Las consecuencias de la guerra, el destino de los moriscos

El fin de la guerra en Granada no acabó con los conflictos, la esclavitud morisca, su inmediata deportación y la expulsión final fueron las más duras consecuencias

La guerra siempre trae terribles consecuencias. La destrucción personal que deja a su paso genera heridas de difícil cicatrización entre los supervivientes. Aunque lo peor suele pasar cuando se firma el tratado de paz o se da por terminada por otros medios, para muchos la guerra nunca acaba y, en ocasiones, la nueva sociedad de posguerra se organiza en torno a esa realidad, establecida en una especie limbo a la espera de superar los horrores del pasado.

En 1571, en Granada, la guerra civil entre súbditos moriscos y la Monarquía Hispánica se dio por terminada. Los rebeldes que querían forjar un estado musulmán (y que de facto lo hicieron, en cuanto a ellos concernía sus territorios estaban gobernados por su rey) habían sido derrotados o se habían refugiado en lo más recóndito de las serranías. Una situación que ya explicamos en los artículos III y IV; para estos moriscos, las cuadrillas cristianas y para los cristianos supervivientes y los repobladores la guerra no había acabado. Al contrario, se alargó durante décadas.

Ya hemos visto en anteriores artículos de esta serie cómo el conflicto armado continuó, a menor escala pero con mayor crueldad, y cómo parte los cristianoviejos organizó una sociedad martirial al son del tridentismo y entorno a las heridas de la guerra. En el presente artículo vamos a tratar algunas de las consecuencias más importantes y que más se extendieron en el tiempo: ¿Qué ocurrió con los moriscos?

Esclavitud

En varios artículos ya hemos tocado someramente el tema de la esclavitud de los moriscos, que fue la primera gran consecuencia que dejó el levantamiento. Desde que se produjeron los primeros enfrentamientos armados ambos bandos ya tomaron rehenes. Los que acababan presos del bando morisco solían ser martirizados (especialmente si había presencia de radicales o monfíes que, dado el peso que tuvieron en la rebelión, era habitual), mientras que los del bando cristiano, aparte de humillaciones, palizas, violaciones y asesinatos, acabaron en gran medida en los mercados de las grandes ciudades para ser vendidos como esclavos. Murcia y Almería fueron las primeras ciudades en acoger este incipiente y lucrativo mercado, que pronto se extendió a los importantes mercados de Sevilla y Valencia.

Felipe II permitió la esclavitud de los moriscos en enero de 1569, casi al mismo tiempo que se tomaron los primeros esclavos. No era sencillo porque los moriscos estaban bautizados y era ilegal hacerlo con hijos de Dios. La laguna teológica que se encontró (o práctica) fue que realmente no eran cristianos (debemos insistir en que algunos sí eran cristianos), aunque estuviesen bautizados. Sólo se salvaron de la esclavitud los niños menores de diez años y medio y las niñas menores de nueve años y medio, y los moriscos tomados al margen de las acciones de guerra.

¿Eran muchos los niños moriscos esclavizados ilegalmente? Si tomamos como referencia el mercado de Córdoba, estudiado por Aranda Doncel, se ve cómo de un total de 326 esclavos, 35 de ellos eran niños prohibidos, el 11%. Aunque debido a la ilegalidad de estas transacciones mediante una compraventa encubierta quizás se trate de un número menor al real. De todos modos, los más interesantes para el mercado fueron los que estaban entre los 10 y los 30 años. A estos era legal esclavizarlos y presentaban mucho presente y futuro para trabajar.

Se calcula que fueron esclavizados entre 25.000 y 30.000 moriscos durante el transcurso de la guerra y los meses siguientes a su cierre. Cuántos de estos fueron en realidad tomados fuera de acciones de guerra es algo difícil, cuando no imposible, de conocer. Mentir acerca de la procedencia de un esclavo o de su edad resultaba sencillo, y hacer la vista gorda para comerciar con ellos era atractivo. ¿Cómo iba nadie a demostrar que fue hecho preso en un saqueo indiscriminado en vez de en una batalla, sin sus pertenencias personales y lejos de un hogar que podía haber sido quemado hasta los cimientos?

El destino de estos esclavos fue diverso y no siempre nefasto. Como ya se señaló, las leyes que la monarquía emitió sobre la esclavitud de los moriscos dieron un marco legal para la liberación de los que habían sido esclavizados ilegalmente. Y tras la vuelta a la paz, un número importante de moriscos recobró su libertad, aunque no todos podían demostrar estas injusticias.

Contrariamente, los niños no tuvieron tanta suerte a pesar de la insistencia de Felipe II en los meses y años siguientes a 1569 de liberarlos. Muchos de ellos eran huérfanos sin futuro alguno por delante, y aunque a muchos les fue devuelta la libertad, acabaron en una especie de servidumbre o semiesclavitud legal: debían realizar, hasta los 20 años, un servicio doméstico a cambio de comida y cama y debían recibir una educación cristiana. Aunque oficialmente no lo era, supuso una esclavitud temporal acompañada de una aculturación forzada. El resto de moriscos contaba con los resortes legales de la pragmática de Felipe II, además de fórmulas de manumisión por servicios especiales o cantidades específicas de dinero.

Deportación

A finales de enero de 1569, Pedro de Deza puso sobre la mesa la deportación de los moriscos albaicineros (que se habían opuesto a unirse a la rebelión) a otras zonas granadinas para asegurar la paz en la capital. En verano de ese mismo año se puso a prueba la medida, aunque sin deportarlos a todos. Desde ese momento se realizaron deportaciones parciales en diferentes puntos. La intención de esta política fue la de asegurar la retaguardia de los ejércitos reales, y quitar el recurso de ayuda a los alzados.

Pero la medida no quedó como algo circunstancial o temporal. En 1570 se tenía muy claro en la cúpula de poder de la Monarquía Hispánica que el futuro de los moriscos pasaba por deportarlos de Granada a otros puntos de Castilla, y a finales de ese mismo año todo estuvo preparado para realizar una deportación en masa. Columnas de 1.500 moriscos recorrieron los caminos castellanos vigilados por cerca de 200 soldados cada una. Durante los meses de noviembre y diciembre realizaron su éxodo con el frío del invierno a las puertas. Su destino eran ciudades receptoras que más tarde los distribuirían escalonadamente para reducir sus comunidades al mínimo. El objetivo: cortar sus lazos y distribuirlos entre cristianos para borrar su cultura morisca.

Deportaciones de los moriscos granadinos – Manuel Fernández y González (1859)

Tras esta gran deportación se llevaron a cabo otras de moriscos que habían conseguido esconderse o volver a su tierra y de monfíes capturados por las cuadrillas. Se ha calculado en torno a 80.000 el total de moriscos repartidos durante las tres fases de la deportación. De este total, del 20 al 30% murieron en el camino. Las causas de esta mortandad las encontramos en un invierno especialmente duro, la escasez de alimentos y la extensión del tifus.

El recibimiento en sus nuevos hogares no fue amistoso. A los ojos de sus nuevos vecinos eran infieles, culpables de la guerra granadina y, por ende, de la subida de impuestos y del alistamiento en el ejército de vecinos, amigos y parientes que habían muerto. La enfermedad con la que muchos llegaron empeoró aún más las cosas. Muchas villas trataron de deshacerse de ellos, lo cual era un problema para las ciudades redistribuidoras, que se quedaban con más moriscos de los que el plan estipulaba.

Aunque la idea de esta deportación era la de minimizar las comunidades moriscas para romper los lazos entre ellos y acabar con el problema, no siempre se consiguió, y hubo varias ciudades con nuevos barrios moriscos más grandes de lo planeado, como Sevilla o Écija. Cuanta más fuerza como grupo tuvieran, más temidos serían y, por tanto, menos eficaz la deportación. El plan diseñado por Deza y sus aliados políticos, de hecho, más que acabar con la frontera interior entre moriscos y cristianos, la repartió por diferentes puntos de Castilla, y la reavivó en lugares donde llevaba mucho tiempo olvidada.

Tensiones, convivencia y expulsión

Las deportaciones de los moriscos granadinos transmitieron los problemas que habían existido en Granada por buena parte de la geografía castellana, al mismo tiempo que aumentó la vigilancia sobre la corona de Aragón, único punto de la monarquía donde los moriscos aún estaban enormemente concentrados. A pesar de esto, las zonas más problemáticas fueron aquellas donde hubo moriscos deportados. El odio que ambos bandos habían desarrollado durante la guerra en Castilla era mayor que los recelos que existían en Aragón. El problema de los moriscos aragoneses es que contactaron con el norte de África y con los hugonotes franceses, y el miedo de los cristianos se basaba en una posible alianza de todos los enemigos de la monarquía, más que ante la posibilidad, relativamente desmentida, de una quinta columna turca.

Los movimientos tras las deportaciones fueron constantes: de familias en busca de los familiares de los que habían sido separados, de moriscos desesperados por volver a su tierra natal o de grupos e incluso barrios enteros tratando de huir al norte de África. Ambos bandos eran más conscientes que nunca de la frontera interior, y todos eran sospechosos: los cristianos de delatores y los moriscos de conspiradores. También se extendieron las profecías sobre el derrumbe cristiano y sobre la vuelta del poder musulmán. El propio Pedro de Deza escuchó y dio voz a algunas de estas profecías en el seno de la corte castellana.

El bandolerismo morisco aumentó desde el término del conflicto y se extendió a diferentes partes de la geografía castellana durante las siguientes décadas. Media Andalucía estuvo ocupada militarmente con la red de presidios durante una década, y otras partes de la geografía se vieron envueltas en asaltos, asesinatos y secuestros. En Aragón el bandidaje siempre había existido, al igual que en Granada, y durante estas décadas siguió siendo un problema de importancia. Pero el mayor problema aragonés fue siempre el contacto real con los protestantes de Bearne (región del Pirineo francés).

Las conspiraciones no sólo eran imaginaciones de los cristianos. En 1580, en Sevilla se desbarató un complot, en el que estuvieron implicadas otras ciudades del valle del Guadalquivir, para cruzar el Mediterráneo hacia el norte de África. La ciudad andaluza era la que más moriscos tenía de toda Castilla y el clima era especialmente tenso. Era un destino atractivo que ofrecía muchas oportunidades a los moriscos, por contar con una importante comunidad morisca y por ser puerto internacional. Pero su alto número de moriscos se debió a que las redistribuciones desde Sevilla no se llevaron a cabo o se hicieron mal, anulando los efectos pretendidos. En cualquier caso, la conspiración generó miedo en Sevilla y toda Andalucía a pesar de ser descubierta, y la tranquilidad tardó unos años en recuperarse del todo, pero se recuperó.

A partir de la siguiente década se evidenció un proceso de adaptación que venía gestándose al menos desde 1580: al igual que muchos moriscos se oponían a aceptar las normas impuestas, otros optaron por el pragmatismo, y otros tantos se vieron inmersos en una vida totalmente cristiana. Un caso evidente de lo último es el de los niños moriscos esclavizados. A menudo estos niños pasaban su infancia y su adolescencia en el seno de una familia cristiana, como siervos, criados o incluso como parte de la familia. Recibían una educación católica, su entorno era católico y sus costumbres, con los años, se hicieron también católicas. Cuando a los 20 años eran liberados de su servidumbre tutelar habían pasado al menos diez años de su vida bebiendo de esta cultura. Así, durante la década de 1580, una parte importante de esta generación estaba más acostumbrada al modo de vida cristiano que al morisco, y la mayor parte de la gente con la que se relacionaba era cristiana.

Junto con los niños moriscos, hubo familias que por voluntad propia reconstruyeron sus vidas en sus nuevos destinos, de los que acabaron haciendo su hogar y donde vivieron totalmente adaptados a las normas establecidas. En la propia Sevilla hay evidencias, ya en 1580, de familias almerienses que habían construido su vida desde cero, tenían sus negocios y vivían en total normalidad. Todavía contaban con un fuerte carácter de grupo: tendían a vivir cerca y las políticas matrimoniales eran endogámicas. De estas familias salieron pater familias acaudalados que se hicieron con un hueco importante en la sociedad sevillana morisca, guiando a otros moriscos en los pleitos por la reparación de los bienes perdidos o por distintos altercados con los cristianoviejos. Incluso se conoce el caso de un morisco que logró embarcarse hacia América, con lo que esto implicaba para unas autoridades obsesionadas con la limpieza de sangre. Una situación parecida existió en la Sierra Morena sevillana y onubense, donde en diferentes localidades se encuentran evidencias de familias moriscas granadinas que invirtieron su dinero en bienes muebles e inmuebles, demostrando un gran interés por asentarse y ganarse la vida siendo vecinos de cristianos viejos.

En Écija sucedió algo parecido a Sevilla. La ciudad astigitana ofrecía otro tipo de oportunidades a los moriscos que allí habitaron. Los que se trasladaron después de las deportaciones provenían en su mayoría de Málaga, y Écija es un cruce de caminos muy cercano a su lugar de origen. Acudieron familias a reconstruir su vida fuera de su antiguo hogar, pero a la vez cerca. Además, la mayoría de los moriscos que llegaron vivieron con familias cristianas a pesar de no ser esclavos, y la adquisición de elementos culturales cristianos debió ser inevitable, o al menos la normalización de la convivencia. Para la década de 1580 ya había más de 1.000 moriscos viviendo en Écija, la vida para los vencidos en esta ciudad debía ser lo suficientemente buena como para que tantos se trasladaran allí.

En Granada también hay claras evidencias de permanencia de moriscos perfectamente integrados en la sociedad cristiana. En este caso, Soria Mesa ha estudiado a las élites nobiliarias existentes desde siglos atrás y su integración en la nueva sociedad [en ‘Los moriscos que se quedaron. La permanencia de la población de origen islámico en la España Moderna (Reino de Granada, siglos XVII-XVIII)’]. Seguían siendo los intermediarios entre los cristianos y los moriscos, al igual que (a menor escala) las familias almerienses vistas anteriormente. Estas élites granadinas seguían ostentando cargos importantes en la administración incluso tras el decreto de la expulsión general. Claro es el caso de Miguel de Cazorla, morisco perteneciente a la élite granadina. Era jurado en Granada y fue condenado por la Inquisición en 1609 por islamizar. Sin embargo, continuó ejerciendo su cargo al menos hasta 1612.

Tras la guerra en Castilla existieron diferentes formas de afrontar la nueva realidad, al igual que durante el conflicto hubo radicales, moderados y moriscos de paz que incluso ya eran cristianos. Es importante tener en consideración la idea de que a pesar de las deportaciones, las uniones a los monfíes o huidas al norte de África, existió un marco de convivencia. Esto no quita que las relaciones todavía estuvieran marcadas por la dicotomía social de vencedores y vencidos, pero buena parte de estas eran pacíficas y tendían a la integración.

Pese a todo, también desde estos años, se hizo habitual pensar en soluciones a un problema que iba menguando, aunque tampoco dejó de existir. La idea de la expulsión estuvo firmada por arbitristas (del arbitrismo) y se hizo habitual en la corte y los consejos. También se sopesaron otras medidas, como la creación de guetos y la extinción paulatina de la minoría. El bandolerismo prácticamente acabó a finales del siglo XVI, y el peligro de las grandes conspiraciones había pasado. A pesar de todo, en la corte, muchos no estaban del todo satisfechos, especialmente por la gran concentración de moriscos en la corona de Aragón. Finalmente, la idea de expulsarlos a todos de la monarquía ganó terreno en la primera década del siglo XVII.

La expulsión general, como todo este proceso, tuvo enormes claroscuros. Fue un verdadero drama, como lo fue toda la segunda mitad del siglo XVI o la expulsión de los judíos en época de los Reyes Católicos. Miles de familias que vestían como cristianos y hablaban castellano y aragonés partieron en un éxodo repleto de dolor que demostró lo apegados que estaban a sus hogares, así como la falta de entendimiento con parte de la cúpula cristiana.

La expulsión de los moriscos - Vicente Carducho

La expulsión de los moriscos – Vicente Carducho

La expulsión aceleró la estabilidad social que estaba en marcha, a costa de perder un importante recurso demográfico y económico: en Sevilla muchos moriscos trabajaban en el puerto y su salida fue un duro golpe para el bienestar económico de la ciudad; en Valencia también se dejó notar económicamente la ausencia morisca, aunque hubo planes repobladores que amortiguaron el efecto.

No sólo en materia económica la expulsión supuso pérdidas para la Monarquía Hispánica. España se resintió en el plano cultural, algo a lo que, para ser justos, no se le daba la importancia en el 1600 que nosotros le damos. Pero esa riqueza cultural no desapareció. Hubo moriscos que se refugiaron con los gitanos, donde fueron aceptados y donde dejaron su sello en el flamenco. Hubo moriscos que acabaron en África, donde no pocos fueron recibidos con palizas y saqueos, ya que a ojos de muchos norteafricanos, aquellas gentes eran cristianas o, sencillamente, un botín fácil de conseguir. Las crisis humanitarias siempre atraen a los actores de peor moralidad.

Desembarco de los moriscos en Orán (se puede apreciar asaltos a los recién llegados)- Vicente Mostre

A pesar de todo un buen número de moriscos consiguió comenzar una nueva vida al otro lado del Mediterráneo. Ciudades como Tetuán tuvieron una importante presencia andalusí y morisca, la música de Granada todavía se puede rastrear en lo gharnati de Argelia y la Biblioteca Andalusí de Tombuctú es una fuente de conocimiento del pasado morisco y andalusí. También quedó cultura enterrada en España, como versos en aljamía ocultos en paredes antes de la expulsión que se descubrieron siglos después, a los que se les ha dado vida con música.

Y también quedaron personas. Recientemente se ha descubierto que una cantidad nada desdeñable de moriscos quedó en la península. Continuaron su vida como la habían llevado hasta ese momento, desarrollaron su actividad profesional y continuaron sus linajes a lo largo de los siglos demostrando que, al menos para algunos, la integración fue posible. La guerra, después de tanto tiempo, había terminado.

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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2 respuestas a “Las consecuencias de la guerra, el destino de los moriscos”

  1. Víctor dice:

    Acabo de terminar la serie de artículoa. Sólo quería dejar este comentario para felicititar al autor.

    • Álvaro Bermúdez dice:

      Muchas gracias por tu comentario, Víctor.

      Ha sido un gran esfuerzo el que hemos hecho para completar la serie y palabras como las tuyas hacen que todo merezca la pena.

      Saludos.

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