Los ejércitos de la guerra de Granada, 1568-1571

Reclutamiento, combate, vida en el frente y secuelas de los ejércitos que se enfrentaron en la Rebelión de las Alpujarras

Durante la guerra de Granada, cuyos orígenes y su desarrollo hemos explorado en los artículos I, II y III, la participación militar fue mayoritariamente miliciana. En el bando cristiano pocos puntos de la geografía castellana y aragonesa se vieron exentos de aportar tropas. En el morisco la situación era parecida, solo que en un marco geográfico reducido y con milicianos voluntarios. Ambos ejércitos contaron con una base sin experiencia militar, mandos experimentados en diferentes tipos de combate y pequeños contingentes profesionales o, al menos, curtidos en batalla.

El ejército cristiano. Reclutamiento, vida en el frente y combate

A los pocos días de llegar las noticias sobre el levantamiento, los mecanismos para reclutar milicias concejiles se pusieron en marcha. Un reguero de hombres salió desde 1569 hasta 1571 con destino a Granada. Al principio, los apercibimientos enviados a los cabildos de los concejos para reclutar las compañías se centraron en Andalucía y Murcia pero, desde finales de 1569, Felipe II extendió los reclutamientos a Extremadura, la Mancha y algunos puntos del norte.

El reclutamiento de estas tropas está envuelto en luces y sombras, al igual que su participación en el combate. Si miramos el caso sevillano encontramos una reyerta nobiliaria (las divisiones internas llegaron hasta los niveles más bajos) en pleno cabildo que retrasó el envío de las tropas a Íñigo López de Mendoza. Una vez levantados los 2.000 hombres que se pedían desde Granada sólo se pudo armar y abastecer a 1.000, el resto llegó a tierras granadinas cuando la rebelión se activó de nuevo. Es una pequeña muestra de las dificultades que tuvieron los cabildos de las distintas ciudades para cubrir las demandas reales, agravadas por las discusiones entre los dirigentes.

En Burgos, casi un año después, la situación era similar a la de Sevilla. Las poblaciones de la periferia discutían con su capital temas jurisdiccionales sobre los repartos de numerario para el abastecimiento de tropas, y el propio Felipe tuvo que intervenir para evitar mayores dilaciones en el envío de tropas. Los cabildos se quejaban del aprovisionamiento y equipamiento de los hombres y pleitearon durante meses sobre la devolución del dinero que habían recibido para abastecer a sus tropas (aunque enviaron a muchos soldados mal preparados).

Los soldados reclutados rara vez asistían al llamamiento por voluntad propia, aunque a veces se buscaban voluntarios para evitar la poca disciplina. Estos hombres, mayoritariamente obligados a ir al frente, debían servir durante 3 ó 4 meses. Si no acudían les esperaba una pena de 100 azotes, las galeras (condenados a remar) y la pérdida de sus bienes, aunque los ricos podían convencer a otro hombre para que se alistase por ellos a cambio de dinero. Al final, las tropas, al menos en el caso sevillano, se compusieron de los más pobres y de los de mala vida, donde entraba toda clase de delincuentes y minorías étnicas (como los gitanos). Para la campaña de Juan de Austria y Sessa buscaron voluntarios en Sevilla prometiéndoles mejor soldada y un rico botín libre de impuestos. También acudieron algunos nobles con hombres de sus señoríos.

Las diferencias entre los poderes encargados de reunir estas tropas, o las dificultades de las villas (a veces los impuestos no dejaban mucho margen para armar ni pagar a los soldados), comprometían a los efectivos. No era raro que faltara armamento adecuado o provisiones suficientes (el caso de Fajardo es uno de los más evidentes). Cuando se retrasaba la soldada, muchos soldados no tenían prácticamente nada para sobrevivir en un territorio hostil con lo que la situación fue durísima durante meses, y más si tenemos en cuenta las referencias a la falta de paga desde el comienzo de las operaciones (también en el caso de Mendoza).

Para parte de las tropas el reclutamiento y el traslado ya fue una penosa experiencia que sólo podía empeorar: en el frente les aguardaba lo peor. Granada era una tierra llena de moriscos emboscados en caminos escarpados donde maniobrar era muy difícil. Los primeros en llegar tuvieron que luchar, además de contra los moriscos, contra el crudo invierno, tal y como señala el cronista Mármol: “…y como había en la sierra tanta nieve y hacía tan recio frío…”. Esta situación dificultó las maniobras, los combates, el traslado de tropas y endureció el día a día en los campamentos.

En el bando cristiano hubo, a grandes rasgos, dos tipos de soldados: reclutados por la fuerza y voluntarios (generalmente soldados de fortuna). Los primeros no sabían combatir y, en su mayoría, no tenían una buena forma física (que tampoco mejoró con la falta de suministros) y no tenían ningún tipo de interés en esta guerra. Tras los primeros enfrentamientos y las noticias de los martirios, algunos comenzaron a desertar por puro miedo, otros se contagiaron del odio reinante y continuaron en guerra para masacrar infieles, robar y esclavizar. Los voluntarios a veces contaban con experiencia en combate y tenían claro desde el principio que su objetivo era la caza de un botín, y no los había mayores que los que dejaban la toma de villas o fortalezas con familias moriscas (no siempre rebeldes) en ellas.

Sin entrenamiento, disciplina ni interés, lo único que los sujetaba a permanecer en Granada a muchos de estos milicianos era el castigo por deserción, que normalmente era la horca o el herrado de la marca del soldado cobarde en la cara. El martirio y la muerte que podría llegar al caer en manos moriscas era una perspectiva peor.

Algunos generales despreciaron tropas por su procedencia, como el caso del Marqués de Favara con los reclutas sevillanos. Contrariamente ocurrió con los burgaleses, que intervinieron en la dura batalla de Serón sin dar problemas a sus superiores y se ganaron buena fama. Otra mención aparte merecen las tropas baleares, acostumbradas durante los años a combatir contra las incursiones berberiscas y otomanas. Además de buenos combatientes, tenían fama de soldados disciplinados, lo que los hacía tan valiosos que el propio Requesens los mandó reclutar y fue a por ellos a Mallorca.

La vida de los soldados en la guerra fue muy dura. Dejaban atrás el calor de sus hogares, el cuidado de sus familias y sus empleos (los afortunados que tuvieran) para participar en crueles batallas en territorios desconocidos y no siempre con ventajas tácticas. En este sentido, la artillería llegó tarde y no siempre era útil (salvo en asedios): sus pesados bagajes ralentizaban las marchas y los hacían objetivos fáciles para los moriscos. El apoyo de soldados profesionales se vio reducido a la mínima expresión. Las disputas incomprensibles entre superiores tampoco ayudaron a estas milicias, hacinadas en campamentos eternos sin nada que hacer y, a veces, sin nada que comer.

Aunque se desertaba por haber conseguido un botín respetable, también se hacía por la crudeza de la guerra. La preparación militar, como ya se ha señalado, era inexistente entre estos reclutas y, por ende, su preparación psicológica también era mínima para un combate que se podía prolongar durante horas cara a cara con el enemigo. A pesar de todo, estas deserciones se producían en mayor medida durante episodios de dureza excepcional, cuando faltaban las provisiones y el hambre hacía mella, tras derrotas fatales y bajo condiciones climáticas extremadamente adversas. El castigo por deserción era demasiado duro como para huir sin razones de peso.

Algunos de los momentos más terribles y oscuros se vivieron en las minas, tanto en el bando cristiano como en el morisco. Al uso, eran túneles que se excavaban bajo los muros de las ciudades. Su función era doble: volar un punto importante de la villa o fortaleza y, tras la explosión, abrir una brecha para la entrada de tropas. El sistema no era infalible: no siempre se acertaba en el objetivo y no todas las brechas se podían aprovechar bien. Con las tropas en las minas el combate era terrible, pues estos túneles eran cuellos de botella donde se podían producir verdaderas masacres. Aunque en un ataque bien planeado se abrían diferentes brechas para dividir a los defensores, ejemplo de esto serían los dos asaltos a Galera que, como relata Mármol, no estuvo exento de fallos:

“…los que tenían cargo de las minas pusieron fuego a la primera, que estaba junto con la mina vieja; la cual salió con tanta furia, que voló peñas, casas y cuanto halló encima; mas no llegó al castillo ni hizo daño en moros”.

La vuelta a casa no era honorable ni feliz. Al desertor le esperaba su castigo y a los soldados obedientes el estigma de la guerra: las heridas, los espantosos recuerdos de los enfrentamientos y poco o nulo reconocimiento de los méritos de guerra (la fama era, en la gran mayoría de los casos, para los generales, la nobleza). Se dejaba de ser soldado y se volvía a ser vecino de villas y ciudades con mayores impuestos y, a veces, escasez. Los nuevos barrios de moriscos deportados no mejoraron la situación. Los infieles confesos y levantados (aunque la mayoría de deportados no se habían rebelado) ahora compartían vecindad con los soldados que habían perdido extremidades, amigos o familiares en la guerra. En el peor de los casos aún se tendrían que enfrentar al bandidaje monfí, regiones militarizadas y caminos inseguros durante el resto de la centuria.

El combate de estos soldados tuvo más sombras que luces y, a pesar de todo, las victorias solían ser para el bando cristiano. Las milicias concejiles estaban pensadas para el combate en campo abierto frente a ejércitos convencionales. Al igual que la mentalidad de algunos generales, que no tenían experiencia en combate contra guerrillas en serranías. Con todo, el ímpetu desplegado en los enfrentamientos fue enorme, ya fuera por el odio, las ansias del botín o la voluntad de supervivencia. La superioridad numérica, una mejor panoplia y la artillería en los asedios normalmente hicieron el resto. Otro factor importante para la Monarquía Hispánica fue que contaba con más recursos humanos y materiales, también más conflictos internacionales, deudas y compromisos, pero en una guerra de larga duración sin un compromiso activo de los otomanos, como no hubo, Felipe II tenía más y mejores cartas en su baraja.

Formaciones y armamento

Las compañías se componían de infantes armados preferiblemente con picas, aunque la panoplia era variopinta. Las armas enastadas largas (picas, lanzas o alabardas, aunque las últimas al ser más caras debieron escasear en Granada) eran el equipo principal en un Ejército pensado para un combate de choque en formaciones cerradas. Dagas, cuchillos o pequeñas espadas servían de complemento para el día a día, para cuando el arma principal se rompía o la formación era desbaratada.

Estos piqueros dominaban el centro de la formación y en sus flancos se apostaban los arcabuceros. Justo un año antes del inicio de la rebelión, el Duque de Alba había incluido el mosquete entre los tercios flamencos, pero estas milicias concejiles todavía no contaban con estas potentes armas de fuego. Las referencias hacia los mosquetes son mínimas en la crónica de Mármol, e inexistentes en la de Hurtado de Mendoza, mientras que los arcabuceros son constantemente nombrados. Aunque el mosquete era mucho más potente que el arcabuz, la pobre panoplia morisca debió resultar insuficiente ante las descargas de los arcabuces. Entre los piqueros y parte de los arcabuceros estaba lo más bajo de los reclutas: los pobres y los delincuentes.

Formación de los tercios en la batalla de las Dunas (1600) con piqueros en el centro, arcabuceros y mosqueteros a su lado y caballería en los flancos

La caballería remataba las formaciones generalmente a los lados de los arcabuceros. Esta unidad era especialmente útil contra enemigos mal organizados y con una pobre panoplia como los moriscos. Sus cargas, que eran capaces de descomponer formaciones compactas y bien protegidas desde la Antigüedad, podían desbaratar contingentes moriscos enzarzados en el combate con los piqueros con facilidad. Muchas veces estaba formada por los generales y su gente de confianza, más preparados para la guerra que los infantes. El problema de la caballería es que no siempre podía actuar dada la complicada orografía. Cuando lo hacían, era un importantísimo valor añadido. A veces, las simples cabalgadas eran suficiente motivo para que los moriscos huyeran, como señala Mármol:

“…fue tanta la turbación de los moros en ver caballería donde entendían que no podía subir, que perdiendo la furia y el ánimo juntamente, dieron a huir”.

Esta formación era habitual en la época en Europa, aunque cada situación pedía una solución diferente. La disposición sobre el campo de batalla dependía del número de soldados de los que se disponía, lo balanceado que fuera respecto a piqueros, arcabuceros y caballeros, el terreno y la disposición del enemigo. Teniendo en cuenta cómo fue la Guerra de Granada, esta formación debió usarse poco. Con el tiempo, los generales adquirieron experiencia y se adaptaron. Cuando la rebelión quedó reducida a los puntos más inaccesibles de las serranías, la situación cambió drásticamente.

Pequeñas cuadrillas, formadas por no más de veinte hombres, tomaron el relevo de los grandes contingentes. Estas cuadrillas estaban repartidas por una red de presidios que defendían los caminos, los pasos de montaña y los accesos a las sierras, donde moraban los monfíes. Sus componentes estaban cuidadosamente seleccionados: no se buscaban guerreros fogueados durante la guerra, sino hombres especialmente perturbados por el conflicto, aquellos que habían perdido familiares y amigos caídos en combate o martirizados y asesinados por los moriscos. Eran hombres que odiaban a los levantados y su sed de venganza no tenía límites. Al mando de estas cuadrillas estaban los más afectados por la guerra.

Su función era la de mantener seguros a los cristianos viejos, para ello debían eliminar a las bandas de monfíes ocultas en las sierras y evitar que los moriscos llegaran a las costas para embarcarse al norte de África. Su táctica fue idéntica a la morisca: la guerra de guerrillas. Estos cuadrilleros, que actuaban de monfíes cristianos, fueron los que acabaron llevándose la fama militar por sus crueles y sangrientos encuentros con los monfíes moriscos.

Los tercios italianos, ¿un punto y aparte?

La actuación de los tercios italianos en la guerra de Granada fue muy deseada, en especial por Luis Fajardo, quien se desesperó por tenerlos a su mando mientras acampaba en Adra, y cayó en desgracia poco después de conseguirlos.

La propia llegada de los tercios fue accidentada. Al poco de empezar la contienda, Felipe II mostró interés en llevar veteranos italianos a Granada. Tras unos primeros planteamientos logísticos, movilizaron a los tercios italianos durante marzo, cuyo grueso lo formaron napolitanos. Esta expedición partió con Requesens, pero una tempestad cerca de Marsella hundió varias galeras y, aunque no se perdió todo el contingente, la flota se desbandó y la llegada de los tercios se retrasó.

A pesar del dinero desperdiciado en esta fallida expedición, se planeó una nueva con 1.000 soldados catalanes y 1.000 lombardos (del tercio de Milán). Este nuevo contingente estuvo listo para partir de Italia en mayo, llegó a Adra a principios de Junio (donde Fajardo esperaba los refuerzos) y puso rumbo a Málaga, donde tuvo mucho éxito. Un poco después, llegaron a Adra las tropas italianas y las catalanas (formadas por forajidos) y Requesens partió a por los baleares, que él mismo había pedido.

Aunque esta panoplia sirve de ejemplo para los tercios en 1641, también es una buena base para las milicias concejiles, pero con menos y peor equipo (menos cascos, armaduras e incluso peores ropas) | Ferrer Dalmau

Desde este momento los tercios actuaron bajo las órdenes de Fajardo con menos influencia de la esperada. Las ventajas de tener a los tercios podrían parecer evidentes, pero su profesionalidad no residía en no cometer desmanes. Su buena fama procede en esencia de su buen hacer militar: eran combatientes sin igual, pero su disciplina podía ser tan mala como la de las milicias concejiles cuando la paga no llegaba. De hecho, en Adra, los forajidos catalanes mostraron mejor comportamiento que los tercios, que se unieron a los desmanes generalizados de la tropa. En el asedio de Galera pasaron a las órdenes de Juan de Austria, cuando la guerra convencional tocaba a su fin.

La vida de estos soldados era completamente diferente a la de las milicias concejiles. Se componían de voluntarios que, una vez alistados, recibían un concienzudo entrenamiento militar basado en las tácticas de cada momento, además de un equipo completo (aunque básico) y adecuado, cada uno podía añadir, quitar o cambiar, no había un uniforme regular obligatorio. La soldada corría a cuenta del estado y, aunque en las situaciones de crisis hubo retrasos, el pago era más seguro.

El tercio era una unidad administrativa del Ejército de Infantería, que a su vez se subdividía en compañías. Sus principales puntos fuertes eran los veteranos y el espíritu de grupo, gracias al carácter permanente de la tropa. Cada tercio y cada compañía desarrollaba un espíritu de unidad fuerte, y estaban guiados por un oficial que hacía las veces de padre clientelar. Los más veteranos solían ser estos oficiales, que a su vez solían ser los mejores soldados de la tropa. Eran la flor y la nata de un cuerpo militar considerado de élite; lideraban los ataques y entrenaban a los nuevos reclutas.

Estar en los tercios otorgaba prestigio, y las acciones valerosas en combate permitían ascender en el organigrama militar, lo que daba acceso a más prestigio y dinero. Era un ejército profesional, permanente y de Estado, donde las estructuras de ascenso estaban predeterminadas. Su diseño, ideado para combatir en diferentes frentes tales como Centroeuropa, las costas Mediterráneas o África, le confirió un carácter versátil. Esta adaptabilidad a diferentes escenarios era la otra gran baza de los tercios. De hecho, su éxito en diferentes tipos de guerras y batallas quedó demostrado a lo largo del siglo XVI.

En combate, los tercios se desplegaban en base a los estándares vistos con anterioridad y, de nuevo, la realidad era más diversa. Las diferentes formas de despliegue y combate eran explotadas hasta el infinito, en función del general y de las condiciones del enfrentamiento. La ventaja de los tercios frente a las milicias concejiles en la lucha contra los moriscos, además su mejor entrenamiento militar y equipo, era su disponibilidad para emplear diferentes formas de combate.

Psicológicamente su efecto en campaña no debió ser demasiado importante. A pesar del buen inicio en Málaga, su desembarco en Granada y su camino hasta Galera estuvo salpicado de claroscuros. Pasaron días desde que llegaron hasta que se movilizaron hacia Válor. La larga acampada en La Calahorra, que duró el verano y el otoño, no ayudó nada. Su efecto, que podría haber sido importante, quedó anulado por las dudas, el tiempo perdido y los desmanes generales de la tropa. En el asedio de Galera, con la dirección de Juan de Austria, artillería y los tercios, el Ejército real sufrió un primer descalabro muy serio.

La intervención de los tercios en la guerra no desequilibró claramente la balanza. El principal motivo de la victoria del bando cristiano fue que ningún ejército paralizó sus movimientos ni se descompuso por las deserciones en el tramo final del conflicto. Quizás los tercios habrían tenido un efecto mayor si hubiesen participado desde el comienzo y las tropas de Fajardo no hubiesen acampado durante tanto tiempo. A pesar de todo es probable que los veteranos de los tercios inspirasen a parte de las milicias concejiles, aunque también participasen de la toma del botín, lo que hacían habitualmente en los escenarios de Europa y África.

El ejército morisco

Las tropas rebeldes estuvieron compuestas por todo tipo de moriscos menos soldados entrenados para el combate. Carecieron de elementos profesionales hasta que llegó la ayuda turca y argelina a partir del verano de 1569. Las únicas unidades acostumbradas a la lucha (de guerrillas) fueron los monfíes, que formaron una parte crucial del Ejército rebelde.

Estos monfíes pronto se alinearon como oficiales de las tropas, que organizaron y adiestraron al modo bandolero. Fue un ejército irregular que aprovechó el conocimiento del terreno del que los cristianos carecían. Expertos en emboscadas y ataques relámpago que provocaban desbandadas, la estrategia global fue la de defender y hostigar. Asentados en puntos inaccesibles, perpetraban diferentes ataques a caravanas y tropas en marcha. Evitaban el combate masivo en campo abierto, donde no tenían oportunidad alguna si los arcabuceros enemigos tenían disparos fáciles y la caballería espacio para maniobrar.

Representación de los monfíes en la novela de Daniel Urrabieta y Vierge | Fuente

Estas tropas se pertrecharon con lo que pudieron, desde herramientas agrícolas según Mármol: “…hizo tomar los picos y las herramientas que había en ellos…” hasta armamento militar conseguido en los botines. La típica imagen de los campesinos armados con horcas y guadañas es perfecta para ilustrar buena parte de este Ejército. Los pocos recursos con los que contaban los habían obtenido de sus propias casas al unirse a la rebelión, y cuando estos se acababan debían atacar bagajes para conseguir alimentos o acudir a los moriscos no levantados. Era una vida dura para una gente acostumbrada a la tranquilidad de la agricultura, el cultivo de la seda y el comercio.

A pesar de no contar con entrenamiento militar ni con mecanismos logísticos avanzados, el despliegue realizado por los moriscos puso en aprietos a la Monarquía Hispánica. El ejército enemigo estaba mejor pertrechado, pero la base sabía de combatir lo mismo que los rebeldes, muchos no tenían interés en el conflicto y los mandos tenían la cabeza amueblada para el combate convencional. Los moriscos, por su parte, luchaban a destajo por una causa que creían justa y, a mediados y finales de la guerra, buena parte de los levantados se unieron para luchar por un hogar del que iban a ser, o fueron (por ataques cristianoviejos), expulsados.

Además de la superioridad psicológica y el profundo conocimiento del terreno, los rebeldes contaban con el apoyo de la población morisca no levantada. Los moriscos de paces ya habían ayudado a los monfíes durante todo el siglo (aunque no en masa), y a veces también a los berberiscos. La solidaridad durante la guerra fue mayor que nunca entre hermanos, amigos y vecinos. Este recurso también lo usaron los cristianos, sólo que por la fuerza, y cuando comenzaron las deportaciones de los moriscos de paces, los levantados dejaron de contar con un valiosísimo recurso.

La artillería en el ejército morisco fue escasa y fue un factor determinante que les impidió tomar algunos puntos fuertes y defender otros. Como en todo, con poco que contara el ejército cristiano, siempre era más, y sin artillería algunos cercos a castillos y villas fueron imposibles, lo que Mármol relata bien durante el alzamiento del Almanzora:

“Le tuvieron cercado doce días; y al fin, viendo que se les defendía, y que no tenían artillería con que poderle batir, ni se podía ganar a batalla de manos, levantaron el cerco y se fueron…”.

Se estima que los moriscos llegaron a movilizar unos 25.000 efectivos en el máximo apogeo del levantamiento, durante el invierno y la primavera de 1570. Una cifra nada desdeñable que el bando cristiano igualó. Se estima que estos 25.000 cuadran con los varones moriscos en edad militar, aunque hay que dar cierto margen de error para estas cifras. Podría parecer que la población estuvo muy comprometida con el levantamiento, pero no ocurrió así: al principio los rebeldes sólo contaron con unos 4.000 efectivos y conforme los cristianos cometieron más atropellos sobre los moriscos de paces, y más crueles fueron las batallas, con más tropas contaron los rebeldes.

Los oficiales y soldados turcos y argelinos (estos especialmente, pues enviaron a los peores mientras las tropas de calidad se destinaron a Túnez) no cambiaron mucho el panorama bélico de los moriscos. Por mucho que contaran con unidades más profesionales y oficiales preparados para manejar ejércitos de manera convencional, la fortaleza de los moriscos residía en su combate irregular y sus puntos fuertes en las serranías. Los grandes enfrentamientos de la guerra, tanto antes como después de la ayuda, se dieron en zonas de difícil acceso, generalmente con fortalezas situadas en riscos y peñones, como Frigiliana, Serón, o Galera.

Además, los otomanos y argelinos estaban allí, más que para la rebelión triunfara, para que continuara abierta mientras Argel y el Imperio Otomano operaban en el Mediterráneo con menos oposición. Eran soldados que no luchaban en su tierra ni por su hogar. Su aporte debió ser más psicológico que militar, haciendo creer a los moriscos que la solidaridad internacional existía y que el Sultán estaba con ellos. La realidad es que estaban siendo usados como distracción.

En el caso de los moriscos no hubo una vuelta a casa. Los que sobrevivieron a la guerra, en su mayoría, continuaron su lucha como monfíes en las serranías y el resto no tuvo un hogar al que volver, ya que fueron expulsados, divididos y repartidos por Andalucía occidental y las dos Castillas. En el mejor de los casos, empezaron una nueva vida lejos de su hogar junto a antiguos enemigos en el campo de batalla, una situación que analizaremos con más detalle en futuros artículos.

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Publicado por

Graduado en Historia en Sevilla. Entré en esto para saber más de Grecia y Roma y acabé liándome con un tema de moriscos y rebeliones.

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