Divisiones en el mando: Juegos de poder en la rebelión de las Alpujarras

Los equilibrios de poder interno en ambos bandos fueron un factor esencial para entender el desarrollo del conflicto

A lo largo de los diferentes artículos de esta serie hemos visto cómo las divisiones internas en ambos bandos fueron cruciales para el desarrollo del conflicto. La influencia que tuvieron estas divisiones se cristalizó en lo militar y en lo diplomático: los desacuerdos entre los dirigentes cristianos a veces oxigenaban al ejército morisco, como fue el caso de los eternos campamentos de Luis Fajardo en Adra y La Calahorra, y otras hacían imposible el entendimiento hacia la paz, lo que fue evidente tanto en el primer levantamiento como al final de la guerra.

El objetivo de este artículo es indagar en la naturaleza de estas divisiones, comprender cómo llegaron las disputas de la corte a Granada y al bando morisco para así entender su alcance en el conflicto. Es importante entenderlo porque, como decíamos, fue un elemento clave para el desarrollo de la guerra, tanto que, como vimos en ‘La guerra de Granada (II), 1569-1571‘, una vez la Monarquía Hispánica consiguió unidad de dirección, ganó la guerra convencional.

Juegos de poder y tridentismo político

El cambio de rey con la llegada de Felipe II al trono de la Monarquía Hispánica trajo varios cambios, y algunos de ellos afectaron severamente a los equilibrios de las facciones cortesanas. En las décadas de 1550 y 1560 había un claro partido dominador, el llamado “partido” ebolista, cuya fuerza residía en gran parte en la íntima amistad de la Princesa de Éboli (una de las más poderosas de la facción) con Isabel de Valois, mujer de Felipe II. Su predominio casi indiscutido trajo a la sombra del partido diferentes casas nobiliarias, como los Mendoza o los Fajardo, y su política giró en torno al pactismo y a cierta transigencia.

Diego de Espinosa

Pero hubo varios factores que cambiaron la balanza del poder alrededor de Felipe II. El Concilio de Trento, que terminó en 1563, entendía poco de transigencia religiosa y, mientras se celebraba, en Castilla ascendía Diego de Espinosa, futuro presidente del Consejo de Castilla, Inquisidor General y consejero cercano de Felipe II. Su ascenso no queda claro, aunque parece que usó el poder que le confirió el partido ebolista como trampolín político para sus propios intereses. En la década central de la centuria forjó una red clientelar de prelados y corregidores, y en 1560 se había convertido en un gran patrón con agentes por los diferentes territorios de la monarquía. Para dar el gran salto en política sólo necesitaba que llegara el final del Concilio de Trento y el probable alineamiento de Felipe II con sus preceptos. A finales de 1563, su plan se había consumado.

Mientras tanto, Espinosa se había acercado a diferentes individuos de la corte más cercanos a su manera de entender la política, como Luis de Requesens y el duque de Alba. Espinosa fue un verdadero torbellino político al que se acercaron elementos que no coincidían con las ideas ebolistas o que simplemente buscaban más poder. Había llegado a Granada con Pedro de Deza, y allí él y sus agentes (letrados) se opusieron con fuerza a los Mendoza, que habían controlado Granada hasta entonces. En este juego cortesano, Fajardo cambió de bando. Su linaje había pasado toda la centuria tratando de entrar en Granada, y el freno que siempre se había encontrado era el de los Mendoza, que se mantuvieron en la órbita ebolista.

Empezado el conflicto, los halcones (como llamaron al partido de Espinosa y Alba) dominaban la dirección del mismo, a pesar de que el Consejo de Guerra era territorio ebolista con Juan de Austria a la cabeza. En estos momentos el Consejo de Castilla y la Chancillería de Granada pudieron más que las instituciones controladas por las palomas (como se conocía a los ebolistas). Desgraciadamente para Espinosa y Deza, el triunfo nunca es eterno, y en esta ocasión les duró poco por la llegada, en la primavera de 1569, de Juan de Austria a Granada. Con el hermanastro del rey las diferencias llegaron al seno de la dirección de la guerra granadina, aunque Deza esperó al primer traspié de Juan de Austria para atacar, lo que sucedió un año más tarde.

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‘Felipe II presidiendo un auto de fe’ nos puede servir para imaginar a diferentes actores “revoloteando” alrededor del monarca – Domingo Valdivieso y Henarejos

No obstante, a principios de 1569, las divisiones y las diferentes formas de encarar el conflicto ya habían conseguido que el conflicto empeorase. Mientras Mendoza intentaba buscar una rendición pactada de los moriscos, los desmanes de las tropas de ambos bandos mellaron la confianza mutua en una salida diplomática de la guerra. Además de la violencia, que en ambos bandos hubiera secciones importantes que no querían la paz fue clave para que no se llegara a un acuerdo y lo que era una rebelión limitada, se alargó como una guerra que duró varios años.

guerra de granada juan de austria
Juan de Austria

La suerte dejó de sonreír a Deza y Espinosa, quienes perdieron poder e influencia en la década de 1570. Sin embargo, los halcones continuaron siendo un partido cortesano muy fuerte con el duque de Alba como gran actor en diferentes escenarios. El tridentismo había triunfado, y Fernando Álvarez de Toledo (Alba) había ganado buena fama de gobernador tenaz al son de los preceptos tridentinos. A pesar de todo, la caída de Deza y Espinosa no dio rienda suelta a los ebolistas en Granada, como ya se dijo, los hombres del Chanciller depuraron en cuanto tuvieron ocasión a los pocos agentes que le quedaron a Juan de Austria en la ciudad granadina.

Las consecuencias de las disputas cortesanas llegaron a Granada antes y después del conflicto, aunque la existencia de una guerra hizo que el proceso se acelerara, llegando incluso a los generales principales. Las disputas entre Mendoza y Fajardo se remontaban a sus antepasados y poco tenían que ver con los partidos cortesanos o la guerra, pero la existencia de este contexto en la corte ofreció un marco excepcional a ciertos individuos ascender en el plano político. Sin duda, Fajardo, Espinosa o Deza lo entendieron así.

Linajes moriscos y extremismo monfí

Los moriscos que se rebelaron durante las navidades sangrientas necesitaban líderes en torno a los que agruparse si querían tener éxito. En la comunidad morisca alpujarreña existían varios cabecillas pertenecientes a linajes: la familia de Abén Humeya se decía descendiente de los Omeyas, y Farax Aben Farax de los Abencerrajes. Que estos parentescos fuesen ciertos no importa tanto como que gracias a esa supuesta pertenencia a los linajes estos personajes gozaron de una posición privilegiada. Contaban con el respeto de gran parte de su comunidad, aunque hubo otros factores importantes para que estos actores tomasen los papeles principales.

Abén Humeya

Tanto estos como otros moriscos importantes de la rebelión, como Aben Aboo o el Habaquí, eran notables con cargos en la administración granadina. Contaban con cierta capacidad de influencia en la política cristiana, y a través de ellos los moriscos pidieron a Deza y Mendoza que se suspendieran las medidas antimoriscas. No sólo tenían voz entre su comunidad porque pertenecieran a linajes respetados, sino porque tenían voz política en Granada, aunque su influencia fuese mínima frente a los halcones (y especialmente tras la llegada estos). Donde eran verdaderamente fuertes fue en su capacidad para movilizar a los descontentos de sus zonas de influencia. Eran nobles y, en las Alpujarras, donde la aculturación y la convivencia con cristianos fueron mínimas, las relaciones de clientelismo y patronazgo de estos linajes se mantuvieron prácticamente intactas.

Aunque las diferentes familias acordaron un pacto en el que los Válor (la familia de Abén Humeya) tenían el mando, como ya se apuntó, la solidaridad como nación no tardó en fracasar en pos de la solidaridad familiar. Pese a todo, esta tampoco fue infalible: hubo claras divisiones en el seno de las familias, como cuando Abén Aboo, primo de Humeya, sustituyó a su pariente en el mando cuando fue asesinado. A pesar de la aparente unidad de dirección, los acuerdos entre las familias pocas veces eran amistosos y aparecieron elementos en escena que desequilibraron las relaciones entre linajes.

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Ilustración de 1859 de Farax Aben Farax

Los monfíes fueron el elemento que más temprano y más claramente desequilibró la balanza para el lado radical. Estos grupos de bandoleros vivieron al margen de la ley durante más de medio siglo, con lo que difícilmente iban a seguir las órdenes de nadie. Mientras que los rebeldes acababan de proclamar un levantamiento, los monfíes llevaban rebelados, luchando y muriendo durante décadas. Su voz iba a ser escuchada y eran los de una mentalidad más radical del bando morisco.

La violencia que los rebeldes desarrollaron nada más empezar la guerra llevaba su sello, y así fue habitualmente. Aunque no todos se levantaron, contaron con el apoyo y la simpatía de buena parte de los moriscos, pues no eran simples bandoleros: entendían que habían sido desterrados y obligados a luchar por lo que habían perdido: el antiguo Reino Nasrí. Esta mentalidad les hizo alinearse en el bando radical de los sublevados, cuya salida del conflicto pasaba por causar una derrota a los cristianos para reinstaurar un reino musulmán. Además, al ser los mejores guerreros de los moriscos, contaban con una fuerza considerable a la hora de dirigir la rebelión.

En el bando contrario podríamos situar a el Habaquí, que desde antes del conflicto ya se mostraba propenso al entendimiento con los cristianos. El sector moderado fue el que más dificultades tuvo para entenderse con el resto de los moriscos. Su tendencia a pactar sin el permiso del rey morisco cuando no se había conseguido nada irritaba a Abén Humeya y se granjeó la enemistad de los radicales. El desequilibro que ejercieron los monfíes, y más tarde los argelinos y otomanos, relegó a los moderados a un segundo plano en la dirección del conflicto.

Abén Aboo

Como se puede ver, lo ocurrido en el bando morisco no se diferencia demasiado de lo que ocurría en el cristiano: diferentes formas de entender el levantamiento entre varios bandos con trasfondos que se remontaban en el tiempo. En este caso, la búsqueda de poder personal no está tan clara como en algunos personajes del bando cristiano. Aunque la creación de un nuevo Estado abriría las puertas a muchos moriscos a una posición de poder, buena parte de los cabecillas de la rebelión ya contaban con posiciones privilegiadas y no eran los que querían crear ese nuevo Estado, al menos no en un principio. Como hemos visto a lo largo de la serie, el transcurso de la guerra desdibujó por completo la situación inicial.

Estas diferencias, del mismo modo que las vistas del lado cristiano, dificultaron la dirección del conflicto y la consecución tanto de la paz como de un nuevo Estado. A pesar de la clara inferioridad técnica del ejército, si el alto mando hubiera contado con la unidad de dirección que la situación requería, los problemas que se habría encontrado el bando cristiano para frenar la rebelión habrían sido mayores. Pero las lealtades estaban demasiado divididas como para que los diferentes grupos se entendiesen sin una solidaridad nacional sincera.

Estas dinámicas de poder marcaron el conflicto de inicio a fin. Junto a la problemática de la violencia en el campo de batalla que afectó a la población (se convirtió en un factor más de la estrategia militar, en lo que fue una guerra total), estas divisiones internas alargaron el conflicto, envileciéndolo de manera inevitable, generando un problema mucho mayor que no terminó del todo al acabar la guerra oficialmente en 1571.

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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