzas y tomar rehenes (muchos de los cuales acabaron degollados). En enero el marqués de los Vélez, Luis Fajardo, tenía a su ejército preparado para marchar a las Alpujarras. Sus motivaciones eran plenamente egoístas: ganarse el favor del rey para ampliar su marquesado, obtener títulos y, en especial, quedar por encima del marqués de Mondéjar (Íñigo López de Mendoza), su rival en la represión de la rebelión y enemigo de su linaje.

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Principales enfrentamientos en esta fase de la rebelión | Rea Silvia

Fajardo entró en la contienda por petición de Pedro de Deza, el presidente de la Chancillería de Granada, punta de lanza los “letrados” granadinos, grupo ascendente de la nueva administración de Felipe II, cuyas directrices venían de Diego de Espinosa, presidente del Consejo de Castilla e Inquisidor General. Este grupo, estrechamente ligado a los halcones de la corte (recientemente impuestos frente a las palomas, es decir, mano dura frente al pactismo), se opuso a la patrimonialización de los cargos granadinos por parte de los Mendoza (favorables al grupo de las palomas), cuyo pater familias (Íñigo), ocupaba el cargo de Capitán General de Granada. La división en el bando cristiano también estuvo presente desde antes de que comenzara el conflicto, aunque en este momento la rivalidad sirvió para tener los ejércitos preparados con cierta rapidez tras el corto letargo inicial.

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Diego de Espinosa

El 4 de enero del recién estrenado año, Fajardo salió con sus tropas hacia la franja oriental de las Alpujarras y, el 5 del mismo mes, Mendoza hizo lo propio en dirección al occidente alpujarreño. Fajardo se trasladó con su ejército a Tabernas, donde permaneció unos días a la espera del permiso real para entrar a Granada (aunque de hecho ya había entrado para dar apoyo estratégico y moral a Almería). Finalmente, el 11 de enero, abastecido, reforzado y con permiso, el marqués partió hacia las Alpujarras tras haber tranquilizado Almería (ciudad que contaba con casi la mitad de población morisca). Durante estos días las milicias de Guadix vencieron a los moriscos del Cenete, que se refugiaron en las serranías. La rebelión quedó concentrada en las Alpujarras.

Mendoza había atacado antes (no necesitaba permiso alguno para moverse con total libertad) y había conseguido para el 9 de enero poner cierto orden en el valle del Lecrín. El Capitán General llegó a las puertas de las Alpujarras, con lo que dio tranquilidad a la ciudad de Granada (fue su hijo, el conde de Tendilla, quien coordinó desde Granada las operaciones en el Cenete) y salvó la ruta hasta Motril. Fajardo, tras ganar en Huécija y Santa Cruz, se posicionó en la otra entrada natural hacia el núcleo sedicioso el 13 de enero. Los grandes rivales cercaban a los moriscos en las Alpujarras poco a poco. La situación parecía favorable para el bando cristiano, sin embargo, las cosas se torcieron pronto.

Las diferencias en la dirección de ambos bandos rompieron por completo la dinámica belicista; la situación se estancó. En el seno de los moriscos los radicales seguían perpetrando acciones crueles que no gustaban a Abén Humeya y que dificultaban un posible entendimiento con los cristianos. Además, el sector más moderado pactó la reducción con Mendoza el 19 de enero. El rey morisco debía depurar ambos bandos si no quería perder el control de la situación, a riesgo de crear nuevos enemigos en el proceso. Además, el ejército de Fajardo alimentó a los radicales con los desmanes que los soldados perpetraron en la toma de Felix el 19 de enero. La batalla fue cruel de por sí, pues murieron 700 moriscos, pero el pillaje y los desmanes se prolongaron hasta el día siguiente en lo que fue uno de los capítulos más sanguinarios del conflicto. La falta de disciplina aumentó entre las tropas de Fajardo cuando los suministros comenzaron a escasear, lo que dio paso a la deserción.

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Felipe II

Esta indisciplina es, no obstante, matizable. Aunque pareciera evidente en el ejército de Fajardo, Felipe II permitió el saqueo a población morisca para abastecer a las tropas, así como la esclavitud de moriscos (aunque no la de niños, muy extendida pese a todo). Esta permisividad no era una incitación a dedicarse en exclusiva al saqueo y olvidar las acciones militares (como muchos en el ejército de Fajardo hicieron antes o después, sin olvidarnos de los aventureros), pero tampoco podemos ignorar la importancia del botín en una guerra cruel donde la soldada no siempre se cobraba.

Para suerte de Fajardo, su ejército no se descompuso gracias a los constantes refuerzos, lo que le permitió continuar en la guerra. El marqués trató con mano dura a sus soldados: dio órdenes de no saquear las propiedades ni hacer a ningún morisco esclavo, pero desde la toma de Felix el pillaje aumentó con el paso de los días. Lo que consiguió Fajardo con sus medidas disciplinarias fue la enemistad de la tropa. De hecho, en la batalla de Ohanes el 1 de Febrero, todo lo visto en Felix llegó a cotas insospechadas con 1.000 moriscos muertos de los 2.000 que entablaron combate. Claro que las tropas del marqués llegaron a Ohanes con la noticia de 73 cristianas degolladas. La crueldad se había convertido ya en una piedra angular de esta guerra e influyó de manera evidente entre las tropas de ambos bandos.

Mendoza consiguió, desde mediados de Enero, arrinconar a los moriscos en la zona oriental de las Alpujarras, donde estaba Fajardo para encajonarlos en Ohanes, lo que dejaba la rebelión prácticamente aplastada. Pero los botines conseguidos en Felix y Ohanes volvieron a las tropas del marqués de los Vélez incontrolables. La insubordinación desestabilizó el curso de la guerra; los moriscos de paces, indignados, se sumaban a la rebelión al ritmo que las tropas del bando cristiano saqueaban y asesinaban.

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El paisaje alpujarreño | Fuente

Por si fuera poco, las deserciones hacían creer a los rebeldes que podrían alcanzar la vitoria. El episodio de abandono más vergonzoso para el marqués de los Vélez tuvo lugar en Terque (muy cerca de Huécija), donde su ejército se descompuso en el campamento tras no encontrar provisiones. Muchos de estos soldados tenían ya botín suficiente para volver a sus hogares con las manos llenas. Además, algunos entendían su inactividad en el campamento de Terque y el repliegue de Mendoza (que daba marcha atrás para negociar la paz) como una muestra de que la rebelión tocaba a su fin. Los que no tenían botín suficiente marchaban a probar suerte asaltando a familias moriscas que marchaban a la costa para huir al norte de África, un negocio más provechoso y menos peligroso que la guerra.

El ejército de Fajardo había quedado totalmente diezmado por las deserciones y su participación en la guerra entró en una desesperante pausa. En Terque finalizó lo que se ha considerado como la primera fase del levantamiento que, a pesar de ser corto, empeoró dramáticamente la vida de la población: los caminos dejaron de ser seguros, los antiguos vecinos se degollaban y mortificaban y los efímeros ejércitos mandados por el rey se comportaban como bandoleros o, en el mejor de los casos, aventureros. El bando cristiano no contaba con unidad de dirección y los dos generales del momento mostraban formas totalmente opuestas de afrontar la rebelión mientras que, en el morisco, las cosas no eran mejores en este sentido.

Compás de espera

El tiempo muerto que supuso la descomposición del ejército de Fajardo y las negociaciones por la paz de Mendoza se convirtió, en realidad, en un compás de espera: este precioso tiempo permitió a Abén Humeya reorganizar la situación y decidió acercarse al sector más radical de los rebeldes. En este plan de organización buscó, por primera vez, una alianza con Argel y el Imperio Otomano. La necesidad más importante era la de mejorar el ejército morisco, que iba a caballo entre el bandolerismo y las milicias. Para ello era indispensable que los estados musulmanes vecinos aportaran oficiales para mejorar el mando y así plantar mejor cara a los cristianos, quienes a pesar de ser milicianos sedientos de botín estuvieron cerca de acabar con la rebelión. Era también importante levantar otros puntos de la geografía granadina para abrir más frentes y darle un respiro a las Alpujarras, encajonadas entre los dos ejércitos de Felipe II.

Entre febrero y marzo hubo una falsa paz con fogonazos de violencia. Mientras Mendoza trataba de pactar el fin del conflicto, los desertores y aventureros del frente oriental perpetraban atropellos sobre los moriscos de paces. La situación en Granada no ayudaba. Pedro de Deza se enzarzó en disputas con el conde de Tendilla sobre cómo tratar la reducción: mientras el primero optaba por una vía dura, el segundo emulaba a su padre con una visión más pactista. Deza estuvo cerca de expulsar a los moriscos del Albaicín y repartirlos lejos de Granada, aunque tuvo que contentarse con arrestos indiscriminados y la reapertura de pleitos olvidados. Las riñas entre los poderes granadinos acabaron con una turba de cristianos asaltando la cárcel de la Chancillería de Granada, linchando y asesinando moriscos con la participación del alcaide, como describe Mármol Carvajal:

Con este aviso tan particular llamó el alcaide algunos amigos y deudos suyos, y les rogó que le acompañasen aquella noche con sus armas.

El tiempo muerto de las acciones militares y la efervescencia de actos violentos de los cristianos dieron al traste con una posible paz y Abén Humeya sumaba moriscos de paces hartos de los desmanes. Las noticias sobre la esclavitud y la venta de bienes robados a los moriscos en los mercados de Almería y Murcia dificultaron aún más la situación. Esta esclavitud comenzó a ser una verdadera tragedia que Mármol describe bien en las siguientes líneas:

…se los llevaron por esclavos: tan grande era la cudicia de nuestra gente, que cuanto veían delante de los ojos, así de amigos como de enemigos, todo se lo quería apropriar, y les pesaba porque no se acababa de levantar todo el reino para tener que captivar y robar.

A finales de marzo se reanudaron las operaciones militares; la rebelión había vuelto sin ningún género de duda y se convertía en algo más serio que un levantamiento limitado. Estas noticias preocuparon en Madrid a un Felipe II ya perturbado por la muerte de su tercera esposa y del príncipe Carlos. Los otomanos retomaron sus actividades en el Mediterráneo (aunque estaban pendientes de sus propias acciones militares y todavía no enviaron ayuda militar a los moriscos). Desde 1568, además, la monarquía emprendió una guerra comercial contra Inglaterra que dinamitó las relaciones con las provincias flamencas rebeldes (el conflicto empeoró su economía) de lo que surgió una alianza entre flamencos e ingleses contra Felipe II. La situación internacional iba a peor año tras año y en el seno de la monarquía había una verdadera rebelión, una guerra civil que mostraba debilidad a los enemigos del Habsburgo.

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Juan de Austria

Entretanto, en Granada, las diferencias en el alto mando enviaron al ostracismo político a los Mendoza. El padre quedó relegado de la Capitanía General de Granada y el hijo aislado en su cargo en la Alhambra. Felipe II envió a Juan de Austria a la capitanía general (aunque el hermanastro del rey era próximo a los ebolistas, se mostró más duro que Mendoza). Los consejeros en Granada de Juan de Austria (del ámbito de los halcones) plantearon la redistribución de los moriscos para aislarlos, cortar lazos entre ellos y llevar a cabo la aculturación de forma implacable. La mano dura se impuso como nunca antes.

Mientras en el alto mando cristiano cambiaba la balanza del poder, Abén Humeya recuperaba el terreno perdido en las Alpujarras. No le fue difícil encontrar descontentos por los desmanes de las tropas del bando cristiano. Pudo convencer a moriscos malagueños de Vélez-Málaga y Bentomiz de unirse al renacido levantamiento, cuya acción se basó en la concentración en puntos fuertes de las sierras cercanas. A pesar de que la violencia aumentaba, el cronista Hurtado de Mendoza describe el frente malagueño como poco sangriento:

no hicieron los excesos que en el Alpuxarra, antes contentandose con recoger la ropa a lugares fuertes sin hacer daños, echaron vando que ninguno matase o cautivase Christiano, quemase Iglesia, tomase bienes de Christianos o de Moros que no se quisiesen recoger con ellos.

Para contar con los radicales, Abén Humeya tuvo que realizar una fuerte depuración del bando moderado. Entre abril y mayo el bando morisco se rehízo y Fajardo quiso aprovechar para entrar con sus tropas (por fin recompuestas) en las Alpujarras. Bordeó la Sierra de Gádor para desbaratar el nuevo levantamiento de los moriscos pero Juan de Austria le ordenó que parase. La orden le llegó al marqués cuando estaba en Berja, situación estratégica que sin haberlo planeado daba al traste con las intenciones del rey morisco, quien quería usar la plaza para llegar al litoral y establecer una cabeza de playa para la entrada de refuerzos extranjeros. Era el único paso posible para cumplir el objetivo de Humeya y él mismo dirigió un ataque total sobre la plaza.

El ataque sobre Berja, la noche del 2 de junio, fue una victoria total de la infantería de Fajardo, que resistió en las calles de la villa mientras la caballería, dirigida por el propio marqués y sus hombres de confianza, realizó serios estragos entre las filas moriscas. El encuentro se saldó con unos 1.400 moriscos caídos y tan sólo 20 cristianos muertos, aunque sí con numerosos heridos. Fajardo recibió la felicitación de Felipe II, a quien informó puenteando a su inmediato superior, Juan de Austria. El marqués demostraba su hambre de fama y poder cada vez que tenía ocasión, algo que no tardó en traerle problemas con el hermanastro del rey.

El levantamiento hasta este momento estuvo limitado a las Alpujarras y apenas otros dos focos de poca importancia y alcance. En este territorio donde, como explicamos en el capítulo introductorio de esta serie, la convivencia entre cristianos viejos y nuevos fue menor es donde los rebeldes más apoyos encontraron. No obstante, la escalada de violencia con salvajes saqueos y asesinatos entre ambos bandos convenció a muchos moriscos de paces de sumarse al levantamiento que, en un principio, contó con unos escasos 4.000 efectivos. Esta violenta realidad alimentó el conflicto y desveló lo que en realidad era una guerra civil que amenazaba con durar varios años y dejar terribles secuelas.

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Publicado por

Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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