La guerra de Granada (II), 1569-1571

El levantamiento alpujarreño de 1568 se había extendido a otros puntos del antiguo reino nasrí en una guerra que amenazaba con alargarse durante años

La clara victoria de Luis Fajardo en Berja no paró la rebelión (lee aquí la primera parte). Abén Humeya buscó ahora levantar a los moriscos del valle del Almanzora (en el este de Almería) para conseguir la ansiada salida al mar. Además, la villa de Baza no quedaba lejos y era un cruce de caminos hacia el Marquesado de los Vélez y Guadix. A mediados de junio, el alto y medio Almanzora se habían levantado exitosamente. Los tercios llegaron a principios del mismo mes a Málaga aunque en un principio se habían prometido a Fajardo, Luis de Requesens (encargado de controlar el frente malagueño) consiguió desviarlos para usarlos en su campaña, lo que no gustó nada al marqués. Su victoria el 11 de junio de 1569 en Frigiliana y el desorbitado comercio de esclavos que le siguió convenció a los insurrectos malagueños (Bentomiz y Vélez-Málaga) de abandonar las armas.

La guerra en expansión

Mientras las cosas marchaban bien para el bando cristiano en Málaga y Fajardo acampaba en Adra tras la victoria de Berja, el sector oriental se recrudecía y los enfrentamientos se intensificaban durante el mes de julio. Humeya quería concentrar fuerzas en el Almanzora y las tierras aledañas para distraer a los cristianos y atacar Almería. En el comienzo del verano la rebelión llegó a las puertas de Baza, lo que presionó las fronteras de Jaén, Murcia y, por extensión, Valencia. Lo que en un principio había sido un levantamiento muy concentrado en las serranías granadinas ahora amenazaba con contagiar a los moriscos aragoneses y convertirse en una guerra civil a gran escala.

Este artículo forma parte de la serie “La rebelión de las Alpujarras”, te recomendamos haber leído los anteriores para entenderlo mejor.

La situación en Valencia era tensa desde principios de 1569. Aunque los moriscos aragoneses no se unieron al levantamiento el temor al contagio rebelde era extremo. El virrey de Valencia, el conde de Benavente, organizó un cordón sanitario y realizó constantes pesquisas durante todo el año sobre posibles insurrecciones. De hecho se ha descubierto recientemente que hubo una seria conspiración en Valencia para el alzamiento de un importante número de moriscos planeada para principios de 1570 que, sin embargo, no llegó a buen puerto.

La guerra en las Alpujarras y el este de Málaga | Rea Silvia

Mientras tanto, en Granada, Fajardo acampaba en Adra durante julio a pesar de contar con órdenes de volver a las Alpujarras con los tercios y hacer frente de nuevo a Abén Humeya. El retraso en la salida lo provocó él mismo y exasperó a sus superiores. Su principal motivo para retrasar la partida fue la falta de provisiones y, a pesar de que su petición tuviese sentido por el historial de deserciones entre sus tropas, desesperó a Juan de Austria.

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Juan de Austria

El marqués estaba muy dolido por el desvío de los tercios hacia Málaga, quizás pensó en ellos como la única forma de mejorar la disciplina de sus tropas y estaba preocupado por el levantamiento del Almanzora, que presionaba las fronteras de su señorío. Además quería buscar la gloria por cuenta propia y detestaba tener que seguir las órdenes de Juan de Austria al pie de la letra. Las discusiones y tensiones entre ambos fueron un problema constante para mejor suerte de los moriscos.

El marqués finalmente partió hacia las Alpujarras con los tercios y consiguió una victoria sobre Humeya en su tierra natal: Válor. El éxito fue de nuevo efímero. El ejército del marqués, que contaba con casi 7.000 hombres entre infantería y caballería, se redujo a la mitad durante el mes de agosto. Tras comprobar que las provisiones en La Calahorra (su próxima parada) eran insuficientes, comenzó un intenso intercambio de cartas con el rey y Juan de Austria entre el enfado y la desesperación. El ejército acampó en La Calahorra pero el daño estaba hecho. El hambre y la deserción hicieron mella en el ejército de Fajardo mientras los moriscos recuperaron el terreno perdido en julio. El marqués de los Vélez no pudo recibir las provisiones necesarias a tiempo, aunque después apuntaron a él como culpable al no haber querido mover unos bagajes que tenía cerca de Guadix. Cuando las provisiones llegaron estaban en mal estado y causaron enfermedades en sus tropas. Incluso el lugar en el que tratar a los soldados enfermos fue un motivo de discusión con Juan de Austria. El que había sido hasta ahora uno de los más exitosos generales de la guerra cayó en desgracia de forma incomprensible.

Entretanto, Abén Humeya había prometido vasallaje al sultán otomano a cambio de 400 soldados, que llegaron a las Alpujarras a mediados de agosto. El contingente turco unido a los moriscos atacó de nuevo el valle del Lecrín, con el consiguiente peligro que suponía para la ciudad de Granada.

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Felipe II

Por su parte los Mendoza protestaban por la dura política para aplastar la rebelión. Al final el conde de Tendilla perdió su cargo de alcaide en la Alhambra, lo que completó el ostracismo de la familia. Tras un desencuentro entre el conde y Juan de Austria que terminó con serias amenazas, Felipe II medió en favor de su hermanastro. El futuro de los moriscos pasaba, sin ningún género de duda, por la mano dura y la expulsión. Esto último se había pulsado en junio cuando se sacó a los moriscos del Albaicín. Se llevó a cabo con mucha dureza y generó desconfianza y odio entre los levantados y los moriscos de paces.

En el mes de septiembre las acciones bélicas siguieron el curso visto durante el verano. Abén Humeya intentó levantar las tierras del bajo Almanzora (del señorío de los Vélez), con el ejército de Fajardo descompuesto en La Calahorra, para conseguir una salida al mar a través de Vera. La villa del marquesado ofreció una dura resistencia el 25 del mismo mes. La presión en esta zona obligó a Murcia y Valencia a alistar más hombres y asegurar las fronteras.

Este mes fue un punto de inflexión para Abén Humeya. Cansado de no conseguir ningún objetivo, negoció la liberación de algunos familiares apresados. Los radicales descubrieron las negociaciones y prepararon una conjura contra él por traición a la que se sumaron los moderados; fue su momento para vengar la fuerte depuración que sufrieron meses atrás a manos de Humeya. Los capitanes otomanos dieron el visto bueno, pues tenían órdenes de mantener la rebelión viva para ganar tiempo en los preparativos del asedio a la veneciana Chipre.

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Abén Aboo

Una vez asesinado Abén Humeya, ascendió al trono morisco su primo Abén Aboo. No tardó en acercarse a los turcos, algo que los moderados seguían viendo como un error que dificultaría posibles negociaciones. En noviembre, el nuevo mando morisco reanudó la presión sobre el altiplano granadino y tomó la plaza de Galera. Aquello supuso un severo golpe para Felipe II, pues la frontera de Murcia corría serio peligro. Las plazas de Oria y Orce vivieron aquellos meses bajo mucha presión, y la última era de especial importancia porque era encrucijada entre Jaén, Murcia y Valencia. El bando cristiano salvó la situación por la participación de milicias jienenses y murcianas, que dieron oxígeno para que Juan de Austria preparara con más tiempo un nuevo ejército.

El hermanastro preparó sus tropas milicianas durante los dos últimos meses de 1569. Aunque sabía que eran poco fiables debía intervenir para controlar la situación, especialmente con Fajardo todavía acampado. Era una situación poco deseable para Juan de Austria, pero no tenía muchas más opciones. El hermanastro convenció al marqués para que saliera de La Calahorra y le ayudara a reducir Galera, a lo que accedió tarde y con airadas protestas. Mientras tanto, en Granada, el duque de Sessa sustituyó a Íñigo López de Mendoza, al que le arrebataron en 1570 de manera permanente su título de Capitán General de la región, aunque lo peor para la familia estaba por llegar.

La campaña de Juan de Austria

Cuando Fajardo llegó al sitio de Galera en enero de 1570, Juan de Austria lo recibió con una dura noticia: sería sustituido por otro general tras la caída de la plaza. La decisión tenía sentido sin entrar a analizar quién tenía más o menos razón. Tras un año de guerra ya era más que evidente que sin unidad de dirección en el bando cristiano el conflicto podría enquistarse. Pero es probable que Juan de Austria errara, quizás por orgullo o exasperación, en el momento de transmitir la noticia; con un asedio por empezar no era la mejor idea. La respuesta de Fajardo fue contundente e irresponsable: abandonó el cerco el 18 de enero de 1570 sin previo aviso, lo que puso al resto de generales en peligro.

Para suerte del hermanastro, la partida de Fajardo no fue desastrosa y pudo comenzar el asedio el 24 del mismo mes. No se estrenó bien Juan de Austria a pesar de contar ahora con los tercios. El 27 intentó un asalto que costó muchas vidas y preocupó seriamente al general, tanto que, según el cronista Mármol Carvajal, “no paró en lágrimas ni en gemidos el dolor que Juan de Austria sintió cuando vio tantos cristianos muertos y heridos”. Tras mucho trabajo para continuar el asedio sin que las tropas perdieran su moral, el 7 de febrero consiguió reducir la plaza e impuso un castigo especialmente severo sobre los moriscos, que Mármol también relató: “…y ansí hizo matar a muchos en su presencia a los alabarderos de su guardia”. Aunque anteriormente Felipe II había declarado que se debía hacer la guerra “a sangre y a fuego”, tras Galera fue cuando algunos lo tomaron al pie de la letra. No iba a ser un paseo militar de los ejércitos de Juan de Austria y, como el conflicto se tornaba tan serio, Felipe II se trasladó a Córdoba y convocó a las Cortes para mejorar la financiación de la guerra.

Al cruento asedio de Galera le siguió la toma de Serón el 27 de febrero, otro episodio de una violencia terrible. Estuvo precedido por unos enfrentamientos en los que murió Luis Quijada, hombre especialmente cercano al hermanastro del rey. La posterior toma de Serón fue su cruda venganza personal. La crueldad había estado bien presente desde el comienzo del conflicto, incluso desde antes si tenemos en cuenta los desmanes de los cristianos, el pillaje de los bandoleros y las razias berberiscas, pero aumentó gradualmente con el paso de los meses. Si en un principio el levantamiento no causó una frontera interior insalvable, el odio entre los dos bandos a estas alturas comenzaba a revelar un panorama diferente en las zonas afectadas por la rebelión.

Principales enfrentamientos en el altiplano granadino y el valle del Almanzora |Rea Silvia

En febrero, tras la victoria de Serón, el altiplano granadino quedó en manos cristianas y el siguiente paso era controlar el Almanzora, operación conjunta de Juan de Austria con el duque de Sessa. El punto clave para hacerse con el Almanzora fue la villa de Tíjola, que se tomó a principios de Marzo. Con este asedio terminaron los grandes enfrentamientos de la guerra.

A partir de este momento los rebeldes se refugiaron en las serranías, desde donde continuaron la rebelión con una estrategia más propia de guerrillas. Ese mismo mes comenzaron las expulsiones de los moriscos de paces de diferentes lugares. En parte era un paso más de la estrategia militar cristiana, pues se hizo con la idea de mantener segura la retaguardia de los ejércitos. De ahí que se expulsara a los moriscos de la Vega de Granada, Hoyas de Guadix y Baza.

La expulsión incitó a elementos pacíficos a unirse a la rebelión o simplemente a huir a las sierras, donde muchos comenzarían a llevar vida de monfíes (bandoleros). Fue un drama para muchas familias y la consecuencia lógica de la victoria de la mano dura, tanto en la corte como en Granada. El colaboracionismo morisco con los insurrectos intranquilizaba al bando cristiano y era la idea que los halcones barajaban desde hacía meses. Era una situación difícil de manejar, pero buena parte de los insurrectos se levantaron debido a la crueldad de políticas de Estado y a los desmanes particulares de generales y soldados.

El rebrote de bandoleros impulsó al bando cristiano a cambiar de paradigma para su reducción. Los ejércitos regulares no tenían posibilidad de luchar en serranías contra guerrillas que conocían mejor el terreno, atacaban por sorpresa y se reagrupaban con rapidez. Para hacer frente a esta situación crearon el sistema de cuadrillas, que tuvo éxito en un marco temporal que excedió el considerado fin del conflicto. En otro artículo profundizaremos en este sistema de “monfíes cristianos”.

Debido a esta doble realidad de asedios y guerra de guerrillas hay que replantear el éxito de la reducción en el Almanzora desde la llegada de Juan de Austria. Es cierto que como guerra convencional la ganaba el bando cristiano con su gran ejército al mando del hermanastro (12.000 al partir de Granada, aunque en Serón quedaban poco más de 8.000), pero su efectividad se puso en duda incluso entonces. A pesar de ser un ejército imponente que obtuvo victorias, la guerra se trasladó pronto a las serranías donde eran más fuertes los alzados. Hay que tener en cuenta que Juan de Austria perdió casi la mitad de sus tropas, fue torpe al escoger el momento de fulminar a Fajardo (aunque lo mereciera) y su cruenta represión empujó a elementos pacíficos a unirse a los rebeldes, ya fuera por convicción o desesperación.

Íñigo López de Mendoza había entendido mejor el panorama general y conocía a los moriscos y sus tierras. Sabía que el uso de un ejército convencional no lo era todo y que las victorias militares debían ir acompañadas de diplomacia. Esta estrategia, como se apuntó, fracasó por motivos ajenos al antiguo Capitán General. La vía militar requería no sólo grandes golpes y asedios exitosos. A esto debía seguirle una estrategia diferente: una red de presidios y cuadrillas para hacer la guerra irregular al modo morisco y así demostrarles que las serranías no era un bastión irreductible. El propio Mendoza había propuesto estas medidas en la primavera de 1569 pero no fue escuchado. Mutatis mutandi, sus rivales copiaron parte de sus ideas un año después, pero sin atisbo de diplomacia: los rebeldes debían ser barridos del mapa; los que nunca se levantaron, expulsados.

Los moriscos conocían el terreno al luchar cerca de sus hogares y contaban con oficiales monfíes que sabían cómo combatir en estas circunstancias. Los cristianos tenían milicias concejiles indisciplinadas, compuestas de hombres sin experiencia en el combate y sin interés alguno en la contienda. Era un terreno complicado, con pasos de montaña tortuosos en los que los ejércitos del rey estaban expuestos a los ataques moriscos. En esta situación (como en todas), los tercios aportaban un apoyo moral enorme pero poca utilidad militar a pesar de su conocida capacidad de adaptación, más cuando el dinero escaseaba para pagarles.

Selim II

En la primavera de 1570, Abén Aboo pidió ayuda de nuevo al sultán Selim II, quien le envió unos 4.000 soldados. Una ayuda nada desdeñable, aunque valga decir que el sultán no se movía por la asabiya (la solidaridad que mencionamos en el capítulo introductorio de esta serie), sino que de nuevo quería alargar el conflicto para facilitar su avance por el Mediterráneo, cuyo objetivo seguía siendo Chipre.

Durante todo este año la política internacional estuvo marcada por una tensa calma. Los conflictos seguían activos, pero la momentánea pausa en los Países Bajos posibilitó el envío de ayuda militar al rey francés para su lucha contra los hugonotes, además de una mayor dedicación y envío de recursos hacia el problema morisco. Sin embargo, esta calma fue usada por todos para reorganizar sus objetivos militares. En septentrión, los nobles neerlandeses (con ayuda inglesa) armaban flotas y ejércitos que no tardaron en crear verdaderos estragos a la Monarquía Hispánica. En el Mediterráneo, el poder preeminente seguía siendo el otomano a través de sus propias flotas y las de sus vasallos, aunque en estos momentos molestaron más a la Serenísima República de Venecia. Poco a poco los intereses cristianos confluirán y la Santa Liga estrechará lazos con Venecia. El camino otomano hacia Chipre fue el camino cristiano hacia Lepanto.

Al mismo tiempo que pedía ayuda al Sultán, el rey morisco impulsó el levantamiento de la zona más occidental de Málaga, siempre intentando dividir frentes. Antonio de Luna partió hacia Ronda con órdenes de tomar moriscos, según relató el cronista Hurtado de Mendoza, “sin hacerles fuerza ni agravio o darles ocasión de tomar las armas, los pusiese en tierra de Castilla adentro”. Esta intervención se complicó y alargó incluso después del fin formal del conflicto. El intento de expulsión de los moriscos de paces, llevado a cabo con torpeza y exceso de violencia, envileció a la población. Aunque algunos monfíes permanecían activos en las sierras, se conoce que en Ronda los moriscos vivían en total normalidad (y esta era la tónica general de las serranías malagueñas). Habían sembrado en sus tierras, lo que se ha interpretado como muestra de que no tenían planeado ningún tipo de levantamiento. Estos moriscos de paces, indignados por las medidas cristianas, no dudaron en unirse a la rebelión.

El frente malagueño | Rea Silvia

Este levantamiento malagueño se alargó y enturbió todavía más debido a los cristianos viejos, ya que, según Hurtado de Mendoza, al irse “…Don Antonio, salió la gente de la comarca, Christianos viejos, a robar por los Lugares, mugeres, niños, ganados”, y la rebelión se extendió por la serranía de Ronda y Marbella y se enquistó de manera parecida al resto de focos rebeldes: grupos de monfíes muy activos y ejércitos reales que acabaron dividiéndose por cuadrillas en presidios. La poco levantisca Málaga se vio inmersa de lleno en la rebelión y la actividad monfí se extendió en estas tierras hasta la década de 1580.

El espejismo de la paz

Pese a la ayuda otomana, que concentró a sus hombres en las Alpujarras, la guerra la seguía ganando el bando cristiano. Muchos moderados moriscos pensaban que era hora de entregar las armas. En abril de 1570 comenzaron las negociaciones por la paz entre uno de los generales de Aboo, el Habaquí (con el permiso del rey morisco), y el bando cristiano. Durante este mes y el siguiente la paz parecía una cuestión de tiempo, pero los moriscos más radicales y los otomanos se negaban a aceptar el trato, los unos por convicción y los otros porque al sultán no le interesaba. No obstante, el 2 de julio, el Habaquí embarcó a los turcos como uno de los últimos pasos hacia la paz.

El final estaba cerca, pero la relajación por este posible acuerdo fue visto por algunos como una oportunidad. Una parte de los rebeldes y el propio Abén Aboo recuperaron la esperanza cuando vieron que llegaban más barcos otomanos y berberiscos a las costas en un certero y retorcido movimiento del sultán, que simplemente quería tener a Felipe II ocupado en su propia casa. El rey morisco tramó el asesinato de su general y continuó la guerra con un ejército oxigenado por los refuerzos.

A mediados de julio, de nuevo, el mando morisco ordenó levantar diferentes frentes para dividir las fuerzas cristianas, especialmente en zonas donde se estaban produciendo las mayores expulsiones, como Ronda o Vélez. Pidió también la ayuda de Argel (que ya había ayudado a los sublevados, aunque al igual que los otomanos en beneficio propio: tomó Túnez a finales de 1569) y continuó con las negociaciones de paz en un intento de engañar a los cristianos. Pero a Abén Aboo no le duró mucho el engaño: en agosto el bando cristiano organizaba de nuevo la guerra, otra vez con un enorme cisma en su cúpula. En esta ocasión, Pedro de Deza (presidente de la Chancillería de Granada) y Juan de Austria fueron los actores; el primero acusó al hermanastro de tener una mano blanda con los moriscos

Luis de Requesens

A finales del mismo mes las nuevas fuerzas estaban organizadas con Luis de Requesens, que entró en las Alpujarras mientras Sessa y Juan de Austria esperaban con sus ejércitos en Guadix a posibles huidos. En Málaga, Antonio de Luna reducía a los rebeldes y tiempo después lo sustituyó el duque de Arcos. Requesens mantuvo las Alpujarras en estado de guerra sin dar cuartel a ningún contingente morisco. En septiembre, lo único que quedaba eran reductos de rebeldes apostados en los puntos más inaccesibles de las sierras como monfíes. Esta situación se repetía en el Almanzora y en Málaga. A pesar de haber división en el mando, esta vez el bando cristiano actuó con rapidez simultáneamente en los diferentes frentes para evitar los errores del pasado.

A finales de agosto la guerra se dio por terminada pero la realidad fue más compleja. Aunque ya había comenzado en primavera, a finales de verano el bando cristiano desplegó una completa red de presidios que sustituyó de manera definitiva al ejército. Los presidios eran puntos fuertes que controlaban caminos y pasos de montaña para mantenerlos seguros, y las cuadrillas peinaban el terreno en busca de los monfíes que seguían en guerra. Esta realidad se extendió en el tiempo y a los otros puntos calientes de la rebelión. Su objetivo era, una vez aplastado el grueso del levantamiento, hacer segura la tierra para los futuros repobladores, pues la deportación total “tierra adentro” de los moriscos granadinos estaba sellada y comenzó en noviembre de 1570.

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Pedro de Deza

Por otra parte, el conflicto entre palomas y halcones en el ámbito granadino no acabó en 1570 ni en los años siguientes. Los hombres de Deza depuraron Granada de los cercanos al hermanastro; no hay que olvidar que, a pesar de su mano dura, Juan de Austria era cercano a las palomas. El propio duque de Arcos, ahora Capitán General de Granada, estaba poco dispuesto a tomar medidas que no llegaran directamente del rey; no quería acabar en el ostracismo político o incluso peor como el conde de Tendilla, que fue condenado a galeras por Felipe II. Aunque este enfrentamiento de la corte y sus redes de clientelismo y patronazgo no había nacido de la guerra, el conflicto facilitó un escenario propicio para la fiera disputa de dichos intereses.

En enero de 1571, los rebeldes malagueños habían sido aplastados por el duque de Arcos y, en marzo, el líder monfí el Seniz llevó a Granada la cabeza de Abén Aboo como símbolo final de la derrota. La repoblación estaba lista para comenzar pero, a pesar de todo, importantes reductos de monfíes continuaron en estado de guerra. Los presidios siguieron en el Almanzora, las Alpujarras y Málaga durante años.

La guerra, más que terminar, había cambiado y se mantuvo viva en focos donde la crueldad continuó en aumento. Los enfrentamientos entre las cuadrillas y los monfíes fueron de los más violentos de todo el conflicto, un escenario donde todo se volvió más personal, crudo y oscuro. La idea defendida por Bernard Vincent de “guerra de los 100 años granadina” cobra todo su sentido en este momento. Aunque a ojos del mundo la tierra había quedado en paz (y esto era lo que Felipe II quería mostrar al exterior), muchos moriscos permanecieron en pie de guerra hasta finales de la centuria. E incluso tras las deportaciones “tierra adentro” el miedo a las conjuras y las rebeliones fue constante.

La persecución inquisitorial sobre los moriscos y el miedo a un nuevo levantamiento con colaboracionismo otomano (y protestante) se extendió en Castilla y Aragón. A pesar de la victoria cristiana en Lepanto en 1571 el tablero del Mediterráneo poco cambió, aunque a partir de 1580 los dos imperios mediterráneos pusieron sus miradas en zonas más septentrionales: Alejandro Farnesio se preparaba para realizar una intervención en las provincias rebeldes de los Países Bajos mientras los turcos guerreaban del lado polaco contra Rusia y fijaban sus ojos en la frontera con Persia.

En algunas serranías del sur peninsular pequeños grupos de moriscos y las cuadrillas cristianas protagonizaban los últimos coletazos de una guerra que, si no acabó en 1571, murió lentamente durante las siguientes tres décadas. Los vencidos fueron repartidos por diferentes puntos de la geografía castellana para que dejaran de ser moriscos y se convirtieran, lejos de su tierra y su gente, en cristianos.

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Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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2 respuestas a “La guerra de Granada (II), 1569-1571”

  1. José Antonio Fernández zapata dice:

    Muy interesante.

  2. […] la guerra de Granada, cuyos orígenes y su desarrollo hemos explorado en los artículos I, II y III, la participación militar fue mayoritariamente miliciana. En el bando cristiano pocos puntos de la […]

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